domingo, octubre 21, 2012

EL FACTOR DIOS por JOSE SARAMAGO



En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición.
Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre.
En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y
va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los
disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y
troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras,
miembros amputados. Los hombres eran rebeldes.
En algún lugar de Angola.
Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no
esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza
del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una
segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los
soldados se ríen. El negro era un guerrillero
En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a
un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha.
El palestino había tirado piedras.
Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones
comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el
integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las
derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el
edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos,
enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan
por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la
cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la
agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al
principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica
más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de
efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes
aplastadas, de huesos triturados, de mierda.
El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la
estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí
estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger
una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover
una piedra, un trozo de pared,una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza
irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado.
Pero hasta esto mismo es repetitivo y
monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de
aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de
aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y
apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de
arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y
Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones
para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir
de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las
peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la
más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella
que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en
nombre de Dios.
Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han
servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han
sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de
monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más
tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de
respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las
circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los
creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen
iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un
nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un
día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio
nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como
los otros, insultos descarados a una inteligencia y aun sentido común que tanto
trabajo nos costó conseguir.
Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo
respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha
permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más
horrendo y cruel.
Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una
organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que
deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso
connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia
y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la
herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra
herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha
existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para
colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego
justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria,
mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva
York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la
voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de
terror y sangre las páginas de la Historia.
Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se
deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor
Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor
de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes
de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados
Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que
se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade
Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra
las humillaciones.
Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde
ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos,
pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente
igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la
religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las
puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo
que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un
hombre acabó por hacer del hombre una bestia.
Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar
la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se
pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con
el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo
Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han
enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´.
No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más
pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá
demostrándose

