martes, diciembre 24, 2013

TENEMOS EL ARTE PARA QUE LA VERDAD NO NOS MATE por RAY BRADBURY


¿Sólo conoces lo Real? Cae muerto.
Eso dijo Nietzsche.
Tenemos el arte para que la verdad no nos mate.
Para nosotros el mundo es demasiado.
Después de cuarenta días el Diluvio sigue.
Las ovejas que pastan allá lejos son chacales.
Ese tictac en tu cabeza es de verdad el Tiempo 
y vendrá por la noche a sepultarte.
El tibio niño que ahora duerme partirá en el alba, 
y con tu corazón irá hacia mundos que ignoras.
Y por eso
necesitamos que el Arte enseñe a respirar 
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía 
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella, 
y al payaso con máscara de Muerte 
o la calavera que con corona de Bufón 
a medianoche agita cascabeles 
de óxido sangriento y matracas gruñonas 
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto... ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón!
¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas. 
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre.
Y el divagante Melville se toma en serio la tarea 
de encontrar la máscara bajo la máscara.
Y la homilía de Emily D. señala el basurero 
de nuestras anomalías.
Y  Shakespeare envenena el dardo de la Muerte 
y la herramienta de un arte de enterrador.
Y Poe construye un Arca de huesos porque ha presentido un diluvio de sangre.
La muerte es una dolorosa muela del juicio; 
extrae esa Verdad con las tenazas del Arte

y emploma el abismo en donde estaba 
oculta en las sombras con el Tiempo y las Causas. 
Aunque el Gusano Rey nos devore el corazón 
con la boca de Yorick demos gracias al Arte.

KARATE KAFKIANO ENTRE DOS O MAS por ELVIRA HERNANDEZ


¿Alguna vez se vieron?
Desde que se vieron cuidaron sus espaldas aun
[sobado el hombro
Uno hizo perro muerto de inmediato
Ella trató de entrar por la ventana En mente tenía fieros golpes bajos
Sonreían a dobleces Hablaron, bebieron, edificaron los imperios Se buscaron puntos débiles en la caricia.
A las 2 A.M. el penthouse duerme El Paseo Ahumada estalla: a la chilena
sucia la pelea.
La ciudad ha caído No preguntemos quién se rinde Hay hombres y mujeres asediados.

MAÑANA VENDRA EL PRESIDENTE por SANTIAGO AZAR


En los brazos desnudos de los fuegos y las derrotas, con todos los 
infantes trepando por los amaneceres de una
/ gaviota,
aparece la voz de un río derramado y agrietado.
Aparece la sombra que no es sombra de aquellas que terminen,
porque pasan los aviones de un lado hacia otro,
aún los oigo, como un metal que se funde en los intestinos
/de la muerte,
y fuego ante el enemigo y bombas y soldados repartidos como hormigas odiosas.
Al mismo tiempo, gotea desde el cielo
el pueblo hundido hasta las narices, asfixiado,
perseguido hasta sus modestas madrigueras;
pero ahí está, es él, poniendo su pecho frente al dolor,
metralleta en mano, corazón en mano,
más inmenso que pronunciar cien veces su nombre,
más valiente que el verdadero trigo que ruge en los veranos.
Mientras tanto, de rodillas confiesan al obrero,
a los estudiantes les arrebatan los años a culatazos;
y en los ríos, las piedras van descifrando
el crudo idioma de la sangre,
nombres así, al azar, entregados por montones,
y apilados en la morgue de nuestros más oscuros recuerdos.
Pero sabemos que de aquella ceniza de primavera,
de aquella página arrebatada al libro de los horizontes,
salió un puño en alto, más alto que mil sueños.
No en vano, mañana vendrá el Presidente, se paseará saludando a las multitudes,
arribará honesto por Morandé 80,
concurrirá al balcón para escuchar a los mudos
y el himno de siempre será coreado por primera vez,
como si esto fuera nacer, como si todo viniera desde el inicio,
como si viniera nuevamente e invencible,
la sola voz de Allende
para terminar con todos estos perdurables humos.

ME FALTA TIEMPO Y ME SOBRA PORQUERIA por SANTIAGO AZAR


Me falta tiempo, tiempo, horas junto a esa
soñada almohada, descanso para volver a
mi lucha junto a mis endemoniados versos.
Me falta algo de comida, algo de bebida; sin
embargo me sobran estudios, libros;
libros, pero de esos que no se leen.

