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martes, abril 05, 2016
CUANDO LAS LILAS LA ÚLTIMA VEZ EN EL PATIO FRENTE A LA CASA FLORECIERON por WALT WHITMAN
En la muerte de Lincoln
Cuando las lilas la última vez en el patio frente a la casa
florecieron,
y cuando la gran estrella se hundió temprano en el cielo del
oeste en la noche,
lloré, y volveré a llorar con la constante primavera.
Constante primavera, una segura trinidad me traes,
el florecer perenne de las lilas y la estrella que se hunde en
el oeste.
Y el recuerdo de aquel que yo amo.
¡Oh poderosa estrella caída del oeste!
¡Oh sombras de la noche–oh melancólica, lacrimosa noche!
¡Oh gran estrella desaparecida–oh la negra lobreguez que
oculta a la estrella!
¡Oh crueles manos que me aprisionan –oh indefensa alma
mía!
¡Oh opresora nube que no deja a mi alma en libertad!
En el patio delantero de una vieja casa de finca junto a la
cerca blanqueada,
crece la alta mata de lila con hojas acorazonadas de un vivo
verde.
Con mucha flor puntuda alzándose delicada, con el fuerte
perfume que yo amo,
con cada hoja un milagro –y de esta mata del patio con
flores de color delicado y hojas acorazonadas de vivo
verde,
un ramito con su flor yo corto.
En el pantano en las cerradas espesuras
un esquivo pájaro escondido está gorjeando una canción.
Solitario el zorzal,
el ermitaño en su retiro, evitando los campamentos,
canta él solo una canción.
Canto de la garganta adolorida,
canto de vida de la muerte (porque yo lo sé bien, hermano
mío,
si no te fuera permitido cantar seguramente morirías).
Sobre el regazo de la primavera, sobre la tierra, entre
ciudades,
entre veredas y por viejos bosques, donde a poco las
violetas atisbaban desde el suelo salpicando los grises
escombros,
entre la hierba de los campos a los dos lados del camino,
cruzando la hierba interminable,
cruzando los trigales de lanzas amarillas, cada grano
saliendo de su mortaja en los campos pardo-oscuros,
cruzando entre manzanares cubiertos de flores rosadas y
blancas en las huertas,
llevando un cadáver a donde va a descansar en la tumba
noche y día pasa un ataúd.
Ataúd que pasas por veredas y calles,
a través del día y la noche con la gran nube que oscurece la
tierra,
con la pompa de las banderas a media asta con las ciudades
encortinadas de negro,
con el espectáculo de los estados mismos como mujeres
veladas formando valla,
con procesiones largas y serpenteantes y las antorchas de la
noche,
con los incontables hachones encendidos, con el silencioso
mar de rostros, y las cabezas descubiertas,
con la estación esperando, el ataúd que llega, y los
sombríos rostros,
con cantos fúnebres en la noche, con el millar de voces
levantándose fuertes y solemnes,
con todas las voces plañideras de los cantos fúnebres
alrededor del féretro,
las iglesias a media luz y los trémulos órganos– por donde
quiera que pasas,
con las campanas doblando, doblando con perpetuo dindón,
toma, ataúd que lentamente pasas,
te doy mi ramito de lilas.
(No para ti, para ti solo;
flores y ramas verdes a todos los ataúdes yo traigo,
porque fresca como la mañana, así yo cantaría por ti una
canción, oh sabia y sagrada muerte.
Toda de ramos de rosas,
oh muerte, toda de rosas te cubro y de lirios tempranos,
pero sobre todo y ahora las lilas que son las primeras que
florecen,
corto copiosas, corto los ramitos de las matas,
con los brazos cargados vengo, volcándolos para ti,
para ti y para todos los ataúdes tuyos, oh muerte.)
Oh astro del oeste que vagas en el cielo,
ahora sé lo que quisiste decirme hace un mes cuando yo
caminaba,
cuando yo caminaba silencioso en la transparente noche
sombría,
cuando yo vi que algo tenías que decir, cuando te
inclinabas noche a noche sobre mí,
cuando bajabas del cielo como si fueras a ponerte a mi lado
(mientras todas las otras estrellas miraban),
cuando vagábamos juntos en la noche solemne (porque
algo desconocido me impedía dormir),
cuando la noche avanzaba, y yo veía en el borde del oeste,
antes que te fueras, cuán lleno estabas de dolor,
cuando yo estaba sobre una altura en el sereno en la fresca
noche transparente,
cuando te miraba pasar y te perdías en la profunda
oscuridad de la noche,
cuando mi alma, en su aflicción, desconsolada, se hundía,
cuando tú, estrella triste,
terminabas, te hundías en la noche, y te perdías.
Canta allá en el pantano,
cantor huraño y tierno, yo oigo tus notas, oigo tu reclamo,
yo oigo, acudo, te entiendo,
pero aguarda un instante, porque la luciente estrella me ha
detenido,
la estrella mi camarada que se va, me guarda y me detiene.
Oh, ¿cómo cantaré por el muerto que yo amaba?
¿Y cómo entonaré mi canto por la gran alma dulce que se
ha ido?
¿Y cuál será mi perfume para la tumba de aquel que yo
amo?
Vientos del mar soplan del Este y del Oeste,
soplan del mar del Este, y soplan del mar del Oeste, hasta
que allá en las praderas encontrándose,
con esos y con estos y con el aliento de mi canto,
perfumaré la tumba del que amo.
Oh ¿qué colgaré en las paredes de la cámara mortuoria?
¿Y qué cuadros colgaré en las paredes,
de la última morada del que amo?
