miércoles, junio 20, 2012

25 VAGABUNDOS ANDRAJOSOS por CHARLES BUKOWSKI





ya sabéis lo que pasa con las apuestas de las carreras de caballos, viene una racha de suerte y crees que nunca pasará. había conseguido recuperar aquella casa, tenía incluso jardín propio, con tulipanes de todas clases que crecían bella y asombrosamente. estaba de suerte. tenía dinero. ya no recuerdo qué sistema había inventado, pero el sistema trabajaba y yo no, y era una forma de vida bastante agradable; y estaba Kathy. Kathy valía. el vejete de la puerta de al lado me veía con ella y le temblaba la mandíbula. Andaba siempre llamando a la puerta. ,
—¡Kathy! ¡oh Kathy! ¡Kathy!
salía a abrir yo, vestido sólo con mis pantalones cortos.
—oh, yo creía...
—¿qué quieres, cabrón?
—creí que Kathy...
—Kathy está cagando. ¿algún recado?
—yo... compré estos huesos para su perro.
llevaba una gran bolsa con huesos secos de pollo.
—darle a un perro huesos de pollo es como echar cuchillas de afeitar en el desayuno de un niño. ¿quieres asesinar a mi perro, so cabrón?
—¡oh, no!
—entonces guárdate esos huesos y lárgate.
—no entiendo.
—¡métete esa bolsa en el culo y lárgate de aquí!
—es que yo creía que Kathy...
—ya te lo dije, ¡Kathy está CAGANDO!
y cerré de un portazo.
—no deberías ser tan duro con ese viejo asqueroso, Hank, dice que le recuerdo a su hija cuando era joven.
—vaya, así que se tiraba a su hija. pues que joda con un
queso suizo. no le quiero a la puerta.
—¿acaso crees que le dejo entrar cuando tú te vas a las carreras?
—eso no me preocupa lo más mínimo.
—¿qué es lo que te preocupa entonces?
—lo único que me preocupa es quién se pone encima y quién debajo.
—¡lárgate ahora mismo, hijo de puta!
me puse la camisa y los pantalones, luego los calcetines y los zapatos.
—antes de que haya recorrido cuatro manzanas ya estaréis abrazados.
me tiró un libro. yo no estaba mirando y el canto del libro me dio en el ojo izquierdo. me hizo un corte y mientras me ataba el zapato derecho una gota de sangre me cayó en la mano.
—oh, cuánto lo siento, Hank.
—¡no te ACERQUES A MI!
salí y cogí el coche, lo lancé marcha atrás a cincuenta por hora, llevándome parte del seto y luego un poco de estuco de la fachada con la parte izquierda del parachoques trasero. me había manchado la camisa de sangre y saqué el pañuelo y me lo puse sobre el ojo. iba a ser un mal sábado en las carreras. estaba desquiciado.
aposté como si estuviese por medio la bomba atómica. quería ganar diez de los grandes. hice grandes apuestas. no conseguí nada. perdí quinientos dólares. todo lo que había sacado. sólo me quedaba un dólar en la cartera. volví a casa lentamente. iba a ser una noche de sábado terrible. aparqué el coche y entré por la puerta trasera.
—Hank. . .
—¿qué?
—estás pálido como la muerte. ¿qué pasó?
—se acabó. estoy hundido. perdí quinientos.
—Diós mío. lo siento —dijo—. es culpa mía.
se acercó a mí, me abrazó.
—maldita sea, no sabes cuánto lo siento —dijo—. la culpa fue mía, lo sé muy bien.
—olvídalo. tú no hiciste las apuestas.
—¿aún sigues enfadado?
—no, no, sé que no estás jodiendo con ese viejo cerdo.
—¿puedo prepararte algo de comer?
—no, no. trae una botella de whisky y el periódico.
me levanté y fui al escondite del dinero. nos quedaban ciento ochenta dólares. bueno, había sido peor muchas otras veces, pero tenía la sensación de haber emprendido el camino de vuelta a las fábricas y los almacenes si aún podía conseguir eso. cogí diez, el perro aún me quería. le tiré de las orejas, a él no le importaba el dinero que yo tuviese. era un as aquel perro, sí. salí del dormitorio. Kathy estaba pintándose los labios ante el espejo. le di un pellizco en el trasero y la besé detrás de la oreja. tráeme también un poco de cerveza y puros. necesito olvidar.
se fue y oí tintinear sus tacones en el camino. era la mejor mujer que podía haber encontrado y la había encontrado en un bar. me retrepé en el sillón y contemplé el techo. un golfo. yo era un golfo. siempre esa repugnancia hacia el trabajo, siempre intentando vivir de la suerte. cuando Kathy regresó le dije que me sirviera un buen trago. sabía hacerlo. le quitó incluso el celofán al puro y me lo encendió. parecía alegre y estaba muy guapa. hicimos el amor. hicimos el amor en medio de la tristeza. me reventaba verlo irse todo: coche, casa, perro, mujer. había sido una vida fácil y agradable.
tenía que estar muy afectado porque abrí el periódico y busqué la sección de ofertas de trabajo.
—mira, Kathy, aquí hay algo. se necesitan hombres, domingo. paga el mismo día.
—oh, Hank, descansemos mañana. ya conseguirás ganar con los caballos el martes. entonces todo parecerá mejor.
—pero mierda, niña, ¡cada billete cuenta! los domingos no hay carreras. hay en Caliente, sí, pero piensa en ese veinticinco por ciento que cobra Caliente y en la distancia. puedo divertirme y beber esta noche y luego coger esa mierda mañana. esos billetes extra pueden significar mucho.
Kathy me miró extrañada. jamás me había oído hablar así. yo siempre actuaba como si nunca fuese a faltar el dinero. aquella pérdida de quinientos dólares me había alterado por completo. me sirvió otro buen trago. lo bebí inmediatamente. alterado, señor, señor, las fábricas. los días desperdiciados, los días sin sentido, los días de jefes y memos, y el reloj, lento y brutal.