LA MAQUINA DE FOLLAR por CHARLES BUKOWSKI




Hacía mucho calor aquella noche en el Bar de Tony. Ni siquiera pensaba enfollar. Sólo en
beber cerveza fresca. Tony nos puso un par para mí y para Mike el Indio, y Mike sacó el
dinero. le dejé pagar la primera ronda. Tony lo echó en la caja registradora, aburrido, y miró
alrededor... había otros cinco o seis mirando sus cervezas. Ímbéciles. Así que Tony se sentó
con nosotros.
-¿Qué hay de nuevo, Tony? -pregunté.
-Es una mierda -dijo Tony.
-No hay nada nuevo.
-Mierda -dijo Tony.
-Ay, mierda -dijo Mike el Indio.
Bebimos las cervezas.
-¿Qué piensas tú de la Luna? -pregunté a Tony.
-Mierda -dijo Tony.
-Sí -dijo Mike el Indio-, el que es un carapijo en la Tierra, es un carapijo en la Luna, qué
más da.
-Dicen que probablemente no haya vida en Marte -comenté.
-¿Y qué coño importa? -preguntó Tony.
-Ay, mierda -dije-. Dos cervezas más.
Tony las trajo, luego volvió a la caja con su dinero. Lo guardó. Volvió.
-Mierda, vaya calor. Me gustaría estar más muerto que los antiguos.
-¿Adónde crees tú que van los hombres cuando mueren, Tony?
-¿Y qué coño importa?
-¿Tú no crees en el Espíritu Humano?
-¡Eso son cuentos!
-¿Y qué piensas del Che, de Juana de Arco, de Billy el Niño, y de todos esos?
-Cuentos, cuentos.
Bebimos las cervezas pensando en esto.
-Bueno -dije-, voy a echar una meada.
Fui al retrete y allí, como siempre, estaba Petey el Búho.
La saqué y empecé a mear.
-Vaya polla más pequeña que tienes -me dijo.
-Cuando meo y cuando medito sí. Pero soy lo que tú llamas un tipo elástico. Cuando llega
el momento, cada milímetro de ahora se convierte en seis.
-Hombre, eso está muy bien, si es que no me engañas. Porque ahí veo por lo menos cinco
centímetros.
-Es sólo el capullo.
-Te doy un dólar si me dejas chupártela.
-No es mucho.
-Eso es más que el capullo. Seguro que no tienes más que eso.
-Vete a la mierda, Petey.
-Ya volverás cuando no te quede dinero para cerveza.
Volví a mi asiento.
-Dos cervezas más - pedí.
Tony hizo la operación habitual. Luego volvió.
-Vaya calor, voy a volverme loco -dijo.
-El calor te hace comprender precisamente cuál es tu verdadero yo– le expliqué a Tony.
-¡Corta ya! ¿me estás llamando loco?
-La mayoría lo estamos. pero permanece en secreto.
-Sí, claro, suponiendo que tengas razón en esa chorrada, dime, ¿cuántos hombres cuerdos
hay en la tierra? ¿hay alguno?
-Unos cuantos.
-¿Cuántos?
-¿De todos los millones que existen?
-Sí, sí.
-Bueno, yo diría que cinco o seis.
-¿Cinco o seis? -dijo Mike el Indio-. ¡hombre no jodas!
-¿Cómo sabes que estoy loco? di -dijo Tony-. ¿cómo podemos funcionar si estamos
locos?
-Bueno, dado que estamos todos locos, hay sólo unos cuantos para controlarnos,
demasiado pocos, así que nos dejan andar por ahí con nuestras locuras. De momento, es todo
lo que pueden hacer. Yo en tiempos creía que los cuerdos podrían encontrar algún sitio donde
vivir en el espacio exterior mientras nos destruían. Pero ahora sé que también los locos
controlan el espacio.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque ya plantaron la bandera norteamericana en la luna.
-¿Y si los rusos hubieran plantado una bandera rusa en la luna?
-Sería lo mismo -dije.
-¿Entonces tú eres imparcial? -preguntó Tony.
-Soy imparcial con todos los tipos de locura.
Silencio. Seguimos bebiendo. Tony también; empezó a servirse whisky con agua.
Podía; era el dueño.
-Coño, qué calor hace -dijo Tony.
-Mierda, sí -dijo Mike el Indio.
Entonces Tony empezó a hablar.
-Locura -dijo- ¿y si os dijera que ahora mismo está pasando algo de auténtica locura?
-Claro -dije.
-No, no, no... ¡quiero decir AQUI, en mi bar!
-¿Sí?
-Sí. Algo tan loco que a veces me da miedo.
-Explícame eso, Tony -dije, siempre dispuesto a escuchar los cuentos de los otros.
Tony se acercó más.
-Conozco a un tío que ha hecho una máquina de follar. No esas chorradas de las revistas
de tías. Esas cosas que se ven en los anuncios. Botellas de agua caliente con coños de carne de
buey cambiables, todas esas chorradas. Este tipo lo ha conseguido de veras. es un científico
alemán, lo cogimos nosotros, quiero decir nuestro gobierno. Antes de que pudieran agarrarlo
los rusos. No lo contéis por ahí.
-Claro hombre, no te preocupes...
-Von Brashlitz. el gobierno intentó hacerle trabajar en el ESPACIO. No hubo nada que
hacer. Es un tipo muy listo, pero no tiene en la cabeza más que esa MAQUINA DE FOLLAR.
Al mismo tiempo, se considera una especie de artista, a veces dice que es Miguel Angel... le
dieron una pensión de quinientos dólares al mes para que pudiera seguir lo bastante vivo para
no acabar en un manicomio. Anduvieron vigilándole un tiempo, luego se aburrieron o se
olvidaron de él, pero seguían mandándole los cheques, y de vez en cuando, una vez al mes o
así, iba un agente y hablaba con él diez o veinte minutos, mandaba un informe diciendo que
aún seguía loco y listo. Así que él andaba por ahí de un sitio a otro, con su gran baúl rojo
hasta que, por fin, una noche, llega aquí y empieza a beber. Me cuenta que es sólo un viejo
cansado, que necesita un lugar realmente tranquilo para hacer sus experimentos. Y le escondí
aquí. Aquí vienen muchos locos, ya sabéis.
-Sí -dije yo.
-Luego, amigos, empezó a beber cada vez más, y acabó contándomelo. Había hecho una
mujer mecánica que podía darle a un hombre más gusto que ninguna mujer real de toda la
historia... además sin tampax, ni mierdas, ni discusiones.
-Llevo toda la vida buscando una mujer así -dije yo.
Tony se echó a reír.
-Y quién no. Yo creía que estaba chiflado, claro, hasta que una noche después de cerrar
subí con él y sacó la MAQUINA DE FOLLAR del baúl rojo.
-¿Y?
-Fue como ir al cielo antes de morir.
-Déjame que imagine el resto -le pedí.
-Imagina.
-Von Brashlitz y su MAQUINA DE FOLLAR están en este momento arriba, en esta
misma casa.
-Eso es -dijo Tony.
-¿Cuánto?
-Veinte billetes por sesión.
-¿Veinte billetes por follarse una máquina?
-Ese tipo ha superado a lo que nos creó, fuese lo que fuese. ya lo verás.
-Petey el Búho me la chupa y me da un dólar.
-Petey el Búho no está mal, pero no es un invento que supere a los dioses.
Le di mis veinte.
-Te advierto, Tony, que si se trata de una chifladura del calor, perderás a tu mejor cliente.
-Como dijiste antes, todos estamos locos de todas formas. Puedes subir.
-De acuerdo -dije.
-Vale -dijo Mike el Indio-. Aquí están mis veinte.
-Os advierto que yo sólo me llevo el cincuenta por ciento. El resto es para Von Brashlitz.
Quinientos de pensión no es mucho con la inflación y los impuestos, y von B. bebe cerveza
como un loco.
-De acuerdo -dije-. ya tienes los cuarenta. ¿dónde está esa inmortal MAQUINA DE
FOLLAR?
Tony levantó una parte del mostrador y dijo:
-Pasad por aquí. Tenéis que subir por la escalera del fondo. Cuando lleguéis llamáis y
decís «nos manda Tony».
-¿En cualquier puerta?
-La puerta 69.
-Vale -dije-, ¿qué más?
-Listo -dijo Tony-, preparad las pelotas.
Encontramos la escalera. subimos.
-Tony es capaz de todo por gastar una broma -dije.
Llegamos. Allí estaba: puerta 69.
Llamé:
-Nos manda Tony.
-¡Oh, pasen, pasen, caballeros!
Allí estaba aquel viejo chiflado con aire de palurdo, vaso de cerveza en la mano, gafas de
cristal doble. Como en las viejas películas. Tenía visita al parecer, una tía joven, casi
demasiado, parecía frágil y fuerte al mismo tiempo.
