sábado, noviembre 03, 2012

LA GUERRA DE LOS PRINCIPIOS por ANTONIN ARTAUD



Si nos acercamos a la Siria de hoy, con sus montañas, su mar, su
río, sus ciudades y sus gritos, sentimos la ausencia de algo esencial; pero
como el pus hirviente y vital, está ausente del absceso reventado. Algo
espantoso, compacto, duro, y si se quiere abominable, abandonó de golpe,
brutalmente, como se vacía un pozo de aire, como el “Fiat” tonante de Dios
volatiliza sus torbellinos, como se disipa en los rayos del sol traidor una
espiral de vahos, abandonó el aire del cielo y las murallas carcomidas de
las ciudades, algo que ya no se volverá a ver.
Allí donde la religión de Ictus, el Pez pérfido, en el momento de la
muerte, señala con cruces su paso sobre las partes culpables del cuerpo,
la religión de Elagabalus exalta la peligrosa acción del miembro sombrío,
del órgano de la reproducción.
Entre el grito del coribante que se castra y corre por la ciudad
esgrimiendo su sexo, bien rígido y seccionado al ras, y el aullido del
oráculo que ruge al borde de los viveros sagrados, nace una armonía
encantada y grave, basada en el misticismo. No un acuerdo de sonidos,
sino un acuerdo petrificante de cosas y que demuestra que en Siria, un
poco antes de la aparición de Heliogábalo y hasta algunos siglos después
de él, hasta la crucifixión, sobre el frontispicio del templo de Palmira, de
Valerio, emperador romano, cuyo cadáver fue pintarrajeado de rojo, el culto
negro no temía mostrar sus encantos al sol macho, hacerlo cómplice de su
triste eficacia.
¿Qué significa y en qué consiste finalmente esta religión del Sol en
Emesa, por cuya difusión, después de todo, Heliogábalo dio su vida?
No es suficiente que el olor del hombre persista todavía en las ruinas
del desierto, que un soplo menstrual corra entre los torbellinos masculinos
del cielo; no es suficiente que el eterno combate del hombre y la mujer
pase por los canales surcados de las piedras, por las columnas de aire
recalentadas.
El asombroso coloquio mágico que opone el cielo a la tierra y la luna
al sol, y que la religión de Ictus, el Pez, ha destruido, si bien no se ejerce ya
en el humor ritual de las celebraciones, está en el origen de nuestra actual
inercia.
Podemos despreciar a distancia la sangrienta aspersión de los
Taurobolios, a la cual se entregan los adeptos al culto de Mitra, sobre una
especie de línea mística, cuyo trayecto nunca fue superado, y que va
desde las altiplanicies del Irán hasta el recinto cerrado de Roma; podemos
taparnos la nariz de horror ante la emanación mezclada de sangre,
esperma, transpiración y menstruaciones, unida a ese íntimo olor a carne
corroída y sexo sucio que se alza de los sacrificios humanos; podemos
gritar de asco ante el prurito sexual de las mujeres, que al ver un miembro
recién arrancado se sienten perdidamente enamoradas; podemos
abominar de la locura de un pueblo en trance que, desde lo alto de las
casas en que los coribantes arrojaron sus miembros, les lanzan vestidos de
mujer sobre los hombros, al tiempo que invocan a sus dioses; pero no
podemos pretender que todos estos ritos no contienen una suma de
espiritualidad violenta que supera sus excesos sangrientos.
Si en la religión del cristo el cielo es un Mito, en la religión de
Elagabalus en Emesa, el cielo es una realidad, pero una realidad en acción
como la otra y que reacciona peligrosamente sobre la otra. Todos esos
ritos hacen confluir el cielo, o lo que de él se desprende, en la piedra ritual,
hombre o mujer, bajo el cuchillo del sacrificador.
Esto ocurre porque hay dioses en el cielo, dioses, es decir fuerzas
que no esperan sino el momento de precipitarse.
La fuerza que recarga los macareos, que hace beber el mar a la
luna, que hace subir la lava en las entrañas de los volcanes; la fuerza que
sacude las ciudades y deseca los desiertos; la fuerza imprevisible y roja
que en nuestras cabezas hace hervir los pensamientos como otros tantos
crímenes, y los crímenes como otros tantos piojos; la fuerza que sostiene la
vida y la que hace abortar la vida, son otras tantas manifestaciones sólidas
de una energía cuyo aspecto pesado es el sol.
Aquel que remueve los dioses de las religiones antiguas, y revuelve
sus nombres en el fondo de su chimenea como con el gancho de un
trapero; aquel que se enloquece ante la multiplicidad de los nombres; aquel
que encuentra similitudes entre los dioses, cabalgando de un país al otro, y
las raíces de una etimología idéntica en los nombres de los cuales están
hechos los dioses; y que, después de haber pasado revista a todos esos
nombres, a las indicaciones de sus fuerzas y al sentido de sus atributos, se
escandaliza ante el politeísmo de los antiguos, que por eso llama Bárbaros,
es porque él mismo es un Bárbaro, es decir un europeo.
Si los pueblos, a medida que andaba el tiempo, han vuelto a hacer a
los dioses a su imagen y semejanza; si han extinguido la idea fosforescente
de los dioses y, partiendo de los nombres con que los encerraban, se
mostraron impotentes de remontarse hasta la descarga inicial, hasta la
revelación del principio que esos dioses quieren manifestar, por medio de
los contactos concéntricos de las fuerzas, por medio de la imantación
aplicada y concreta de las energías, hay que acusar histórica e
individualmente a esos pueblos, y no a los principios, y menos aún a esa
idea superior y total del mundo que el Paganismo quiso restituirnos. Y
como en el fondo de las ideas, sólo pueden juzgarse por su forma, puede
decirse que, tomados en el tiempo, el desarrollo innumerable de los mitos –
al que corresponde, en los colmados subterráneos de los templos solares,
el amontonamiento sedimentario de los dioses- no nos da la idea de la
formidable tradición cósmica que está en el origen del mundo pagano, del
mismo modo que las danzas de los bufones orientales y las tretas de los
faquires que vienen a exhibirse en las escenas europeas no son capaces
de transmitirnos el espíritu de liberación sin imágenes o la misteriosa
conmoción de las imágenes que provienen de un gesto verdaderamente
sagrado.
El espíritu sagrado es aquel que permanece pegado a los principios
con una fuerza de identificación sombría, que se asemeja a la sexualidad, a
la sexualidad en el plano más próximo a nuestros espíritus orgánicos, a
nuestros espíritus obstruidos por el espesor de su caída. Esta caída acerca
de la cual me pregunto si representa el pecado. Ya que en el plano en que
las cosas se elevan, esta identificación se llama Amor, una de cuyas
formas es la caridad universal, y la otra, la más terrible, se convierte en el
sacrificio del alma, es decir en la muerte de la individualidad.
Todas estas luchas de dios contra dios, y de fuerza contra fuerza,
en que los dioses sienten crujir entre sus dedos las fuerzas que se supone
deben dirigir; esta separación de la fuerza y del dios, en que el dios queda
reducido a una especie de palabra que cae, una efigie consagrada a las
más horrorosas idolatrías; ese ruido sísmico y ese temblor material en los
cielos; esa manera de clavar el cielo en el cielo, y la tierra en la tierra; esas
casas y esos territorios del cielo que pasan de mano en mano y de cabeza
en cabeza, mientras cada uno de nosotros, aquí, en su cabeza, recompone
sus dioses; esta ocupación provisional del cielo, aquí por medio de un dios
y su rabia, y allá por medio del mismo dios transformado; esta toma de
posesión de los poderes, que es reemplazada, como la eterna pulsación de
un espasmo, de abajo arriba y de arriba abajo, por otras tomas de posesión
de los poderes; esta respiración de las facultades cósmicas, semejantes,
en el plano superior, a las facultades sepultadas y groseras que duermen
en nuestras individualidades separadas, y a cada facultad le corresponde
un dios y una fuerza, y nosotros somos el cielo sobre la tierra, y ellos se
han convertido en la tierra, la tierra retirada en lo absoluto; esta
inestabilidad tormentosa de los cielos que nosotros llamamos Paganismo, y
que a veces nos deja ciegos, que nos acribilla con sus verdades, fuimos
nosotros, fue nuestra Europa cristiana, fue la Historia la que la fabricó.
Si lo reubicamos en el tiempo, ese innumerable despliegue de
dioses que los pueblos, en su avance histórico, desparraman
sucesivamente en los cielos –a menudo el mismo emplazamiento del cielo
visible está ocupado por efigies de naturaleza contraria, y esos dioses son
hombre y mujer, y el dios-mujer recubre la efigie masculina del dios que es
igual a él; e Ishtar, nombre de origen masculino, termina por significar la
luna, y la luna en el mismo punto del espacio y del tiempo, entorpecida por
un falo y un ktels, que hace el amor consigo misma, y desparrama su rocío
de niños-, si lo reubicamos en el tiempo, ese pataleo alrededor de los
principios no empaña su validez inicial del mismo modo que las
masturbaciones de un idiota onanista no empañan el principio de la
reproducción.
Si los pueblos terminaron por considerar a los dioses como seres
verdaderamente separados, si se equivocaron acerca del significado de
esos dioses, debemos observar que cada pueblo, tomado individualmente,
y en el mismo punto del espacio y el tiempo, siempre trató de organizar
jerárquicamente sus poderes, y que allí donde un femenino recubrió un
masculino e inversamente, en la cabeza y el corazón del pueblo que por
encima de él desplegaba esos dioses contradictorios por esencia, el
masculino era el masculino, y el femenino el femenino sin inversión nominal
posible; quiero decir que inmediatamente, el mismo nombre nunca servía a
dos formas, si a uno le interesa considerar esas formas como entidades
verdaderamente separadas, sino que el mismo nombre a menudo era la
contracción de dos formas, hechas, aparentemente, para devorarse entre
sí; y la Siria de la época de Heliogábalo poseía hasta un punto supremo la
noción de esa misteriosa fusibilidad.
Aquello que diferencia los paganos de nosotros, es que en el origen
de todas sus creencias hay un terrible esfuerzo para no pensar como
hombres, para conservar el contacto con toda la creación, es decir con la
divinidad.
Bien sé que el más ínfimo impulso de amor verdadero nos acerca
mucho más a Dios que toda la ciencia que podamos poseer de la creación
y sus grados.
Pero el Amor que es una fuerza no funciona sin voluntad. No se ama
sin la voluntad, la cual pasa por la conciencia, es la conciencia de la
separación consentida la que nos lleva a la separación de las cosas, la que
nos conduce a la unidad de Dios. El amor se gana primero por la
conciencia, y luego por la fuerza del amor.
No obstante, hay varias estancias en la casa de mi padre. Y aquel
que arrojado a la tierra con la conciencia del idiota, después de sabrá Dios
qué hazañas y qué faltas en otros estados u otros mundos que valieron su
idiotez; pero exactamente con la conciencia necesaria para amar, y amar
en un soltarse sin palabras, en un maravilloso impulso espontáneo; aquel a
quien se le escapa todo lo que es el mundo, que no conoce del amor sino
la llama, la llama sin la irradiación y la multitud del hogar, tendrá menos que
aquel otro cuyo cerebro alcanza la creación entera, y para quien el amor es
un minucioso y horrible desprendimiento.
Pero –y es la eterna historia del dedal- tendrá todo lo que puede
absorber. Gozará de una felicidad cerrada, pero que, cubriendo toda su
medida, le dará también a él la sensación de la inmensidad.
Hasta el día en que ese pobre de espíritu será barrido como las
otras cosas. Le quitarán su inmensidad. Nos juzgarán a todos, grandes y
pequeños, después de nuestro paraíso de delicias, después de la felicidad
que no es todo, quiero decir que no es el Gran Todo, es decir nada. Nos
confundirán, nos fusionarán hasta el Uno, Uno Solo, el gran Uno cósmico,
que pronto será reemplazado por el Cero infinito de Dios.
Dicho lo cual, vuelvo a los nombres contradictorios de los dioses. Y a
esos dioses los llamo nombres; no los llamo dioses. Digo que esos
nombres formaban fuerzas, maneras de ser, modalidades de la gran
potencia de ser que se diversifica en principios, esencias, sustancias,
elementos. Las religiones antiguas desde sus orígenes quisieron echar una
mirada sobre el Gran Todo. No separaron el cielo del hombre, el hombre de
la creación entera, desde la génesis de los elementos. Y puede decirse
incluso que en sus orígenes no se engañaron respecto de la creación.
El catolicismo cerró la puerta, como el budismo la había cerrado
antes. Voluntariamente y a sabiendas cerraron la puerta, diciéndonos que
no necesitábamos saber.
Ahora, yo considero que necesitamos saber, y que lo único que
necesitamos es saber. Si pudiéramos amar, amar de un solo golpe, la
ciencia sería inútil; pero ya no sabemos amar, por efecto de una especie de
ley mortal que proviene de la misma pesadez y riqueza de la creación.
Estamos sumidos en la creación hasta el cuello; lo estamos con todos
nuestros órganos: los sólidos y los sutiles. Y es duro llegar a Dios por el
camino escalonado de los órganos, cuando esos órganos nos fijan al
mundo en que nos encontramos y tratan de convencernos de que no hay
otra realidad. Lo absoluto es una abstracción, y la abstracción requiere una
fuerza que es contraria a nuestro estado de hombres degenerados.
No debe asombrar después de esto si los paganos terminaron por
volverse idólatras, si llegaron a confundir las efigies con los principios, y si
el poder de atracción de los principios a la larga se les escapó.
Y nosotros, cristianos, ¿no hacemos acaso lo mismo? ¿No tenemos
también nosotros nuestras efigies, nuestros tótems, nuestros trozos de
dios, que, en la cabeza y el corazón de los individuos que los adoran,
también llegarán a consolidarse en formas, a separarse en multitudes de
dioses?
Una cosa nombrada es una cosa muerta, y muerta porque está
separada. Demasiada devoción a coronas de espinas, a maderos de la
cruz, a corazones de Jesús venerados en todas partes, a Sangres y
Crismas, a Vírgenes múltiples, en fin, que ya sean negras, blancas,
amarillas o rojas, corresponden a otras tantas adoraciones separadas,
representan para los individuos que a ellas se entregan el mismo peligro
del espíritu, la misma amenaza de caída en una irremediable idolatría que
las alteraciones de la energía creadora en el misterio de los dioses
paganos.
Dios es pensado en la conciencia, no la conciencia cósmica, sino la
conciencia de los individuos, y para una conciencia que piensa en
imágenes y formas, ¿quién se atreverá a decir cuál es el hombre que no
terminó por tomar sus imágenes como si fueran sus pensamientos?
El dogma cristiano está contenido en el Credo, de acuerdo, pero del
credo a mi conciencia individual hay un mundo de interpretaciones,
bibliotecas de santos, herejías y concilios. Y tan sólo el infierno no ha
cambiado jamás.
Por otra parte el catolicismo, que cierra la puerta del conocimiento,
abre la del misticismo. Convirtió en secreto aquello que debe ser secreto.
Llama con un nombre más duro aquello que está en el origen de las
iniciaciones antiguas. Pero el resultado final es el mismo, pese a la
diferencia del vocabulario y de las concepciones.
No obstante, en el amor radica el conocimiento; y dudo que los
santos cristianos, quemados en su carne, despojados hasta la punta de su
ser, hasta el vértigo de aquello que ya no es, hayan llegado alguna vez a
superar este espantoso corte en donde todo aquello que es se reduce y
culmina en aquello que no es.
Nuevamente vuelvo a los dioses, a esos dioses devastadores y que
se comen mutuamente, como cangrejos en una cesta.
Es apasionante constatar que cuanto más viejo es un culto, tanto
más terrible es la imagen que se hace de los dioses; y que sólo su aspecto
terrible puede hacernos comprender a los dioses.
Se debe a que los dioses sólo valen por el Génesis, y por la batalla
en el caos. En la materia no hay dioses. En el equilibrio no hay dioses. Los