bebimos hasta las dos, lo mismo que en el bar, y luego nos fuimos a la cama, hicimos el amor, dormimos. puse el despertador para las cuatro, me levanté; cogí el coche y estaba en el centro de la ciudad a las cuatro y media. me planté en la esquina con unos veinticinco vagabundos andrajosos. allí estaban liando cigarrillos y bebiendo vino.
bueno, es dinero, pensé. volveré... algún día iré de vacaciones a París o a Roma. que se vayan a la mierda estos tipos. yo no pertenezco a esto.
entonces algo me dijo, eso es lo que están pensando TODOS: yo no pertenezco a esto. TODOS ELLOS están pensando lo mismo. y tienen razón. ¿sí?
hacia las cinco y diez apareció el camión y subimos.
Dios mío, ahora podría estar durmiendo con el culo pegado al lindo culo de Kathy. pero es dinero, dinero.
algunos contaban que acababan de salir del furgón. apestaban los pobres. pero no parecían tristes. yo era el único triste.
ahora estaría levantándome a echar una meada. tomando una cerveza en la cocina, esperando el sol, viendo cómo iba haciéndose de día. contemplando mis tulipanes. y luego volvería a la cama con Kathy.
el tipo que estaba a mi, lado dijo:
—¡eh, compadre!
—sí —dije.
—soy francés, —dijo.
no contesté.
—¿quieres que te la chupe?
—no —dije yo.
—vi a un tipo chupándosela a otro en la calleja esta mañana. tenía una polla blanca y larga y delgada y el otro tío aún seguía chupando mientras se le caía de la boca toda la leche. y estuve viéndolo todo y estoy de un caliente... ¡déjame chupártela, compadre!
—no —le dije—. no me apetece en este momento.
—bueno, si no me dejas hacerlo, quizás quieras chupármela tú.
—¡déjame en paz! —le dije.
el francés pasó más al fondo del camión. kilómetro y medio después cabeceaba allí. se lo estaba haciendo delante de todos a un tipo viejo que parecía indio.
—¡¡¡VAMOS, MUCHACHO, SACASELO TODO!!! —gritó alguien.
algunos se reían, pero la mayoría se limitaba a guardar silencio, beber su vino y liar sus cigarrillos. el viejo indio actuaba como si nada pasase. cuando llegamos a Vermont, el francés ya había acabado y nos bajamos todos, el francés, el indio, yo y los demás vagabundos. nos dieron a cada uno un trocito de papel y entramos en un café. el papel valía por un bollo y un café. la camarera alzaba la nariz. apestábamos. sucios chupapollas.
luego alguien gritó: —¡todos fuera!
yo les seguí y entramos en una habitación grande y nos sentamos en esas sillas como las que había en la escuela, más bien en la universidad, por ejemplo en la clase de Formación Musical, con un gran brazo de madera para apoyar el brazo derecho y poder poner el cuaderno y escribir. en fin, allí estuvimos sentados otros cuarenta y cinco minutos. luego, un chico listo con una lata de cerveza en la mano, dijo:
—¡bueno coged los SACOS!
todos los vagabundos se levantaron inmediatamente y CORRIERON hacia la gran habitación del fondo. qué demonios, pensé. me acerqué lentamente y miré en la otra habitación. allí estaban empujándose y disputando a ver quién se llevaba los mejores sacos. era una lucha despiadada y absurda. cuando salió el último de ellos, entré y cogí el primer saco que había en el suelo. estaba muy sucio y lleno de agujeros y desgarrones. cuando salí al otro lado, todos los vagabundos tenían los sacos a la espalda. yo me senté y esperé sentado con el mío en las rodillas. han debido tomarnos el nombre en algún momento, pensé, creo que fue antes de darnos el papel del café y el bollo cuando di mi nombre. en fin, fueron llamándonos en grupos de cinco o seis o siete. así pasó, más o menos, otra hora. cuando entré en la caja de aquel camión más pequeño con unos cuantos más, el sol ya estaba bastante alto; nos dieron a cada uno un pequeño plano de las calles en que teníamos que entregar los papeles. a mí también. miré inmediatamente las calles: ¡DIOS TODOPODEROSO, DE TODA LA CIUDAD DE LOS ANGELES TENÍAN QUE DARME PRECISAMENTE   MI   PROPIO  BARRIO!
yo me había hecho una reputación de borracho, jugador, vivales, de vago, de especialista en chollos, ¿cómo podía aparecer allí con aquel saco cochambroso a la espalda, a entregar folletos publicitarios?
me dejaron en mi esquina. era una zona muy familiar, realmente, allí estaba la floristería, allí estaba el bar, la gasolinera, todo... a la vuelta de la esquina mi casita con Kathy durmiendo en la cama caliente. hasta el perro estaba durmiendo. en fin, es mañana de domingo, pensé. nadie me verá. duermen hasta tarde. haré la condenada ruta. y me dispuse a hacerla.
recorrí dos calles a toda prisa y nadie vio al gran hombre de mundo de suaves manos blancas y grandes ojos soñadores. lo conseguí.
enfilé la tercera calle. todo fue bien hasta que oí la voz de una niñita. estaba en su patio. unos cuatro años.
—¡hola, señor!
—¿sí? ¿qué pasa niña?
—¿dónde está tu perro?
—oh, jajá, aún dormido.
—oh.
siempre paseaba al perro por aquella calle. había allí un solar vacío donde cagaba siempre el perro. éste fue el final. Cogí los folletos que quedaban, los basculé en la parte trasera de un coche abandonado junto a la autopista. el coche llevaba allí meses sin ruedas. no sabía las consecuencias que podía tener, pero eché todos los papeles en la parte trasera. luego doblé la esquina y entré en mi casa. Kathy aún estaba dormida. la desperté.
—¡Kathy! ¡Kathy!
—oh, Hank... ¿todo bien?
vino el perro y le acaricié.
—¿sabes lo que HICIERON ESOS HIJOS DE PUTA?
—¿qué?
—¡me dieron mi propio barrio para repartir folletos!
—oh. bueno, no es muy agradable, pero no creo que a la gente le importe.
—¿es que no comprendes? ¡con la reputación que me he creado! ¡yo soy un vivo! ¡no pueden verme con un saco de mierda a la espalda!
—¡bah, no creo que tengas esa reputación! son cosas tuyas.
—¿pero qué demonios dices? ¡has estado con el culo caliente en esta cama mientras yo estaba por ahí fuera con un montón de soplapollas!
—no te enfades. espera un momento que voy a mear.
esperé allí mientras ella soltaba su soñoliento pis femenino. ¡Dios mío, qué lentas son! el coño es una máquina de mear muy ineficaz. es mucho mejor el pijo.
Kathy salió.
—mira Hank, no te preocupes. me pondré un vestido viejo y te ayudaré a repartir los folletos. en seguida acabamos. los domingos la gente duerme hasta tarde.
—¡pero si ya me han VISTO!
—¿que ya te han visto? ¿quién?
—esa chiquilla de la casa marrón de la calle West Moreland.
—¿te refieres a Myra?
—¡no sé cómo se llama!
—si sólo tiene tres años.
—¡no sé cuantos años tiene, pero me preguntó por el perro!
—¿qué te dijo del perro?
—¡me preguntó dónde ESTABA?
—vamos, yo te ayudaré a librarte de esos folletos.
Kathy se estaba poniendo un vestido viejo, raído y gastado.
ya me he librado de ellos. se acabó. los eché en ese coche abandonado que hay en la autopista.
—¿no lo descubrirán?
—¡JODER! ¡y qué más da!
entré en la cocina y cogí una cerveza. cuando volví Kathy estaba otra vez en la cama. me senté en un sillón.
—¿Kathy?
—¿sí?
—¿es que no comprendes con quién estás viviendo? ¡yo tengo clase, auténtica clase! con treinta y cuatro años, no he trabajado más de seis o siete meses desde los dieciocho. y no tenía dinero. ¡mira estas manos! ¡como las de un pianista!
—¿clase? ¡deberías OIRTE CUANDO ESTAS BORRACHO! ¡eres horrible, horrible!
—¿quieres que empecemos a armar follón otra vez, Kathy? te he tenido en la opulencia y con pasta abundante desde que te saqué de aquel antro de la calle Alvarado.
Kathy no contestó.
—en realidad —le dije—, soy un genio, pero sólo lo sé yo.
—aceptaré eso —dijo ella. luego hundió la cabeza en la almohada y volvió a dormirse.
terminé la cerveza., tomé otra, luego salí, anduve tres manzanas y me senté en las escaleras de una tienda de ultramarinos cerrada que según el plano sería el lugar de reunión donde tenía que recogerme el encargado, estuve sentado allí desde las diez a las dos y media. fue aburrido y seco y estúpido y tortuoso y absurdo. el maldito camión llegó a las dos y media.
—hola, amigo.
—qué hay
—¿acabó ya?
—sí.
—¡es usted rápido!
—sí.
—quiero que ayude a este tipo a terminar su ruta.
—vaya por Dios, hombre.
entré en el camión y me llevó. allí estaba aquel tipo. se ARRASTRABA. depositaba cada folleto con gran cuidado en los porches. cada porche recibía un tratamiento especial y además parecía que el trabajo le encantaba. sólo le quedaba una manzana. liquidé la cuestión en cinco minutos luego nos sentamos y esperamos el camión. durante una hora.
nos llevaron de nuevo a la oficina y nos sentamos otra vez en aquellas sillas. luego aparecieron dos tipos insolentes con latas de cerveza en la mano. uno decía los nombres y el otro daba a cada uno su dinero.
en una pizarra detrás de las cabezas de aquellos tipos estaba escrito con tiza el siguiente mensaje:
todo el que trabaje para nosotros
treinta días seguidos
sin perder un día
recibirá
gratis
un traje usado
estuve observando a mis compañeros mientras les entregaban el dinero. no podía ser cierto. PARECÍA que cada uno de ellos recibía tres billetes de dólar. por entonces, el salario base legal era un dólar por hora. yo había estado en aquella esquina a las cuatro y media de la mañana y eran entonces las cuatro y media de la tarde. para mí, eran doce horas.
fui de los últimos que llamaron. creo que el tercero empezando por la cola. ni uno solo de aquellos vagabundos protestó, cogieron sus tres dólares y se largaron.
—¡Bukowski! —aulló el muchachito impertinente de la lata de cerveza.
me acerqué. el otro contó tres billetes muy limpios y crujientes.
—escuche —dije—, ¿es que no saben que hay un salario mínimo legal? un dólar por hora.
el tipo alzó su cerveza.
—descontamos el transporte, el desayuno y demás. sólo pagamos por tiempo medio de trabajo y calculamos unas tres horas.
—he perdido doce horas de mi vida. y ahora tendré que coger el autobús para llegar hasta donde está mi coche y poder volver a casa.
—tienes suerte de tener coche.
—¡y tú de que no te meta esa lata de cerveza por el culo!
—yo no soy quien decide la política de la empresa, señor. no me eche a mí la culpa.
—¡les denunciaré a las autoridades!
—¡Robinson! —aulló el otro impertinente.
el penúltimo vagabundo se levantó de su asiento a por sus tres dólares mientras yo cruzaba la puerta camino del Bulevar Beverly. a esperar el autobús. cuando llegué a casa y me vi con un trago en la mano eran las seis o así. cogí una borrachera respetable. estaba tan furioso que le eché tres polvos a Kathy. rompí una ventana. me corté un pie con los cristales. canté canciones de Gilbert & Sullivan que me había enseñado en otros tiempos un profesor inglés chiflado que daba una clase de inglés que empezaba a las siete de la mañana. en el City College de Los Angeles. Richardson, se llamaba. y quizás no estuviese loco. pero me enseñó lo de Gilbert & Sullivan y me dio una «B» en inglés por aparecer no antes de las siete y media, con resaca, CUANDO aparecía. pero ése es otro asunto. Kathy y yo nos reímos bastante aquella noche, y aunque rompí unas cuantas cosas no estuve tan desagradable e idiota como siempre.
y ese martes, en Hollywood Park, gané ciento cuarenta dólares a las carreras e inmediatamente volví a ser amante despreocupado, vividor, jugador, chulo reformado y cultivador de tulipanes. llegué y enfilé lentamente la entrada de casa en el coche, saboreando los últimos rayos del sol crepuscular. y luego, entré por la puerta trasera. Kathy había preparado carne con muchas cebollas y chorraditas y especies, tal como me gustaba a mí. estaba inclinada sobre la cocina y la agarré por detrás.
—ooooh...
—escucha, querida...
—¿sí?
estaba allí de pie con el cucharón goteando en la mano. le metí en el cuello del vestido un billete de diez dólares.
 —quiero que me traigas una botella de whisky.
 —de acuerdo, ahora mismo.
 —y un poco de cerveza y puros. yo me ocuparé de la comida. se quitó la bata y entró un momento al baño. la oí canturrear. un momento después me senté en mi sillón y oí repiquetear sus tacones en el camino. había una pelota de tenis. cogí la pelota de tenis y la tiré en el suelo de forma que rebotase hacia la pared y de allí al aire. el perro, que medía uno cincuenta de largo por uno de alto, y era medio lobo, saltó al aire, se oyó el chasquido de los dientes; había cogido la pelota de tenis, casi junto al techo. por un instante pareció colgar allá arriba. qué perro maravilloso, qué vida maravillosa. cuando llegó al suelo, me levanté a ver cómo iba el guiso. perfectamente. todo iba perfectamente.