Cruzó las piernas, toda resplandeciente: rodillas de nylon, muslos de nylon, y esa zona
pequeña donde terminan las largas medias y empieza justo esa chispa de carne. Era todo culo
y tetas, piernas de nylon, risueños ojos de límpido azul...
-Caballeros... mi hija Tanya...
-¿Qué?
-Sí, ya lo sé, soy tan... viejo... pero igual que existe el mito del negro que está siempre
empalmado, existe el de los sucios viejos alemanes que no paran de follar. Pueden creer lo
que quieran. De todos modos, ésta es mi hija Tanya...
-Hola, muchachos -dijo ella sonriendo.
Luego todos miramos hacia la puerta en que había ese letrero: SALA DE ALMACENAJE
DE LA MAQUINA DE FOLLAR.
Terminó su cerveza.
-Bueno... supongo, muchachos, que venís a por el mejor POLVO de todos los tiempos...
-¡Papaíto! -dijo Tanya-. ¿Por qué tienes que ser siempre tan grosero?
Tanya recruzó las piernas, más arriba esta vez, y casi me corro.
Luego, el profesor terminó otra cerveza, se levantó y se acercó a la puerta del letrero
SALA DE ALMACENAJE DE LA MAQUINA DE FOLLAR. Se volvió y nos sonrió.
Luego, muy despacio, abrió la puerta. Entró y salió rodando aquel chisme que parecía una
cama de hospital con ruedas.
El chisme estaba DESNUDO, una mesa de metal.
El profesor nos plantó aquel maldito traste delante y empezó a tararear una cancioncilla,
probablemente algo alemán.
Una masa de metal con aquel agujero en el centro. El profesor tenía una lata de aceite en
la mano, la metió en el agujero y empezó a echar sin parar de aquel aceite. Sin dejar de
tararear aquella insensata canción alemana. Y siguió un rato echando aceite hasta que por fin
nos miró por encima del hombro y dijo: «bonita, ¿eh?». Luego, volvió a su tarea, a seguir
bombeando aceite allí dentro.
Mike el Indio me miró, intentó reírse, dijo:
-Maldita sea... ¡han vuelto a tomarnos el pelo!
-Sí -dije yo-, estoy como si llevara cinco años sin echar un polvo, pero tendría que estar
loco para meter el pijo en ese montón de chatarra.
Von Brashlitz soltó una carcajada. Se acercó al armario de bebidas. Sacó otro quinto de
cerveza, se sirvió un buen trago y se sentó frente a nosotros.
-Cuando empezamos a saber en Alemania que estaba perdida la guerra, y empezó a
estrecharse el cerco, hasta la batalla final de Berlín, comprendimos que la guerra había
tomado un giro nuevo: la auténtica guerra pasó a ser entonces quién agarraba más científicos
alemanes. Si Rusia conseguía la mayoría de los científicos o si los conseguía Norteamérica...
los que más consiguieran serían los primeros en llegar a la Luna, los primeros en llegar a
Marte... los primeros en todo. En fin, el resultado exacto no lo sé... numéricamente o en
términos de energía cerebral científica. Sólo sé que los norteamericanos me cogieron primero,
me agarraron, me metieron en un coche, me dieron un trago, me pusieron una pistola en la
sien, hicieron promesas, hablaron y hablaron. Yo lo firmé todo...
-Ttodas esas consideraciones históricas me parecen muy bien -dije yo-. Pero no voy a
meter la polla, mi pobrecita polla, en ese cacharro de acero o de lo que sea. Hitler debía ser
realmente un loco para confiar en usted. ¡Ojalá le hubieran echado el guante los rusos! ¡Yo lo
que quiero es que me devuelvan mis veinte dólares!
Von Brashlitz se echó a reír.
-Jiii jiii jiii ji... es sólo mi bromita de siempre. Jiii jiii jiii ji!
Metió otra vez el cacharro en el cuartito. Cerró la puerta.
-¡Ay, ji jiii ji! -bebió otro trago de schnaps.
Luego se sirvió más. Lo liquidó.
-Caballeros, ¡yo soy un artista y un inventor! mi MAQUINA DE FOLLAR es en realidad
mi hija, Tanya...
-¿Más chistecitos, Von? -pregunté.
-¡No es ningún chiste! ¡Tanya! ¡ponte en el regazo de este caballero!
Tanya soltó una carcajada, se levantó, se acercó, y se sentó en mi regazo.
¿Una MAQUINA DE FOLLAR? ¡No podía serlo! Su piel era piel, o lo parecía, y su
lengua cuando entró en mi boca al besarnos, no era mecánica... cada movimiento era distinto,
y respondía a los míos.
Me lancé inmediatamente, le arranqué la blusa, le metí mano en las bragas, hacía años
que no estaba tan caliente; luego nos enredamos; de algún modo acabamos de pie... y la entré
de pie, tirándole de aquel pelo largo y rubio, echándole la cabeza hacia atrás, luego bajando,
separándole las nalgas y acariciándole el ojo del culo mientras le atizaba, y se corrió... la sentí
estremecerse, palpitar, y me corrí también.
¡Nunca había echado polvo mejor!
Tanya se fue al baño, se limpió y se duchó, y volvió a vestirse para Mike el Indio. Supuse.
-El mayor invento de la especie humana -dijo muy serio Von Brashlitz.
Tenía toda la razón.
Por fin Tanya salió y se sentó en mi regazo.
-¡NO! ¡NO! ¡TANYA! ¡AHORA LE TOCA AL OTRO! ¡CON ESE ACABAS DE
FOLLAR!
Ella parecía no oír, y era extraño, incluso en una MAQUINA DE FOLLAR, porque yo
nunca había sido muy buen amante, la verdad.
-¿Me amas? -preguntó.
-Sí.
-Te amo, y soy muy feliz. y... teóricamente no estoy viva. ya lo sabes, ¿verdad?
-Te amo, Tanya, eso es lo único que sé.
-¡Cago en tal! -chilló el viejo-. ¡esta JODIDA MAQUINA!
Se acercó a la caja barnizada en que estaba escrita la palabra TANYA a un lado. Salían
unos pequeños cables; había marcadores y agujas que temblequeaban, y varios indicadores,
luces que se apagaban y se encendían, chismes que tictaqueaban... Von B. era el macarra más
loco que había visto en mi vida. Empezó a hurgar en los marcadores, luego miró a Tanya:
-¡25 AÑOS! ¡toda una vida casi para construirte! ¡tuve que esconderte incluso de
HITLER! y ahora... ¡pretendes convertirte en una simple y vulgar puta!
-No tengo veinticinco -dijo Tanya-. Tengo veinticuatro.
-¿Lo ves? ¿lo ves? ¡como una zorra normal y corriente!
Volvió a sus marcadores.
-Te has puesto un carmín distinto -dije a Tanya.
-¿Te gusta?
-¡Oh, sí!
Se inclinó y me besó.
Von B. seguía con sus marcadores. Tenía el presentimiento de que ganaría él.
Von Brashlitz se volvió a Mike el Indio:
-No se preocupe, confíe en mí, no es más que una pequeña avería. Lo arreglaré en un
momento.
-Eso espero -dijo Mike el Indio-. se me ha puesto en treinta y cinco centímetros esperando
y he pagado veinte dólares.
-Te amo -me dijo Tanya-. No volveré a follar con ningún otro hombre. Si puedo tenerte a
ti, no quiero a nadie más.
-Te perdonaré Tanya, hagas lo que hagas.
El profe estaba corridísimo. seguía con los cables pero nada lograba.
-¡TANYA! ¡AHORA TE TOCA FOLLAR CON EL OTRO! estoy... cansándome ya...
tengo que echar otro traguito de aguardiente... dormir un poco... Tanya...
-Oh -dijo Tanya- ¡este jodido viejo! ¡tú y tus traguitos, y luego te pasas la noche
mordisqueándome las tetas y no puedo dormir! ¡ni siquiera eres capaz de conseguir un
empalme decente! ¡eres asqueroso!
-¿COMO?
-¡DIJE «QUE NI SIQUIERA ERES CAPAZ DE CONSEGUIR UN EMPALME
DECENTE»!
-¡Esto lo pagarás Tanya! ¡eres creación mía, no yo creación tuya!
Seguía hurgando en sus mágicos marcadores. quiero decir, en la máquina. Estaba fuera de
sí, pero se veía claramente que la rabia le daba una clarividencia que le hacía superarse.
-Es sólo un momento, caballero -dijo dirigiéndose a Mike-. ¡sólo tengo que ajustar los
cuadros electrónicos! ¡un momento! ¡vale! ¡ya está! entonces se levantó de un salto. Aquel
tipo al que habían salvado de los rusos.
Miró a Mike el Indio.
-¡Ya está arreglado! ¡la máquina está en orden! ¡a divertirse caballero!
Luego, se acercó a su botella de aguardiente, se sirvió otro pelotazo y se sentó a observar.