Me sobran amigos que se llaman poetas y
todavía no encuentro sus versos.
Poesía, dónde te has escondido?
Me falta tiempo, romper relojes, exiliar todos los
minuteros; necesito descansar hasta tocar mi fin;
quiero ir al infierno, conversar con Satanás y volver
a mi quimera disparando a los sueños. Me sobran
tantas porquerías y se me arranca la vida.
Me rodean amigos, flores secas y cigarros, pero ya
no me llaman las cafeterías y las luces brillantes de
la noche.
Vuelve, tonta poesía, en tragos, en madera de
árboles nuevos, vuelve, tonta poesía, a tu fiel
vasallo, a tu amigo, a tu amante, a ver si podemos
amarnos para criar nuestros mejores versos.

MANDRAGORA, POESIA NEGRA por BRAULIO ARENAS



La libertad, siendo nuestro único dominante poético, gravita con feroz censura por encima de nuestros actos, sin interesarse por la comprobación de una conciencia demasiado finalista o excluyente. Quizás nosotros podemos tener la noción del espacio recorrido en una breve certidumbre de la poesía, si cerrando los ojos retrocedemos al mundo regular de las encantaciones alucinantes, para recoger ahí, con miradas ávidas de misterio, las manifestaciones transitivas de su realidad. Y si fuera posible cerrar los ojos, con la misma resolución con que se toma un útil de labranza o un cuaderno, se pisaría la tierra firme por primera vez o se escribiría directamente del natural. Estos ejercicios ópticos, que en cierto modo pueden evitar la pereza o el hambre, sirven para correr por un rayo de luz con afán retrospectivo. Entonces ya no se sabe si se escribe o se mira, dejando a la mano el cuidado de reproducir un informe ajeno pero que nos pertenece. Casi seguramente estos informes pertenecen al género de los traspasos obligatorios, al cambio de una vida por otra. El hombre entonces, o el poeta, se ve en la necesidad de ser dirigido, de ser absorbido, de ser inspirado por un representante suyo que actúa desde su propio interior.
Y es, sin embargo, por intermedio de semejante servidumbre poética que se trata de adivinar, de soñar o de escribir lo que se
ha soñado, lo que se ha adivinado. El hombre, con desesperación, planea su propia fuga y, de semejante tensión de sus sentidos, deliberada o inconscientemente, nace la llama arrebatadora del dictado profètico, es decir, de la poesía. Donde se ve solamente el desborde de la naturaleza interior del hombre o donde se habla de desarraigados internacionales, yo amo a los que el tormento de un enigma obligó a preferir las encantaciones, la poesía o el sobrenatural terror, como medios simples para conseguir arribar a los primeros atisbos de su verdadero ser. Más allá de eso existe el límite infranqueable del silencio y la palabra.
Es para ustedes entonces, verdaderos camaradas situados en el nudo de las antinomias precisas de realidad y poesía, y casi yo puedo agregar que está por ustedes, los que sobreviven, realizada una de las primeras ideas que haya ambicionado, yo, la de desenterrar con el propio esfuerzo, con la propia imaginación, esa ave marina, esa planta nupcial que da la muerte al que se apodere de ella, la fascinante hada de los suburbios, la que canta canciones de infancia a la puerta de los prostíbulos y al pie de las horcas, y que sin embargo sabe, con un gesto, apartar esa mediocre realidad que la rodea, para dar la vida, la poesía, y el amor a los que cojan con verdadera desesperación frenética un útil de labranza o un cuaderno para arrancarla o describirla, y es con ustedes que puedo exhibir y hacer girar —riesgo y fascinación aparte— esa planta nupcial, símbolo eterno de la poesía negra, la planta de la MANDRAGORA.
Arriba de nosotros sólo reluce esa lámpara ferozmente defensiva, cuya eterna coloración obliga a los ojos a contemplar una quimera proporcionada por sus rayos —que para nosotros es de la realidad— una última manifestación de vida —que para nosotros es el primer fulgor—, un fenómeno de orden alucinatorio que no deja en paz ninguna de nuestras pasiones. Es ella la luz sin descanso de la poesía. Yo amo entrar a la zona de semejante paraíso llevado por el imán que se orienta desde mi sueño hasta los centros inexplorados aún de sus capas más profundas. Un determinado sueño no podría sino favorecer las altas conquistas de lo irreal desperdiciadas hasta ahora.
MANDRAGORA se publica en el preciso momento que la frase de Mallarmé alcanza su más refulgente claridad: “Se debe por ejemplo asombrarse que una asociación entre los soñadores, que residan ahí, no exista en toda gran ciudad para subvencionar un periódico que anote los acontecimientos bajo la luz propia al sueño”.
Que el impulso de la sumersión en el hondo sueño sea la voz de partida, la voz de alarma. Ahí nuestra vida se desarrollará en una vuelta a través de una estatua, de un árbol inmenso. Hemos perdido el hilo conductor, el cuerpo auditivo, en la misma puerta de entrada. Sin provisiones, con sed y hambre moral, se recorre el desierto donde los camellos petrificados huelen a la distancia los horizontes sin aduar, sin oasis. Esas figuras privadamente amorosas que nosotros vemos huir a cada corriente del agua, pueden ser reproducidas si nos albergamos provisoriamente en cualquier castillo errante. El sentido físico de la inestabilidad no es por cierto aquel que nos domina cuando intentamos la empresa poética de recoger algunos albores de esa luz irreconocible.