EL VALLE DE LA INQUIETUD por EDGAR ALLAN POE



¡Hubo aquí, antaño, un valle callado y sonriente
donde nadie habitaba.
Partiéronse las gentes a la guerra,
dejando a los luceros de ojos dulces,
que velaran, de noche, desde azuladas torres
las flores y en el centro del valle cada día
la roja luz del sol yacía indolente.
Mas ya quien lo visite advertiría
la inquietud de ese valle melancólico.
No hay en él nada quieto
sino el aire que ampara
aquella soledad de maravilla.
¡Ah! Ningún viento mece aquellos árboles
que palpitan al modo de los helados mares
en torno de las Hébridas brumosas.
¡Ah! Ningún viento arrastra aquellas nubes,
que crujen levemente por el cielo intranquilo,
turbadas desde el alba hasta la noche
sobre las violetas que allí yacen,
como ojos humanos de mil suertes,
sobre ondulantes lirios,
que lloran en las tumbas ignoradas.
Ondulan, y de sus fragantes cimas
cae eterno rocío, gota a gota.
Lloran, y por sus tallos delicados,
como aljofar, van lágrimas perennes.

miércoles, junio 06, 2012

CUANDO YO MUERO, MUERE EL MUNDO por RAY BRADBURY



Pobre mundo que ignora su destino, el día de mi muerte. 
Dos mil millones mueren cuando mi muerte llega.
Me llevo a la tumba un continente entero.
Son valerosos, inocentes e ignoran
que si me hundo ellos me sigvien al instante.
Así, en la hora de la muerte hay un clamor de Buenos Tiempos
mientras, loco egoísta, yo agito la campana del Mal Año. 
Allende mi tierra hay tierras vastas y brillantes, 
pero mi mano firme les apaga la luz de un solo gesto. 
Anulo a Alaska, degüello a Gran Bretaña, 
pongo en duda al monarca Sol de Francia, 
con un guiño promuevo la locura de la vieja Madre Rusia,
arrojo a China de un acantilado de mármol, 
derribo a Australia y le planto una lápida, 
aparto a Japón de un puntapié. ¿Y Grecia? Eliminada. 
La haré volar y desplomarse, como a la verde Irlanda, 
convertida en sudoroso sueño mío. 
Desesperaré a España,
fusilaré a los hijos de Goya y daré tormento a los de Suecia,
abatiré flores y granjas y ciudades con rifles de crepúsculo.
Cuando mi corazón se para, el gran Ra se hunde en el sueño;
sepulto las estrellas en el Abismo Cósmico.
Por eso escucha, mundo, ya te he avisado. Y teme.
El día que me asquee, tu sangre estará muerta.

Si te comportas, yo, magnánimo, te dejaré vivir. Pero desvíate y me cobraré.
Es la última palabra. Se arrían las banderas.
¿Y si me bajan de un disparo? Mundo: te acabas tú también.

EL OTRO YO por RAY BRADBURY



No escribo yo...
el otro que hay en mí
pide aflorar constantemente.
Mas si me apresuro a volverme y mirarlo
él vuelve a escabullirse
al momento y al lugar
en donde estaba antes
pues sin saberlo entorné la puerta
y lo dejé salir.
A veces un grito encendido lo llama;
comprende que lo necesito,
y yo también. Su tarea
será decirme quién soy bajo la máscara.
Él es Fantasma, yo fachada
que oculta la ópera que él escribe con Dios,
en tanto yo, ciego del todo,
espero impávido a que su mente
se me deslice brazo abajo,
por la muñeca, hasta la mano
y las puntas de los dedos
y furtiva encuentre
esas verdades que caen de las lenguas
con sonido quemante,
todo surgido de una sangre secreta
y alma secreta de secreto suelo.
Con alegría
él se asoma a escribir, y luego corre a esconderse 
una semana hasta que reanuda el juego 
en el cual yo finjo, diligente,
que no es mi propósito tentarlo.
Pero lo tiento,
mientras simulo mirar hacia otro lado, para que no se esconda todo el día. Echo a correr e inicio un juego simple un salto distraído.
¿Cuál convoca del sueño la bestia que brilla y acecha?
¿De quién las reservas y el coto de caza? De mi aliento, mi sangre, mis nervios.
Pero ¿qué lugar de esa materia habita él?
¿Dónde está su madriguera?
¿Tras esta oreja de goma?
¿Tras esa oreja de grasa?
¿Donde cuelga el sombrero el joven descarriado?
No hay caso. Ermitaño nació y vive recluido.
Nada que hacer sino
seguir sus triquiñuelas
dejar que corra y cosechar la fama.
En la cual yo pongo el nombre a una materia que le he birlado, y todo porque le atraje con dulces aromas creativos.
¿Escribió R.B. ese poema, ese diálogo, esa línea?
No: el simio interior, invisible, fue quien lo instruyó.
Vestido con mi carne, su alcance es misterioso.
No digan mi nombre.
Elogien a ese otro.