dioses nacieron con la separación de las fuerzas y morirán con su unión.
Cuanto más cerca están de la creación, tanto más espantosas son
sus figuras, figuras que corresponden a los principios que están en ellos.
Platón habla de la naturaleza de los dioses; los identifica con los
principios, sin permitir no obstante que veamos con mayor claridad en esos
principios que son fuerzas, y en esas fuerzas que son dioses.
Le preguntaron a Jámblico por qué el sol y la luna que son dioses
son visibles, ya que los dioses no tienen cuerpo.
Y esto es lo que responde Jámblico en el “Libro de los Misterios”.
“Los dioses no están contenidos en los cuerpos, sino que sus vidas y
sus acciones divinas los contienen; no están orientados hacia los cuerpos,
sino que los cuerpos que contienen están orientados hacia la causa divina”.
Fueron las capas bajas de la población las que crearon los dioses
que nos arrojan a la cabeza, y si aún ahora, para no hablar sino de los
autores que se falsifica en las clases, fuéramos capaces de comprender a
Platón como debe ser comprendido, podríamos, por el camino del
esoterismo antiguo, elevarnos hasta una noción de los dioses–principios
que no debe confundirse con las figuraciones antropomórficas de los
dioses.
Y por lo demás toda la cuestión radica en lo siguiente:
¿Realmente existen los principios, quiero decir, principios separados
y que existan detrás de las cosas? O, en otros términos, los dioses de la
nomenclatura pagana, ¿tienen acaso una existencia menos afirmada y
menos válida que los principios que utilizamos para pensar?
Y esta pregunta engendra otra: ¿Existen en el espíritu del hombre
facultades realmente separadas?
Por otra parte es factible preguntarse si un principio es algo más que
una simple facilidad verbal; y esto nos conduce a la cuestión de saber si
existe algo fuera del espíritu que piensa, y si, en lo absoluto, los principios
existen como realidades, o como seres que dividen sus energías.
¿En qué medida, y por más atrás que nos remontemos en el origen
de las cosas, hay principios, que viven como realidades separadas y
escapan a un juego del espíritu en torno a los principios? ¿Y existen acaso
en el hombre mismo algo así como facultades-principios, que tendrían una
existencia distinta, y podrían vivir separadas?
¿Existen momentos de la eternidad que puedan determinarse como
se determinan las notas de música y luego se los reconoce por medio de
los números?, ¿y están separadas esas notas?
Para los alquimistas, esos momentos de la eternidad que son
determinables corresponden a la aparición de la estrella en el crisol.
Este problema me parece estúpido, ya que lo absoluto no necesita
nada. Ni dios, ni ángel, ni hombre, ni espíritu, ni principio, ni materia, ni
continuidad.
Pero si en la continuidad, en la duración, en el espacio, en el cielo de
arriba y el infierno de abajo, los principios vienen separados, no viven
como principios sino como organismos determinados. La energía creadora
es una palabra, pero que posibilita las cosas excitándolas con su
avivafuego. Y del mismo modo que en el mundo creado existen todas las
cualidades de la materia, todos los aspectos de la posibilidad, elementos
que se cuentan con los números, y se miden por su densidad, del mismo
modo el flujo creador que arde al contacto con las cosas –y cada llamarada
de la vida sobre las cosas equivale a un pensamiento-, ese flujo en los
organismos cerrados, que van desde nuestra burda materialidad hasta la
más improbable sutileza, compone lo que se llaman Seres, y que no son
nada más que soplos en la duración.
Los principios sólo valen para el espíritu que piensa, y cuando
piensa; pero fuera del espíritu que piensa, un principio se reduce a nada.
No se piensa el fuego, el agua, la tierra, el cielo; se los reconoce y
se los nombra, puesto que son; y bajo el agua, el fuego, la tierra o el cielo,
bajo el mercurio, el azufre y la sal, hay materias todavía más sutiles, que el
espíritu no puede nombrar, puesto que no aprendió a conocerlas, pero que
algo más sutil que espíritu, mucho más profundo que todo cuanto está en
nuestras cabezas, presiente y podrá reconocer cuando haya aprendido a
nombrarlas. Ya que si los principios valen para el espíritu, las cosas valen
para las cosas; y no hay pausa en la sutileza de las cosas, así como
tampoco hay obstáculo para la sutileza del espíritu.
En la cumbre de las esencias fijas que corresponden a las
innumerables modalidades de la materia, está aquello que, en la sutileza
de las esencias, en la violencia del fuego ígneo, corresponde a los
principios generadores de las cosas, que el espíritu que piensa puede
llamar principios, pero que, en relación a la totalidad hirviente de los seres,
corresponden a grados conscientes de la Voluntad en la Energía.
No hay un principio de la materia sutil, un principio del azufre o de la
sal, pero más allá de la sal, del mercurio o del azufre, hay materias mucho
más sutiles, que hasta la punta de la vibración orgánica, pone de manifiesto
la diversidad del espíritu mediante las cosas; y para quien pida que le
presenten estas cosas, sólo los números pueden poner de manifiesto su
existencia separada.
Por cierto no estoy a favor de la dualidad Espíritu-Materia; pero
entre la tesis que atribuye todo al espíritu y la que atribuye todo a la
materia, digo que no hay conciliación posible, mientras se permanezca en
un mundo en que el espíritu sólo podrá devenir si consiente en
materializarse.
La materia sólo existe “por” el espíritu, y el espíritu sólo “en” la
materia. Pero al fin de cuentas, siempre es el espíritu el que conserva la
supremacía.
Y a este problema de saber si hay principios que puedan poner de
manifiesto las cosas, ahora me parece fácil responder que no hay
principios, sino cosas; y del mismo modo que hay cosas sólidas, y en las
sólidas, singularidades, y reuniones de materia única que dan idea de lo
perfecto, del mismo modo hay seres que manifiestan el Ser que proviene
de la Unidad.
Y todo esto no vale sino para este mundo que se hincha y se torna
áspero, y para el ojo del espíritu que proyectamos en medio de las cosas, y
cuando lo proyectamos. Pero se ve fácilmente que aunque en el espíritu no
hay nada, too lo que es, es función del espíritu. Y las cosas son funciones
del espíritu. Ellas poseen una utilidad pasajera y funcional; pero que no
vale sino para lo creado.
Nada existe salvo como función, y todas las funciones se reducen a
una; y el hígado que vuelve a la piel amarilla, el cerebro que se sifiliza, el
intestino que arroja los residuos, la mirada que despide sus rayos y que
cambia el sitio de los rayos, se reducen para mí, si expiro, a lo que me
pesaba vivir, y a mi deseo de ponerle fin.
Además, puede hacerse la misma operación destructiva o más bien
compresiva, y que elimina los aspectos accidentales de las cosas para
conducirlas a la unidad, a propósito de cualquier cosa. Y yo la efectúo a
propósito de los Números, ya que para quien piensa por Números, también
esos se reduce a una facultad separada y que sólo vive si es separada y en
el instante en que es separada; pero no se requiere adicionar las cosas
para darse cuenta de su duración. Yo me veo obligado a hacer un gran
esfuerzo mental para considerar lo que existe bajo el ángulo de la cantidad
o más bien de lo que se separa y se numera, y termina por formar un
siniestro total. Y que no se diga que el Número en el sentido en que lo
entiende Pitágoras no se reduce a la cantidad sino que al contrario se
reduce a la ausencia de cantidad. Y que el número escrito en su más alta
acepción es un símbolo de aquello que no se puede llegar a numerar o
medir.
Creo haber impuesto ya a mi espíritu estancias bastante terribles en
la ausencia de cantidad, como para poseer al menos una noción de esto.
Pero se lo numero o no, el estado que desemboca en la separación de los
principios, quiero decir de las efigies, obedece a leyes que los Números
pueden revelar.
Los Números, es decir los grados de la vibración.
Y si el Número 12 da la idea de la Naturaleza en su punto de
expansión perfecta, de madurez integral, es porque contiene tres veces el
ciclo completo de las cosas, que se representa por 4; y 4 es la cifra de la
realización en lo abstracto o de la cruz en el círculo, y de los 4 puntos o
nudos de la vibración magnética por los cuales todo lo que es debe pasar;
y 3 es ese triángulo que aspira tres veces el círculo, el círculo que contiene
4, y lo gobierna por la Tríada, que es el primer módulo, la primera efigie o la
primera imagen de la separación de la unidad.
Todos estos estados o nudos, todos estos puntos, estos grados de
la gran vibración cósmica están vinculados entre sí y ellos se gobiernan.
Pero si el 3, puro o abstracto, permanece fijo en el principio, 4 –solo-
, cae en lo sensible donde gira el alma, y 13 en la realidad pisoteada,
donde es preciso luchar para comer, pero sin comer.
Ya que si 12 posibilita la guerra, todavía no la engendra, 12 es la
posibilidad de la guerra, la tantalización de la guerra sin guerra, y hay 12 en
el caso de Tántalo, en esa pintura de fuerzas estables, pero hostiles,
porque son oponibles, y que todavía no pueden comerse.
La guerra de las efigies, de las representaciones o de los principios,
con mitos en su cara externa y magia efectiva por debajo, es la única
explicación válida del mundo antiguo. Ella muestra claramente la
naturaleza de sus preocupaciones.
Y esta guerra de arriba está representada por la carne. Al menos
una vez se encarnó en la carne; al menos una vez, una prolongada e
inmensa vez, perturbó el gobierno de las cosas humanas, con luchas
inexpiables, y donde los hombres que luchan sabían por qué lo hacían.
Ella arrojó una contra otra no a dos naciones, no a dos pueblos, no a
dos civilizaciones, sino a dos razas esenciales, a dos imágenes del espíritu
hecho carne y que lucha con la carne.
Y esta guerra del espíritu en hostilidad consigo mismo, que duró
tanto como varias civilizaciones juntas, como puede verse en los “Puranas”,
no es legendaria, sino real. Ocurrió. Y todos los principios, cada uno con su
energía y sus fuerzas, estuvieron presentes. Y sobre todo los dos principios
de los que pende la vida cósmica: lo masculino y lo femenino.
No contaré el cisma de Irshú, pero fue el que desencadenó esa
guerra, el que puso al hombre de un lado, a la mujer del otro; el que otorgó
a seres de carne la noción de su herencia superior, el que separó el sol de
la luna, el fuego del agua, el aire de la tierra, la plata del cobre y el cielo de
los infiernos. Ya que la idea de la constitución metafísica del hombre, de
una jerarquía ideal y sublime de estados, donde la muerte nos arroja para
conducirnos a la ausencia de estados, a una especie de inconcebible No-
Ser que nada tiene que ver con la nada, está basada en la separación del
espíritu en dos modos, macho y hembra, de los que es preciso saber cuál
es el principio del otro, cuál produjo el nacimiento del otro, cuál es macho,
cuál hembra, cuál activo y cuál pasivo.
Al parecer estos dos principios primero quisieron saldar cuentas
solos y por encima de las masas de hombres inconscientes que luchaban.
Pero la guerra sólo se hizo furiosa, sólo se torno realmente
inexpiable y despiadada el día en que se convirtió en religiosa, y en que los
hombres tomaron conciencia del desorden de los principios que regían su
anarquía.
Para terminar con esa separación de los principios, para reducir su
antagonismo esencial, fue que tomaron las armas y se arrojaron unos
contra otros, persuadidos de que sólo una reducción de materia carnal era
capaz de equilibrar en el cielo, y de provocar esa fusión, esa ubicación de
esencias, que sólo se logra con sangre.
Y esa guerra se encuentra por entero en la religión del sol, y se la
encuentra a un grado sangriento pero mágico en la religión del sol, tal
como se practicaba en Emesa; y si desde hace siglos terminó de arrojar
unos guerreros contra otros, Heliogábalo sigue su huella en la línea de
aspersión de los Taurobolios, línea mágica que él va a señalar, al volver a
roma, con crueldades físicas, con teatro, con poesía y con auténtica sangre
a la vez.
Si en lugar de detenerse en sus infamias porque su descripción
anecdótica satisface su gusto por el libertinaje y su pasión por la facilidad,
los historiadores hubiesen tratado realmente de comprender a Heliogábalo
por encima de su psicología personal, es en la religión del sol donde
habrían encontrado el origen de sus excesos, de sus locuras y de su alto
libertinaje místico, que posee a los dioses como coadjutores y testigos. Por
sobre todas las cosas habrían observado ese detalle de la tiara solar, el
cuerno de Escandro, es decir de Carnero, que hace de Heliogábalo el
sucesor en la tierra y el ayudante de Ram, y de su maravillosa Odisea
Mitológica. Y entonces habrían comprendido la razón de ser y el origen de
esa increíble mezcla de cultos: luna, sol, hombre, mujer, de la cual Siria es
la viva figura y la impresionante geografía.
Se crea o no en una raza de Instructores Sobrehumanos que
llegaron del polo en el momento del primer hundimiento de la tierra y que
parecen deslizarse con ella para dirigirse a la India, es preciso admitir, en
un período muy anterior a la Historia, la invasión de un pueblo de raza
blanca, que esgrime insignias, ritos y extraños objetos sagrados, a manera
de armas sobrenaturales.
Según parece al fin de cuentas fueron los partidarios del Blanco, es
decir del Macho, quienes conservaron el terreno conquistado; pero al
conservarlo, pierden la noción del principio intocable, y único que habían
vendido a revelar a los autóctonos del Palistán.
Los “Vedas” parecen dar fe de esta alteración del principio en un
texto misterioso:
“SOLAMENTE ALGUNOS NEGROS, ALGUNOS ROJOS Y
ALGUNOS AMARILLOS PERMANECERAN, PERO LOS HIJOS DE LA
LUZ BLANCA SE HABRAN IDO PARA SIEMPRE”.
Y mientras los adeptos del Blanco, o Hindúes, se adueñan de la
India, a la que organizan de acuerdo con la ley del cielo y bajo el signo del
Carnero legado por Ram, los “Pinksahs” o “Rojos”, que comen las
menstruaciones de la mujer y han puesto su tinte en sus estandartes,
buscan allí, a lo lejos, una tierra que se les asemeje, y bajo el nombre de
Fenicios tejen al borde del mar una púrpura inalterable, que más que la
fuerza de su industria señala la duración de sus creencias.
Sin una guerra por los principios, la religión del sol, primero hostil a
la de la luna, nunca se hubiera arriesgado a confundirse con ella hasta el
punto de mezclarse inextricablemente. Yo no veo de qué manera pueda
decirnos la Historia por qué milagro un pueblo surgido de los fenicios,
devotos de la mujer, pudo alzar en sus tierras, y más alto que todos los
demás, un templo al culto del sol, es decir de lo Masculino.
El caso es que Heliogábalo, el rey pederasta y que pretende ser
mujer, es un sacerdote de lo Masculino. Realiza en sí mismo la identidad
de los contrarios, pero no sin esfuerzo, y su pederastia religiosa no tiene
otro origen que una lucha obstinada y abstracta entre lo Masculino y lo
Femenino.
Pero si en todos los países donde uno trata de ponerse directamente
en comunicación con las fuerzas separadas de Dios, hay templos para el
sol, y templos enemigos para la luna, y otros templos para el sol y la luna
mezclados, nunca, en ningún momento de la Historia, y en un espacio de
tierra tan pequeño conmovido por esas luchas, se encuentra como en Siria
semejante reunión de templos, donde el macho y la hembra se devoran, y
a la vez se mezclan y separan sus facultades.
En mi opinión la vida de Heliogábalo es el ejemplo tipo de esta clase
de disociación de principios; y es la imagen en pie –y llevada al más alto
grado de la manía religiosa, de la aberración y de la locura lúcida- la
imagen de todas las contradicciones humanas, y de la contradicción en el
principio, lo que yo he querido describir de él, como se verá en el capítulo
siguiente.