Para referirse a la poesía es necesario que se apodere de nosotros ese furor sagrado inaprehensible por la memoria. Esto es lo que la hace ser dueña de un campo más ilimitado que los de la realidad; (yo confieso que semejante afirmación no contradice la tesis dialéctica que yo defenderé siempre, la que se refiere a la primacía de la materia sobre el pensamiento) y por esa razón coloco en primer término, y como base de su sustento no menos evidente, el sentimiento de vida y muerte, el terror cósmico de la imaginación, el impulso instintivo de cortar los puentes, y la obediencia ciega a la ley del destierro dictada por uno mismo. Y aunque si ni siquiera ella mereciera ser acatada, bien la podemos soportar por ser la única traída desde el país de origen. Es el destierro la no menos frecuente de las agonías, de las contiendas. Y si yo defiendo la validez del terror como sentido poético, es porque él nos permite vivir en pánico, es decir, vivir alertas, vivir despiertos, vivir acechando lo desconocido a cada segundo.
Un aglutinante margen de realidad devora al misterio en lucha constante. He aquí una estrella boreal y un demonio tóxico que tratan de fusionarse, de mirar al pasado y al porvenir con la boca llena de profecías. Es la fábula constante de Tiresias. La poesía es nictálope, ya se recuerda. El placer entra ahí por derecho propio; la menor valla puede aumentar su poder destructor.
La simple noción de semejante realidad hace retroceder al hombre hacia los ocultos sentidos de los fenómenos irreales. Un día, esta perpetua oscilación de los caracteres de la vida habrá de llegar a su punto de máxima ruptura, y se luchará dentro y fuera del organismo humano, como en una suerte de reflejo sobrenatural. Hasta ahora fracasaron ruidosamente las conciliaciones. Se volverá, pues, a elegir los nombres vanamente queridos y aborrecibles de poesía, libertad, unidad y placer, dándoseles otros significados; es decir, una clasificación verdadera. La conciencia no firmará ya nunca esos decretos de su capricho y de su tiranía. Y si aún se tratara de caprichos o movimientos inesperados de la razón, se podría ver ahí una suerte de inesperada renuncia. Pero no siendo el gran juego, para la realidad, otra cosa sino la orden imperativa, la adulteración y la masacre de la imaginación, se habrá de aceptar combatirla incluso con las armas que están a su servicio. Contraviniendo el principio matemático se puede afirmar que la poesía pesa más que la memoria que desaloja.
Pero la irrealidad, la magia, la pureza, el placer, la poesía, el terror, la libertad, la vida y la muerte, deben permanecer como enigmas constantes propuestos a los hombres. Que vuestra mano de media noche tome convulsamente el lápiz veloz y no haya alivio para vuestros sentidos durante esa faena manual de poesía. Que unas alas se arrebaten vuestras espaldas, que unas huellas se apoderen de vuestros pies, y que el fuego incendie la epidermis de azufre del corazón para dejarlo; en una libertad interior. Suponed que todo ha terminado ya, y que en un páramo de hielos se alza de improviso la imagen de vosotros, en toda su desnudez con sus horribles quimeras, con su pasado de ángel y demonio fugaces, con todo el fuego y todos los arco iris en la superficie. Aún en la soledad se temblaría, hombres. Aún en la opinión del hielo se buscaría censuras. Pero el poeta trabaja ahí sitiado por el hielo y el fuego —con sus instintos de especie, con sus visiones sobrenaturales y afrodisíacas. Tantos siglos de trabajo congelado le dieron la orientación y la videncia. Con regularidad caen sobre él las fuerzas desarraigadas del universo, pero él eligió la peor parte. Que vuestro lápiz corra por el pergamino del cerebro —un puño golpea ahí con desesperada mudez. Nada importa que vuestra poesía sea el vocabulario del durmiente. He aquí el terror, la muerte por asfixia, la mujer amarrada a los cuatro horizontes y desgarrada físicamente. He aquí el nombre repentino de POESIA con su fugacidad desgarrante, Ella es NEGRA como la noche, como la memoria, como el placer, como el terror, como la libertad, como la imaginación, como el instinto, como la belleza, como el conocimiento, como el automatismo, como la videncia, como la nostalgia, como la nieve, como la capital, como la unidad, como el árbol, como la vida, como el relámpago.
Esa mujer que se desprende de la poesía, como una pluma del ala de una gaviota, cae al océano con apresurada serenidad, recorre los bajos fondos submarinos en afanoso trajín, y vuelve a la ribera convertida en la estatua de las Alucinaciones.