Tanya se levantó de mi regazo y se acercó a Mike el Indio. Vi que Tanya y Mike el Indio
se abrazaban.
Tanya le bajó la cremallera. Le sacó la polla, ¡menuda polla tenía el tío! Había dicho
treinta y cinco centímetros, pero parecían por lo menos cincuenta.
Luego Tanya rodeó con las manos la polla de Mike.
Él gemía de gozo.
Luego la arrancó de cuajo. la tiró a un lado.
Vi el chisme rodar por la alfombra como una disparatada salchicha, dejando tristes
regueruelos de sangre. Fue a dar contra la pared. Allí se quedó como algo con cabeza pero sin
piernas y sin lugar alguno a donde ir... lo cual era bastante cierto.
Luego, allá fueron las BOLAS volando por el aire. Una visión saltarina y pesada.
Simplemente aterrizaron en el centro de la alfombra y no supieron qué hacer más que sangrar.
Así que sangraron.
Von Brashlitz, el héroe de la invasión rusonorteamericana, miró ásperamente lo que
quedaba de Mike el Indio, mi viejo camarada de sople, rojo allá en el suelo, manando por su
centro... Von B. se dio el piro, escaleras abajo...
La habitación 69 había hecho de todo salvo aquello.
Luego le pregunté a ella:
-Tanya, habrá problemas aquí muy pronto. ¿por qué no dedicamos el número de la
habitación a nuestro amor?
-¡Como quieras, amor mío!
Lo hicimos, justo a tiempo; y luego entraron aquellos idiotas.
Uno de aquellos enterados declaró entonces muerto a Mike el Indio.
Y como Von B. era una especie de producto del gobierno norteamericano, en seguida se
llenó aquello de gente, varios funcionarios de mierda de diversos tipos, bomberos, periodistas,
la pasma, el inventor, la CIA, el FBI y otras diversas formas de basura humana.
Tanya vino y se sentó en mi regazo.
-Ahora me matarán. Procura no entristecerte, por favor.
No contesté.
Luego von Brashlitz se puso a chillar, apuntando a Tanya:
-¡SE LO ASEGURO, CABALLEROS, ELLA NO TIENE NINGUN SENTIMIENTO!
¡CONSEGUI QUE HITLER NO LA AGARRASE! ¡se lo aseguro, no es más que una
MAQUINA!
Todos se limitaron a quedarse allí mirándole. Nadie le creía.
Era ni más ni menos la máquina más bella, la mujer por así decirlo, que habían visto en su
vida.
-¡Maldita sea! ¡majaderos! toda mujer es una máquina de follar, ¿es que no se dan cuenta?
¡apuestan al mejor caballo! ¡EL AMOR NO EXISTE! ¡ES UN ESPEJISMO DE CUENTO
DE HADAS COMO LOS REYES MAGOS! Aún así no le creían.
-¡ESTO es sólo una máquina! ¡no tengan ningún MIEDO! ¡MIREN!
Von Brashlitz agarró uno de los brazos de Tanya.
Lo arrancó de cuajo del cuerpo.
Y dentro, dentro del agujero del hombro, se veía claramente, no había más que cables y
tubos, cosas enroscadas y entrelazadas, además de cierta sustancia secundaria que recordaba
vagamente la sangre.
Y yo vi a Tanya allí de pie con aquellos alambres enroscados colgándole del hombro
donde antes tenía el brazo. me miró:
-¡Por favor, hazlo por mí! recuerda que te pedí que no te pusieras triste.
Vi como se echaban sobre ella, como la destrozaban y la violaban y la mutilaban.
No pude evitarlo. apoyé la cabeza en las rodillas y me eché a llorar...
Mike el Indio nunca llegó a cobrarse sus veinte dólares.
Pasaron unos meses. No volví al bar. Hubo juicio, pero el gobierno eximió de toda culpa a
Von B. y a su máquina. Me trasladé a otra ciudad. Lejos. Y un día estaba sentado en la
peluquería y cogí una revista pornográfica. Había un anuncio:
«¡Hinche su propia muñequita! veintinueve dólares noventa y cinco. Goma resistente,
muy duradera. cadenas y látigos incluidos en el lote. Un bikini, sostén, bragas, dos pelucas,
barra de labios y un tarrito de poción de amor incluidos. Von Brashlitz Co.».
Envié un pedido. A un apartado de Massachusetts. También él se había trasladado.
El paquete llegó al cabo de unas tres semanas. Fue bastante embarazoso porque yo no
tenía bomba de bicicleta, y me puse muy caliente cuando saqué todo aquello del paquete.
Tuve que bajar a la gasolinera de la esquina y utilizar la bomba de aire.
Hinchada tenía mejor pinta. Grandes tetas, un culo inmenso.
-¿Qué es eso que tiene ahí, amigo? -me preguntó el de la gasolinera.
-Oiga, oiga, yo le he pedido prestado un poco de aire. Soy un buen cliente, ¿no?
-Bueno, bueno, puede coger el aire. Pero es que no puedo evitar la curiosidad... ¿qué tiene
ahí?
-V¡amos, déjeme en paz! -dije.
-¡DIOS MIO! ¡que TETAS! ¡mire, mire!
-¡Ya las veo, imbécil!
Le dejé con la lengua fuera, me eché el chisme al hombro y volví a casa. Me metí en el
dormitorio.
Aún estaba por plantearse la gran cuestión...
Abrí las piernas buscando algún tipo de abertura.
Von B. no lo había hecho mal del todo.
Me eché encima y empecé a besar aquella boca de goma. De cuando en cuando echaba
mano a una de las gigantescas tetas de goma y la chupaba. Le había puesto una peluca
amarilla y me había frotado con la poción de amor toda la polla. No hizo falta mucha poción
de amor, con la del tarro habría para un año.
La besé apasionadamente detrás de las orejas, le metí el dedo en el culo y le di sin parar.
Luego la dejé, di un salto, le encadené los brazos a la espalda, con el candadito y la llave, y le
azoté el culo de lo lindo con los látigos.
¡Dios mío, voy a volverme loco! pensé.
Después de azotarla bien, volví a metérsela. Follé y follé. Era más bien aburrido, la
verdad. Imaginé perros follando con gatas; imaginé dos personas follando en el aire mientras
caían de un rascacielos. Imaginé un coño grande como un pulpo, reptando hacia mí, apestoso,
anhelante de orgasmo. Recordé todas las bragas, rodillas, piernas, tetas y coños que había
visto. La goma sudaba; yo sudaba.
-¡Te amo, querida! -susurré jadeante en sus oídos de goma.
Me fastidia admitirlo, pero me obligué a eyacular en aquella sarnosa masa de goma. No se
parecía en nada a Tanya.
Cogí una navaja de afeitar y destrocé el artefacto. Lo tiré donde las latas vacías de
cerveza.
¿Cuántos hombres compran esos chismes absurdos en Norteamérica? ¿no pasas ante
medio centenar de máquinas de joder si das una vuelta por cualquier calle céntrica de una
gran ciudad de Norteamérica? con la única diferencia de que éstas pretenden ser mujeres.
Pobre Mike el Indio, con su polla muerta de cincuenta centímetros.
Todos los pobres mikes. Todos los que escalan el Espacio. Todas las putas de Vietnam y
Washington.
Pobre Tanya, con su vientre que había sido el vientre de un cerdo. Sus venas que habían
sido las venas de un perro. Apenas cagaba o meaba, follar, sólo follaba (corazón, voz y lengua
prestados por otros). Por entonces, sólo debían haber hecho unos diecisiete transplantes de
órganos. Von B. iba muy por delante de todos.
Pobre Tanya, qué poco había comido la pobre... básicamente queso barato y uvas pasas.
Nunca había deseado dinero ni propiedades ni grandes coches nuevos, ni casas supercaras.
Jamás había leído el diario de la tarde. No deseaba en absoluto una televisión en color, ni
sombreros nuevos, ni botas de lluvia, ni charlas de patio con mujeres idiotas; jamás había
querido un marido médico, o corredor de bolsa, o miembro del Congreso o policía.
Y el tipo de la gasolinera sigue preguntándome:
-Oiga, ¿qué fue de aquello que trajo a hinchar aquel día?
Pero ya no me lo preguntará más. Voy a echar gasolina en otro sitio. Y no volveré
tampoco a la barbería donde vi la revista del anuncio de la muñeca de goma de Von B. Voy a
intentar olvidarlo todo.
¿No harías tu lo mismo?