viernes, noviembre 02, 2012

GERANIO ROJO por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



geranio rojo
soñó a dios devorarse a sus ángeles
sin embargo yo le soñé con un reloj
en vez de corazón
geranio rojo
estuvo una temporada
al sur del cielo
donde yo tramitaba  visa
por una eternidad
sólo su voz me queda
nítida  en la memoria

ahora que las calles son inmensas
y los miedos han poseído todos
los paraísos
la rebeldía se me manifiesta
bajo esta apariencia 
de lobo rendido
ante la adversidad
queda en mi pecho
el dibujo infantil
carmesí y verde
de este geranio rojo

IUSPOETICA DE MANUEL J. JIMENEZ:LENGUAJE POETICO-JURIDICO: LA ABSTRACCION AL BORDE DEL ABSURDO HUMANO-CRITICO por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



IUSPOETICA es un poemario interesante que utiliza algo tan tentador, abstracto y científico como lo es el lenguaje jurídico, abstracto para calzar con la generalidad de  las situaciones fácticas, con ambigüedades tales que dan sustento a la hermenéutica o arte de la interpretación, subsumido necesariamente a la lógica y en estructura sociales donde lo Jurídico debe someterse a lo social para  su imperio y generalidad. Lo que no quita que la poesía y sus múltiples figuras invaden necesariamente al Derecho.

Otra cosa es cuando la esencia creadora, esa vertiente de la poesía que linda con el espíritu y las diferentes cosmogonías  someten o se hermanan con las estructuras  e instituciones del derecho. Domar el lenguaje administrativo y documental para hacerlo atractivo y suficientemente seductor para transformar algo al parecer “árido” a lo substancialmente “imaginativo” volcado a una cosmogónica poética de Manuel J. Jiménez.