Cuadros de la florida primavera, y de fincas, y de casas,
con la tarde del Cuarto Mes poniéndose el sol, y la
columna de humo gris luminosa y brillante,
con ríos de oro amarillo del maravilloso, indolente sol
poniente, ardiendo, ensanchando el aire;
con la olorosa hierba fresca bajo los pies, y las hojas verdes
tiernas de los árboles prolíficos;
a lo lejos el fluido reflejo, el pecho del río, con manchas de
viento aquí y allá;
con las colinas alineadas en las orillas, con muchas franjas
en el cielo y sombras;
y la ciudad a un paso con profusión de casas, y chimeneas,
y todas las escenas de la vida, y los talleres, y los obreros
volviendo a sus hogares.
Mirad, cuerpo y alma —esta tierra,
mi propia Manhattan, con sus torres, y las relumbrantes
y rápidas mareas, y los barcos,
y la variada y extensa tierra, el Sur y el Norte en la luz
—las costas del Ohio, y el reverberante Missouri,
y siempre las ilimitadas praderas cubiertas de hierba y de
maizales.
Mirad, el excelentísimo sol tan calmo y orgulloso,
lamañanita violeta y púrpura con brisas que apenas se sienten,
la tierna inmensa luz recién nacida,
el milagro desbordante bañándolo todo, el colmado medio
día,
la venida de la tarde deliciosa, la bienvenida noche y las
estrellas,
sobre mis ciudades brillantes todas, envolviendo al hombre
y a la tierra.
Canta, canta, pájaro pardo,
canta desde los pantanos, las espesuras, vierte tus cantos
desde los matorrales,
interminablemente desde el crepúsculo, desde los cedros y
los pinos.
Canta, hermano mío, trina tu canto de caña,
alto cántico humano, con voz de infinita tristeza.
¡Oh líquido y libre y tierno!
¡Oh desatado y enardecido para mi alma! —¡Oh asombroso
cantor!
Sólo a ti te oigo..., pero la estrella me detiene (aunque
pronto partirá);
pero las lilas, con el poder de su perfume, me detienen.
Mientras estaba sentado bajo el sol y miraba,
en el ocaso del día con su luz y los campos de primavera, y
los campesinos preparando sus cosechas,
en el vasto inconsciente escenario de mi tierra con sus lagos
y bosques,
en la celeste aérea belleza (tras los perturbados vientos y las
tormentas),
bajo los arqueados cielos del atardecer rápidamente
pasando, y las voces de las mujeres y los niños,
las multi-móviles mareas, y veía los barcos cómo zarpaban,
y el verano acercándose con su riqueza, y los campos
atareados de labor,
y las infinitas casas apartadas, lo que pasaba en todas ellas,
cada una con sus comidas y las minucias de los diarios
quehaceres,
y las calles, cómo sus pálpitos palpitaban, y las ciudades
suspendidas –mirad, aquí y allá,
cayendo sobre todas y entre todas ellas, envolviéndome a
mí con los demás,
aparecía la nube, aparecía la larga cauda negra,
y conocí la muerte, su concepto, y el sagrado
conocimiento de la muerte.
Entonces con el conocimiento de la muerte caminando a mi
lado.
y el concepto de la muerte caminando muy cerca de mi otro
lado
y yo en medio como entre dos compañeros, y como
cogiendo las manos de mis dos compañeros,
huí hacia la encubridora acogedora noche que no habla,
bajando a las orillas de las aguas, la vereda junto al
pantano en la sombra,
hasta los solemnes cedros sombríos y los pinos espectrales
tan inmóviles.
Y el cantor tan huraño con los demás me recibió,
el pájaro pardo que yo conozco nos recibió a los tres
compañeros,
y cantó la cantiga de la muerte, y un verso para aquel que
yo amo.
Desde las profundas cerradas espesuras,
desde los fragantes cedros y los espectrales pinos tan
inmóviles,
vino el cantar del pájaro.
Y el encanto del cantar me arrobó,
mientras tenía cogidos como de las manos a mis dos
compañeros en la noche,
y la voz de mi espíritu acompañó el canto del pájaro.
Ven bella y arrulladora muerte,
ondula en torno de la tierra, serenamente viniendo,
viviendo,
en el día, en la noche, para todos, para cada uno,
tarde o temprano, delicada muerte,
alabado el insondable universo,
por la vida y la alegría y por las cosas y los conocimientos
curiosos,
y por el amor, el dulce amor —pero ¡alabanza!, ¡alabanza!,
¡alabanza!
Por los ineludiblemente arrolladores brazos de la muerte
que nos envuelve en su frescura.
Oscura madre deslizándose siempre cerca con suaves
pasos,
¿nadie ha cantado para ti un cántico de plena bienvenida?
Entonces yo te lo canto, yo te glorifico sobre todo,
te traigo un canto para que cuando tengas ciertamente que
venir, vengas imperturbable.
Acércate poderosa libertadora,
cuando lo has hecho, cuando los has tomado, canto alegre
a los muertos,
perdidos en tu océano amoroso,
lavados en la corriente de tu delicia, oh muerte.
De mí para ti alegres serenatas,
bailes para ti propongo saludándote, adornos y fiestas para
ti,
y los amplios panoramas del paisaje y el extendido cielo
arriba son apropiados,
y la vida y los campos y la enorme y pensativa noche,
la noche en silencio bajo muchas estrellas,
la costa del mar y la ronca ola susurrante cuya voz yo
conozco,
y el alma que se vuelve hacia ti, oh vasta y bien velada
muerte,
y el cuerpo agradecido anidando junto a ti.
Sobre las copas de los árboles elevo un canto para ti,
sobre el vaivén de las olas, sobre los millares de campos y
praderas anchas,
sobre las apretujadas ciudades todas y los hirvientes
muelles y caminos,
yo elevo este canto con júbilo para ti, oh muerte.
A la altura de mi alma,
agudo y fuerte se mantuvo el pájaro pardo-oscuro,
con puras notas deliberadas esparciéndose llenando la
noche.
Sonoro en los pinos y los cedros oscuros,
claro en la frescura de la humedad y el perfume de los
pantanos,
y yo con mis compañeros allí en la noche,
cuando mi vista que estaba encerrada en mis ojos se abrió,
como a una visión de grandes panoramas.