EL LARGO CAMINO A MARTE por RAY BRADBURY



¿Cómo llegué yo de Waukegan, Illinois, a Marte, el Planeta Rojo?
Hay dos personas que acaso puedan contárselo.
Sus nombres aparecen en la dedicatoria de la edición cuarenta aniversario de Crónicas marcianas.
Porque fue mi amigo Norman Corwin el primero que me escuchó contar las historias de Marte, y fue mi futuro editor Walter I. Bradbury (ningún parentesco) quien com­prendió lo que había emprendido, aunque de un modo in­consciente, y me persuadió de terminar una novela que yo ignoraba haber escrito.
La historia que lleva hasta esa noche de primavera de 1949 en que Walter Bradbury me sorprendió conmigo mis­mo es un viaje sin señales por la senda del Qué-habría-pa- sado.
¿Qué habría pasado si yo no le hubiese enviado mi pri­mer libro de cuentos a Corwin, que después se hizo amigo mío de por vida?
¿Y qué si en junio de 1949 no hubiera seguido su consejo de ir a Nueva York?
Muy sencillamente, que tal vez mis Crónicas marcianas no hubieran existido nunca.
Pero Norman insistió una y otra vez en que debía pa­tearme las editoriales de Manhattan y en que él y su mujer Katie irían a guiarme y protegerme en el recorrido por la Gran Ciudad.
Atravesé el país, cuatro largos días con sus noches en el autobús Greyhound, fermentando en una gran bola de hongos, mientras atrás, en Los Ángeles, quedaba una espo­sa embarazada con 40 dólares en el banco y delante, en la calle 42, me esperaba la YMCA (5 dólares a la semana).
Fieles a su promesa, los Corwin me llevaron de un lado a otro y me presentaron un puñado de editores que pregun­taban: «¿Ha traído una novela?»
Yo confesaba que era velocista y no había llevado más que cincuenta cuentos y una antigua y baqueteada máquina portátil. ¿Necesitaban cincuenta cuentos superimaginati- vos, brillantes casi todos? No.
Lo cual me lleva al Qué-habría-pasado final y más impor­tante.
¿Qué habría pasado si no hubiera cenado nunca con el último editor que conocí, Walter I. Bradbury, de Dou- bleday, que me hizo la pregunta consabida y deprimente —¿Lleva usted alguna novela dentro?— sólo para oírme describir cómo todos las mañanas corría la milla en cuatro minutos, al desayuno pisaba la mina de una idea, recogía los pedazos, los fundía y cuando se acercaba el almuerzo los ponía a enfriar.
Walter Bradbury meneó la cabeza, terminó el postre, meditó y luego dijo:
—Creo que ya ha escrito una novela.
—¿Qué? —dije yo—. ¿Cuándo?
—¿Qué piensa de esa cantidad de cuentos marcianos que ha publicado en estos cuatro años? —replicó Brad—. ¿No hay un hilo común escondido? ¿No podría coserlas, ha­cer una especie de tapiz, medio primo de una novela?
—¡Dios mío! —dije yo.
—¿Sí?
—Dios mío. En 1944 leí Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, y me impresionó tanto que me dije que debía intentar algo la mitad de bueno y situarlo en Marte. ¡Esbocé un plan de personajes y sucesos del Planeta Rojo pero ;il poco tiempo lo perdí en mi archivo!
—Parecería que lo hemos encontrado —dijo Brad.
—¿Usted cree?
—Creo —dijo Brad—. Vuelva a la YMCA y escríbame un esquema de dos o tres docenas de historias marcianas. Ma­ñana me los trae. Si me gusta lo que veo, firmaremos un contrato y le daré un anticipo.
Sentado al otro lado de la mesa, Don Congdon, mi agen­te literario y mejor amigo, asintió.
—¡Estaré en su oficina al mediodía!
Para celebrarlo pedí un segundo postre. Brad y Don be­bieron cada uno una cerveza.
Era una noche de junio neoyorquina, típicamente calu­rosa. El aire acondicionado seguía siendo un lujo del futu­ro. Escribí hasta las tres de la mañana, sudando en ropa in­terior mientras pesaba y equilibraba a mis marcianos, que en sus extrañas ciudades pasaban las últimas horas antes de que arribaran y partieran mis astronautas.
Al mediodía, exhausto pero eufórico, le entregué a Wal­ter I. Bradbury el esquema.
—¡Lo ha conseguido! —dijo él—. Mañana tendrá un contrato y un cheque.
Debo haber hecho un montón de ruido. Cuando pude calmarme, le pregunté por mis otros cuentos.
—Ahora que vamos a publicar su primera novela —dijo Brad— podemos arriesgarnos con sus cuentos, aunque esas colecciones rara vez se venden. ¿Se le ocurre algún título que les ponga una especie de piel a dos docenas de cuentos diferentes...?
—¿Piel? —dije yo—. ¿Por qué no El hombre ilustrado, mi cuento sobre un voceador de feria cuyos tatuajes cobran vida con el sudor, uno a uno, y representan futuros en el pecho, las piernas y los brazos?
—Da la impresión de que tendré que hacer dos cheques de anticipo —dijo Walter I. Bradbury.
Dos días más (arde me fui de Nueva York con dos contra­tos y dos cheques por un total de 1.500 dólares. Dinero sufi­ciente para pagar un alquiler de 30 dólares al año, financiar al bebé y entregar el primer pago por una casita con terreno en Venice, California. Cuando nació nuestra primera hija, en el otoño de 1949, yo había ensamblado y fundido todos mis perdidos y reencontrados objetos marcianos. Resultó ser un libro, no de personajes excéntricos como Winesburg, Ohio, sino una serie de ideas extrañas, nociones, fantasías y sueños que había tenido y me habían despertado a los doce años.
Crónicas marcianas se publicó al año siguiente, a fines de la primavera de 1950.
Esa primavera, en viaje hacia el este, yo no sabía qué ha­bía hecho.
En Chicago, entre un tren y otro, fui al Instituto de Arte a comer con un amigo. En la escalinata del edificio vi una multitud y pensé que eran turistas. Pero cuando empecé a subir, la multitud se acercó a rodearme. No eran enamora­dos del arte sino lectores que habían comprado los prime­ros ejemplares de Crónicas marcianas y habían ido a decirme exactamente qué había hecho yo en mi exagerada incons­ciencia. Ese encuentro de mediodía me cambió la vida para siempre. Después nada fue igual.
La lista de los Qué-habría-pasado podría seguir eterna­mente. ¿Qué habría pasado si no hubiera conocido a Mag- gie, que para casarse conmigo hizo voto de pobreza? ¿Qué si Don Congdon no me hubiera escrito para ser agente mío y seguir siéndolo por cuarenta y tres años, empezando la mis­ma semana en que me casé con Marguerite?
Y  qué si, poco después de que se publicaran las Crónicas, no hubiera estado en una pequeña librería de Santa Mónica justo cuando entró Christopher Isherwood.
Rápidamente firmé un ejemplar de mi novela y se lo di.
Con expresión de pena y alarma, Isherwood lo aceptó y se fue corriendo.
Tres días después llamó por teléfono.
—¿Usted sabe qué ha hecho? —dijo.
—¿Qué? —dije yo.
—Ha escrito un libro excelente —dijo—. Me acaban de nombrar reseñador principal de la revista Tomorrow y el pri­mer libro que comentaré es el suyo.
Unos meses más tarde Isherwood llamó para decir que el celebrado filósofo inglés Gerald Heard deseaba cono­cerme
—¡No puede! —grité yo.
—¿Por qué no?
—¡Porque —protesté— en la casa nueva no tenemos muebles!
—Gerald se sentará en el suelo —dijo Isherwood.
Heard llegó y se acomodó en nuestra única silla.
Isherwood, Maggie y yo nos sentamos en el suelo.
Semanas más tarde, Heard y Aldous Huxley me invita­ron a tomar el té. En un momento, ambos se inclinaron ha­cia delante y preguntaron, cada uno como un eco del otro:
—¿Sabe qué es usted?
—¿Qué?
—Un poeta —dijeron.
—Dios mío —dije yo—. ¿De veras?
Así que terminamos como empezamos, con un amigo despidiéndome y otro yendo a recibirme al final de un viaje. ¿Qué habría pasado si Norman Corwin no me hubiera en­viado o Walter I. Bradbury no me hubiera recibido? Quizá Marte nunca hubiera conseguido una atmósfera, y su gen­te nunca hubiera nacido a vivir con máscaras doradas, y las ciudades, sin construir, hubieran quedado perdidas en las colinas que nadie socavó. Muchas gracias pues a ellos por esa incursión a Manhattan, que resultó ser un viaje de cua­renta y tres años a otro mundo.
6 de julio de 1990