Llama poderosamente la atención una absolución de posiciones a Joseph K. muy atingente a la novela celebérrima “El Proceso”. La utilización del lenguaje documental en  “Registro Federal de Ciudadanos Ausentes” seguido por “Procedimiento de Ausencia” similar a la Muerte Presunta de nuestro Ordenamiento Jurídico. El conceptual “Iter Criminis” el camino atroz de un crimen.

El “Contrato de Seguro” irreal absurdo, bellísimamente absurdo. “Apuntes de un Burócrata” la descripción bucólica mágica de algo visto como prosaico de una función vista casi como arcaica. La versificada “Presentación de Pruebas” de cada clase, Testimonial-Confesional-Pericial-Documental.

El creacionista “El Sistema  Legal del Universo”, la mezcla poética de las leyes de este cosmos con un lenguaje jurídico poético, los distintos “lenguajes” matemáticos , físicos que traducen esta vasta creación divina, aparecen subsumidos en figuras e imágenes líricas que van a una rebeldía natural humana.

La intervención gráfica de Poesía visual sostiene la estructura general. Lo especial es que hay un leitmotiv que vuelve de  cuando en cuando en los poemas contenidos en IUSPOETICA, la ausencia siempre presente como si el ego-lírico se abandonara de este hábitat , como si buscara liberarse del trance de ser humano para embarcarse definitivamente a ser esencia entre los versos , el intento fracasa porque cada poema cada capítulo de este poemario absorbe la loable profesión del poeta, un ensayo de  plegar y desplegar lo “material” lo “terrestre” del Derecho  entregado de cuerpo y alma a una de las más hermosas y espirituales de las artes. “Solución de Conflictos” es la manifestación de lo antes expresado.

Sobresale entre los capítulos de este poemario “La Titánica Prosopopeya” visión cosmogónica llena de giros filosóficos vitales y jurídicos que rematan con una poesía visual llamativa llena de sentido y trasfondo con collage de línea clásica muy al estilo setentero del arte correo.

Debo confesar que este libro va a ser una delicia para aquellos que hacen del Derecho, una forma de vida una manera de subsistencia y un alimento para el espíritu. Pero debo decir que más que interesante es imperdible, la poética subsumida a lo jurídico, lo jurídico embelesado con la poesía. Sin abandonar lo que nos da la estatura de Hombres, una visión crítica incisiva, inteligente.

La apuesta de Cinosargo con  Manuel J. Jiménez logra todas las expectativas. Brillante.

domingo, octubre 21, 2012

NIÑOS EN LA CARRETERA por FRANZ KAFKA



Oí cómo pasaban los coches de caballos ante la verja del jardín, a
veces los veía también a través del casi estático follaje. ¡Cómo crujía la
madera bajo los rigores del verano en sus radios y troncos! Había trabajadores
que venían de los campos y reían que era una vergüenza.
Yo estaba sentado en mi pequeño columpio; en ese preciso instante
descansaba entre los árboles en el jardín de mis padres.
Ante la verja no había descanso. Acababan de cruzar niños con
paso rápido; carros con grano sobre los que iban hombres y mujeres
encima de gavillas y que oscurecían a su alrededor los arriates; por la
noche vi pasear lentamente a un señor con bastón, así como a dos
muchachas que, cogidas del brazo, iban a su encuentro, pisando el césped
mientras se saludaban.
Luego revolotearon pájaros como si fueran llamaradas, yo los
seguí con la vista, vi cómo ascendían en un suspiro, hasta que ya no
creí que subían, sino que yo caía, y me así fuertemente de las cuerdas
por debilidad cuando comencé a balancearme ligeramente. Pronto me
balanceé con más fuerza, cuando el viento soplaba más frío y, en vez de
aparecer pájaros en el cielo, aparecían estrellas reverberantes.
Recibí la cena a la luz de la vela. A menudo apoyaba ambos brazos
sobre la tabla y, ya cansado, daba bocados al pan. Las cortinas, rasgadas
en muchos puntos, se henchían con el viento cálido y, a veces, uno de
los que pasaba las sujetaba con fuerza cuando quería verme mejor y
hablar conmigo. Normalmente la vela se apagaba pronto y los mosquitos
revoloteaban todavía un rato a su alrededor, en la oscuridad surcada
por el humo. Si alguien se dirigía a mí desde la ventana, lo miraba
como si mirase a la montaña o al aire, y tampoco él mostraba mucho
interés en una respuesta.
Saltaba alguno sobre el antepecho de la ventana y anunciaba que
los demás ya se encontraban ante la casa, entonces me levantaba, aunque
suspirando.
«No, ¿por qué suspiras así? ¿Qué ha ocurrido? ¿Alguna desgracia
especial e irreversible? ¿Jamás podremos recuperarnos? ¿Está realmente
todo perdido?»
Nada estaba perdido. Corrimos hasta la parte delantera de la casa.
«¡Gracias a Dios, por fin habéis llegado! ¡Casi siempre llegas demasiado
tarde!» «¿Por qué yo?» «Precisamente tú, permanece en casa si no quieres
venir. ¡Sin misericordia!» «¿Qué? ¿Sin misericordia? ¿De qué hablas?»
Atravesamos la noche con la cabeza. No había tiempo diurno ni
nocturno. Pronto comenzaron a rozarse los botones de nuestros chalecos
como si fueran dientes y, con fuego en la boca, como animales en
los trópicos, corrimos una distancia que permaneció invariable. Como
los coraceros en guerras pasadas, dando fuertes pisadas y bien alto en el
cielo, bajamos la corta calle, uno al lado del otro, y con el mismo ímpetu
en las piernas, subimos la carretera. Algunos penetraron en las cunetas;
apenas habían desaparecido ante el oscuro talud, aparecían como
gente extraña arriba del todo, en la senda, y miraban hacia abajo.
«¡Ven hacia abajo!» «¡Ven primero hacia arriba!» «¿Para que nos
empujéis hacia abajo?, ni pensarlo, todavía tenemos dos dedos de frente
». «¡Así sois de cobardes, queréis decir! ¡Atreveos a subir, atreveos!»
«¿Sí? ¿Vosotros? ¿Precisamente vosotros nos queréis echar abajo? No
sois capaces».
Atacamos, pero fuimos rechazados, y nos echamos por propia
voluntad en el césped de las cunetas. Todo estaba templado de un modo
uniforme, no sentíamos calor ni frío en la hierba, sólo cansancio.
Si nos apoyábamos sobre el costado derecho y poníamos la mano
bajo la oreja, nos hubiera gustado dormir. Es cierto que se quería hacer
un nuevo esfuerzo y elevar la barbilla, pero para caer en una cuneta
todavía más profunda. Luego, colocando el brazo atravesado hacia
adelante y las piernas oblicuas, queríamos arrojarnos contra el viento
para, así, caer de nuevo con seguridad en una cuneta aún más profunda.
Y nadie quería dejar de hacerlo.
Apenas se pensaba en cómo podría alguien estirarse en la última
cuneta para dormir, sobre todo qué se podría hacer con las rodillas;
simplemente yacíamos sobre la espalda, como un enfermo presto a llorar.
Se pestañeaba cuando un joven, con los codos en las caderas y
oscuras suelas saltaba sobre nosotros desde el talud hacia la calle.
Ya se podía ver la luna, un coche postal pasó de largo con su luz.
Se levantó un ligero viento, también percibido en las cunetas, y el bosque,
en las cercanías, comenzó a susurrar. Entonces no importaba
mucho estar solo.
«¿Dónde estáis? ¡Venid! ¡Todos juntos! ¿Por qué te escondes?
¡Deja de hacer tonterías! ¿No sabéis que el coche postal ya ha pasado?»
«¡Pero, no!, ¿ya ha pasado?» «Naturalmente, ha pasado mientras tú
dormías». «¿Que yo dormía? ¡Nada de eso!» «Cállate, se te nota a la
legua». «Pero, por favor». «¡Ven!»
Corrimos juntos y unidos, algunos se cogieron de las manos, la
cabeza no se podía mantener lo suficientemente elevada, ya que se iba
hacia abajo. Uno dio un grito de guerra indio y nuestras piernas cogieron
un galope como nunca. Al saltar, el viento nos alzaba por las caderas.
Nada podría habernos detenido. Alcanzamos tal ritmo en la carrera
que al adelantar cruzábamos tranquilamente los brazos y nos
podíamos mirar.
Nos detuvimos en el puente sobre el torrente. Los que habían
seguido, regresaron. El agua, abajo, golpeaba las rocas y las raíces como
si no fuera ya noche avanzada. No había ningún motivo que impidiera
saltar sobre la barandilla del puente.
Tras la maleza, en la lejanía, surgía un tren convoy, con todos los
compartimientos iluminados y las ventanas bajadas. Uno de nosotros
comenzó a cantar una canción de moda, pero todos queríamos cantar.
Cantamos mucho más deprisa cuando el tren pasó y balanceamos los
brazos, ya que la voz no bastaba. Alcanzamos con nuestras voces una
densidad en la que nos sentimos bien. Cuando se mezcla la voz con la
de otros es como si se nos hubiera capturado con un anzuelo.
Así cantamos, con el bosque a nuestras espaldas y los ya lejanos
viajeros en los oídos. Los adultos estaban todavía despiertos en el bosque,
las madres preparaban las camas para la noche.
Ya era tiempo. Besé al que estaba a mi lado, a los tres más próximos
les alcancé la mano, comencé a desandar el camino, ninguno me
llamó. Llegado al primer cruce, donde ya no me podían ver, me desvié
y marché de nuevo por senderos a través del bosque. Pretendía ir a la
ciudad en el sur, de la que se dice en nuestro pueblo:
«¡Allí hay gente, pensad, que nunca duerme!
¿Y por qué no?
Porque nunca se cansan.
¿Y por qué no?
Porque están locos.
¿No se cansan acaso los locos?
¡Cómo podrían cansarse los locos!»

ELEONORA por EDGAR ALLAN POE




Sub conservatione formæ specifícæ salva anima.
(RAIMUNDO LULIO)





Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, «agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi».
Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma.
La amada de mi juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre.
Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el «Río de Silencio», porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre.
Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por
caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios.
Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol.
Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Héspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria.
La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente, como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos.
Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de
la frase.
Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía.
Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada.
Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez —¡ah, pero sólo una vez!— me despertó de un sueño, como el
sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.
Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.
Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.
Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:
«¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora.»