Busquemos en su aire, en su luz, que el placer propaga como el más absorbente de los cielos, como el imán del terror. La posibilidad de los instintos que brotan puramente de su tierra de orí- gen, se engrandece en esta libertad única. Seguramente la efervescente daga de la irrealidad, que recorre en implacable vigilancia las venas de los hombres, fue orientada a los centros nerviosos para exasperarlos y hacerlos tenderse con miradas y oídos activos, en un trabajo de compensación, donde se'cambia terror con amor, sangre por poesía.
Un semejante grado de voluntad sin voluntad, una resolución franca y feroz, que arrastra todas las leyes convencionales de los hombres y anula estas de la naturaleza, lleva a la poesía negra a su más alto límite, donde lo moral y lo inmoral, el crimen y la vida honesta, son palabras sin ideas, juego eterno, dualismo tenebroso y automatismo sin control. La vida misma se sale de la estatua que le asignaron por residencia, y vuela quemando las fronteras de la razón, en un viaje ciego pero alucinatorio, llevando tras de sí a un muñeco de huesos y carne que nada sabía de la faz esotérica del subconsciente. Es un viaje de encantos que, afortunadamente, dura todavía. Esa guerra civil interior, en la que los vencidos vencen, rechaza los armisticios.
He hablado cinco o seis veces aquí del terror. Si se pretendiera escribir un poema bajo su imperativo, es necesario, durante el transcurso que dure su escritura, tener presente la definición de él: “El terror es el sentimiento instintivo del hombre, que le empuja a buscar, alejándose de toda preocupación inmediata, la raíz genérica de su destino en las fuentes secretas del subconsciente, y encontrar ahí valiéndose del hilo conductor de la poesía, la relación estrecha entre su vida y los fenómenos del sueño, de la videncia, de la locura, etc., que se escapan a un control diario, empleando para ello, y como soluciones POETICAS, todos los recursos que tenga a su alcance, como ser el delirio, el automatismo, el amor, el azar, el crimen, y en general, todos los actos sancionados por la ley, por la medicina y por la religión”.
El terror puede convertirse en un simple hecho anecdótico, más natural que la quema de un árbol por el rayo, si los hombres pretenden erigirle en símbolo de encrucijada diurna. Es preciso resguardarle de esas ficciones que son finalidades demasiado útiles o atrayentes. Se le prefiere cuando dotado de los bebedizos sentidos del subconsciente, de los lapsus, de la maravilla, de la libertad, de la justicia, de la moral, de la subversión, se transforma en el ropaje más sensible, más nervioso, más alucinante, tanto que nos es imposible desvestimos de él, sin ponemos al desnudo completo, sin que haya la menor epidermis por defensa. No es el descanso después de la pelea, como se comprenderá. Antes bien, es preciso paralizar las cascadas para no aprovecharse de la electricidad por segunda vez, sacudir nuestro cuerpo hasta la náusea para que vuelen todos los pájaros anunciadores. ADENTRO SE SANGRA CON TRABAJO, he dicho en otra parte. El hombre, perdido, deslumbrado, desterrado del paraíso (¿de qué paraíso?), proscrito por sus semejantes, llegado al punto de fusión de la muerte y poesía, no repara en medios para seguir adelante. Es la aparición de un espectro en una vía pública. Arriba de nosotros ya no relampaguea esa lámpara ferozmente defensiva de las dudas terrenas. Yo juro que esto se hace por necesidad. Es fácil poner en evidencia los antecedentes de la Poesía Negra, si miramos hacia los fenómenos del SURREALISMO, el único enunciado que haya tenido hasta hoy la fuerza capaz de asimilar todas las manifestaciones del inconsciente y rendir al hombre un servicio liberador.
¿Ese estímulo, ese sonar de llaves, no es lo que me convence ahora que nada me está prohibido, y me permite esperar todo de un mundo de grandes reparaciones?
Del misterio, que es al desorden lo que es el sol a una mancha de tinta, el surrealismo extrae la resolución de las antinomias del sueño y la vida, del terror y el placer. Pues, por mucho que hasta ahora se haya pretendido afianzar un sueño en la vida, dándole patente de transeúnte, siempre su acento será extranjero y su mirada será de recién llegado a una playa desconocida. Todos los bellos intereses de la realidad estarán en peligro —cuando hubiera sido tan simple una coordinación de ellos— y en oposición a los del sueño.
¿Entonces, de dónde proviene esa feroz necesidad de hacer coincidir los pasos de la vida con las huellas de lo que se cree ser, equivocadamente por cierto, una falsa memoria? ¿Quién es el que duda de sus propias armas y da ventajas a las ajenas? Por supuesto que no es el sueño, ni la Poesía Negra, quienes, desinteresadamente, se han prestado para que se los convierta en símbolos, de un símbolo, los que han permitido un empleo deformante. “Aun en sueño yo prefiero caer”, asegura con toda la oportunidad André Bretón.
Sí, caer de un sueño a otro y otro, como por una suerte de caja de repetición, para encontrar en el fondo de ella—envuelta en telas negras y que son sin embargo fosforescentes— una pequeña planta nupcial, MANDRÀGORA mía.