METODO DE COMPOSICION por EDGAR ALLAN POE



En una nota que en estos momentos tengo a la vista, Charles Dickens dice lo siguiente,
refiriéndose a un análisis que efectué del mecanismo de Barnaby Rudge: "¿Sabéis, dicho
sea de paso, que Godwin escribió su Caleb Williams al revés? Comenzó enmarañando la
materia del segundo libro y luego, para componer el primero, pensó en los medios de
justificar todo lo que había hecho".
Se me hace difícil creer que fuera ése precisamente el modo de composición de Godwin;
por otra parte, lo que él mismo confiesa no está de acuerdo en manera alguna con la idea
de Dickens. Pero el autor de Caleb Williams era un autor demasiado entendido para no
percatarse de las ventajas que se pueden lograr con algún procedimiento semejante.
Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de haber
sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel. Sólo si se tiene
continuamente presente la idea del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable
apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas las incidencias y en especial
el tono general tienda a desarrollar la intención establecida.
Creo que existe un radical error en el método que se emplea por lo general para construir
un cuento. Algunas veces, la historia nos proporciona una tesis; otras veces, el escritor
se inspira en un caso contemporáneo o bien, en el mejor de los casos, se las arregla para
combinar los hechos sorprendentes que han de tratar simplemente la base de su narración,
proponiéndose introducir las descripciones, el diálogo o bien su comentario personal
donde quiera que un resquicio en el tejido de la acción brinde la ocasión de hacerlo.
A mi modo de ver, la primera de todas las consideraciones debe ser la de un efecto que
se pretende causar. Teniendo siempre a la vista la originalidad (porque se traiciona a sí
mismo quien se atreve a prescindir de un medio de interés tan evidente), yo me digo, ante
todo: entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz de recibir el corazón,
la inteligencia o, hablando en términos más generales, el alma, ¿cuál será el único que
yo deba elegir en el caso presente?
Habiendo ya elegido un tema novelesco y, a continuación, un vigoroso efecto que producir,
indago si vale más evidenciarlo mediante los incidentes o bien el tono o bien por
los incidentes vulgares y un tono particular o bien por una singularidad equivalente de
tono y de incidentes; luego, busco a mi alrededor, o acaso mejor en mí mismo, las combinaciones
de acontecimientos o de tomos que pueden ser más adecuados para crear el
efecto en cuestión.
He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera
y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus
obras hasta llegar al término definitivo de su realización.
Me sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público un trabajo semejante;
pero quizá la vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa que justifique
esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar
creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición extática;
experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público echar una
ojeada tras el telón, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos.
La verdadera decisión se adopta en el último momento, ¡a idea entrevista tanta!,
a veces sólo como en un relámpago y que durante tanto tiempo se resiste a mostrarse
a plena luz, el pensamiento plenamente maduro pero desechado por ser de índole inabordable,
la elección prudente y los arrepentimientos, las dolorosas raspaduras y las interpolación.
Es, en suma, los rodamientos y las cadenas, los artificios para los cambios
de decoración, las escaleras y los escotillones, las plumas de gallo, el colorete, los lunares
y todos los aceites que en el noventa y nueve por ciento de los casos son lo peculiar
del histrión literario.
Por lo demás, no se me escapa que no es frecuente el caso en que un autor se halle en
buena disposición para reemprender el camino por donde llegó a su desenlace.
Generalmente, las ideas surgieron mezcladas; luego fueron seguidas y finalmente olvidadas
de la misma manera.
En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de que acabo de hablar, ni encuentro la menor
dificultad en recordar la marcha progresiva de todas mis composiciones. Puesto que
el interés de este análisis o reconstrucción, que se ha considerado como un desiderátum
en literatura, es enteramente independiente de cualquier supuesto ideal en lo analizado,
no se me podrá censurar que salte a las conveniencias si revelo aquí el modus operandi
con que logré construir una de mis obras. Escojo para ello El cuervo debido a que es la
más conocida de todas. Consiste mi propósito en demostrar que ningún punto de la
composición puede atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla avanzó hacia su
terminación, paso a paso, con la misma exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema
matemático.
Puesto que no responde directamente a la cuestión poética, prescindamos de la circunstancia,
si lo preferís, la necesidad, de que nació la intención de escribir un poema tal que
satisficiera al propio tiempo el gusto popular y el gusto crítico.
Mi análisis comienza, por tanto, a partir de esa intención.
La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es demasiado
extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del
efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando son necesarias
dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos
el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente. Pero, habida cuenta
de que coeteris paribus, ningún poeta puede renunciar a todo lo que contribuye a servir
su propósito, queda examinar si acaso hallaremos en la extensión alguna ventaja, cual
fuere, que compense la pérdida de unidad aludida. Por el momento, respondo negativamente.
Lo que solemos considerar un poema extenso en realidad no es más que una sucesión
de poemas cortos, es decir, de efectos poéticos breves. Es inútil sostener que un
poema no es tal sino en cuanto eleva el alma y te reporta una excitación intensa: por una
necesidad psíquica, todas las excitaciones intensas son de corta duración. Por eso, al
menos la mitad del "Paraíso perdido" no es más que pura prosa: hay en él una serie de
excitaciones poéticas salpicadas inevitablemente de depresiones. En conjunto, la obra
toda, a causa de su extensión excesiva, carece de aquel elemento artístico tan decisivamente
importante: totalidad o unidad de efecto.
En lo que se refiere a las dimensiones hay, evidentemente, un límite positivo para todas
las obras literarias: el límite de una sola sesión. Ciertamente, en ciertos géneros de prosa,
como Robinson Crusoe, no se exige la unidad, por lo que aquel límite puede ser traspasado:
sin embargo, nunca será conveniente traspasarlo en un poema. En el mismo límite,
la extensión de un poema debe hallarse en relación matemática con el mérito del mismo,
esto es, con la elevación o la excitación que comporta; dicho de otro modo, con la cantidad
de auténtico efecto poético con que pueda impresionar las almas. Esta regla sólo tiene
una condición restrictiva, a saber: que una relativa duración es absolutamente indispensable
para causar un efecto, cualquiera que fuere.
Teniendo muy presentes en mí ánimo estas consideraciones, así como aquel grado de
excitación que nos situaba por encima del gusto popular y por debajo del gusto crítico,
concebí ante todo una idea sobre la extensión idónea para el poema proyectado: unos
cien versos aproximadamente. En realidad cuenta exactamente ciento ocho.
Mi pensamiento se fijó seguidamente en la elevación de una impresión o de un efecto
que causar. Aquí creo que conviene observar que, a través de este trabajo de construcción,
tuve siempre presente la voluntad de lograr una obra universalmente apreciable.
Me alejaría demasiado de mi objeto inmediato presente si me entretuviese en demostrar
un punto en que he insistido muchas veces: que lo bello es el único ámbito legítimo de la
poesía. Con todo, diré unas palabras para presentar mi verdadero pensamiento, que algunos
amigos míos se han apresurado demasiado a disimular. El placer a la vez más intenso,
más elevado y más puro no se encuentra —según creo— más que en la contemplación
de lo bello. Cuando los hombres hablan de belleza no entienden precisamente
una cualidad, como se supone, sino una impresión: en suma, tienen presente la violenta
y pura elevación del alma —no del intelecto ni del corazón— que ya he descrito y que
resulta de la contemplación de lo bello. Ahora bien, yo considero la belleza como el ámbito
de la poesía, porque es una regla evidente del arte que los efectos deben brotar necesariamente
de causas directas, que los objetos deben ser alcanzados con los medios más
apropiados para ello —ya que ningún hombre ha sido aún bastante necio para negar que
la elevación singular de que estoy tratando se halle más fácilmente al alcance de la poesía.
En cambio, el objeto verdad, o satisfacción del intelecto, y el objeto pasión, o excitación
del corazón, son mucho más fáciles de alcanzar por medio de la prosa aunque, en
cierta medida, queden también al alcance de la poesía.
En resumen, la verdad requiere una precisión, y la pasión una familiaridad (los hombres
verdaderamente apasionados me comprenderán) radicalmente contrarias a aquella belleza,
que no es sino la excitación —debo repetirlo— o el embriagador arrobamiento del
alma.
De todo lo dicho hasta el presente no puede en modo alguno deducirse que la pasión ni
la verdad no puedan ser introducidas en un poema, incluso con beneficio para éste; ya
que pueden servir para aclarar o para potenciar el efecto global, como las disonancias
por contraste. Pero el auténtico artista se esforzará siempre en reducirlas a un papel propicio
al objeto principal que se pretenda, y además en rodearlas, tanto como pueda, de la
nube de belleza que es atmósfera y esencia de la poesía. En consecuencia, considerando
lo bello como mi terreno propio, me pregunté entonces: ¿cuál es el tono para su manifestación
más alta? Éste había de ser el tema de mi siguiente meditación. Ahora bien, toda
la experiencia humana coincide en que ese tono es el de la tristeza. Cualquiera que sea
su parentesco, la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las lágrimas,
inevitablemente, a las almas sensibles. Así, pues, la melancolía es el más idóneo de los
tonos poéticos.
Una vez determinados así la dimensión, el terreno y el tono de mi trabajo, me dediqué a
la busca de alguna curiosidad artística e incitante, que pudiera actuar como clave en la
construcción del poema: de algún eje sobre el que toda la máquina hubiera de girar; empleando
para ello el sistema de la introducción ordinaria. Reflexionando detenidamente
sobre todos los efectos de arte conocidos o, más propiamente, sobre todo los medios de
efecto —entendiendo este término en su sentido escénico—, no podía escapárseme que
ninguno había sido empleado con tanta frecuencia como el estribillo. La universalidad
de éste bastaba para convencerme acerca de su intrínseco valor, evitándome la necesidad
de someterlo a un análisis. En cualquier caso, yo no lo consideraba sino en cuanto susceptible
de perfeccionamiento; y pronto advertí que se encontraba aún en un estado primitivo.
Tal como habitualmente se emplea, el estribillo no sólo queda limitado a las
composiciones líricas, sino que la fuerza de la impresión que debe causar depende del
vigor de la monotonía en el sonido y en la idea. Solamente se logra el placer mediante la
sensación de identidad o de repetición. Entonces yo resolví variar el efecto, con el fin de
acrecentarlo, permaneciendo en general fiel a la monotonía del sonido, pero alterando
continuamente el de la idea: es decir, me propuse causar una serie continua de efectos
nuevos con una serie de variadas aplicaciones del estribillo, dejando que éste fuese casi
siempre parecido.
Habiendo ya fijado estos puntos, me preocupé por la naturaleza de mí estribillo: puesto
que su aplicación tenía que ser variada con frecuencia, era evidente que el estribillo en
cuestión había de ser breve, pues hubiera sido una dificultad insuperable variar frecuentemente
las aplicaciones de una frase un poco extensa. Por supuesto, la facilidad de variación
estaría proporcionada a la brevedad de una frase. Ello me condujo seguidamente
a adoptar como estribillo ideal una única palabra. Entonces me absorbió la cuestión sobre
el carácter de aquella palabra. Habiendo decidido que habría un estribillo, la división
del poema en estancias resultaba un corolario necesario, pues el estribillo constituye la
conclusión de cada estrofa. No admitía duda para mí que semejante conclusión o término,
para poseer fuerza, debía ser necesariamente sonora y susceptible de un énfasis prolongado:
aquellas consideraciones me condujeron inevitablemente a la o larga, que es la
vocal más sonora, asociada a la r, porque ésta es la consonante más vigorosa.
Ya tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación era preciso elegir una
palabra que lo contuviese y, al propio tiempo, estuviese en el acuerdo más armonioso
posible con la melancolía que yo había adoptado como tono general del poema. En una
búsqueda semejante, hubiera sido imposible no dar con la palabra nevermore (nunca
más). En realidad, fue la primera que se me ocurrió.
El siguiente fue éste: ¿cual será el pretexto útil para emplear continuamente la palabra
nevermore? Al advertir la dificultad que se me planteaba para hallar una razón válida de
esa repetición continua, no dejé de observar que surgía tan sólo de que dicha palabra, repetida
tan cerca y monótonamente, había de ser proferida por un ser humano: en resumen,
la dificultad consistía en conciliar la monotonía aludida con el ejercicio de la razón
en la criatura llamada a repetir la palabra. Surgió entonces la posibilidad de una criatura
no razonable y, sin embargo, dotada de palabra: como lógico, lo primero que pensé fue
un loro; sin embargo, éste fue reemplazado al punto por un cuervo, que también está dotado
de palabra y además resulta infinitamente más acorde con el tono deseado en el