LA LLUVIA por RAY BRADBURY



La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una
lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo
en los ojos, una résaca cn los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las
lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas;
entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las
hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de
los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono. Era una lluvia
sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.
- ¿Cuánto falta, teniente?
- No sñe. Un kilómetro, diez kilómetros, mil kilómetros.
- ¿No está seguro?
- ¿Cómo puedo estarlo?
- No me gusta esta lluvia. Si supiésemos, por lo menos, a qué
distancia está la cúpular solar, me sentiría mejor.
- Faltará una hora o dos.
- ¿Lo cree usted de veras, teniente?
- ¿O miente para animarnos?
- Miento para animarlos. ¡Cállese!
Los dos hombres estaban sentados bajo la lluvia. Detrás de ellos
había otros dos, empapados, cansados, derruidos, como arcilla deshecha.
El teniente abrió los ojos. Tenía una cara que alguna vez había sido
morena. La lluvia la había blanqueado. La lluvia la había quitado el color
de los ojos. Tenía los ojos blancos, blancos como los dientes, blancos como
el pelo. El tenienie era todo blanco. Hasta eI uniforme se le estaba
volviendo blanco, y quiza también un poco verde, a causa de los hongos.
El teniente sintió la lluvia en las mejillas.
- ¿Cuándo habrá dejado de llover en Venus? Hace muchos años
quizá.
- No desvaríe - dijo otro de los hombres -. En Venus nunca deja de
llover. Llueve y llueve. He vivido aquí durante diez años, y no ha habido
un minuto, ni siquiera un segundo, sin estos chaparrones.
- Como si viviéramos debajo del agua - dijo el teniente, y se
incorporó ajustándose las armas al cinturón -. Bueno, será mejor que
sigamos. Pronto llegaremos a esa cúpula.
- O no llegaremos - dijo el cínico.
- Sólo falta una hora, más o menos.
- Ahora trata de mentirme a mí, mi teniente.
- No, me miento a mí mismo. A veces es necesario mentir. No
aguantaré mucho más.
Los hombres se metieron en la selva, mirando sus brújulas de
cuando en cuando. No había ningún punto de referencia, sólo lo que
señalaba la brújula. Un cielo gris, y la lluvia, y la selva, y algún claro entre
los árboles, y detrás de ellos, muy lejos, en alguna parte, el cohete
destrozado. El cohete en el que yacían dos de sus compañeros, muertos, y
chorreando lluvia.
Los hombres caminaron en fila india, sin hablarse. De pronto,
llegaron a la orilla de un río, ancho, aplastado y de aguas oscuras, que
corría hacia el mar Unico. La lluvia cubría la superficie del río con un
billón de puntos.
- Vamos, Simmons - dijo el teniente.
Hizo una seña, y Simmons sacó un paquete que bajo la acción de
alguna sustancia química se infló hasta formar un bote. El teniente dirigió
el corte de algunas maderas y la rápida construcción de unos remos y los
hombres se lanzaron al río, remando rápidamente, a través de las aguas
tranquilas, bajo la lluvia.
El teniente sint; la lluvia fría en las mejillas, en el cuello y en los
móviles brazos. El frío le llegó a los pulmones. Sintió la lluvia en las
orejas, en los ojos, en las piernas.
- No dormí nada anoche - murmuró.
- ¿Quién pudo dormir? ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cuántas noches sin
sueño? ¡Treinta noches! ¡Treinta días! ¿Quién puede dormir mientras la
lluvia le rebota a uno en el cráneo? No sé qué daría por un sombrero.
Cualquier cosa, con tal de que la lluvia dejara de golpearme. Me duele la
cabeza. Continuamente.
- Lamento haber venido a la China - dijo otro.
- Nunca oí que Venus se llamase la China.
- Sí, la China. La hidroterapia china. ¿No recuerdas aquella antigua
tortura? Te atan contra un muro.
Cada media hora te cae una gota en la cabeza. Te vuelves loco
esperando la próxima gota. Bueno, lo mismo pasa en Venus, sólo que en
gran escala. No hemos nacido para vivir en el agua. No se puede dormir, no
se puede respirar, y uno se vuelve loco al sentirse empapado. Si
hubiésemos podido prever ese accidente, hubiéramos traído impermeables
y sombreros. Lo peor es esta lluvia que te golpea la cabeza. Es tan pesada.
Es como un cañonazo. No sé si podré aguantarlo mucho tiempo.
- Oh, ¡si encontráramos una cúpula solar! El hombre que inventó
esas cúpulas tuvo una buena idea.
Los hombres atravesaban el río, y pensaban, mientras tanto, en la
cúpula solar que estaba en alguna parte, ante ellos. Una cúpula
resplandeciente bajo la lluvia selvática. Una casa amarilla, redonda y
brillante como el sol. Una casa de cinco metros de alto por treinta de
diámetro. Calor, paz, comida caliente, y un refugio contra la lluvia. Y en el
centro de la cúpula brillaba, es claro, el sol. Un globo de fuego amarillo que
flotaba libremente en lo alto del edificio. Y mientras uno fumaba o leía o
bebía el chocolate caliente con burbujas de crema, se podía mirar el sol.
Allí estaba, amarillo, del mismo tamaño que el sol terrestre, cálido,
continuo. Dentro de esa casa. mientras pasaban ociosamente las horas, era
fácil olvidarse del mundo lluvioso de Venus.
El teniente se volvió y miró a los tres hombres que remaban
apretando los labios. Estaban tan blancos como setas, tan blancos como él.
Venus lo blanqueaba todo en sólo unos meses. Hasta la selva era un
enorme papel blanco con unas pocas líneas un poco menos blancas: un
dibujo de pesadilla. Cómo podía ser verde, si no había sol, si la lluvia caía
sin cesar en un permanente crepúsculo. La selva blanca, blanca, y las hojas
del color del queso y la tierra como húmedos trozos de queso Camembert y
los troncos de los árboles como tallos de setas gigantescas... todo negro y
blanco. ¿Y cuándo veían el suelo? ¿No era casi siempre un arroyo, un
pantano, un estanque, un lago, un río, y luego, por fin, el mar?
- Llegamos.
Los hombres saltaron a tierra, chapoteando. Desinflaron el bote e
hicieron de él un paquete. Luego, de pie junto a la orilla lluviosa, trataron
de fumar. Pasaron unos cinco minutos antes que, estremeciéndose, con el
encendedor invertido y protegido por las manos, pudieran aspirar unas
pocas bocanadas de unos cigarrillos que se mojaban rápidamente y que una
repentina ráfaga de lluvia les arrancaba de la boca.
Echaron a caminar.
- Un momento - dijo el teniente -. Creo haber visto algo ahí
adelante.
- ¿La cúpula solar?
- No estoy seguro. La lluvia se cerró en seguida.
Simmons comenzó a correr.
- ¡Simmons, vuelva!
Simmons desapareció bajo la lluvia. Los otros lo siguieron.
Encontraron a Simmons en un claro de la selva. Se detuvieron y
miraron a Simmons, y lo que Simmons había descubierto.
El cohete.
Allí estaba, donde lo habían dejado. Habían dado, de algún modo,
una vuelta completa, y se encontraban otra vez en el punto dc partida. Entre
los restos del cohete yacían los dos cadáveres. Unas algas verdes les salían
de las bocas. Se quedaron mirándolos, y las algas florecieron. Los pétalos
se desplegaron bajo la lluvia, y las plantas,comenzaron a morir.
- ¿Cómo hemos vuelto?
- Una tormenta eléctrica, probablemente. La electricidad desarregló
nuestras brújulas. Eso lo explica todo.
- Puede ser.
- ¿Qué haremos ahora?
- Empezar de nuevo.
- ¡Dios mío! ¡Estamos tan lejos como antes!
- Calma, Simmons.
- ¡Calma, calma! ¡Esta lluvia me enloquece!
- Tenemos bastante comida como para dos días, si no nos
excedemos.
La lluvia bailó sobre la piel de los kombres, sobre los trajes
empapados. La lluvia les corrió por las narices y las orejas, por los dedos y
las rodillas. Parecían unas fuentes de piedra rodeadas de árboles. Echaban
agua por todos los poros.
Y mientras estaban allí, mirando el cohete, oyeron un lejano rugido.
Y el monstruo salió de la lluvia.
El monstruo se alzaba sobre un millar de eléctricas patas azules.
Caminaba rápidamente, terriblemente Cada paso era un golpe. Donde se
posaba una pata, un árbol caía fulminado. El aire sc Ilenó de bocanadas de
humo. La lluvia aplastaba las débiles humaredas. El monstruo tenía mil
metros de altura y quinientos de ancho, e iba de un lado a otro como un
gigante ciego. A veces durante unos instantes, no tenía ninguna pata. Y en
seguida, en un segundo, mil látigos le salían del vientre, látigos azules y
blancos que herían la selva.
- La tormenta eléctrica - dijo uno de los hombres -. Arruinó las
brújulas. Y viene para aquí.
- Échense todos - dijo el teniente.
- ¡Corran! - gritó Simmons.
- No pierda la cabeza, Simmons. Échense. La tormenta sólo golpea
los lugares elevados. Quizá salgamos ilesos. Echémonos aquí, lejos del
cohete. Descargará ahí toda su fuerza y pasará sin tocarnos. ¡Cuerpo a
tierra!
Los hombres se echaron al suelo.
- ¿Viene? - se preguntaron después de un rato.
- Viene.
- ¿Está cerca?
- A unos doscientos metros.
- ¿Más cerca?
- ¡Aquí está!
El monstruo llegó y se detuvo sobre ellos. Diez relámpagos azules
golpearon el cohete. La nave se estremeció como un gong y dejó escapar
un eco metálico. El monstruo lanzó otros quince relámpagos que bailaron
alrededor del cohete, en una ridícula pantomima, palpando la selva y el
suelo barroso.
- ¡No! ¡No!
Uno de los hombres se puso de pie.
- ¡Échese, idiota! - le gritó el teniente.
- ¡No!
Los relámpagos golpearon la nave una docena de veces. El teniente
volvió la cabeza sobre el brazo y vio las enceguecedoras llamaradas azules.
Vio cómo se abrían los árboles y caían en pedazos. Vio la monstruosa nube