lunes, diciembre 23, 2013

LEJANA por JULIO CORTAZAR


Diario de Alina Reyes
12 de enero
Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y
la cara Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuciante, de retrato de Doran Gray a lo último.
Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y
cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado
enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana
a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de
lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la
cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep...
Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las
cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una
vocal(tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño
la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres alternadas, cábala, laguna, animal;
Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palíndromos. Los fáciles, salta
Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me
delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars;
Alina Reyes, es la reina y... Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no
concluye. Porque la reina y...
No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez
odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier
cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango,
cualquier lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso fue otra vez, sentirla y el odio.
20 de enero
A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto,
aborrecer las manos que la tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le
pegan, porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy durmiendo o
corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo sirvo el té a la señora de Regules o
al chico de los Rivas. Entonces me importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo;
la siento más dueña de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo
aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer vendas para un
soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se le está aliviando desde
antes, previsoramente.
Que sufra. Le doy un beso a la señora de Regules, el té al chico de los Rivas, y me
reservo para resistir por dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la
nieve me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que
en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en
que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien
porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó
anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí tan lejos. Algo
horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y justamente cuando Nora iba a
cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo tan feliz a Luis María acodado en la cola que le
hacía como un marco, él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los
arpegios, los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo nuevo
sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis
María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a
desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis
María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, un
sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella le pegan y es imposible resistir y
entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad
entre esa nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.
25 de enero
Claro, vino Nora a verme y fue la escena. «M'hijita, la última vez que te pido que
me acompañes al piano. Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé
como pude, me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi... pero me
veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que acompañaban honestamente
a Nora. Luis María también me miró las manos, el pobrecito, yo creo que era porque no se
animaba a mirarme la cara. Debo ponerme tan rara.
Pobre Norita, que la acompañe otra. (Esto parece cada vez más un castigo, ahora
sólo me conozco allá cuando voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me
conozco allá y no queda más que el odio).
Noche
A veces es ternura, una súbita y necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por
ahí. Me gustaría mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que
no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita confortación, lástima,
caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes, puntos de reunión. Estaré jueves stop
espérame puente. ¿Qué puente? Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto
puente y nieve que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi corro
a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más que por pensar. Todavía
no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que yo podría irme ahora mismo a Budapest,
si realmente se me antojara. O a Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres
páginas atrás). No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al cuatrocientos.
Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan y me ultrajan. Allí (lo he soñado,
no es más que un sueño, pero cómo adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se
llama Rod -o Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar,
eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.
Más tarde
Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una imagen cualquiera de sueño, ya usada y a
tiro. No hay Rod, a mí me han de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre
furiosa, una soledad.
Ir a buscarme. Decirle a Luis María: «Casémonos y me llevas a Budapest, a un
puente donde hay nieve y alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la
secreta ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy... Pero
solamente loca, solamente... ¡Qué luna de miel!
28 de enero
Pensé una cosa curiosa. Hace tres días que no me viene nada de la lejana. Tal vez
ahora no le pegan, o no pudo conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias...
Pensé una cosa curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y ácuea
como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por el lado de la Dobrina
Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos,
hogazas humeantes y flecos de viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina
con paso de turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y dejarme el abrigo
en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en encima del río tronante de hielos rotos
y barcazas y algún martín pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.
Después de la plaza supuse que venía el puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la
tarde del concierto de Elsa Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando
que después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche... Quién sabe si no
me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los recuerda en el momento: Dobrina
Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera
llegado a una plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde un
nombre es una plaza.
Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y a tu Brahms. Es un camino tan simple.
Sin plaza, sin Burglos. Aquí nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido,
saber que estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso es menos
que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.
Noche
Empieza, sigue. Entre el final del concierto y el primer bis hallé su nombre y el
camino. La plaza Vladas, el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el
nacimiento del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o vitrinas,
en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de emblanquecidas pelerinas, Tadeo
Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa
Piaggio entre un Chopin y otro Chopin. pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la
plaza, con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo pensaba, ojo, lo
mismo que anagramar es la reina y... en vez de Alina Reyes, o imaginarme a mamá en casa
de los Suárez y no a mi lado. es bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que
dárseme la gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -no lo otro, no el sentirla tener frío
o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto, por saber adónde va, para
enterarme si Luis María me lleva a Budapest, si nos casamos y le pido que me lleve a
Budapest. Más fácil salir a buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora
porque ya he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre «¡Álbeniz!» y más
aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera sentido entre la nieve arriscada que me
empuja con el viento por la espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura
hacia el medio del puente.
(Es más cómodo hablar en presente. Esto era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba
el tercer bis, creo que Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero
me he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que un día pensé:
«Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando
me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo
mejor me llega tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de
catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa Úrsula. Y me parecía
bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso una siempre cae en el tiempo parejo. Si
ahora ella estuviera realmente entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde
aquí. Me acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando. (Esto yo lo
pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí
abajo. Valía quedarse un poco por la vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -
o era el desabrigo, la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy
modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le haya pasado lo
mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío a cualquiera, che, aquí o en
Francia.
Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi no había gente en la platea. Escribo hasta
ahí, sin ganas de seguir acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo
acordándome. Pero es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.
30 de enero
Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O
debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.
31 de enero
Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que casi grito. Sentí miedo, me pareció que él
entra demasiado fácilmente en este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama
que remata la partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la reina
y...
7 de febrero
A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la
sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo,
pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por
desahogo... Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontrar claves en cada
palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y
los ruidos, y después... Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener
veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a
ser al fin y para bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario,
las dos cosas no marchan juntas - ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con
alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé
la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío). En el puente la hallaré
y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo.
Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda.
Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con
sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.
Alina Reyes de Aráoz y su esposo llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en
el Ritz. Eso era dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a
conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola -era rápida y curiosaanduvo
por veinte lados buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado,
dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una
vidriera a otra, cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve
se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía
como la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de
dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta
mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue
de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo,
ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor,
liberándose al fin -lo creía con un salto terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó
también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y
las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los
pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los
senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera
y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de
palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de
fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin
celebrarlo por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió
mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También
el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal
vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba
entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes
lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y
yéndose.

POEMA A DIOS, ESE PAJARITO MANDÓN por JULIO CORTAZAR


No es necesario que me mandes, perro,
el mar se asiste solo. Lo más mísero del pelo cortaría la rueda
pero ya sabemos tonsurar el destino.
Estoy,
por eso peligro.
¡Todo me empuja!
En la multitud un fósforo presume
del futuro penacho.
Pero sólo,
solo con el perro mirándome.
No me ordenes nada,
no te obedeceré, y entonces
será horrible.
Vómito de ojos.