SUEÑO DE VLADÍMIR MAIAKOVSKI, POETA Y REVOLUCIONARIO por ANTONIO TABUCCHI




El tres de abril de 1930, el último mes de su vida, Vladímir Maiakovski, poeta y revolucionario, tuvo el mismo sueño que desde hacía un año soñaba todas las noches.
Soñó que se encontraba en el metro de Moscú, en un tren que corría a una velocidad de vértigo. Él estaba fascinado por la velocidad, porque adoraba el futuro y las máquinas, pero ahora sentía unas enormes ganas de bajar y daba vueltas con insistencia a un objeto que llevaba en el bolsillo. Para calmar su ansiedad pensó en sentarse y escogió un asiento cerca de una viejecita vestida de negro que llevaba la bolsa de la compra. Cuando Maiakovski se sentó a su lado la viejecita dio un respingo asustada.
¿Tan feo soy?, pensó Maiakovski, y sonrió a la viejecita. Y al mismo tiempo le dijo: No tenga miedo, no soy más que una nube y no pretendo otra cosa que bajar de este tren.
Por fin el tren se detuvo en una estación cualquiera y Maiakovski bajó sin prestar atención. Entró en el primer lavabo que encontró y sacó el objeto que llevaba en el bolsillo. Era un trozo de jabón amarillo, como el que usan las lavanderas. Abrió el grifo y comenzó a frotarse concienzudamente las manos, pero la suciedad que le parecía sentir en las palmas no desaparecía. Entonces se volvió a meter el jabón en el bolsillo y salió al andén. La estación estaba desierta. Al fondo, bajo un gran cartel, había tres hombres que se dirigieron hacia él apenas lo vieron. Llevaban impermeables negros y sombreros de fieltro.
Policía política, dijeron los tres hombres al unísono, control de seguridad.
Maiakovski levantó los brazos y dejó que lo registraran.
¿Y esto qué es?, preguntó uno de los hombres con expresión despectiva, blandiendo el trozo de jabón.
No lo sé, dijo Maiakovski con orgullo, yo no sé nada de estas cosas, yo soy sólo una nube.
Esto es jabón, susurró con perfidia el hombre que lo interrogaba, y es evidente que tú te lavas las manos a menudo, el jabón está todavía mojado.
Maiakovski no respondió nada y se secó la frente bañada en sudor.
Ven con nosotros, dijo el hombre, y le agarró del brazo mientras los otros dos los seguían.
Subieron una escalinata y desembocaron en una gran estación al aire libre. Bajo la estación había un tribunal, con jueces vestidos de militares y un público de niños vestidos de colegiales.
Los tres hombres lo condujeron hasta el estrado de los acusados y depositaron el jabón ante uno de los jueces. El juez tomó un megáfono y dijo: Nuestros servicios de seguridad han sorprendido a un reo en flagrante delito, llevaba todavía en el bolsillo el instrumento de su despreciable actividad.
El público de colegiales coreó su desaprobación.
El reo queda condenado a la locomotora, dijo el juez, golpeando sobre el estrado con su martillo de madera.
Dos guardias avanzaron, desnudaron a Maiakovski y lo vistieron con una enorme blusa amarilla. Después lo condujeron hacia una locomotora resoplante conducida por un fogonero semidesnudo con aspecto ferino. Sobre la locomotora había un verdugo con capirote de verdugo que sostenía en la mano una fusta.
Ahora veremos lo que sabes hacer, dijo el verdugo, y la locomotora partió.
Maiakovski miró afuera y se dio cuenta de que estaban atravesando la gran Rusia. Inmensos campos y llanuras donde yacían en el suelo hombres y mujeres macilentos con grilletes en las muñecas.
Esta gente espera tus versos, dijo el verdugo, canta, poeta. Y lo azotó.
Y Maiakovski comenzó a recitar sus peores versos. Eran versos estentóreos de exaltación y de retórica. Y mientras los recitaba la gente levantaba los puños y lo maldecía y maldecía a su madre.
Entonces Vladímir Maiakovski se despertó y fue al baño para lavarse las manos.

MANIFIESTO por PIER PAOLO PASOLINI






32 PUNTOS PARA UN NUEVO TEATRO

1
El teatro que esperáis, incluso el más absolutamente nuevo, no podrá ser nunca el
teatro que esperáis. De hecho, si esperáis un nuevo teatro, lo esperáis
necesariamente en el ámbito de las ideas que ya tenéis: además, lo que esperáis,
de algún modo ya está ahí. No hay nadie entre vosotros que ante un texto o un
espectáculo pueda resistir la tentación de decir: " Esto es teatro", o al contrario: "
Esto no es teatro". Pero las novedades, incluso las absolutas, como bien sabéis,
no son nunca ideales, sino siempre concretas. Por tanto su verdad y su necesidad
son mezquinas, fastidiosas y decepcionantes: o no se reconocen o se discuten
remitiéndolas a las viejas costumbres.
Hoy, entonces, todos esperáis un teatro nuevo, pero ya tenéis todos en la
cabeza una idea de él, nacida en el regazo del viejo teatro. Estas notas están
escritas bajo forma de manifiesto, para que lo nuevo que expresan se presente
declarada e incluso autoritariamente como tal.
(En todo este manifiesto, Brecht jamás será citado. Él ha sido el último
hombre de teatro que ha podido realizar una revolución teatral en el interior del
propio teatro: porque en sus tiempos la hipótesis era que el teatro tradicional
existía (y de hecho así era). Ahora, como veremos a través de este manifiesto, la
hipótesis es que el teatro tradicional ya no existe (o está dejando de existir). En
tiempos de Brecht, se podían por tanto operar ciertas reformas, incluso profundas,
sin poner en cuestión el teatro: es más, la finalidad de tales reformas era la de
convertir el teatro en auténtico teatro. Hoy, en cambio, lo que se somete a
discusión es el propio teatro: la finalidad de este manifiesto es por tanto,
paradójicamente, la siguiente: el teatro debería ser lo que el teatro no es. Sea
como sea, esto es cierto; que los tiempos de Brecht han terminado para siempre).

QUIÉNES SERÁN LOS DESTINATARIOS DEL NUEVO TEATRO

2

Los destinatarios del nuevo teatro no serán los burgueses que componen
generalmente el público teatral: serán en cambio los grupos avanzados de la
burguesía.
Estas tres líneas, del todo dignas del estilo de un acta, son el primer
propósito revolucionario del presente manifiesto. Significan en efecto que el autor
de un texto teatral no escribirá ya para el público que ha sido siempre, por
definición, el público teatral; que va al teatro para divertirse, y que a veces se
escandaliza. Los destinatarios del nuevo teatro no se divertirán, ni se
escandalizarán ante el nuevo teatro, ya que, al pertenecer a los grupos avanzados
de la burguesía, son en todo semejantes al autor de los textos.
3
A una señora que frecuente los teatros de la ciudad, y no se pierda jamás los
principales estrenos de Strehler, Visconti o Zefirelli, se le aconseja calurosamente
que no asista a las representaciones del nuevo teatro. O, si se presenta con su
simbólico, patético, abrigo de visón, se encontrará en la entrada con un cartel
explicando que las señoras con abrigo de visón deberán pagar su entrada treinta
veces más de su precio normal ( que será bajísimo). En dicho cartel, por el
contrario, estará escrito que los fascistas ( con tal de que sean menores de
veinticinco años) podrán entrar gratis. Y, además, podrá leerse un ruego: que no
se aplauda. Los silbidos y demás muestras de desaprobación serán, por supuesto,
admitidos, pero, en lugar de los eventuales aplausos, se pedirá al espectador esa
confianza casi mística en la democracia que consiente un diálogo, del todo
desinteresado e idealista, sobre los problemas planteados o debatidos en el texto.

4

Por grupos avanzados de la burguesía entendemos los pocos miles de
intelectuales de cada ciudad cuyo interés cultural sea quizás ingenuo, provinciano,
pero real.

5

Objetivamente, están constituidos en su mayor parte por los que se definen como
" progresistas de izquierdas" ( incluidos los católicos que tienden a constituir en
Italia una Nueva Izquierda): la minoría de esos grupos está formada por las élites
supervivientes del laicismo liberal y por los radicales. Naturalmente, este desglose
es, y quiere serlo, esquemático y terrorista.

6

El nuevo teatro no es entonces ni un teatro académico ni un teatro de
vanguardia. No se inscribe en una tradición pero tampoco la comprueba.
Simplemente la ignora y la supera de una vez por todas.


EL TEATRO DE LA PALABRA

7

El nuevo teatro quiere definirse, aunque sea de modo banal y en estilo de acta,
como " teatro de palabra". Su incompatibilidad tanto con el teatro tradicional como
con todo tipo de contestación al teatro tradicional, se contiene, por tanto, en esta
autodefinición. No oculta que se remite explícitamente al teatro de la democracia
ateniense, saltándose completamente toda la tradición reciente del teatro de la
burguesía, por no decir la entera tradición moderna del teatro renacentista y de
Shakespeare.

8

Venid a presenciar las representaciones del " teatro de palabra" con la idea más
de escuchar que de ver (restricción necesaria para comprender mejor las palabras
que vais a oír, y por tanto las ideas, que son los personajes reales de este teatro).

A QUÉ SE OPONE EL TEATRO DE PALABRA

9

Todo el teatro existente puede dividirse en dos tipos: estos dos tipos de teatro
pueden definirse -según una terminología seria- de diferentes maneras, por
ejemplo: teatro tradicional y teatro de vanguardia, teatro burgués y teatro
antiburgués, teatro oficial y teatro de contestación; teatro académico y teatro
underground, etc. Pero a estas definiciones serias nosotros preferimos dos
definiciones alegres, o sea:
a) teatro de la Charla ( aceptando por tanto la brillante definición de
Moravia),
b) teatro del Gesto o del Grito.
Para que nos entendamos enseguida: el teatro de la Charla es aquel teatro
en el que la charla, precisamente, sustituye a la palabra (por ej., en lugar de decir,
sin humor, sin sentido de lo ridículo y sin buena educación, " Quisiera morir", se
dice amargamente " Buenas noches"); el teatro del Gesto o del Grito es aquel
teatro en el que la palabra ha sido completamente desacralizada, o mejor aún,
destruida, a favor de la presencia física pura (cfr. más adelante).

10

El nuevo teatro se define de " Palabra" por oponerse entonces:
1º) Al teatro de la Charla, que implica una reconstrucción ambiental y una
estructura espectacular naturalistas, sin las cuales: a) los acontecimientos
(homicidios, hurtos, bailes, besos, abrazos y contraescenas) serían
irrepresentables; b) decir " Buenas noches" en lugar de " Quisiera morir" no
tendría sentido porque faltarían las atmósferas de la realidad cotidiana.
2 º) Por oponerse al teatro del Gesto o del Grito, que contesta al primero
destruyendo sus estructuras naturalistas y desconsagrando sus textos: pero del
que no puede abolir el dato fundamental, o sea, la acción escénica (que él lleva,
por el contrario, a la exaltación).
De esta doble oposición emana una de las características fundamentales
del " teatro de palabra": es decir (como en el teatro ateniense) la falta casi total de
acción escénica. La falta de acción escénica implica naturalmente la desaparición
casi total de la puesta en escena –luces, escenografía, vestuario, etc., todo esto
quedará reducido a lo indispensable ( ya que, como veremos, nuestro nuevo
teatro no podrá dejar de seguir siendo una forma, aunque jamás experimentada,
de RITO; y por tanto, un encenderse o apagarse de luces para indicar el comienzo
o el final de la representación, no podrá dejar de subsistir).

11

Tanto el teatro de la Charla como el teatro del Gesto o del Grito son dos
productos de una misma civilización burguesa. Ambos tienen en común el odio a
la Palabra.
El primero es un ritual donde la burguesía se refleja, más o menos
idealizándose, de todos modos reconociéndose siempre. El segundo es un ritual
en el que la burguesía ( restableciendo a través de su propia cultura antiburguesa
la pureza de un teatro religioso), por una parte se reconoce como productora del
mismo ( por razones culturales), por otra saborea el placer de la provocación, de
la condena o del escándalo ( mediante el cual, finalmente, no consigue más que la
confirmación de sus propias convicciones).