poema.
Así, pues, había llegado por fin a la concepción de un cuervo. ¡El cuervo, ave de mal
agüero!, repitiendo obstinadamente la palabra nevermore al final de cada estancia en un
poema de tono melancólico y una extensión de unos cien versos aproximadamente. Entonces,
sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté:
entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende universalmente
la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto, el más triste
de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud,
la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza.
Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más
poético del mundo; y queda igualmente fuera de duda que la boca más apta para desarrollar
el tema es precisamente la del amante privado de su tesoro.
Tenía que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que llora a su amada perdida.
Y un cuervo que repite continuamente la palabra nevermore. No sólo tenía que combinarlas,
sino además variar cada vez la aplicación de la palabra que se repetía: pero el
único medio posible para semejante combinación consistía en imaginar un cuervo que
aplicase la palabra para responder a las preguntas del amante. Entonces me percaté de la
facilidad que se me ofrecía para el efecto de que mi poema había de depender: es decir,
el efecto que debía producirse mediante la variedad en la aplicación del estribillo.
Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a la que respondería
el cuervo: nevermore; que de esta primera pregunta podía hacer una especie de lugar
común, de la segunda algo menos común, de la tercera algo menos común todavía, y
así sucesivamente, hasta que por último el amante, arrancado de su indolencia por la índole
melancólica de la palabra, su frecuente repetición y la fama siniestra del pájaro, se
encontrase presa de una agitación supersticiosa y lanzase locamente preguntas del todo
diversas, pero apasionadamente interesantes para su corazón: unas preguntas donde se
diesen a medias la superstición y la singular desesperación que halla un placer en su
propia tortura, no sólo por creer el amante en la índole profética o diabólica del ave (que,
según le demuestra la razón, no hace más que repetir algo aprendido mecánicamente),
sino por experimentar un placer inusitado al formularlas de aquel modo, recibiendo en el
nevermore siempre esperado una herida reincidente, tanto más deliciosa por insoportable.
Viendo semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho, que se me imponía en el
transcurso de mi trabajo, decidí primero la pregunta final, la pregunta definitiva, para la
que el nevermore sería la última respuesta, a su vez: la más desesperada, llena de dolor y
de horror que concebirse pueda.
Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el fin, como debieran
comenzar todas las obras de arte: entonces, precisamente en este punto de mis meditaciones,
tomé por vez primera la pluma, para componer la siguiente estancia:
¡Profeta! Aire, ¡ente de mal agüero! ¡Ave o demonio, pero profeta siempre! Por ese cielo
tendido sobre nuestras cabezas, por ese Dios que ambos adoramos, di a esta alma
cargada de dolor si en el Paraíso lejano podrá besar a una joven santa que los ángeles
llaman Leonor, besar a una preciosa y radiante joven que los ángeles llaman Leonor".
El cuervo dijo: "¡Nunca más!.
Sólo entonces escribí esta estancia: primero, para fijar el grado supremo y poder de este
modo, más fácilmente, variar y graduar, según su gravedad y su importancia, las preguntas
anteriores del amante; y en segundo término, para decidir definitivamente el ritmo, el
metro, la extensión y la disposición general de la estrofa, así como graduar las que debieran
ante ceder, de modo que ninguna aventajase a ésta en su efecto rítmico. Si, en el
trabajo de composición que debía subseguir, yo hubiera sido tan imprudente como para
escribir estancias más vigorosas, me hubiera dedicado a debilitarlas, conscientemente y
sin ninguna vacilación, de modo que no contrarrestasen el efecto de crescendo.
Podría decir también aquí algo sobre la versificación. Mi primer objeto era, como siempre,
la originalidad. Una de las cosas que me resultan más inexplicables del mundo es
cómo ha sido descuidada la originalidad en la versificación. Aun reconociendo que en el
ritmo puro exista poca posibilidad de variación, es evidente que las variedades en materia
de metro y estancia son infinitas: sin embargo, durante siglos, ningún hombre hizo
nunca en versificación nada original, ni siquiera ha parecido desearlo.
Lo cierto es que la originalidad — exceptuando los espíritus de una fuerza insólita— no
es en manera alguna, como suponen muchos, cuestión de instinto o de intuición. Por lo
general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente; y aunque sea un positivo mérito
de la más alta categoría, el espíritu de invención no participa tanto como el de negación
para aportarnos los medios idóneos de alcanzarla.
Ni que decir tiene que yo no pretendo haber sido original en el ritmo o en el metro de El
cuervo. El primero es troqueo; el otro se compone de un verso octómetro acataléctico,
alternando con un heptámetro cataléctico que, al repetirse, se convierte en estribillo en el
quinto verso, y finaliza con un tetrámetro cataléctico. Para expresarme sin pedantería,
los pies empleados, que son troqueos, consisten en una sílaba larga seguida de una breve;
el primer verso de la estancia se compone de ocho pies de esa índole; el segundo, de
siete y medio; el tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto, también de siete
y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran aisladamente cada uno
de esos versos habían sido ya empleados, de manera que la originalidad de El cuervo
consiste en haberlos combinado en la misma estancia: hasta el presente no se había intentado
nada que pudiera parecerse, ni siquiera de lejos, a semejante combinación. El
efecto de esa combinación original se potencia mediante algunos otros efectos inusitados
y absolutamente nuevos, obtenidos por una aplicación más amplia de la rima y de la aliteración.
El punto siguiente que considerar era el modo de establecer la comunicación entre el
amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión consistía, naturalmente, en el lugar.
Pudiera parecer que debiese brotar espontáneamente la idea de una selva o de una llanura;
pero siempre he estimado que para el efecto de un suceso aislado es absolutamente
necesario un espacio estrecho: le presta el vigor que un marco añade a la pintura. Además,
ofrece la ventaja moral indudable de concentrar la atención en un pequeño ámbito;
ni que decir tiene que esta ventaja no debe confundirse con la que se obtenga de la mera
unidad de lugar.
En consecuencia, decidí situar al amante en su habitación, en una habitación que había
santificado con los recuerdos de la que había vivido allí. La habitación se describiría
como ricamente amueblada: con objeto de satisfacer las ideas que ya expuse acerca de la
belleza, en cuanto única tesis verdadera de la poesía.
Habiendo determinado así el lugar, era preciso introducir entonces el ave: la idea de que
ésta penetrase por la ventana resultaba inevitable. Que al amante supusiera, en el primer
momento, que el aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su puerta era
una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad del lector, obligándole a aguardar;
pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la puerta abierta de par en
par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que por ello puede adoptar en parte
la ilusión de que el espíritu de su amada ha venido a llamar... Hice que la noche fuera
tempestuosa, primero para explicar que el cuervo buscase la hospitalidad; también para
crear el contraste con la serenidad material reinante en el interior de la habitación.
Así, también, hice posarse el ave sobre el busto de Palas para establecer el contraste entre
su plumaje y el mármol. Se comprende que la idea del busto ha sido suscitada únicamente
por el ave; que fuese precisamente un busto de Palas se debió en primer lugar a
la relación íntima con la erudición del amante y en segundo término a causa de la propia
sonoridad del nombre de Palas.
Hacia mediados del poema, exploté igualmente la tuerza del contraste con el objeto de
profundizar la que sería la impresión final. Por eso, conferí a la entrada del cuervo un
matiz fantástico, casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde mi asunto lo permitía.
El cuervo penetra con un tumultuoso aleteo.
No hizo ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni un minuto; pero con el aire de
un señor o de una dama, colgóse encima de la puerta de mi habitación...
En las dos estancias siguientes, el propósito se manifiesta aun más:
Entonces aquel pájaro de ébano, que por la gravedad de su postura y la severidad de su
fisonomía inducía a mi triste imaginación a sonreír: "Aunque tu cabeza", le dije, "no
lleve ni capote ni cimera, ciertamente no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo partido
de las riberas de la noche. ¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la
noche plutónica". El cuervo dijo: "¡Nunca más!". Me maravilló que aquel desgraciado
volátil entendiera tan fácilmente la palabra, sí bien su respuesta no tuvo mucho sentido
y no me sirvió de mucho; porque hemos de convenir en que nunca más fue dado a un
hombre vivo el ver a un ave encima de la puerta de su habitación, a un ave o una bestia
sobre un busto esculpido encima de la puerta de su habitación, llamarse un nombre tal
como "¡Nunca más!".
Preparado así el efecto del desenlace, me apresuro a abandonar el tono fingido y adoptar
el serio, más profundo: este cambio de tono se inicia en el primer verso de la estancia
que sigue a la que acabo de citar:
Mas el cuervo, posado solitariamente en el busto plácido, no profirió..., etc.
A partir de este momento, el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio en el comportamiento
del ave. Habla de ella en los términos de una triste, desgraciada, siniestra, enjuta
y augural ave de los tiempos antiguos y siente los ojos ardientes que le abrasan hasta
el fondo del corazón. Esa transición de su pensamiento y esa imaginación del amante
tienen como finalidad predisponer al lector a otras análogas, conduciendo el espíritu
hacia una posición propicia para el desenlace, que sobrevendrá tan rápida y directamente
como sea posible. Con el desenlace propiamente dicho, expresado en el jamás del cuervo
en respuesta a la última pregunta del amante — ¿encontrará a su amada en el otro
mundo?— , puede considerarse concluido el poema en su fase más clara y natural, la de
simple narración. Hasta el presente, todo se ha mantenido en los límites de lo explicable
y lo real.
Un cuervo ha aprendido mecánicamente la única palabra jamás; habiendo huido de su
propietario, la furia de la tempestad le obliga, a medianoche, a pedir refugio en una ventana
donde aún brilla una luz: la ventana de un estudiante que, divertido por el incidente,
le pregunta en broma su nombre, sin esperar respuesta. Pero el cuervo, al ser interrogado,
responde con su palabra habitual, nunca más: palabra que inmediatamente suscita un
eco melancólico en el corazón del estudiante; y éste, expresando en voz alta los pensamientos
que aquella circunstancia le sugiere, se emociona ante la repetición del jamás.
El estudiante se entrega a las suposiciones que el caso le inspira; mas el ardor del corazón
humano no tarda en inclinarle a martirizarse, así mismo y también por una especie
de superstición a formularle preguntas que la respuesta inevitable, el intolerable "nunca
más", le proporcione la más horrible secuela de sufrimiento, en cuanto amante solitario.
La narración en lo que he designado como su primera fase o fase natural, halla su conclusión
precisamente en esa tendencia del corazón a la tortura, llevada hasta el último
extremo: hasta aquí, no se ha mostrado nada que pase los límites de la realidad.
Pero, en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la habilidad del artista
y mucho el lujo de incidentes con que se adornen, siempre quedan cierta rudeza y cierta
desnudez que dañan la mirada de la persona sensible. Dos elementos se exigen eternamente:
por una parte, cierta suma de complejidad, dicho con mayor propiedad, de combinación;
por otra cierta cantidad de espíritu sugestivo, algo así como una vena subterránea
de pensamiento, invisible e indefinido. Esta última cualidad es la que le confiere a la
obra de arte el aire opulento que a menudo cometemos la estupidez de confundir con el
ideal. Lo que transmuta en prosa — y prosa de la más baja estofa— , la pretendida poesía
de los que se denominan trascendentalistas, es justamente el exceso en la expresión del
sentido que sólo debe quedar insinuado, la manía de convertir la corriente subterránea de
una obra en la otra corriente, visible en la superficie.
Convencido de ello, añadí las dos estancias que concluyen el poema, porque su calidad
sugestiva había de penetrar en toda la narración antecedente. La corriente subterránea
del pensamiento se muestra por primera vez en estos versos:
Arranca tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta. El cuervo dijo:
"Nunca más"
Quiero subrayar que la expresión de mi corazón encierra la primera expresión poética.
Estas palabras, con la correspondiente respuesta, jamás, disponen el espíritu a buscar un
sentido moral en toda la narración que se ha desarrollado anteriormente.
Entonces el lector comienza a considerar el cuervo como un ser emblemático pero sólo
en el último verso de la última estancia puede ver con nitidez la intención de hacer del
cuervo el símbolo del recuerdo fúnebre y eterno.
Y el cuervo, inmutable, sigue instalado, siempre instalado sobre el busto plácido de Palas,
justo encima de la puerta de mi habitación; y sus ojos parecen los ojos de un demonio
que medita; y la luz de la lámpara, que le chorrea encima, proyecta su sombra en el
suelo; y mi alma, fuera del círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo, no
podrá elevarse ya más, ¡nunca más!