INTERLUNIO por OLIVERIO GIRONDO


A Norah Lange
Lo veo, recostado contra una pared, los ojos casi
fosforescentes, y a los pies, una sombra más titubeante,
más andrajosa que la de un árbol.
¿Cómo explicar su cansancio, ese aspecto de casa
manoseada y anónima que sólo conocen los objetos
condenados a las peores humillaciones?...
¿Bastaría con admitir que sus músculos prefirieron
relajarse a soportar la cercanía de un esqueleto capaz de
envejecer los trajes recién estrenados?... ¿O tendremos que
persuadirnos de que su misma artificialidad terminó por
darle la apariencia de un maniquí arrumbado en una
trastienda?...
Las pestañas arrasadas por el clima malsano de sus
pupilas, acudía al café donde nos reuníamos, y acodado en
un extremo de la mesa, nos miraba como a través de una
nube de insectos.
Es indudable que sin necesidad de un instinto
arqueológico desarrollado, hubiera sido fácil verificar que no
exageraba, desmesuradamente, al describir la fascinante
seducción de sus atractivos, con la impudicia y la impunidad
con que se rememora lo desaparecido... pero las arrugas y
la pátina que corroían esos vestigios le proporcionaban una
decrepitud tan prematura como la que sufren los edificios
públicos.
Aunque por lo común permanecía horas enteras en
silencio, a veces lográbamos que relatara algún episodio de
su vida, que recitase algún poema de Corbière o de
Mallarmé. ¡Nunca era más temible su cercanía!... Entre la
incesante humareda del cigarrillo, su voz —llena de hollín—
resonaba como si fuese emitida por una chimenea, y
mientras su inmovilidad adquiría la borrosa impavidez del
retrato de alguien que ya nadie recuerda, su dentadura
postiza se obstinaba en inventar las sonrisas menos
oportunas. En vano pretendíamos vivir el contenido de
algún verso. Tras el silencio de cada estrofa: su aliento de
cama deshecha, el temor de que su esqueleto cometiese
algún ruido, de que su barba creciera con el mismo susurro
con que crece la barba de los muertos... Y ya en esa
pendiente resbaladiza, bastaba un gesto, una mirada, para
que descubriéramos su semejanza con esos pares de
medias que se hospedan sobre los roperos de los hoteles,
con esos cuellos que se retuercen junto a ellas, tan
desesperadamente, que nos sugieren ideas de suicidio.
De resistirnos a esos excesos, por otra parte,
¿hubiéramos logrado contemplar la maraña de sus arrugas
sin imaginarnos todas las noches perdidas, todos los
rumores huecos y desvalidos que, al estratificarse con una
lentitud de estalactita, le habían formado unos repliegues
de cansancio que ni la misma muerte conseguiría
planchar?...
Para recorrerlas de un extremo al otro sin perderme, yo,
por lo menos, me veía forzado a examinarlas con el mismo
detenimiento con que se siguen las rutas en un plano y,
demasiado absorbido por sus accidentes, rara vez lograba
escuchar lo que decía. Hasta en las oportunidades en que
nos encontrábamos solos, cuando no perdía frases enteras,
me llegaban con tantas intermitencias como las que suben a
nuestra ventana, descuartizadas por todos los ruidos de la
calle. ¡Era inútil que reconcentrase mi atención!... Siempre
se me extraviaba alguna palabra, alguna partícula tan
esencial, que antes de contestarle debía realizar un esfuerzo
equivalente al de traducir un documento cifrado. Aderezada
con la misma premeditación de esos platos que llegan
momificados a la mesa, su dialéctica —por lo demás— no
estimulaba excesivamente mi apetito, pues al abuso de la
paradoja unía el empeño de citar cuantos libros habían
fomentado su temible habilidad en el manejo de la rima, de
la que exhibía, con sobrada frecuencia, un muestrario de
versos tan manoseados como los sobres en que los
borroneaba.
A pesar de que mi desgano la ingiriese a pequeños
trozos, no tardé en enterarme, sin embargo, de una
cantidad de anécdotas más o menos turbias de su vida: la
bancarrota —con suicidio y demás accesorios— de su padre;
su tránsito por dos o tres empleos; la necesidad de irse
comiendo los gemelos, el frac, el sobretodo; los primeros
síntomas del hambre —pequeños escalofríos en la espalda,
pequeños calambres sordos y desesperantes—; mil sucesos