12

Éste (el teatro del Gesto o del Grito) es entonces el producto de la anticultura
burguesa, que se sitúa en polémica con la burguesía, utilizando contra ella el
mismo proceso, destructivo, cruel y disociado, que fue empleado (uniendo a la
locura la práctica) por Hitler en los campos de concentración y de exterminio.

13

Si tanto el teatro del Gesto o del Grito tiene como destinataria -puede que
ausente- a la burguesía a la que escandalizar (sin la cual sería inconcebible, como
Hitler sin los judíos, los polacos, los gitanos y los homosexuales), el teatro de
Palabra, por el contrario, tiene como destinatarios a los propios grupos culturales
avanzados que lo producen.

14

El teatro del Gesto o del Grito -en la clandestinidad del underground- persigue con
sus destinatarios una complicidad de lucha o una forma común de ascetismo: y
por tanto, a fin de cuentas, no representa, para los grupos avanzados que lo
producen como destinatarios, más que una confirmación ritual, de sus propias
convicciones antiburguesas: la misma confirmación ritual que representa el teatro
tradicional para el público medio y normal con sus propias convicciones
burguesas.
Por el contrario, en los espectáculos del teatro de Palabra, aunque se
tengan muchas confirmaciones y verificaciones (no en vano autores y
destinatarios pertenecen al mismo círculo cultural e ideológico), habrá sobre todo
un intercambio de opiniones y de ideas, en una relación mucho más crítica que
ritual.

DESTINATARIOS Y ESPECTADORES

15

¿Será posible una coincidencia, práctica, entre destinatarios y espectadores?
Nosotros creemos que en Italia, los grupos culturales avanzados de la burguesía
ya pueden formar incluso numéricamente un público, produciendo por tanto en la
práctica un teatro propio: el teatro de la Palabra constituye entonces, en la relación
entre autor y espectador, un hecho del todo nuevo en la historia del teatro.
Estas son las siguientes razones:
a) el teatro de Palabra es -como hemos visto- un teatro posibilitado,
solicitado y disfrutado en el círculo estrechamente cultural de los grupos
avanzados de la burguesía.
b) representa, en consecuencia, el único camino para el renacimiento del
teatro en un país donde la burguesía es incapaz de producir un teatro que no sea
provinciano y académico, y donde la clase obrera es absolutamente ajena a este
problema (y por tanto sus posibilidades de producir en su propio ámbito un teatro
es meramente teórica: teórica y retórica, como demuestran todos los intentos de “
teatro popular” que ha tratado de alcanzar directamente la clase obrera).
c) el teatro de Palabra -que, como hemos visto, elimina toda relación
posible con la burguesía y se dirige sólo a grupos culturales avanzados- es el
único que puede llegar, no por determinación o por retórica, sino de un modo
realista, a la clase obrera. Ya que ésta se halla de hecho unida por una relación
directa con los intelectuales avanzados. Es esta una noción tradicional e
ineliminable de la ideología marxista, y sobre la cual tanto los heréticos como los
ortodoxos no pueden dejar de estar de acuerdo, como sobre un hecho natural.


16

No malinterpretéis. No se trata de un evocar aquí un obrerismo dogmático,
estalinista o togliattiano, o de todos modos conformista. Se evoca más bien la gran
ilusión de Mayakovsky, de Essenin, y de aquellos otros conmovedores y grandes
jóvenes que actuaron con ellos en aquel tiempo. Nada de obrerismo oficial, por
tanto: aunque el teatro de Palabra acudirá con sus textos (sin decorados, trajes,
musiquitas, magnetófonos y mímica) a las fábricas y a los círculos culturales
comunistas, puede que en grandes salas con las banderas rojas del 45.

17

Leed los apartados 15 y 16 como los fundamentales de este manifiesto.

18

El teatro de Palabra, que se va definiendo a lo largo de este manifiesto, es en
consecuencia también una tarea práctica.

19

No se excluye que el teatro de Palabra experimente también con espectáculos
explícitamente dedicados a destinatarios obreros, pero sería, precisamente, de
forma experimental, ya que la única manera justa de implicar presencia obrera en
este teatro, es la indicada en el punto C del apartado 15.

20

Los programas del teatro de Palabra -constituido en tarea o iniciativa- no tendrán
por tanto un ritmo normal. No habrá preestrenos, estrenos y funciones. Se
prepararán dos o tres representaciones a la vez, que se darán
contemporáneamente en la sede propia del teatro, y en aquellos lugares (fábricas,
escuelas, circuitos culturales) donde los grupos culturales avanzados, a los que se
dirige el teatro de Palabra, tienen su sede.


LOS DOS TIPOS DE ACTOR QUE EXISTEN

21

¿Qué es el teatro? "El teatro es el teatro". Esta es hoy en día la respuesta general:
el teatro se entiende entonces hoy en día como "algo diferente" que puede
explicarse sólo por sí mismo, y puede ser intuido sólo de forma carismática.
El actor es la primera víctima de esta especie de misticismo teatral que a menudo
lo convierte en un personaje ignorante, presuntuoso y ridículo.

22

Pero, como hemos visto, el teatro de hoy es de dos tipos: el teatro burgués y el
teatro burgués antiburgués. De dos tipos son, por tanto, también los actores.
Observemos primero a los actores del teatro burgués.
El teatro burgués halla su justificación (no como texto sino como
espectáculo) en la vida de sociedad: es un lujo de la gente bien y rica, que posee
también el privilegio de la cultura.
Ahora, un teatro semejante está en crisis: y se ve por ello obligado a tomar
conciencia de su condición, a reconocer las razones que lo expulsan del centro de
una vida de sociedad a los márgenes, como algo superado y superviviente.
Un diagnóstico que no le ha sido difícil: el teatro tradicional ha comprendido bien
pronto que a un nuevo tipo de sociedad, inmensamente aplanada y ensanchada,
las masas pequeño burguesas lo han sustituido con dos tipos de acontecimientos
sociales mucho más adecuados y modernos: el cine y la televisión. No le ha sido
tampoco difícil comprender que algo irreversible ha ocurrido en la historia del
teatro: el "demos" ateniense y las "élites" del viejo capitalismo son recuerdos
remotos. ¡Los tiempos de Brecht han acabado para siempre!
El teatro tradicional ha terminado, por tanto, encontrándose en un estado
de deterioro histórico, que ha creado a su alrededor, por un lado, una atmósfera
de conservación tan miope como obstinada, por otro, un aire de nostalgia y de
esperanzas sin fundamento. Este es también un hecho que el teatro tradicional ha
sabido diagnosticar de modo más o menos confuso.
Lo que el teatro tradicional no ha sabido diagnosticar, ni siquiera a nivel de
un primer destello de conciencia, es lo que él mismo es. Se define a sí mismo
como Teatro y basta. Hasta el actor más chapucero y amanerado, frente al público
más deteriorado, percibe vagamente que ya no participa en un acontecimiento
social, triunfante y del todo justificado, y explica por tanto su presencia y su
servicio (tan poco solicitado) como un acto místico: una "misa" teatral, en la que el
Teatro aparece bajo una luz tan resplandeciente que acaba por cegar: ya que,
como todos los falsos sentimientos, produce una conciencia intransigente,
demagógica y casi terrorista, de su propia verdad.

23

Veamos ahora el segundo tipo de actor, el del teatro antiburgués, del Gesto o del
Grito. Como ya hemos visto, este teatro tiene las características siguientes:
a) se dirige a destinatarios burgueses cultos, implicándolos en su propia
protesta antiburguesa desaforada y ambigua;
b) busca las sedes en las que ofrecer sus espectáculos fuera de las sedes
oficiales;
c) rechaza la palabra, y por tanto las lenguas de las clases dirigentes
nacionales, a favor de una palabra contrahecha y diabólica o del puro y simple
gesto, provocatorio, escandaloso, incomprensible, obsceno, ritual.
¿Cuál es la razón de todo esto? Es un diagnóstico inexacto, pero
igualmente eficaz, de aquello en que se ha convertido, o simplemente es, el teatro.
Es decir, el teatro es el teatro, una vez más. Pero mientras que para el teatro
burgués ésta no es más que una tautología, que implica un misticismo ridículo y
fatuo, para el teatro antiburgués esta es una auténtica -y consciente- definición de
la sacralidad del teatro.
Tal sacralidad del teatro se funda en la ideología del renacimiento de un
teatro primitivo, originario, cumplido como un rito propiciatorio, o mejor orgiástico.
Se trata de una típica operación de la cultura moderna: por la cual una forma de
religión cristaliza la irracionalidad del formalismo en algo que nace como no
auténtico (o sea, por esteticismo) y se convierte en auténtico (es decir, un
verdadero tipo de vida como pragma fuera y en contra de la práctica).
Ahora bien, en algunos casos tal religiosidad arcaica revitalizada por rabia
contra el laicismo imbécil de la civilización del consumo, acaba precisamente por
convertirse en una forma de auténtica religiosidad moderna (que nada tiene que
ver con los antiguos campesinos y mucho, por el contrario, con la moderna
organización industrial de la vida). Piénsese, a propósito del Living Theatre, en la
colectividad casi típica de orden monástico, en el "grupo" que sustituye a los
grupos tradicionales como la familia, etc., en la droga como protesta, en el
"dropping out" o autoexclusión, pero como forma de violencia, al menos gestual y
verbal, en resumen, en el espectáculo casi como un caso de sedición, o –como
suele decirse ahora- de guerrilla.
Pero en la mayoría de los casos tal concepción del teatro termina siendo la
misma tautología del teatro burgués, obedeciendo a las mismas reglas
inevitables. La religión, entonces, de forma de vida que se realiza en el teatro,
pasa a convertirse simplemente en “la religión del teatro”. Y este tópico cultural,
este esteticismo de segundo orden, convierte al actor enlutado, drogado, en algo
tan ridículo como el actor integrado, de traje cruzado, que trabaja también en
televisión.

EL ACTOR DEL TEATRO DE PALABRA

24

Será por tanto necesario que el actor del " teatro de Palabra", en cuanto actor,
cambie de naturaleza: ya no tendrá que sentirse físicamente portador de un verbo
que trascienda la cultura en una idea sacral del teatro: tendrá que ser
simplemente un hombre de cultura. Ya no tendrá, entonces, que fundar su
habilidad en el atractivo personal (teatro burgués) o en una especie de fuerza
histérica y mesiánica (teatro antiburgués), explotando demagógicamente el deseo
de espectáculo del espectador (teatro burgués) o engañando al espectador
mediante la imposición implícita de hacerle participar en un rito sagrado (teatro
antiburgués).
Tendrá más bien que fundar su habilidad en su capacidad para comprender
realmente el texto. Y no ser por tanto intérprete en cuanto portador de un
mensaje (¡ el Teatro!) que trasciende el texto: sino vehículo viviente del propio
texto. Tendrá que hacerse transparente sobre el pensamiento: y será mejor actor
cuanto más, al oírle decir el texto, el espectador comprenda lo que él ha
comprendido.