oscura que giraba como un disco negro y arrojaba otro centenar de lanzas
eléctricas.
El hombre que se había puesto de pie corría ahora, como por una
sala de columnas. Corría zigzagueando entre ellas, hasta que al fin doce de
esas columnas se abatieron sobre él, y se oyó el sonido de una mosca que
se posa sobre un alambre incandescente. El teniente había oído ese sonido
en su infancia, en una granja. Y en seguida se sintió el olor de un hombre
reducido a cenizas.
El teniente bajó la cabeza.
- No miren - les dijo a los otros.
Tenía miedo de que también ellos echaran a correr.
La tormenta descargó sobre los hombres una nueva serie de
relámpagos, y luego se alejó. Y otra vez volvió a sentirse sólo la lluvia. El
agua limpió el aire rápidamente y borró el olor de la carne chamuscada. Y
los tres sobrevivientes se sentaron a esperar a que se les calmaran los
sobresaltados corazones.
Luego se acercaron al cuerpo, pensando que quizá podrían salvarle
la vida. No podían creer que no fuese posible ayudarlo. Era una actitud
natural. No admitieron la muerte hasta que la tocaron, pensaron en ella, y
empezaron a discutir si debían enterrar el cadáver o dejarlo allí para que la
selva misma lo sepultara con las hojas que crecerían en no más de una hora.
El cuerpo del hombre era un hierro retorcido envuelto en un cuero
chamuscado. Parecía un maniquí de cera, metido en un incinerador y
retirado en seguida, cuando la cera comenzaba a aplastarse alrededor del
esqueleto de carbón. Sólo la dentadura era blanca. Los dientes brillaban
como un raro brazalete blanco, caído a medias sobre un puño apretado y
negro.
- No debió correr - dijeron todos, casi al mismo tiempo.
Y mientras miraban el cadáver, la vegetación creció rápidamente a
su alrededor, ocultándolo con hiedras, enredaderas y hasta flores para el
hombre muerto.
A lo lejos, la tormenta corrió sobre relámpagos azules, y
desapareció.
Los hombres cruzaron un río, y un arroyo, y un torrente, y otros
doce ríos, y más torrentes y arroyos. Nuevos ríos nacían continuamente
ante sus ojos, y los viejos ríos alteraban su curso... Ríos del color del
mercurio, ríos del color de la plata y la leche.
Los ríos corrían hacia el mar.
El mar Unico. En Venus sólo había un continente. Una tierra de
cuatro mil kilómetros de largo por mil kilómetros de ancho, y alrededor de
esta isla, sobre el resto del lluvioso planeta, se extendía el mar Unico. El
mar Unico, que golpeaba levemente las costas pálidas...
- Por aquí. - El teniente señaló el sur -. Podría asegurar que allá hay
dos cúpulas solares.
- ¿Ya que empezaron por qué no construyeron cien cúpulas más?
- Hay ciento veinte cúpulas, ¿no?
- Ciento veintiséis, hasta el mes pasado. Hace un año trataron de
que el Congreso votara una ley para construir otras dos docenas; pero, oh,
no, ya conocen la musiquita. Prefirieron que la lluvia enloqueciera a
algunos hombres.
Partieron hacia el sur.
El teniente y Simmons y el tercer hombre, Pickard, caminaron bajó
la lluvia. bajo la lluvia que caía pesadamente y dulcemente, bajo la lluvia
torrencial e incesante que caía a martillazos sobre la tierra y el mar y los
hombres en marcha.
Simmons fue el primero en verla.
- ¡Allá está!
- ¿Qué?
- ¡La cúpula solar!
El teniente parpadeó sacándose el agua de los ojos, y alzó las manos
para protegerse de las mordeduras de la lluvia.
A lo lejos, a orillas de la selva, junto al océano, se veía un
resplandor amarillo. Se trataba, indudablemente, de una cúpula solar.
Los hombres se sonrieron.
- Parece que tenía razon, teniente.
- Suerte.
- Oigan, al verla me siento otra vez lleno de vida.
-¡Vamos! ¡El último en llegar es un hijo de perra!
Simmons comenzó a trotar. Los otros lo siguieron automáticamente,
sin aliento, cansados, pero sin dejar de correr.
- Para mí un tazón de café - jadeó Simmons, sonriendo -. Y una
hornada de pan, ¡dioses! Y luego acostarse y dejar que el sol caiga sobre
uno. ¡El hombre que inventó la cúpula solar merece una medalla!
Corrieron con mayor rapidez. El resplandor amarillo se hizo aún
más brillante.
- ¡Pensar que tantos hombres enloquecen antes de encontrar el
remedio! Y sin embargo es tan sencillo. - Las palabras de Simmons
siguieron el ritmo de sus pasos -. ¡Lluvia, lluvia! Hace años. Encontr‚ un
amigo. En la selva. Caminando. Bajo la lluvia. Diciendo una y otra vez:
"No sé qué hacer, para salir, de esta lluvia. No sé qué hacer, para salir, de
ésta lluvia. No sé qué hacer..." Y así seguía. Sin detenerse. Pobre loco.
- ¡Ahórrese fuerzas!
Los hombres corrieron..
Todos se reían. Llegaron, riéndose, a la puerta de la cupula solar.
Simmons empujó la puerta.
- ¡Eh! - gritó -. ¡Traigan el café y los bizcochos!
Nadie respondió.
Los hombres atravesaron el umbral.
La cúpula estaba desierta y en sombras. Ningún sol sintético
flotaba, con su silbido de gas, en lo alto del cielo raso azul. Ninguna
comida estaba esperando. En la habitación reinaba el frío, como en una
tumba. Y a través de mil agujeros, abiertos recientemente en el techo,
entraba el agua, y las gotas de lluvia empapaban las gruesas alfombras y los
pesados muebles modernos, y estallaban sobre las mesas de vidrio. La selva
crecía en la habitación, como un musgo, en lo alto de las bibliotecas y en
los hondos divanes. La lluvia se introducía por los agujeros y caía sobre los
rostros de los tres hombres.
Pickard empezó a reírse dulcemente.
- Cállese, Pickard.
- Oh, dioses, miren lo que estaba esperándonos... Nada de sol, nada
de comida, nada. ¡Los venusinos! ¡Por supuesto! ¡Es obra de ellos!
Simmons asintió con un movimiento de cabeza. El agua le corrió
por el pelo plateado y por las cejas blancas.
- Una vez cada tanto los venusmos salen del mar y atacan las
cúpulas. Saben que si acaban con las cúpulas acabarán también con
nosotros.
- ¿Pero las cúpulas no están protegidas con armas?
- Por supuesto. - Simmons se dirigió hacia un lugar un poco menos
mojado que los otros -. Pero desde el último ataque han pasado cinco años.
Se descuidaron las defensas. Sorprendieron a estos hombres.
- ¿Pero dónde están los cadáveres?
- Los venusinos se los llevaron al mar. He oído decir que lo ahogan
a uno con un método delicioso. Tardan cuatro horas. Realmente delicioso.
Pickard se rio.
- Apuesto a que aquí no hay comida.
El teniente frunció el ceño y señaló a Pickard con un movimiento de
cabeza, mirando a Simmons. Simmons hizo un gesto y entró en un cuarto, a
un lado de la sala redonda. En la cocina había mojadas rodajas de pan y
trozos de carne donde crecía un vello verde.
La lluvia entraba por unos agujeros abiertos en el techo.
- Magnífico. - El teniente miró los agujeros -. Me parece que no
podríamos tapar esos agujeros e instalarnos aquí.
- ¿Sin comida, señor? - grunó Simmons -. La máquina solar está
rota. Sólo nos queda buscar la próxima cúpula. ¿Está muy lejos?
- No mucho. Recuerdo que en esta región construeron dos no muy
alejadas la una de la otra. Quizá si esperásemos aquí, una dotación de la
otra cúpula podría...
- Ya han estado aquí probablemcnte. Enviarán algunos hombres
para reparar el lugar dentro de unos seis meses, cuando el Congreso vote el
dinero. Me parece que no nos conviene esperar.
- Muy bien. Entonces nos comeremos el resto de las raciones y nos
pondremos en seguida en camino.
- Si por lo menos la lluvia no me golpeara la cabeza - dijo Pickard -.
Sólo por unos minutos... Si pudiera recordar en qué consiste sentirse
tranquilo. - Pickard se apretó la cabeza con ambas manos -. Recuerdo que
cuando iba a la escuela un granuja que se sentaba detrás de mí me pinchaba
y me pinchaba y me pinchaba cada cinco minutos, todo el día. Y así
durante semanas y meses. Yo tenía siempre los brazos lastimados, con
manchas negras o azules y pensaba que esos pinchazos terminarían por
volverme loco. Un día, perdí la cabeza y me volví en mi asiento con una
escuadra de metal que usaba en las clases de dibujo técnico, y casi lo mato
a aquel bastardo. Casi le saco la cabeza. Casi le arranco un ojo. Me echaron
de la clase, mientras yo gritaba: "¿Por qué no me deja tranquilo? ¿Por qué
no me deja tranquilo?" - Pickard se apretaba los huesos de la cabeza con
ambas manos. Cerraba los ojos -. ¿Pero qué puedo hacer ahora? ¿A quien
voy a golpear, a quién le diré que se vaya, que deje de molestarme? ¡Esta
lluvia maldita, como aquellos pinchazos, siempre sobre uno! ¡No se oye
nada más! ¡No se siente nada más!
- Llegaremos a la otra cúpula solar a las cuatro de la tarde.
- ¿Cúpula solar? ¡Miren ésta! ¿Y si todas las cúpulas de Venus
estuviesen así, eh? ¿Y si hubiese agujeros en todos los techos? ¿Y si entrara
la lluvia en todas las cúpulas?
- Tenemos que correr ese riesgo.
- Estoy cansado de correr riesgos. Sólo quiero un techo y un poco
de descanso. Que me dejen en paz.
- Llegaremos dentro de ocho horas, si aguanta hasta entonces.
- No se preocupen. Aguantaré muy bien –dijo Pickard y se echó a
reir sin mirar a sus compañeros.
- Comamos - dijo Simmons, observándolo.
Caminaron por la costa, siempre hacia el sur. A las cuatro horas
tuvieron que internarse en la selva para evitar un río de más de un
kilómetro de ancho, y de aguas demasiado rápidas. Recorrieron unos ocho
kilómetros y llegaron a un sitio en que el río surgía abruptamente de la
tierra, como de una herida mortal. Volvieron al océano bajo la lluvia.
- Tengo que dormir - dijo Pickard al fin. Se derrumbó -. No he