Y entreví lejanamente los ejércitos;
vi, como en sueños sin ruido, centenares de banderas de
batalla;
enarboladas entre el humo de las batallas y traspasadas de
proyectiles las vi,
y llevadas de aquí para allá en medio del humo, y
desgarradas y ensangrentadas;
y al final unas pocas hilachas en las astas solamente (y todo
en silencio)
y las astas todas desastilladas y rotas.
Vi los cadáveres de las batallas, millares de ellos,
y los blancos esqueletos de los jóvenes, yo los vi;
y vi restos y restos de todos los soldados masacrados en la
guerra;
pero vi que no eran como se pensaba;
ellos mismos en completo descanso, no sufrían;
los vivos quedaban y sufrían, la madre sufría,
y la esposa y el niño y el pensativo amigo sufrían,
y los ejércitos que quedaban sufrían.
Pasando las visiones, pasando la noche,
pasando, soltando las manos de mis compañeros,
pasando el canto del pájaro eremita y el concorde canto de
mi alma,
el victorioso canto, canto de desahogo de la muerte, pero
cambiante, siempre-variante,
bajo y quejumbroso, pero claras las notas, subiendo y
bajando, inundando la noche,
tristemente descendiendo y desfalleciendo, como
advirtiendo y advirtiendo, pero de nuevo estallando de
júbilo,
cubriendo la tierra y llenando la anchura del cielo,
como aquel poderoso salmo en la noche que oí en las
espesuras,
pasando, yo te dejo, lila de hojas acorazonadas
te dejo allá en el patio frente a la puerta, floreciendo,
regresando con la primavera.
Yo me despido de mi canto para ti,
de mi mirada para ti en el oeste, frente al oeste,
comulgando contigo,
oh luminoso camarada de cara de plata en la noche.
Pero todas y cada una para guardar, prendas sacadas de la
noche,
el canto, el asombroso cántico del pájaro pardo-oscuro,
y el concorde cántico, el eco despertado en mi alma,
con la luciente y descendiente estrella con el semblante
lleno de tristeza,
con la mano cogiendo mi mano, acercándonos al reclamo
del pájaro,
los compañeros míos y yo en medio, y su recuerdo para
guardarlo para siempre, para el muerto que yo amaba
tanto,
para la más dulce, la más sabia criatura de todos mis días y
mis tierras —y esto por amor de él;
lila y estrella y pájaro entretejidos con el canto de mi alma
allá en los fragantes pinos y los cedros oscuros y sombríos.
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WALT WHITMAN
sábado, septiembre 21, 2013
NOTA SOBRE WALT WHITMAN por EDUARDO ANGUITA
Me parece increíble que tantos chilenos hayan pasado apenas por sobre las páginas de un poeta que es, tal vez, la voz más potente de toda América: Walt Whitman. Más increíble es que yo mismo no haya reparado mayormente en su verbo. ¿Y quién de mi generación se ha embebido en Leaves of Grass? A juzgar por los resultados, nadie. La promoción de poetas que compusimos con Braulio Arenas, Ornar Cáceres, Teófilo Cid y otros cuantos que no leían inglés, fuimos educados en una época en que el francés era enseñado intensamente en los colegios y, además, nos tocó por maestro poético Vicente Huidobro, cuyo vuelo despegó en Francia y ayudó a que la poesía moderna lograra allí sus más altas y originales notas. Sólo las generaciones posteriores a la del 38 (la nuestra) se interesaron por los poetas de lengua inglesa. Sin embargo, no observo en ellos influencia notable, ni proveniente de los autores británicos, ni de los norteamericanos.
Leaves of Grass se estima, por parte de la crítica mundial, que marcó en 1855, fecha de la aparición de los primeros poemas, el despunte de la lírica norteamericana y que, aparte de su valor en sí misma, su sola influencia, directa o indirecta, sobre las generaciones posteriores estadounidenses, colocó al País del Norte a la vanguardia de la poesía universal, lado a lado con la lírica británica.
En Chile el verbo whitmaniano de anchos ritmos arrebata numerosísimas páginas de Neruda; y en toda la obra de nuestro poeta, a partir de Residencia en la Tierra, está latente en forma infusa. El medio comunicante que los vincula es la naturaleza, con la diferencia de que Whitman penetra y mora en ese ámbito con un ánimo de panteísta exaltación. Pablo de Rokha, menos sentimental que Neruda, y mucho más estentóreo, pareciera haber comulgado con mayor propiedad que Neruda con Whitman; pero sus rasgos profundos son muy diferentes. Hablando en general, y aplicándonos a comparar a Whitman con Neruda, hay que señalar lo siguiente: La actitud anímica con que el hombre norteamericano afronta a su medio natural es de signo positivo; la del hombre de América del Sur es más bien pasiva.
La naturaleza nos agobia y entristece. Neruda, en sus dos magníficas “Residencias”, es una víctima magistral de esa melancolía. Y los que le seguimos en edad debimos resistirnos firmemente a caer abrumados ante la fuerza y rudeza de una naturaleza salvaje, que nos embarga por fuera y por dentro.
Aunque ausente de la letra y del espíritu mismo de la poesía chilena, Walt Whitman está, de algún modo, enraizado en nuestro tiempo y en todo nuestro continente. En su tierra es la voz de aquella “vida inmensa de pasión, pulso y poder”. Es poeta y profeta de su nación. Adelantó su futuro; lo sintió en presente. Lo vio, lo amó en los paisajes, en las gentes, en los hombres, en las mujeres, en los mecánicos, los filósofos, los estibadores, los leñadores, los sabios, los grandes capitanes del surco y del océano; amó a su pueblo en su magnífico potencial. Amó y convocó el futuro; cantó a los Estados del Norte y del Sur, del Este y del Oeste. Sintió la vida en la pequeña flor y las briznas más secretas, en las grandes urbes, en las estepas, bosques y praderas.