EL " RITO" TEATRAL

25

El teatro es de todos modos, y en cualquier caso, en todo tiempo y lugar, un rito.

26

Desde una perspectiva semiológica el teatro es un sistema de signos cuyos
signos, no simbólicos sino icónicos, son los mismos signos de la realidad. El teatro
representa un cuerpo mediante un cuerpo, un objeto mediante un objeto, una
acción mediante una acción. Naturalmente, el sistema de signos del teatro tiene
sus códigos particulares, a nivel estético. Pero a nivel puramente semiológico no
se diferencia (como el cine) del sistema de signos de la realidad. El arquetipo
semiológico del teatro es entonces el espectáculo que se desarrolla cada día ante
nuestros ojos y al alcance de nuestros oídos, por la calle, en casa, en los lugares
de encuentro público, etc. En este sentido la realidad social es una representación
que no está del todo falta de la conciencia de serlo, y tiene de todos modos sus
códigos (reglas de buena educación, de comportamiento, técnicas corporales,
etc.); en una palabra, no está del todo falta de la conciencia de su propia
ritualidad.
El rito arquetipo del teatro es por tanto un rito natural.

27

Desde un punto de vista ideal, el primer teatro que se diferencia del teatro de la
vida es de carácter religioso: cronológicamente este nacimiento del teatro como
"misterio" no se puede fechar: pero se repite en todas las situaciones históricas, o
mejor, prehistóricas, análogas. En todas las "edades de los orígenes", y en todas
las " edades oscuras" o medioevos.
El primer rito del teatro, como propiciación, conjuro, misterio, orgía, danza
mágica, etc., es por tanto un rito religioso.

28

La democracia ateniense ha inventado el teatro más grande del mundo -en verso-,
instituyéndolo como rito político.

29

La burguesía -junto con su primera revolución, la revolución protestante- ha
creado en cambio un nuevo tipo de teatro (cuya historia comienza quizá con el
teatro del arte, pero ciertamente con el teatro isabelino y el teatro del Siglo de Oro
español, y llega hasta nosotros). En el teatro inventado por la burguesía
(enseguida realista, irónico, de aventura, de evasión, y, como diríamos ahora,
aséptico -aunque se trate de Shakespeare o de Calderón), la burguesía celebra el
más grande de sus fastos mundanos, que es también poéticamente sublime, por
lo menos hasta Chejov, es decir, hasta la segunda revolución burguesa, la liberal.
El teatro de la burguesía, es entonces un rito social.

30

Con el declinar de la "grandeza revolucionaria" de la burguesía (a menos que
-puede que con justicia- no se quiera considerar "grande" a su tercera revolución,
la tecnológica), ha declinado también la grandeza de ese rito social que ha sido su
teatro.
Así que si por un lado ese rito social sobrevive, cuidado por el espíritu
conservador burgués, por otro, está adquiriendo una nueva conciencia de su
propia ritualidad. Conciencia que parece ser del todo adquirida -como hemos
visto- por el teatro burgués antiburgués, que abalanzándose contra el teatro oficial
de la burguesía, y contra la propia burguesía, dirige su ataque sobre todo contra
su oficialidad, su establishment, o sea, su carencia de religión.
El teatro underground -como hemos dicho- trata de recuperar los orígenes
religiosos del teatro, como misterio orgiástico y violencia psicagógica; sin
embargo, en una operación semejante, el esteticismo no filtrado por la cultura,
consigue que el contenido real de tal religión sea el propio teatro, así como el mito
de la forma es el contenido de todo formalismo. No puede decirse que la religión
violenta, sacrílega, obscena, desacralizadora-sacralizadora del teatro del Gesto o
del Grito está falta de contenido y no es auténtica, porque a veces está llena de
una auténtica religión del teatro. El rito de este teatro es por tanto un rito teatral.


EL TEATRO DE PALABRA Y EL RITO

31

El teatro de Palabra no reconoce como suyo ninguno de los ritos antes
enumerados.
Rechaza con rabia, indignación y náusea ser un rito teatral, o sea,
obedecer las reglas de una tautología naciente de un espíritu religioso
arqueológico, decadente, y culturalmente genérico, fácilmente integrable por la
burguesía a través del mismo escándalo que quiere provocar.
Rechaza ser un rito social de la burguesía; es más, ni siquiera se dirige a la
burguesía y la excluye, cerrándole la puerta en las narices.
No puede ser el rito político de la Atenas aristotélica, con sus "muchos" que eran
pocas decenas de miles de personas: y toda la ciudad estaba contenida en su
espléndido teatro social al aire libre.
No puede en fin ser rito religioso, porque su nuevo medioevo tecnológico
parece excluirlo, en tanto que antropológicamente es diferente de todos los
precedentes medioevos...
Dirigiéndose a destinatarios de "grupos culturales avanzados de la
burguesía", y, por tanto, a la clase obrera más consciente, a través de textos
fundados en la palabra (puede que poética) y en temas que podrían ser los típicos
de una conferencia, de un mitin ideal o de un debate científico, el teatro de
Palabra nace y actúa totalmente en el ámbito de la cultura.
Su rito no puede entonces definirse de otro modo que rito cultural.

EPÍLOGO

32

Para resumir entonces: El teatro de Palabra es un teatro completamente nuevo,
porque se dirige a un nuevo tipo de público, dejando de lado del todo y para
siempre al público burgués tradicional. Su novedad consiste en ser, precisamente,
de Palabra; es decir, en oponerse a los dos teatros típicos de la burguesía, el
teatro de la Charla o el teatro del Gesto o del Grito, que son reconducidos a una
unidad sustancial: a) por el propio público (al que el primero divierte y el segundo
escandaliza); b) por el odio común a la palabra (hipócrita en el primero, irracional
en el segundo).
El teatro de Palabra busca su "espacio teatral" no en el ambiente, sino en la
cabeza. Técnicamente tal “espacio teatral” será frontal: texto y actores ante el
público: la absoluta igualdad cultural entre esos dos interlocutores, que se miran a
los ojos, garantiza una real democraticidad también escénica.
El teatro de Palabra es popular, no porque se dirige directa o retóricamente
a la clase trabajadora, sino en cuanto se dirige indirecta y realistamente a ella a
través de los intelectuales burgueses avanzados que son su único público.
El teatro de Palabra no tiene ningún interés espectacular, mundano, etc.; su
único interés es el cultural, común al autor, a los actores y a los espectadores;
que, por tanto, cuando se reúnen, cumplen un “rito cultural”.