dormido en cuatro semanas. He probado, pero no puedo. Durmamos aquí.
El cielo estaba oscureciéndose. Caía la noche en Venus, una noche
tan negra que todo movimiento parecía peligroso. Simmons y el teniente
cayeron también de rodillas.
- Bueno - dijo el teniente -, veremos qué se puede hacer. Ya lo
hemos intentado antes, pero no sé... Este clima no parece invitar al sueño.
Los hombres se tendieron en el barro, tapándose las cabezas para
que el agua no les entrara por las bocas. Cerraron los ojos. El teniente se
estremeció.
No podía dormir.
Algo le corría por la piel. Algo crecía sobre él, en capas. Caían unas
gotas, sobre otras gotas, y todas se unían formando unos hilos de agua que
le corrían por el cuerpo. Y mientras, las raíces de las plantas se le metían en
la ropa. Sintió que la hiedra lo cubría con un segundo traje; sintió que los
capullos de las florecitas se abrían, y que caían los pétalos. Y la lluvia
seguía y seguía, golpeándole el cuerpo y la cabeza. En la noche luminosa
(pues la vegetación brillaba ahora en la oscuridad) podía ver las figuras de
los otros dos hombres, como troncos caídos cubiertos por un manto de
hierbas y flores. La lluvia le golpeó la cara. Se cubrió la cara con las
manos. La lluvia le golpeó entonces el cuello. Se volvió boca abajo, en el
barro, entre las plantas de tejidos elsticos, y la lluvia le golpeó la espalda y
las piernas.
El teniente se incorporó y comenzó a sacudirse el agua del cuerpo.
Mil manos lo estaban tocando, y no quería que lo tocaran. Ya no lo
aguantaba más. Trastabilló y chocó contra alguien. Era Simmons, de pie
bajo la lluvia. Simmons escupía, tosía y estornudaba. Y en seguida Pickard,
gritando, se incorporó y echó a correr.
- ¡Un momento, Pickard!
- ¡Basta! ¡Basta! - gritaba Pickard. Disparó seis veces su arma
contra el cielo de la noche. En el resplandor de la pólvora, durante un
instante, con cada detonación, los hombres pudieron ver ejércitos de gotas
de lluvia. como incrustadas en una vasta e inmóvil piedra de ámbar, como
sorprendidas por la explosión. Quince billones de gotitas, quince billones
de lágrimas, quince billones de joyas en una vitrina forrada de terciopelo
blanco. Y luego, cuando la luz desapareció, las gotas que se habían
detenido para ser fotografiadas, que habían suspendido su rápido descenso,
cayeron sobre los hombres, como una nube de voraces insectos, fría y
dolorosa.
- ¡Basta! ¡Basta!
- ¡Pickard!
Pero Pickard ya no se movía.
El teniente encendió una linterna e iluminó el rostro húmedo de
Pickard. El hombre tenía los ojos desorbitados y la boca abierta, y el rostro
vuelto hacia arriba, de modo que el agua le golpeaba la lengua y le
estallaba en la boca, y le lastimaba y le mojaba los ojos abiertos, y le salía
en burbujas de la nariz como un murmullo espumoso.
- ¡Pickard!
Pickard no contestó. Se quedó allí, sin moverse, mientras las
pompas de la lluvia se rompían sobre su pelo descolorido, y los collares y
las pulseras del agua se le desprendían del cuello y las muñecas.
- ¡Pickard! Nos vamos. Síganos.
La lluvia resbalaba por las orejas de Pickard.
- ¿Me oye, Pickard?
Como si estuviese gritando dentro de un pozo.
- ¡Pickard!
- Déjelo - murmuró Simmons.
- No podemos seguir sin él.
- ¿Y qué vamos a hacer? ¿Llevarlo a la rastra? - exclamó Simmons
-. Será totalmente inútil. Tanto para él como para nosotros. ¿Sabe qué hará?
Se quedará ahí hasta ahogarse.
- ¿Qué?
- Debía saberlo. ¿No conoce la historia? Se quedará ahí, con la
cabeza levantada, y dejará que el agua le entre por la nariz y la boca.
Respiraráagua.
- No.
- Así lo encontraron al general Mendt. Sentado en una roca, con la
cabeza echada hacia atrás, respirando lluvia. Tenía los pulmones llenos de
agua.
El teniente volvió a iluminar aquel rostro inmóvil.
De la nariz de Pickard salía un sonido húmedo.
- ¡Pickard! - El teniente lo abofeteó.
- No puede sentirlo - dijo Simmons -. Unos pocos días bajo esta
lluvia y uno ya no tiene ni cara ni piernas ni manos.
El teniente se miró horrorizado la mano. No la sentía.
- Pero no podemos dejarlo aquí.
- Le enseñaré qué podemos hacer.
Simmons disparó su arma.
Pickard cayó en un charco.
- No se mueva, teniente - dijo Simmons -. Tengo el arma cargada.
Reflexione. Pickard se hubiese quedado ahí, de pie o sentado, hasta
ahogarse. Esto es más rápido.
El teniente miró parpadeando el cuerpo de Pickard.
- Pero usted lo mató.
- Sí, porque se hubiese convertido en una carga, y hubiese
terminado con nosotros. ¿Le vio la cara? Estaba loco.
Pasó un rato, y al fin el teniente asintió.
- Bueno.
Los dos hombres volvieron a caminar bajo la lluvia.
En la noche sombría, las linternas lanzaban unos rayos que apenas
atravesaban la lluvia. Después de media hora tuvieron que detenerse
devorados por el hambre, y esperar la llegada del alba. Cuando amaneció,
la luz era gris, y seguía lloviendo. Los hombres se pusieron otra vez en
camino.
- Hemos calculado mal - dijo Simmons.
- No. Falta una hora.
- Hable más fuerte. No puedo oírlo. - Simmons se detuvo y sonrió -.
Por Cristo - dijo, y se tocó las orejas -. Mis orejas. Ya no las tengo. Esta
lluvia me pelará hasta los huesos.
- ¿No oye nada? - dijo el teniente.
- ¿Qué? - Los ojos de Simmons parecían asombrados.
- Nada. Vamos.
- Creo que esperaré aquí. Siga usted adelante.
- No puede hacer eso.
- No lo oigo. Siga usted. No puedo más. No creo quehaya una
cúpula por estos lados. Y si la hubiese, tendrá probablemente el techo lleno
de agujeros, como la otra. Creo que voy a sentarme.
- ¡Levántese, Simmons!
- Hasta luego, teniente.
- ¡No puede abandonar ahora!
- Tengo un arma que dice que sí. Ya nada me importa. No estoy
loco todavía, pero no tardaré mucho en estarlo. Y no quiero morir de ese
modo. Tan pronto como usted se aleje dispararé contra mí mismo.
- ¡Simmons!
- Oiga, es cuestión de tiempo. Morir ahora o dentro de un rato.
¿Qué le parece si al llegar a la próxima cúpula se encuentra con el techo
agujereado? Sería magnífico, ¿no?
El teniente esperó un momento, y al fin se fue, chapoteando bajo la
lluvia. Se volvió una vez y llamó a Simmons, pero el hombre siguió allí,
con el arma en la mano, esperando a que el teniente se perdiera de vista.
Simmons sacudió la cabeza y le hizo una seña como para que siguiera
caminando.
El teniente no oyó ni siquiera la detonación.
Mientras caminaba masticó unas flores. No eran venenosas ni
tampoco muy nutritivas. Las vomitó un minuto después.
Trató de hacerse un sombrero con hojas. Pero ya lo había intentado
otras veces. La lluvia le disolvió las hojas sobre la cabeza. Desprendidas de
sus tallos las hojas se le pudrían rápidamente entre los dedos,
transformándose en una masilla gris.
- Otros cinco minutos - se dijo a sí mismo -. Otros cinco minutos y
luego me meteré en el mar y seguiré caminando. No estamos hechos para
esto. Ningún terrestre ha podido ni podrá soportarlo. Los nervios, los
nervios.
Avanzó tambalendose por un mar de fango y follaje, y subió a una
loma.
A lo lejos, entre los finos velos del agua, se veía una débil mancha
amarilla.
La otra cúpula solar.
A través de los árboles, muy lejos, un edificio redondo y amarillo.
El teniente se quedó mirándolo,
tambaleante.
Echó a correr. y volvió a caminar. Tenía miedo. ¿Y si fuese la
misma cúpula? ¿Y si fuese la cúpula muerta, sin sol?
El teniente resbaló y cayó al suelo. Quédate ahí, pensó. Te has
equivocado. Todo es inútil. Bebe toda el agua que quieras.
Pero se incorporó otra vez. Cruzó varios arroyos, y el resplandor
amarillo se hizo más intenso, y echó a correr otra vez, quebrando con sus
pisadas espejos y vidrios, y lanzando al aire, con el movimiento de los
brazos, diamantes y piedras preciosas.
Se detuvo ante la puerta amarilla donde se leía CUPULA SOLAR.
Extendió una mano entumecida y la tocó. Movió el pestillo y entró,
tambaleándose.
Miró a su alrededor. Detrás de él, en la puerta, los torbellinos de la
lluvia. Ante él, sobre una mesa baja, un tazón plateado de chocolate
caliente, humeante, y una fuente llena de bizcochos. Y al lado, en otra
fuente, sandwiches de pollo y rodajas de tomate y cebollas verdes. Y en
una percha, en frente, una gran toalla turca, verde y gruesa, y un canasto
para guardar las ropas mojadas. Y a la derecha, una cabina donde unos
cálidos rayos secaban todo, instantáneamente. Y sobre una silla, un
uniforme limpio que esperaba a alguien, a él o a cualquier otro extraviado.
Y allá, más lejos, el café que humeaba en recipientes de cobre, y un
fonógrafo del que nacía una música serena, y unos libros encuadernados en
cuero rojo o castano. Y cerca de los libros, un sofá blando y hondo donde
podía acostarse, desnudo, a absorber los rayos de ese objeto grande y
brillante que dominaba la habitación.
Se llevó las manos a los ojos. Vio a otros hombres que se acercaban
a él, pero no les dijo nada. Esperó, abrió los ojos y miró. El agua le caía a
chorros del uniforme y formaba un charco a sus pies. Sintió que el pelo, la
cara, el pecho, los brazos y las piernas se le estaban secando.
El teniente miraba el sol.
El sol colgaba en el centro del cuarto, grande y amarillo, y cálido.
Era un sol silencioso, en una habitación silenciosa. La puerta estaba cerrada
y la lluvia era sólo un recuerdo para su cuerpo palpitante. El sol estaba allá
arriba, en el cielo azul de la habitación, cálido, caliente, amarillo, y
hermoso.
El teniente se adelantó, arrancándose las ropas.