Escribió:
El profeta y el bardo
se mantendrán todavía en regiones más altas,
serán los mediadores para lo Moderno, para la Democracia,
e interpretarán para ellos
a Dios y a las imágenes (...)
Alzo el presente sobre el pasado;
como un árbol perenne se alza de sus raíces, así se alza el presente sobre el pasado;
con el tiempo y el espacio lo dilato, y fundo las leyes inmortales, para hacerlo, por ellas, la ley de sí mismo (...)
¡Poetas del futuro! ¡Oradores, cantantes, músicos del futuro!
No es el día de boy el que me justifica y define,
sino vosotros, una generación nueva, nativa, atlética, continental,
más grande que las que antes se conocieron.
¡Alzaos, pues vosotros debéis justificarme!
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EDUARDO ANGUITA,
WALT WHITMAN
sábado, septiembre 07, 2013
DESDE LOS RÍOS ACORRALADOS Y DOLIENTES por WALT WHITMAN
Desde los ríos acorralados que padecen,
Desde esta parte de mí mismo sin la cual yo nada sería,
Desde lo que yo estoy decidido a tornar ilustre, aunque me
encuentre solo entre los hombres,
Desde mi propia voz resonante, cantando al falo,
Cantando el himno de la procreación,
Cantando la necesidad de niños soberbios y, por lo mismo,
de soberbios adultos,
Cantando el impulso del músculo y la fusión en el abrazo,
Cantando el himno del compañero de lecho (¡oh, el irresistible
anhelo!)
¡Oh, para todos y para cada uno la recíproca atracción del
cuerpo!
Oh, para ti, quienquiera que seas, tu cuerpo recíproco! ¡Oh,
este cuerpo, más que todo el resto, objeto de tu propia
delectación!
Desde el hambre roedora que me devora noche y día,
Desde los instantes natales, desde los tormentos que, aun
cantándolos, avergüenzan,
Buscando una cosa que no he hallado aún, por más que
diligente la busco desde hace largos años,
Cantando el verdadero himno del espasmo del alma a la
ventura,
Renaciendo con la Naturaleza más ruda o entre los animales.
De esto, de ellos y de lo que con ellos mis poemas tratan,
De la fragancia de pomas y limones, del pareo de los pájaros,
De la humedad de los bosques, de la lengüetada de las olas,
El furioso asalto de las olas contra a playa, también lo
canto yo,
El preludio sonando suavemente, anticipo de la melodía,
La bienvenida proximidad, la visión del cuerpo perfecto,
El nadador nadando desnudo en el baño, o inmovilizado,
flotando sobre sus espaldas,
Las femeninas formas aproximándose; yo pensativo,
carne de amor trémula y doliente,
La divina lista para mí o para ti, o para cualquiera que la
componga,
El rostro, los miembros, la nomenclatura desde la cabeza
a los pies y lo que ella despierta,
El místico delirio, la locura amorosa, el total abandono,
(Escucha, reconcentrado y silencioso, lo que ahora musitaré
para ti.
Yo te amo, ¡oh!, tú que me posees enteramente,
¡Oh!, que tú y yo huyamos del resto y nos marchemos
inmediatamente, libres y sin ley,
Dos halcones en el aire, dos peces en el mar no tendrían
más ley que nosotros);
La furiosa tempestad me atraviesa, yo trémulo de pasión,
El juramento mutuo de inseparabilidad de nosotros dos,
de la mujer que me ama y que yo amo más que a mi
vida, pronunciando estas palabras:
(¡Oh!, de todo corazón yo arriesgo todo por ti,
¡Oh, déjame perder si es necesario!);
¡Oh, tú y yo! ¿Qué significa para nosotros lo que el resto
hace o piensa?
¿Qué son los otros para nosotros? Que sólo nos proporcionemos
alegría mutuamente, que mutuamente nos quedemos
exhaustos, si es preciso despojados,
Del maestro, el piloto al cual yo abandono el barco,
Del general que me comanda, comandándolo todo, del que
recibo órdenes,
Del tiempo que precipita el cumplimiento del programa (yo
hace rato que me he rezagado),
Del sexo, de la cadena y de la trama,
Del retiro más secreto, de los frecuentes suspiros en la soledad,
De las numerosas personas presentes, si bien la persona necesaria
se halla ausente,
Del suave deslizamiento de las manos sobre todo mi cuerpo
y de la penetración de tus dedos en mi cabellera y
mi barba,
Del prolongado beso detenido sobre la boca o el seno,
Del atenazante abrazo que me embriaga a mí y a cualquier
hombre, desfalleciéndolo con su exceso,
De lo que conoce el divino esposo, de la obra de la paternidad,
De la exultación, de la victoria y del alivio, del abrazo de
la compañera de lecho en la noche,
De los poemas en acción de ojos, manos, caderas y pechos,
De la unión con el brazo tembloroso,
De la adhesiva combadura y del clinch,
Del estar tendidos a lo largo, arrojando a los pies el cobertor,
Del que no quiere que me separe, y de quien, en manera
alguna, deseo apartarme,
(Un instante, ¡oh! tierno guardián, y yo regreso),
De la hora en que brillan las estrellas y gotea el rocío,
De la noche de donde yo surjo tomando impulso,
Yo te celebro, acto divino, y también a vosotros los hijos
por él engendrados,
Y a vosotros, fornidos ijares.
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WALT WHITMAN
viernes, agosto 30, 2013
ESPONTÁNEO SOY por WALT WHITMAN
¡Espontáneo soy, Naturaleza!