jueves, octubre 18, 2012

TWIXT (2011) HD Movie Trailer - a Francis Ford Coppola Film

ESPERANZA por VLADIMIR MAIAKOVSKI



¡Devolvedme el corazón,
y la sangre hasta mis últimas venas!
¡Llenadme el cráneo de ideas!
Yo no he vivido del todo mi vida,
sobre la tierra.
Yo no he acabado de amar del todo.
Yo fui de dos metros de estatura.
¿Para qué quiero esta altura?
Para este trabajo,
se puede ser de unos centímetros.
Me pasé la vida arañando con la pluma,
en un cuartucho de dos metros,
armado con anteojos,
en una pieza-estuche.
Yo haré gratis todo lo que quieran,
limpiaré,
lavaré,
cuidaré,
barreré.
Podría servir aunque no sea más que de portero.
¿Ustedes tienen porteros?

Yo fui alegre a veces,
pero que puedo hacer con esta alegría,
si nuestra desgracia es insondable.
Ahora,
todos en seguida muestran los dientes
para morder,
o para ladrar.
Por si poco fuera este dolor,
por si poco fuera nuestra pena.
¡Llamadme!
Yo trataré de entretenerlos,
con charadas e hipérboles,
con alegorías,
o con el malabarismo de mis versos.
Yo he amado en la vida.
No vale la pena recordarlo.
¿Duele?
¡Qué importa!...
Viviremos cuidando nuestras penas.
Yo amo también a los animales.
¿Ustedes tienen jaulas con animales?
Dadme un puesto de guardián de fieras.
Yo amo a las fieras.
Cuando veo un perrito,
aquí en la panadería hay uno,
todo peladito,
soy capaz de arrancarme mi propio hígado,
y decirle, toma,
come,
no me da lástima, querido.

¡A CASA! por VLADIMIR MAIAKOVSKI



¡Pensamientos,
volad a casa!
Alma,
abrázate con las honduras del mar.
Aquél,
que todo lo ve constantemente claro,
ése,
a mi juicio,
es simplemente un tonto.
Yo estoy en el peor camarote,
de todos los camarotes,
Toda la noche,
encima mío,
golpean con los pies.
Toda la noche,
indignando la tranquilidad del cielo,
se agita el baile,
y gime la tonada:
"María,
María,
María mía,
por qué,
María,
ya no me quieres más..."
¿Y para qué tendré yo que querer a María?
Yo,
no tengo francos,
y a María,
con sólo un guiño,
y por cien francos,
te hace pasar al camarín.
Con poco dinero se arregla,
ella sólo vive para el "chic".
Pero algún intelectual,
moviendo algo su cabellera sucia,
le conseguirá una máquina de coser,
para coser,
la seda de sus versos.
Los proletarios,
vienen al comunismo,
desde abajo,
desde los bajos,
mineros,
de la hoz,
y el martillo.
Yo,
me arrojo del cielo poético al comunismo,
porque sin él,
no tengo amor.
Da lo mismo,
que yo mismo me deporte,
o me envíen al diablo.
Se oxida el acero de las palabras,
el cobre ennegrece con el tiempo.
¿Para qué debo pudrirme,
y oxidarme,
bajo estas lluvias extranjeras?
Estoy aquí,
en viaje entre las aguas,
con pereza,
pasa el tiempo,
casi no muevo los resortes de mi máquina.
Yo, en realidad,
me siento una fábrica soviética,
que elabora dicha.
No quiero,
que a mí,
como pequeña flor,
me arranquen del campo
después de horas de penosa labor.
Yo quiero,
que sude el gobierno en debates,
dándome encargo para un año.
Yo quiero,
que el Tiempo,
mi comisario,
ordene mi mente.
Yo quiero,
que más que un sueldo de especialista,
me entreguen el aplauso del corazón.
Yo quiero,
que al fin del trabajo,
el consejo de fábrica,
regule mi razón.
Yo quiero,
que la pluma,
se equipare a la bayoneta,
que del trabajo de hacer versos,
como de la producción del hierro y acero,
haga informes en el Ejecutivo,
el camarada Stalin
diciendo:
Hemos superado el nivel,
de las más altas normas para hacer versos,
sobrepasando,
la producción de anteguerra,
en todas las Repúblicas de la Unión Soviética.

¡A LILITH! - EN VEZ DE UNA CARTA por VLADIMIR MAIAKOVSKI



En vez de una carta.

El humo del cigarrillo consumía el aire,
El cuarto parecía un capítulo
del "Infierno" de Kruchoni.
¿Recuerdas,
detrás de esta ventana,
la primera vez,
que extasiado, acaricié tus manos ?
Hoy, sentado estoy,
y tengo el corazón aprisionado.
Pasarán los días,
y tal vez,
me echarás, insultándome.
Ya no entraré en el oscuro pasillo de tu casa,
con las manos temblando.
Saldré por fin,
y arrojaré mi cuerpo a la calle,
salvaje,
enloquecido,
desgarrándome desesperado.
No hace falta eso, querida,
mi buena amiga,
mejor despidámonos ahora.
Igual mi amor,
será una cadena que colgará siempre de ti, adonde vayas.
Déjame llorar en un último grito,
la amargura de mis quejas ofendidas.
Si a un buey lo matan de trabajo,
se echará a descansar sobre la hierba fresca.
Para mí,
más que tu amor, no me consuela nada.
Y tu amor ni con el llanto me otorga algún descanso.
Si el elefante busca reposo
se acostará solemne sobre la arena ardiente.
Para mí,
No hay otro sol más que tu amor,
aunque no sepa dónde estás, ni con quién.
Si así viviese atormentado el poeta,
cambiaría el dinero y la gloria por su amada,
mas para mí,
no hay sonido más alegre,
que el sonido de tu nombre amado.
Y no me arrojaré al abismo,
y no tomaré veneno,
y no podré apretar el gatillo en las sienes.
Para mí,
tu mirada,
tiene más fuerza y poder,
que el filo de cualquier navaja.
Mañana olvidarás,
que yo te he coronado,
que el alma florecida la he consumido de amor.
Días de trajín barrerán el carnaval desordenado,
y las cuartillas de mis versos se perderán.
Acaso alguna vez mis páginas, cual hojas secas
te obligarán a detenerte,
a respirar con avidez.
Déjame,
aunque más no sea,
alfombrar con mi última amargura,
tu paso que se aleja.

miércoles, octubre 17, 2012

INTRODUCCION PARA INQUIETOS TOMÁS TRANSTRÖMER: APLICACIÓN PERFECTA DE LA TEORIA DE LAS PLACAS POETICAS por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Omar Pérez  acomete en este libro un trabajo concienzudo y conciso para un tema que cada  año por estos meses llama la atención a los escritores, lectores y amantes de la literatura: el anuncio del Premio Nobel. Este año fue premiado Mo Yan   escritor chino  autor de la novela el Sorgo Rojo, y que actualmente  Chile carece de sus obras  como para adquirir leer y formarse una idea de qué cómo escribe el flamante Nobel. Si su trayectoria  justifica tal  reconocimiento. Actitud generalizada.

 El año recién pasado fue premiada la poesía, Tomás Tranströmer y como es costumbre se alzaron aquellos que decían conocerle, algunos avalando la designación  y otros mostrándose como firmes detractores, difícil tarea pues sería para los curiosos de siempre  hacerse un juicio.

La Introducción para Inquietos soluciona ésta intríngulis a través de una teoría que más que provocar una cuota de extrañeza  por lo geológico del uso en sí aplicado a  algo tan poco monolítico o de litósfera como es la poesía, lo cierto es que parece calzar a la perfección y Pérez lo logra con una línea  cronología y concatenación de autores suecos  y de alguna forma casi dialéctica llegar a una definición acabada de la posición que ocupa Tranströmer no sólo en su nación sino que en Escandinavia, Latinoamérica y  Chile.