LAS ODISEAS EN LA ODISEA por ITALO CALVINO




¿Cuántas Odiseas contiene la Odisea? En el comienzo del poema, la Telemaquia es la
búsqueda de un relato que no es el relato que será la Odisea. En el Palacio Real de
Itaca, el cantor Femio ya conoce los nostoi de los otros héroes; sólo le falta uno, el de
su rey; por eso Penélope no quiere volver a escucharlo. Y Telémaco sale a buscar ese
relato entre los veteranos de la guerra de Troya: si lo encuentra, termine bien o mal,
Itaca saldrá de la situación informe, sin tiempo y sin ley, en que se encuentra desde
hace muchos años.
Como todos los veteranos, también Néstor y Menelao tienen mucho que contar, pero
no la historia que Telémaco busca. Hasta que Menelao aparece con una fantástica
aventura: disfrazado de foca, ha capturado al «viejo del mar», es decir a Proteo, el de
las infinitas metamorfosis, y le ha obligado a contarle el pasado y el futuro.
Naturalmente Proteo conocía ya toda la Odisea con pelos y señales: empieza a contar
las vicisitudes de Ulises a partir del punto mismo en que comienza Homero, cuando el
héroe está en la isla de Calipso; después se interrumpe. En ese punto Homero puede
sustituirlo y seguir el relato.
Habiendo llegado a la corte de los feacios, Ulises escucha a un aedo ciego como
Homero que canta las vicisitudes de Ulises; el héroe rompe a llorar; después se decide
a contar él mismo. En su relato, llega hasta el Hades para interrogar a Tiresias, y
Tiresias le narra a continuación su historia. Después Ulises encuentra a las sirenas que
cantan; ¿qué cantan? La Odisea una vez más, quizás igual a la que estamos leyendo,
quizá-muy diferente. Este retorno-relato es algo que existe antes de estar terminado:
preexiste a la situación misma. En la Telemaquia ya encontramos las expresiones
«pensar en el regreso», «decir el regreso». Zeus «no pensaba en el regreso» de los
atridas (111, 160); Menelao pide a la hija de Proteo que le «diga el regreso» (IV, 379)
y ella le explica cómo hacer para obligar al padre a decirlo (390), con lo cual el Atrida
puede capturar a Proteo y pedirle: «Dime el regreso, cómo iré por el mar abundante
en peces» (470).
El regreso es individualizado, pensado y recordado: el peligro es que caiga en el olvido
antes de haber sucedido. En realidad, una de las primeras etapas del viaje contado por
Ulises, la de los lotófagos, implica el riesgo de perder la memoria por haber comido el
dulce fruto del loto. Que la prueba del olvido se presente en el comienzo del itinerario
de Ulises, y no al final, puede parecer extraño. Si después de haber superado tantas
pruebas, soportado tantos reveses, aprendido tantas lecciones, Ulises se hubiera
olvidado de todo, su pérdida habría sido mucho más grave: no extraer ninguna
experiencia de todo lo que ha sufrido, ningún sentido de lo que ha vivido.
Pero, mirándolo bien, esta amenaza de desmemoria vuelve a enunciarse varias veces
en los cantos IX-XII: primero con las invitaciones de los lotófagos, después con las
pociones de Circe, y después con el canto de las sirenas. En cada caso Ulises debe
abstenerse si no quiere olvidar al instante... ¿Olvidar qué? ¿La guerra de Troya? ¿El
sitio? ¿El caballo? No: la casa, la ruta de la navegación, el objetivo del viaje. La
expresión que Homero emplea en estos casos es «olvidar el regreso».
Ulises no debe olvidar el camino que ha de recorrer, la forma de su destino: en una
palabra, no debe olvidar la Odisea. Pero tampoco el aedo que compone improvisando o
el rapsoda que repite de memoria fragmentos de poemas ya cantados deben olvidar si
quieren «decir el regreso»; para quien canta versos sin el apoyo de un texto escrito,
«olvidar» es el verbo más negativo que existe: y para ellos «olvidar el regreso» quiere
decir olvidar los poemas llamados nostoi, caballo de batalla de sus repertorios.
Sobre el tema «olvidar el futuro» escribí hace años algunas consideraciones que
concluían: «Lo que Ulises salva del loto, de las drogas de Circe, del canto de las
sirenas no es sólo el pasado o el futuro. La memoria sólo cuenta verdaderamente -para
los individuos, las colectividades, las civilizaciones- si reúne la impronta del pasado y el
proyecto del futuro, si permite hacer sin olvidar lo que se quería hacer, devenir sin
dejar de ser, ser sin dejar de devenir».
A mi artículo siguieron uno de Edoardo Sanguineti y una cola de respuestas, mía y
suya. Sanguineti objetaba: «Porque no hay que olvidar que el viaje de Ulises no es un
viaje de ¡da, sino un viaje de vuelta. Y entonces cabe preguntarse un instante,
justamente, qué clase de futuro le espera: porque el futuro que Ulises va buscando es
entonces, en realidad, su pasado. Ulises vence los halagos de la Regresión porque él
tiende hacia una Restauración.
»Se comprende que un día, por despecho, el verdadero Ulises, el gran Ulises, haya
llegado a ser el del Ultimo Viaje, para quien el futuro no es en modo alguno un pasado,
sino la Realización de una Profecía, es decir de una verdadera Utopía. Mientras que el
Ulises homérico arriba a la recuperación de su pasado como un presente: su sabiduría
es la Repetición, y se lo puede reconocer por la Cicatriz que lleva y que lo marca para
siempre».
En respuesta a Sanguineti, recordaba yo que «en el lenguaje de los mitos, como en el
de los cuentos y la novela popular, toda empresa que aporta justicia, que repara
errores, que rescata de una condición miserable, es representada corrientemente como
la restauración de un orden ideal anterior: lo deseable de un futuro que se ha de
conquistar es garantizado por la memoria de un pasado perdido».
Si examinamos los cuentos populares, vemos que presentan dos tipos de
transformaciones sociales, que siempre terminan bien: primero de arriba abajo y
después de nuevo arriba: o bien simplemente de abajo arriba. En el primer caso un
príncipe, por cualquier circunstancia desafortunada, queda reducido a cuidador de
cerdos u otra mísera condición, para reconquistar después su condición principesca; en
el segundo un joven pobre por su nacimiento, pastor o campesino, y tal vez pobre
también de espíritu, por virtud propia o ayudado por seres mágicos, logra casarse con
la princesa y llega a ser rey.
Los mismos esquemas valen para los cuentos populares con protagonista femenino: en
el primer caso la doncella de condición real o acaudalada, por la rivalidad de una
madrastra (como Blancanieves) o de las hermanastras (como la Cenicienta) se
encuentra desvalida hasta que un príncipe se enamora de ella y la conduce a la
cúspide de la escala social; en el segundo, se trata de una verdadera pastorcita o
joven campesina que supera todas las desventajas de su humilde nacimiento y llega a
celebrar bodas principescas.
Se podría pensar que los cuentos populares del segundo tipo son los que expresan más
directamente el deseo popular de invertir los papeles sociales y los destinos
individuales, mientras que los del primero dejan traslucir ese deseo de manera más
atenuada, como restauración de un hipotético orden precedente. Pero pensándolo
bien, la extraordinaria fortuna del pastorcito o la pastorcita representan sólo una
ilusión milagrera y consoladora, que después será ampliamente continuada por la
novela popular y sentimental. Mientras que, en cambio, las desventuras del príncipe o
de la reina desgraciada unen la imagen de la pobreza con la idea de un derecho
pisoteado, de una injusticia que se ha de reivindicar, es decir, fijan (en el plano de la
fantasía, donde las ideas pueden echar raíces en forma de figuras elementales) un
punto que será fundamental para toda la toma de conciencia social de la época
moderna, desde la Revolución francesa en adelante.
En el inconsciente colectivo el príncipe disfrazado de pobre es la prueba de que todo
pobre es en realidad un príncipe, víctima de una usurpación, que debe reconquistar su
reino. Ulises o Guerin Meschino o Robin Hood, reyes o hijos de reyes o nobles
caballeros caídos en desgracia, cuando triunfen sobre sus enemigos restaurarán una
sociedad de justos en la que se reconocerá su verdadera identidad.
¿Pero sigue siendo la misma identidad de antes? El Ulises que llega a Itaca como un
viejo mendigo, irreconocible para todos, tal vez no sea ya la misma persona que el
Ulises que partió rumbo a Troya. No por nada había salvado su vida cambiando su
nombre por el de Nadie. El único reconocimiento inmediato y espontáneo es el del
perro Argos, como si la continuidad del individuo se manifestase solamente a través de
señales perceptibles para un ojo animal.
Las pruebas de su identidad son para la nodriza la huella de una dentellada de jabalí,
para su mujer el secreto de la fabricación del lecho nupcial con una raíz de olivo, para
el padre una lista de árboles frutales: señales todas que nada tienen de realeza, y que
equiparan a un héroe con un cazador furtivo, con un carpintero, con un hortelano. A
estas señales se añaden la fuerza física, una combatividad despiadada contra los
enemigos, y sobre todo el favor evidente de los dioses, que es lo que convence
también a Telémaco, pero sólo por un acto de fe.
A su vez Ulises, irreconocible, al despertar en Itaca no reconoce su patria. Tendrá que
intervenir Atenea para garantizarle que Itaca es realmente Itaca. En la segunda mitad
de la Odisea, la crisis de identidad es general. Sólo el relato garantiza que los
personajes y los lugares son los mismos personajes y los mismos lugares. Pero
también el relato cambia. El relato que el irreconocible Ulises narra al pastor Eumeo,
después al rival Antinoo y a la misma Penélope, es otra Odisea, totalmente diferente:
las peregrinaciones que han llevado desde Creta hasta allí al personaje ficticio que él
dice ser, un relato de naufragios y piratas mucho más verosimil que el relato que él
mismo había contado al rey de los feacios. ¿Quién nos dice que no sea esta la
«verdadera» Odisea? Pero esta nueva Odisea remite a otra Odisea más: en sus viajes
el cretense había encontrado a Ulises: así es como Ulises cuenta de un Ulises que viaja
por países por donde la Odisea que se da por «verdadera» no lo hizo pasar.
Que Ulises es un mistificador ya se sabe antes de la Odisea. ¿No fue él quien ideó la
gran superchería del caballo? Y en el comienzo de la Odisea, las primeras evocaciones
de su personaje son dos flash-back de la guerra de Troya contados sucesivamente por
Elena y por Menelao: dos historias de simulación. En la primera penetra bajo
engañosos harapos en la ciudad sitiada llevando la mortandad; en la segunda está
encerrado dentro del caballo con sus compañeros y consigue impedir que Elena,
incitándolos a hablar, los desenmascare.
(En ambos episodios Ulises se encuentra frente a Elena: en el primero como una
aliada, cómplice de la simulación: en el segundo como adversaria que finge las voces
de las mujeres de los aqueos para inducirlos a traicionarse. El Papel de Elena resulta
contradictorio pero es siempre la contramarca de la simulación. De la misma manera,
también Penélope se presenta como una simuladora con la estratagema de la tela: la
tela de Penélope es una estratagema simétrica de la del caballo de Troya, y es a la par
un producto de la habilidad manual y de la falsificación: las dos principales cualidades
de Ulises son también las de Penélope.)
Si Ulises es un simulador, todo el relato que hace al rey de los feacios podría ser falso.
De hecho sus aventuras marineras, concentradas en cuatro libros centrales de la
Odisea, rápida sucesión de encuentros con seres fantásticos (que aparecen en los
cuentos del folclore de todos los tiempos y países: el ogro Polifemo, los veinte
encerrados en el odre, los encantamientos de Circe, sirenas y monstruos marinos),
contrastan con el resto del poema, en el que dominan los tonos graves, la tensión
psicológica, el crescendo dramático que gravita hacia un final: la reconquista del reino
y de la esposa asediados por los proceos. Aquí también se encuentran motivos
comunes a los de los cuentos populares, como la tela de Penélope y la prueba del tiro
al arco, pero estamos en un terreno más cercano a los criterios modernos de realismo
y verosimilitud: las intervenciones sobrenaturales tienen que ver solamente con las
apariciones de los dioses del Olimpo, habitualmente ocultos bajo apariencia humana.
Es preciso sin embargo recordar que idénticas aventuras (sobre todo la de Polifemo)
son evocadas también en otros lugares del poema; por lo tanto el propio Romero las
confirma, y no sólo eso, sino que los mismos dioses discuten de ello en el Olimpo. Y
que también Menelao, en la Telemaquia, cuenta una aventura del mismo tipo (las del
cuento popular) que la de Ulises: el encuentro con el viejo del mar. No nos queda sino
atribuir la diferencia de estilo fantástico a ese montaje de tradiciones de distinto
origen, transmitidas por los aedos y que confluyeron después en la Odisea homérica,
que en el relato de Ulises en primera persona revelaría su estrato más arcaico.
¿Más arcaico? Según Alfred Heubeck, las cosas hubieran podido tomar un rumbo
absolutamente opuesto. Antes de la Odisea (incluida la Iliada) Ulises siempre había
sido un héroe épico, y los héroes épicos, como Aquiles y Héctor en la Iliada, no tienen
aventuras del tipo de las de los cuentos populares, a base de monstruos y
encantamientos. Pero el autor de la Odisea tiene que mantener a Ulises alejado de la
casa durante diez años, desaparecido, inhallable para los familiares y los ex
compañeros de armas. Para ello debe hacerle salir del mundo conocido, pasar a otra
geografía, aun mundo extrahumano, a un más allá (no por nada sus viajes culminan
en la visita a los Infiernos). Para este destierro fuera de los territorios de la épica, el
autor de la Odisea recurre a tradiciones (estas sí, más arcaicas) como las empresas de
Jasón y los Argonautas.
Por tanto la novedad de la Odisea es haber enfrentado a un héroe épico como Ulises
«con hechiceras y gigantes, con monstruos y devoradores de hombres», es decir, en
situaciones de un tipo de saga más arcaica, cuyas raíces han de buscarse «en el
mundo de la antigua fábula y directamente de primitivas concepciones mágicas y
xamánicas».
Aquí es donde el autor de la Odisea muestra, según Heubeck, su verdadera
modernidad, la que nos lo vuelve cercano y actual: si tradicionalmente el héroe épico
era un paradigma de virtudes aristocráticas y militares, Ulises es todo esto, pero
además es el hombre que soporta las experiencias más duras, los esfuerzos y el dolor
y la soledad. «Es cierto que también él arrastra a su público a un mítico mundo de
sueños, pero ese mundo de sueños se convierte en la imagen especular del mundo en
que vivimos, donde dominan necesidad y angustia, terror y dolor, y donde el hombre
está inmerso sin posibilidad de escape.»
Stephanie West, aunque parte de premisas diferentes de las de Heubeck, formula una
hipótesis que convalidaría su razonamiento: la hipótesis de que haya existido una
Odisea alternativa, otro itinerario del regreso, anterior a Homero. Homero (o quien
haya sido el autor de la Odisea), encontrando este relato de viajes demasiado pobre y
poco significativo, lo habría sustituido por las aventuras fabulosas, pero conservando
las huellas de los viajes del seudocretense. En realidad en el proemio hay un verso que
debería presentarse como la síntesis de toda la Odisea: «De muchos hombres vi las
ciudades y conocí los pensamientos». ¿Qué ciudades? ¿Qué pensamientos? Esta
hipótesis se adaptaría mejor al relato de los viajes del seudocretense...
Pero apenas Penélope lo ha reconocido en el tálamo reconquistado Ulises vuelve a
narrar el relato de los cíclopes, de las sirenas... ¿No es quizá la Odisea el mito de todo
viaje? Tal vez para Ulises-Homero la distinción mentira-verdad no existía, él contaba la
misma experiencia ya en el lenguaje de lo vivido, ya en el lenguaje del mito, así como
para nosotros también todo viaje nuestro, pequeño o grande, es siempre Odisea
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