LA ÚLTIMA NOCHE DEL MUNDO por RAY BRADBURY



- ¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?
- ¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?
- Sí, en serio.
- No sé, no lo he pensado.
El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo
las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz
de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a
café torrado.
- Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.
- ¡No lo dirás en serio!
El hombre asintió.
- ¿Una guerra?
El hombre sacudió la cabeza.
- No.
- ¿La bomba atómica o la bomba de hidrógeno?
- No.
- ¿Una guerra bacteriológica?
- Nada de eso - dijo el hombre, revolviendo suavemente el café -.
Sólo, digamos, un libro que se cierra.
- Me parece que no entiendo.
- No. Y yo tampoco, realmente. Sólo es un presentimiento. A
veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y sólo una cierta paz. -
Miró a las niñas y los caballos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara
-. No te lo he dicho. Ocurrió por primera vez hace cuatro noches.
- ¿Qué?
- Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una
voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a
detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero
fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la
ventana, y le pregunté: ¿Qué piensas, Stan?, y él me dijo: Tuve un sueño
anoche. Antes que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ése. Podía
habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.
- ¿Era el mismo sueño?
- Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció
sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por
la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a
caminar, simplemente, cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes
con los ojos clavados en los escritorios, o que se observaban las manos, o
que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.
- ¿Y todos habían soñado?
- Todos. El mismo sueño, exactamente.
- ¿Crees que será cierto?
- Sí, nunca estuve más seguro.
- ¿Y cuando terminará? El mundo, quiero decir.
- Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la
noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará
veinticuatro horas.
Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron
lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.
- ¿Merecemos ésto? - preguntó la mujer.
- No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no
has tratado de negarlo. ¿Por qué?
- Creo tener una razón.
- ¿La que tenían todos en la oficina?
La mujer asintió.
- No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de
eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era sólo una
coincidencia. - La mujer levantó de la mesa el diario de la tarde -. Los
periódicos no dicen nada.
- Todo el mundo lo sabe. No es necesario. - El hombre se reclinó en
su silla, mirándola. - ¿Tienes miedo?
- No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.
- ¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se
habla?
- No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto
es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.
- No hemos sido tan malos ¿no es cierto?
- No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No
hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los
demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.
En el vestíbulo las niñas se reían.
- Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a
gritar en las calles.
- Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.
- ¿Sabes? Te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad,
ni mi trabajo, ni nada, excepto vosotras tres. No me faltará nada más.
Salvo, quizá, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace
calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este
modo?
- No se puede hacer otra cosa.
- Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que
hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer
de noche.
- Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y
durante las próximas horas.
- Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas,
acostar a los niños, acostarse. Como siempre.
- En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso... como siempre.
El hombre permaneció inmóvil durante un rato, y al fin se sirvió
otro café.
- ¿Por qué crees que será esta noche?
- Porque sí.
- ¿Por qué no alguna noche del siglo pasado o de hace cinco siglos
o diez?
- Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 1969 y ahora sí. Quizá
porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las
cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.
- Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de
ida y vuelta a través del océano, y que nunca llegarán a tierra.
- Eso también lo explica, en parte.
- Bueno - dijo el hombre incorporándose -, ¿qué haremos ahora?
¿Lavamos los platos?
Lavaron los platos y los apilaron con un cuidado especial. A las
ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y
apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.
- No sé... - dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia
atrás, con la pipa entre los labios.
- ¿Qué?
- ¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para
que entre un poco de luz?
- ¿Lo sabrán también las chicas?
- No, naturalmente que no.
El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y
hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las
brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y
las once y media.
Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado
la velada, cada uno a su modo.
- Bueno - dijo el hombre al fin.
Besó a su mujer durante un rato.
- Nos hemos llevado bien, después de todo - dijo la mujer.
- ¿Tienes ganas de llorar? - le preguntó el hombre.
- Creo que no.
Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio.
Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche, y retiraron las colchas.
- Las sábanas son tan limpias y frescas...
- Estoy cansada.
- Todos estamos cansados.
Se metieron en la cama.
- Un momento - dijo la mujer.
El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un
momento después estaba de vuelta.
- Me había olvidado de cerrar los grifos.
Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de
veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho
nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.
- Buenas noches - dijo el hombre después de un rato.
- Buenas noches - dijo la mujer.

martes, junio 05, 2012

OSCURIDAD por LORD BYRON




Tuve un sueño que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
Vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
Oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
De esta desolación, y todos los corazones
Se congelaron en una plegaria egoísta por luz,
Y vivieron junto a hogueras, y los tronos,
Los palacios de los reyes coronados, las chozas,
Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros.
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes, y su antorcha montañosa,
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques, pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos
Se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.
Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza
Tenían un aspecto no terreno cuando de pronto
Haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían
Y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
Sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían;
Y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban
Sus pilas funerarias con combustible, y miraban hacia arriba
Suplicando con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez
Con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
Y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban
Y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
Y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
Venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
Y se enroscaron escondiéndose entre la multitud,
Siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.
Y la Guerra, que por un momento se había ido,
Se sació otra vez; una comida se compraba
Con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo
Atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor.
Toda la tierra era un solo pensamiento y ese era la muerte
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
Del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres
Morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne;
El magro por el magro fue devorado,
Y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
A raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
Hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
Tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
Y un corto grito desolado, lamiendo la mano
Que no respondió con una caricia, murió.
De a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos
De una ciudad enorme sobrevivieron,
Y eran enemigos; se encontraron junto
A las agonizantes brasas de un altar
Donde se había apilado una masa de cosas santas
Para un fin impío; hurgaron,
Y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
En las débiles cenizas, y sus débiles alientos
Soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
Que era una ridícula; entonces levantaron
Sus ojos al verla palidecer, y observaron
El aspecto del otro, miraron, y gritaron, y murieron.
De puro espanto mutuo murieron,
Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
La hambruna había escrito "Enemigo". El mundo estaba vacío,
Lo populoso y lo poderoso era una masa,
Sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida;
Una masa de muerte, un caos de dura arcilla.
Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
Y nada se movía en sus silenciosos abismos;
Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
Dormían en el abismo sin un vaivén.
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora la Luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
De su ayuda... Ella era el universo

TESTAMENTO (FRAGMENTO) FRANCOIS VILLON




I

A los treinta años de mi vida,
ya insensible a los deshonores,
ni muy loco ni muy sensato,
pese a penas y humillaciones
que sufrí todas sepultado
de Orleáns en hondas prisiones
por culpa sola de un obispo
que d'Aussigny lleva por nombre..

II

¡Obispo de otros es, no mío!
No es mi señor tampoco, tierra
no tengo de él sino en el alma.
No soy su siervo... ni su cierva.
No le debo fe ni homenaje.
Con pan duro y con agua negra
me convidó todo un verano.
¡Le trate Dios de igual manera!

III

Sé que alguno puede acusarme
con el cuento de que maldigo;
no hay tal, si comprenderme sabe,
porque no hablo mal de ese obispo.
Lo que yo pido es solamente,
que si piadoso fue conmigo
que así para su cuerpo y alma
sea el Señor del Paraíso.

IV

Y si tratóme con crueldad,
y con más de la que aquí cuento,
también pido que en igualdad
lo trate el Rey del firmamento.
No olvido que la Iglesia ordena
que por el enemigo oremos...
Pero ya mi vergüenza y faltas
serán juzgadas en los cielos.

V

Rezaré por él ¡juro al alma
del difunto borrachín Cotart!
Rezaré pero callandito,
que tengo pereza para hablar.
Ha de ser un rezo picardo...
Si no me entiende puede viajar
—si se atreve— a Douai o a Lille
que allí bien se lo han de explicar.

VI

Y si quiere saber qué pido
para él con ansias salvajes
se lo diré aquí y ahora mismo,
pero que no lo cuente a nadie:
en mi salterio, que carece
de tapas, de hojas y de márgenes,
por d'Aussigny rezo el versículo
octavo del salmo Deus Laudem.

VII

Ruego al divino Jesucristo,
a Quien invoco en mis desgracias
y Cuyo soy en alma y cuerpo,
que dé acogida a mi plegaria.
El, que de tantos extravíos
me preservó, y de fuerza mala,
alabado sea, y Su Madre,
y Luis, el bravo Rey de Francia

VIII

a quien Dios de Jacob la dicha
mande, y de Salomón la gloria
(puesto que fuerza no le falta
y que arrojo, a mi fe, le sobra);
y que asimismo le conceda
en esta vida, transitoria
durar lo que Matusalén,
que sea eterna su memoria

IX

y doce hijos, varones bellos,
de su fiera sangre real,
valientes como Carlomagno,
concebidos en lid nupcial
y como San Marcial bizarros.
No le deseo mayor mal.
Que en el mundo coja esos frutos
y el Paraíso halle al final.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...