La amorosa jornada, el sol que se eleva, el amigo con el
cual soy feliz,
El brazo de mi camarada perezosamente apoyado sobre
mis hombros,
La colina con su cumbre blanqueada por las florecillas de
serbal,
La misma, en otoño, matizada de rojo, amarillo, parduzco,
púrpura y verde claro y oscuro,
La rica alfombra de hierba, animales y pájaros, la agreste
y escondida ribera, los manzanos silvestres, los guijarros,
Hermosos fragmentos de cascadas, negligentes líneas del
horizonte, una tras la otra, según mi pensamiento las
evoca,
Los poemas reales (pues que los que así llamamos sólo son
meras imágenes),
Los poemas de la intimidad en la noche, y de los hombres
que a mí se parecen,
Este poema entristecido, tímido y oculto, que yo siempre
llevo conmigo, y que todos los hombres llevan también,
(Reconozco de una vez para siempre, confieso que, en todo
lo que los hombres se me parecen, están en acecho
nuestros fornidos y másculos poemas),
Pensamientos amorosos, zumo de amor, aroma de amor,
amor complaciente, enredaderas amorosas, y trepadora
savia,
Brazo y manos amorosos, labios de amor, fálica tuerca del
amor, senos del amor, vientres estrujados y adheridos
unos con otros por el amor,
Tierra del casto amor, vida que sólo es vida después del
amor,
El cuerpo de mi amor, el cuerpo de la mujer que amo, el
cuerpo del hombre, el cuerpo de la tierra,
Dulces brisas mañaneras que soplan desde el sudeste,
El velludo abejorro silvestre, que murmura y vacila acuciado
por el deseo, agarra la espigada flor femenina y
curvándose sobre ella con sus amorosas y fuertes patas,
procura su deseo, hasta que trémulo, queda saciado,
La humedad de los bosques en las horas mañaneras,
Dos durmientes en la noche, estrechamente abrazados durante
el sueño, uno con un brazo sesgado alrededor, o
quizá más abajo, de la cintura del otro,
El perfume de las pomas, aromas de marchita salvia, menta
y corteza de abeto,
Los vehementes deseos del mancebo, el rubor y la turbación
cuando me confiesa en qué soñaba,
La hoja muerta voltejeando en espiral, para yacer contenta
e inmóvil en el suelo,
La contemplación de los hombres y de las cosas cuyos oscuros
aguijones me atormentan,
El inquietante aguijón mío, atormentándome como jamás
atormentó a nadie,
Los sensibles, embragados, orbiculares gemelos, cuyo recóndito
nido sólo los privilegiados palpadores alcanzan,
La vagabunda curiosidad de la mano por todo el cuerpo
vagando, la vergonzosa y remisa persuasión de la carne
allí donde los dedos consoladores se detienen y acucian
ellos mismos,
El límpido líquido en el interior del mancebo,
La roedura del remordimiento y la aflicción,
El tormento, la marea irritable que no admite reposo,
Lo mismo que yo siento, lo mismo que sienten los otros:
El mancebo que se ruboriza y enrojece, la joven que se ruboriza
y enrojece,
El mancebo que despierta en plena noche, la ardiente mano
procurando reprimir la que anhela dominarlo,
La mística noche amorosa, las raras y casi bienvenidas congojas,
visiones, sudores,
El latido golpeando a través de las palmas y los temblorosos
dedos anudados,
El mancebo todo colorado, con las mejillas arreboladas,
avergonzado, irritado,
La salmuera con que me cubre el amor del mar cuando
estoy tendido, complacido y desnudo,
El júbilo de los niños gemelos que juguetean sobre la hierba
al sol, la madre sin apartar de ellos su vigilante
mirada,
El tronco del nogal, la cáscara de las nueces, y la madurez
de las redondeadas nueces,
La continencia de los vegetales, pájaros, animales,
La consiguiente villanía de mi parte si me ocultara, por
considerarme indecente, mientras los pájaros y animales
jamás se ocultan ni se consideran indecentes,
La gran castidad de la paternidad frente a la gran castidad
de la maternidad,
El juramento de procreación que he formulado, ¡oh!, mis
adámicas y tiernas hijas,
La voracidad que me consume día y noche con su mordedura,
hasta que yo sature a la que engendrará los hijos
que ocuparán mi lugar cuando yo esté en el final.
El saludable consuelo, reposo, agrado,
Y este manojo que yo mismo he recogido al azar,
Que ya ha cumplido su misión,
Y al cual yo arrojo al aire negligentemente, para que caiga
donde pueda.
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WALT WHITMAN
lunes, julio 01, 2013
UNA MUJER ME ESPERA (A woman waits for me) por WALT WHITMAN
Una mujer me espera, ella todo lo contiene, nada le falta,
Pero todo le faltaría si el sexo le faltara, o si le faltase el
semen del hombre verdadero que ella necesita.
El sexo todo lo contiene, cuerpos, almas,
Significados, pruebas, delicadezas, resultados, promulgaciones,
Cánticos, órdenes, salud, orgullo, el maternal misterio, la
leche seminal,
Todas las esperanzas, beneficios y dones, todas las pasiones,
amores, bellezas, delicias de la tierra,
Todos los gobiernos, jueces, dioses, camaradas del mundo,
Todos los que contenidos están en el sexo como parte de él
mismo y justificación de él mismo.
Sin vergüenza, el hombre que me agrada conoce y confiesa
las delicias de su sexo.
Sin vergüenza, la mujer que me agrada conoce y confiesa
las delicias del suyo.
Ahora, yo quiero apartarme de la mujer impasible,
Acudiré y permaneceré con aquella que me espera y con
las mujeres de sangre cálida y suficiente para mí,
Compruebo que ellas me comprenden y que nada me
rehúsan.
Compruebo que ellas son dignas de mí, yo sería el robusto
esposo de esas mujeres.
Ellas no me son en un ápice inferiores,
Ellas tienen el rostro curtido por el resplandor de los soles
el soplo de los vientos,
Ellas tienen las carnes con la vieja divina flexibilidad y su
pujanza,
Ellas saben cómo nadar, remar, cabalgar, luchar, cazar, correr,
golpear, retroceder, avanzar, resistir y defenderse
ellas mismas,
Ellas son fundamentales en su propio derecho, ellas permanecen
serenas, lúcidas, en pleno dominio de ellas
mismas.