La Cartografía aplicada a cómo abarcar en pocas páginas el quehacer de un poeta de la relevancia de Tranströmer; nuestro periplo comienza con el pilar de la poesía sueca y quien en su impronta dio el puntapié inicial  de esta forja tectónica: Eric Johan Stagnelius poeta y dramaturgo romántico, no está demás clarificar que , el autor de esta tesis selecciona un trabajo poético ilustrativo  del exponente además de la descripción de su perfil quedando  cada “placa tectónica-poética” ensamblada a la Placa Tranströmer desde el  remoto siglo XIX, pasando por el ya discutido concepto  de generación, (útil no sólo para estudiosos) al Modernismo de la década del 30 del siglo pasado, los años 40, los años 60 , la generación escandinava de los 80, los vínculos con autores latinoamericanos  internacionalmente reconocidos, pero  dentro de este desarrollo conceptual hay, en el acápite  “Nobel y Nicanor Parra” la explicación de fondo de lo que para muchos es algo casi ininteligible: la “misteriosa” y a veces “caprichosa” manera en que surge la nominación y posterior premiación del Nobel de Literatura. Los parámetros que entran en juego, las circunstancias además de los méritos de cada candidato para ser galardonado.

Pero una cosa queda clara luego de la lectura de este libro, a la vista los poemas, la trayectoria, la influencia e incluso los “antagonistas” determinan que la  “lárica - universalidad espiritual” de Tomás Tranströmer como hablante poético merece el premio con largueza.

Es un privilegio para los poetas, lectores aficionados y los avezados  en poesía poseer este “plano de placas tectónicas”  sísmica poética, la inconstante y movediza corteza literaria mundial.

Cinosargo en su colección Pink Cigarrette, ha demostrado más allá de toda prueba un gusto exquisito por la poesía extranjera y la traducción precisa, un siempre loable intento por traernos aquellos autores relevantes “ajenos” al habla hispana.

lunes, octubre 08, 2012

FÉNIX BRILLANTE (Bright Phoenix) por RAY BRADBURY




Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.
Hey, pensé.
Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme
de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.
Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos
que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando,
en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus
proyectos abortados.
Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso
de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin
duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en
alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.
–Vengo a por los libros, Tom.
Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.
–Ya le llamaré cuando estén preparados.
–Espere un momento... –dijo.
–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre
los hospitales.
–No, no –gritó–. He venido a por todos los libros.
Le miré, sin decir nada.
–Bueno –dijo–, casi todos.
Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.
–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó
cuando usted tenía treinta años... hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.
Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.
–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–.
¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!
Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de
páginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes
de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.
Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de
aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos
ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso
dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios.
Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes
del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa
luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras
y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico,
la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados
para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando
aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad,
en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.
–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga
dos referencias que sean solventes...
–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros
–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.
–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.
–Esos hombres siempre lo son.
–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen
lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva
malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos...
–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me
acompaña?
Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el
silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.
Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro
penetraron ruidosamente escaleras arriba.
Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.
–Sin hacer ruido –les indiqué
Barnes me sujetó del brazo.
–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?
–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido
es que guarden silencio mientras trabajan.
Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué
que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista
hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefacción.
Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las
distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las
ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo
en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las
páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las
estanterías.
–Bien –dije.
–¿Bien? –repitió Barnes.
–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.
Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas.
Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla
negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban
los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes
de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados
pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas
llamas.
–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo
como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?
Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.
Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún
motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:
–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!
Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.
Walter me miró.
Le guiñé un ojo.
Walter miró a Jonathan Barnes.
Walter dijo:
–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.
–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.
–Llámeme Ismael –dijo Walter.
–Ismael –dije–, empezaremos con un café.
Walter volvió con el café.
–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.
Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.
–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?
–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.
–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un
experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, funcionará
en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan
ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49'2 por ciento. Luego informaremos del éxito al
comité central del gobierno...
–Excelente –dije.
Barnes se quedó mirándome fijamente.
–¿Cómo puede estar usted tan alegre?
–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.
–Creí que usted evidenciaría... miedo.
–Siempre he estado rodeado de gentuza.
–¿Perdón?
–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.
–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!
Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.
–Hola, Keats –dije.
–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.
–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.
–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?
El muchacho llenó mi taza.
–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas...
Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.
Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego
tomó su café y sopló.
–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...
–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.
–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de
que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es
toda esa jerga?
–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.
–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo
inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo
miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras
silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de
su mentón.
–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?
–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que
decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé
la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás
podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.
Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando
un portazo.
Lo único que podía hacer era seguirle.
En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto
de caer. Lo sostuve del brazo.
–Profesor Einstein –dije.
–Señor Shakespeare –respondió.
Barnes huyó.
Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro
desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos
faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente.
Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio,
ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas,
acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos,
en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras
me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le
hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes,
y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.
–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas
Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría
quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.
–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años...
–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco,
Charlie, venga aquí un momento... Charlie... ¡Chuck!
Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía
ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún
extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes
se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior
y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.
De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente
y gritó:
–¡Alto!
Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.
–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.
–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan
Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras
tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.
Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.
–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted
mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.
Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.
–¿Cuánto... cuánto tiempo hace que dura...?
–¿Esto?
–Esto... y... esto... y ellos.
Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de
la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer,
amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su
lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:
–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a mí?
No contesté.
–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?
No contesté.
Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.
En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente
y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá
donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se
marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta
de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna
funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.
Me senté y escuché.
En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal
tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un
anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las
estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto
y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una
noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.
A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último
lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la
hierba amarilleada por las chispas, y dijo:
–¿Crees que volverán?
–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?
El anciano sujetó mi mano.
–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león
andarán juntos.
Bajamos juntos los últimos peldaños.
–Buenas noches, Isaías –dije.
–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.
Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.

POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):
Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451.
Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo
que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de
los tiempos hasta nuestros días:
“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”

¡OH BOTELLA SIN VINO! ¡OH VINO QUE ENVIUDÓ DE ESTA BOTELLA! por CESAR VALLEJO




Tarde cuando la aurora de la tarde
flameó funestamente en cinco espíritus.
Viudez sin pan ni mugre, rematando en horrendos metaloides
y en células orales acabando.
¡Oh siempre, nunca dar con el jamás de tánto siempre!
¡oh mis buenos amigos, cruel falacia,
parcial, penetrativa en nuestro trunco,
volátil, jugarino desconsuelo!
¡Sublime, baja perfección del cerdo,
palpa mi general melancolía!
¡Zuela sonante en sueños,
zuela
zafia, inferior, vendida, lícita, ladrona,
baja y palpa lo que eran mis ideas!
Tu y él y ellos y todos,
sin embargo,
entraron a la vez en n-i camisa,
en los hombros madera, entre los fémures, palillos;
tú particularmente,
habiéndome influido;
él, fútil, colorado, con dinero
y ellos, zánganos de ala de otro peso.
¡Oh botella sin vino! ¡oh vino que enviudó de esta botella!

DELIRIO TRANSCONTINENTAL por WLADIMIR ZAMBRANO



Entonces la noche fue triste, pero bien travesti…
Ernesto Carrión. Los diarios Sumergidos de Calibán



Y veo a los Aztecas que hay en mí:
como una palabra de ácido
que se solidifica en sol,
inversión de una pérdida de dientes
cuando se gira el tiempo mirando a las estrellas
(pensando sean los dioses
la imposición de mi castigo).
Y STOP.
Revisa tu FACEBOOK.
Préstame un DOLLAR.
No seas piadoso…
Me obligan a hablar en ingles…
Todas las cosas que siento son intraducibles;
cabellos infinitos que me dispongo a cortar;
las nubes
que crecen y cubren los sueños
cuando las aves vuelan y cambia mi realidad…
Y veo a los Mayas que hay en mí:
como ese artefacto-cuaderno
en que le regale mi corazón a una muchacha roja
de tanto gritar
de tanto levantar el puño
y recordarse lo de siempre
a la misma hora de siempre
en el mismo lugar…
Y veo a los Incas que hay en mí:
loading...30
como un dardo viajando hacia el sol;
tren de la columna de los vivos por mi dolor izquierdo,
la ausencia
de equilibrio en los detalles para pintar mi rostro,
húmedo de ser el temor al sonido de las puertas
o al hermano,
mentiroso que husmea en los papeles
para buscarse la rabia…
Mi deseo
hecho un puño de basura,
el aterrizaje forzoso sobre las lenguas de serpientes.
Oraciones que repito…
N
U
D
O
S
que
me
hago
para vencer…
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