Yo te estrecho entre mis brazos, mujer,
Yo no puedo dejarte marchar, yo quisiera hacerte bien,
Yo soy para ti y tú eres para mí, no sólo por la vibración
de nuestras carnes sino por la de los otros,
Envueltos, en ti duermen los más grandes héroes y bardos.
Y se rehúsan a despertarse y tocar otro hombre que no
sea yo.
Este soy yo, ¡oh, mujer! Yo trazo mi camino,
Yo soy severo, áspero, grande, indisuadible, pero yo te amo,
Yo no te ocasiono más mal que el que te es necesario,
Yo vierto en ti esa esencia de la que surgirán los hijos y las
hijas a la medida para estos Estados, yo te empujo con
mi pausado y rudo músculo,
Yo mismo me enlazo prepotente, y no escucho súplica alguna,
Yo no accedo a retirarme antes de haber depositado aquello
que tan largo tiempo ha estado acumulado en mí.
A través de ti derramo los aprisionados ríos de mí
mismo.
Y te colmo con un millar de años del futuro anticipado,
Yo te injerto los injertos de lo que es más caro para mí y
para América,
Las gotas que yo destilo en ti se convertirán en impetuosa
cosecha de muchachas ardientes y atléticas, de nuevos
artistas, músicos y poetas.
Los muchachos que contigo procreo procrearán a su vez
muchachos,
Yo requiero que hombres y mujeres perfectos surjan de
mis prodigalidades de amor,
Yo de ellos espero que se interpenetrarán con otros, como
yo y tú nos interpenetramos ahora,
Confío en los frutos de sus copiosas lluvias, así como confío
en los frutos de las copiosas lluvias que yo ahora en
ti vuelco.
Yo atisbaré las mieses amorosas que madurarán del nacimiento,
vida, muerte, inmortalidad que yo, tan
amorosamente, planto en ti.
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WALT WHITMAN
miércoles, mayo 22, 2013
CANTO III por WALT WHITMAN
He oído lo que hablaban los habladores, el hablar del
principio y del fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.
Nunca hubo mayor inicio que ahora,
Ni mayor juventud o vejez que ahora,
Y nunca habrá mayor perfección que ahora,
Ni más cielo ni más infierno que ahora.
Impulso, impulso, impulso,
Siempre el impulso procreador del mundo.
De la penumbra surgen los iguales antagónicos, siempre
la sustancia y el incremento, siempre el sexo,
Siempre un tejido de identidad, siempre la distinción,
siempre la creación de la vida.
De nada sirve elaborar; sabios e ignorantes lo saben.
Seguros como los más seguros, íntegros e inconmovibles,
bien cimentados, afianzados y a plomo,
Fuertes como caballos, afectuosos, altivos, eléctricos,
Yo y este misterio estamos aquí.
Límpida y dulce es mi alma, límpido y dulce es todo lo
ajeno a ella.
Si falta uno, le faltan ambos, y lo invisible se comprueba
por lo visible,
Hasta que lo visible se hace invisible y se comprueba a
su vez.
Mostrar lo mejor y arrancarlo de lo peor, la edad hostiga
a la edad,
Conocer la condición perfecta y la ecuanimidad de las
cosas; guardo silencio mientras discuten y más tarde
me baño y me admiro.
Bienvenido sea cada órgano y atributo mío, y el de
cualquier otro hombre vigoroso y limpio,
Ni una pulgada, ni una partícula de pulgada es vil, y
ninguna es menos conocida que las otras.
Estoy satisfecho —veo, bailo, río, canto;
Cuando el compañero amoroso y sensual que duerme a
mi lado en la noche se retira sigilosamente al amanecer,
Dejándome canastas cubiertas de toallas blancas que
invaden la casa con su abundancia,
¿He de posponer mi aceptación y realización y de gritar
a mis ojos,
Que se vuelvan y dejen de mirar hacia el camino,
Y así cifren y me muestren con precisión,
El valor exacto de uno, el valor exacto de dos y cuál
vale más?
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WALT WHITMAN
domingo, septiembre 30, 2012
lunes, febrero 21, 2011
SALUTACIÓN A WALT WHITMAN por FERNANDO PESSOA

Portugal Infinito, once de junio de mil novecientos
quince...
Hé-lá-á-á-á-á-á-á!
Desde aquí de Portugal, todas las épocas en mi cerebro,
te saludo, Walt, te saludo, hermano mío en el Universo,
yo, con monóculo y saco exageradamente adornado,
no soy indigno de ti, bien lo sabes, Walt,
no soy indigno de ti, basta saludarte para no serlo...
Yo tan cercano a la inercia, tan fácilmente lleno de tedio,
soy de los tuyos, tú bien lo sabes, y te comprendo y te amo,
y aunque no te conociera, nacido por los años en que tú
moriste,
sé que me amaste también, que me conociste, y estoy
contento.
Sé que me conociste, que me contemplaste y me explicaste,
sé qué es eso que yo soy, ya sea en Brooklyn Ferry diez años
antes que yo naciera,
ya sea por la Rúa del Oro pensando en todo lo que no es la
Rúa del Oro,
y conforme tú sentiste todo, lo siento yo todo, y acá vamos
tomados de las manos,
tomados de las manos, Walt, tomados de las manos, bailando
el universo en el alma.
¡Oh, siempre moderno y eterno, cantor de los concretos
absolutos,
concubina fogosa del universo disperso,
gran pederasta frotándote contra la diversidad de las cosas,
sexualizado por las piedras, por los árboles, por las personas,
por las profesiones,
celo de los pasajes, de los encuentros casuales, de las
meras observaciones,
entusiasta mío por el contenido de todo,
grande héroe mío entrando por la muerte, de los a los pinos,
y a las hurras, y a los entusiasmos, y a los gritos saludando
a Dios!
¡Contenedor de la fraternidad feroz y tierna para con todo,
gran demócrata epidérmico, contigo a todo en cuerpo
y alma,
carnaval de todas las acciones, bacanal de todos los propósitos,
hermano gemelo de todos los arranques,
Juan Jacobo Rousseau del mundo que iba a producir
las máquinas,
Hornero de lo insaisissable de lo flotante carnal,
Shakespeare de la sensación que comienza a marchar a vapor,
Milton-Shelley del horizonte de la electricidad futura!
Íncubo de todos los gestos,
orgasmo hacia adentro de todos los objetos fuerza,
Souteneur de todo el Universo,
ramera de todos los sistemas solares...
¡Cuántas veces beso yo tu retrato!
Allá donde te encuentras ahora (no sé dónde es pero
es Dios)
sientes esto, sé que lo sientes, y mis besos son más calientes
(entre la gente)
y tú así es que los quieres, viejo mío, y agradeces desde allá,
lo sé bien, algo me lo dice, algo agradable en mi espíritu
una erección abstracta e indirecta en el fondo de mi alma.
Nada de engageant, pero ciclópico y musculoso,
sino frente al Universo con tu actitud que era de mujer,
y cada hierba, cada piedra, cada hombre era para ti
el Universo.
¡Mi viejo Walt, mi gran Camarada, evohé!
Me integro a tu orgía báquica de sensaciones en libertad,
soy de los tuyos, desde la sensación de mis pies hasta
la náusea de mis sueños,
soy de los tuyos, mírame a mí, de ahí desde Dios me ves
al contrario:
desde adentro para afuera... Mi cuerpo es lo que adivinas,
ves el alma mía—
ésa es la que ves tú propiamente y al través de tus ojos
mi cuerpo—
¡Mírame a mí: tú sabes que yo, Álvaro de Campos,
ingeniero,
poeta sensacionista,
no soy tu discípulo, no soy tu amigo, no soy tu cantor,
tú sabes que yo soy Tú y estás contento de ello!
Nunca puedo leer tus versos de corrido... Hay ahí demasiado
sentimiento...
Atravieso tus versos como una multitud a encontrones
contra mí,
y me huele a sudor, a aceites, la actividad humana y mecánica.
En tus versos, a cierta altura no sé si los leo o si los vivo,
no sé si mi lugar real está en el mundo o en tus versos,
no sé si estoy aquí, de pie sobre la tierra natural,
o de cabeza hacia abajo, colgado en una especie
de establecimiento,
en el techo natural de tu inspiración de tropel,
en el centro del techo de tu intensidad inaccesible.
¡Ábranme todas las puertas!
¡A fuerza que he de pasar!
¿Mi señal? ¡Walt Whitman!
¡Pero yo no ofrezco indicación alguna...
Paso sin explicaciones...
Si es necesario me introduzco entre las puertas...
Sí, yo, frágil y civilizado, me introduzco entre las puertas...
porque en este momento no soy frágil ni civilizado,
soy yo, un Universo pensante de carne y hueso, queriendo
pasar,
que ha de pasar a fuerza, porque cuando quiero pasar
soy Dios!
¡Quítenme esa basura de mi frente!
¡Pónganme en cajones esas emociones!
De aquí al exterior, políticos, literatos,
comerciantes pacatos, policía, meretrices, souteneurs,
todo eso es la letra que mata, no el espíritu que da la vida
¡El espíritu que da la vida en este momento soy yo!
¡Que ningún hijo de la... se me atraviese en el camino!
¡Mi camino es a través del infinito hasta llegar al fin!
¡Si soy capaz de alcanzar el fin o no, no es contigo,
es conmigo, con Dios, con el sentido— yo de la palabra
infinito...
Hacia el frente!
¡Pico con las espuelas!
Siento las espuelas, soy el mismo caballo que yo monto,
porque yo, para mi voluntad de consustanciarme
con Dios,
puedo ser todo, o puedo ser nada, o cualquier cosa,
según me da la gana... Nadie tiene nada con eso...
¡Locura furiosa! Ganas de gritar, de saltar,
de berrear, pegar, dar saltos, gritos con el cuerpo,
de cramponner-me a las ruedas de los vehículos y meterme
abajo,
de meterme adelante del giro del chicote que va a golpear,
de ser la perra de todos los perros y no me bastan,
de ser el volante de todas las máquinas y la velocidad
sin límite,
de ser el atropellado, el abandonado, el desplazado,
el acabado,
baila conmigo, Walt, allá desde el otro mundo, esta furia,
salta conmigo en esta batucada que se embarra con los astros,
cae conmigo sin fuerzas en el suelo,
embárrate conmigo estúpidamente en las paredes,
pártete y espárcete conmigo
en todo, por todo, a la vuelta de todo, sin todo,
rabia abstracta del cuerpo haciendo maelstroms en el alma...
¡Arre! ¡Vamos hacia allá al frente!
Aun si el mismo Dios lo impide, vamos allá al frente...
No hay ninguna diferencia...
Vamos allá hacia al frente y sin ser de ninguna parte...
¡Infinito! ¡Universo! ¡Meta sin meta! ¿Qué importa?
(Déjame quitarme la corbata y desabotonarme el cuello.
No se puede tener mucha energía con la civilización
en torno al cuello...)
Ahora sí, partamos, vamos hacia allá al frente.
¡En una gran marche aux flambeaux-todas-las-ciudades-de-
Europa,
en una gran marcha guerrera la industria, el comercio y
el ocio,
en una gran carrera, en una gran subida, en una gran
bajada
estruendosa, saltando, saltándolo todo conmigo,
salto para saludarte, berreo para saludarte,
me desencadeno para saludarte, brincando y guiñando!
Por eso es a ti a quien agradezco
mis versos saltos, mis versos brincos, mis versos orgasmos,
mis versos-ataques-histéricos,
mis versos que arrastran el carro de mis nervios.
A trompicones me inspiro,
apenas pudiendo respirar, tenerme en pie me exalto,
y mis versos son que yo no pueda estallar de vivir.
¡Ábranme todas las ventanas!
¡Arránquenme todas las puertas!
¡Empujen toda la casa por encima de mí!
¡Quiero vivir en libertad en el aire,
quiero hacer gestos más allá de mi cuerpo,
quiero correr como la lluvia hacia abajo de las paredes,
quiero ser pisado en las carreteras anchas como las piedras,
quiero ir, como las cosas pesadas, hacia el fondo
de los mares,
con una voluptuosidad que ya está lejos de mí!
¡No quiero cerradura en las puertas!
¡No quiero cerraduras en los cofres!
¡Quiero intercalarme, inmiscuirme, ser llevado,
quiero que me hagan propiedad enfermiza de algún otro,
que me limpien los cajones,
que me arrojen a los mares,
que me vayan a buscar a casa con fines obscenos,
sólo para no estar aquí sentado y quieto,
sólo para no estar sencillamente escribiendo estos versos!
¡No quiero intermedios en el mundo!
¡Quiero la continuidad penetrada y material de los objetos!
¡Quiero que los cuerpos físicos sean los unos de los otros
como las almas,
no soy dinámicamente, sino estáticamente también!
¡Quiero volar y caer desde muy alto!
¡Ser estrellado como una granada!
¡Ir a parar a... ser llevado hasta...
Auge abstracto en el fin de mí y de todo!
¡Clímax a hierro y motores!
¡Escaleras arriba de la velocidad, sin grados!
¡Bomba hidráulica desanclándome las entrañas sentidas!
¡Pónganme grilletes sólo para que yo los parta!
¡Sólo para que yo los parta con los dientes, y que los dientes
sangren
placer masoquista, espasmódico con sangre, de la vida!
Los marineros me llevaron preso,
me ajustaron las manos en lo oscuro,
morí temporalmente al sentirlo,
enseguida mi alma lamió el suelo de la cárcel privada,
y la gallina ciega de las imposibilidades me rodeaba
como un cinturón.
¡Salta, brinca, toma el freno con los dientes,
pegaso de hierro en brasas de mis ansias inquietas,
paradero indeciso de mi destino a motores!
He calle Walt:
¡Puerta hacia todo!
Puente para todo!
¡Carretera para todo!
Tu alma omnívora,
tu alma ave, pez, fiera, hombre, mujer,
tu alma de dos donde hay dos,
tu alma o una que son dos cuando dos son una,
tu alma flecha, rayo, espacio,
amplexo, nexo, sexo, Texas, Carolina, New York,
Brooklyn Ferry en la tarde,
Brooklyn Ferry de las idas y de las vueltas,
¡Libertad, democracy, siglo veinte a lo lejos!
¡purn, pum, pum, pum, pum,
PUM!
¡Tú, lo que eras, tú lo que veías, tú lo que oías,
el sujeto y el objeto, el activo y el pasivo,
aquí y allí, en todas partes tú,
círculo cerrando todas las posibilidades de sentir,
marco milenario de todas las cosas que pueden ser,
Dios Terminal de todos los sujetos que se imaginan que eres tú.
¡Tu Hora, tu Minuto, tu Segundo!
Tu intercalado, liberado, desfondado, ido,
intercalación, y liberación, ida, desfondamiento,
tu intercalador, liberador, desfondador, remitente,
comodín en todas las cartas,
nombre en todas las direcciones,
mercadería entregada, devuelta, siguiendo...
Tren de sensaciones y alma a kilómetros por hora,
por hora, por minuto, por segundo, ¡PUM!
Ahora que estoy casi muriendo y veo todo ya claro,
Gran Libertador, vuelvo sumiso a ti.
Sin duda tuve un fin adecuado a mi personalidad.
Sin duda porque se explicó, quise decir algo
pero hoy, mirando hacia atrás, sólo un ansia me queda—
No haber tenido tu calma superior por ti mismo,
tu liberación constelada de la Noche Infinita.
No tuve tal vez misión alguna sobre la tierra.
Ah que voy a llamar
al privilegio ruidoso y ensordecedor de saludarte
todo lo hormigueantemente humano del Universo,
todas las formas de todas las emociones
todos los hechizos de todos los pensamientos,
todas las ruedas, todos los volantes, todos los émbolos
del alma.
Ah que yo grito
y en un cortejo de Mí hasta que estallen en ti
con una algarabía metafísica y real,
con un barbarismo de cosas que pasan por adentro sin nexo
¡Ave, salve, viva, oh grande bastardo de Apolo,
amante impotente y fogoso de las nueve musas y de las gracias,
funicular del Olimpo hasta nosotros y de nosotros hasta
el Olimpo.
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lunes, enero 24, 2011
¡OH CAPITAN! ¡MI CAPITAN! por WALT WHITMAN

¡OH capitán!, ¡mi capitán!, nuestro viaje terrible ha terminado;
el barco ha sufrido todas las embestidas, el premio que
buscábamos está ganado; el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo que te
aclama,
los ojos siguiendo la quilla impertérrita, la nave imponente y audaz:
Pero ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
Oh las sangrantes gotas rojas,
allí donde en el puente yace mi capitán,
tendido frío y muerto.
¡Oh capitán!, ¡mi capitán!, levántate y escucba las campanas;
levántate —por ti es lanzada la bandera —por ti trinan
los clarines;
por ti ramos y coronas encintadas—por ti las playas
apiñadas;
claman por ti, la ondeante muchedumbre; sus rostros
ansiosos volteándose;
¡Bueno capitán!, ¡padre mío!
Mi brazo bajo tu cabeza;
es un sueño que en el puente,
estés tendido frío y muerto.
Mi capitán no responde; sus labios están pálidos e inmóviles ;
mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;
el barco ha anclado sano y salvo, su viaje cumplido y terminado;
del viaje terrible, el barco triunfante regresa con su objeto ganado;
¡Playas, alegraos, y repicad campanas!
Pero yo, con pasos tristes,
recorro el puente donde yace mi capitán
tendido frío y muerto.
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