en todos los meridianos, en todos los ambientes, hasta
llegar a Buenos Aires, que —según él— ¡era algo
maravilloso!... la única ciudad del mundo donde se podía
vivir sin trabajar y sin dinero, porque resultaba rarísimo
efectuar una sangría con éxito negativo, hasta en las
billeteras más exangües.
Aunque aquejada de una anemia crónica, la mía no
hubiese podido rectificarlo, si bien es cierto que adoptaba
algunas medidas preventivas para impedir que sus
extracciones fuesen demasiado cuantiosas y frecuentes.
Más que por debilidad, soportaba ese régimen extenuante
debido a que me divertía el contraste entre su habitual
escepticismo y su entusiasmo hiperbólico por el país. Es así
cómo, antes de embarcarse para la Argentina, ya se la
representaba como una enorme vaca con un millón de
ubres rebosantes de leche, y cómo a los pocos días de
ambular por Buenos Aires, había comprendido que, a pesar
de su apariencia de ciudad bombardeada, la pampa
acababa de aproximarse al río para parirla.
“Europa es como yo —solía decir— algo podrido y
exquisito; un Camembert con ataxia locomotriz. Es inútil
untarla con malos olores. La tierra ya no da más. Es
demasiado vieja. Está llena de muertos. Y lo que es peor
aún, de muertos importantes. En vano se trata de eludirlos.
Se tropieza con ellos en todas partes. No hay un umbral, un
picaporte que no hayan desgastado. Se vive bajo los
mismos techos donde vivieron y donde han muerto. Y por
mucho que nos repugne —¡no queda otro remedio!— hay
que repetir sus gestos, sus palabras, sus actitudes. Sólo un
hombre capaz de usar un ala de cuervo sobre la frente,
como Barrès, pudo deleitarse en aprender a fornicar en los
cementerios.
“Aquí, en cambio, la tierra es limpia y sin arrugas. Ni un
camposanto, ni una cruz. Se puede galopar una vida sin
encontrar más muerte que la nuestra. Y si tropezamos, por
casualidad, con un cadáver, es tan humilde que no molesta
a nadie. Vive una muerte anónima; una muerte del mismo
tamaño que la pampa.
“En la ciudad, la vida no es menos libre. Por todas partes
corre un aire de improvisación que nos permite ensayar
cualquier postura. Ustedes se quejan de su fealdad. ¡Pero la
esperanza dispone de tantos terrenos baldíos!... Con decirle
que, de haber nacido aquí, yo mismo me sentiría tentado
por hacer algo... ¡Y vaya usted a saberlo!... Hasta quizás
llegase a convencerme de que el sudor es una segregación
tan respetable como se pretende. Yo la prefiero, en todo
caso, a las ciudades europeas, tan acabadas, tan perfectas
que no consienten que se mueva una piedra. Sus cornisas
nos proporcionan excelentes modales. Tarde o temprano
terminan por colocarnos un chaleco de fuerza. Imposible
cometer un error de sintaxis, desperezarse, agarrar un
florero y hacerlo añicos contra el suelo.”
Estas arremetidas, y otras equivalentes, adquirían un
acento menos retórico, sin embargo, al referir algún
episodio de su vida. Acaso por esa circunstancia o por el
estado lamentable en que se hallaba, espero reproducir, con
bastante fidelidad, el que me relató la última vez que nos
encontramos.
Recuerdo que fue en uno de esos cafés que no pegan los
ojos. Las sillas ya se habían trepado a las mesas para
desentumecerse las patas, mientras que —con un gesto que
ha olvidado hasta el campo— un mozo sembraba aserrín
sobre las baldosas humedecidas.
Sentado ante una pequeña copa que contenía un
menjunje con cierto aspecto de colirio, un hombre parecía
dudar entre ingerirlo o lavarse con él una pupila. De toda su
persona trascendía un fracaso tan auténtico y definitivo
que, inmediatamente, lo reconocí. Su palidez de vidrio
esmerilado, su barba tejida por una araña, su chambergo
descolorido y sucio le daban no sé qué semejanza con esos
faroles que nadie se ocupa de apagar y que sufren la luz
despiadada de la mañana.
Es posible que, en el primer momento, aparentase no
advertir mi presencia, pero al hallarme junto a él, bajó la
cabeza y me extendió una mano algosa, sin esqueleto. Una
vez más experimenté un sobresalto idéntico al que produce
el insospechado contacto de unos guantes que yacen en un
bolsillo. Enjugué la humedad con que impregnó la mía, y
aproximé una silla. Era evidente que lo importunaba.
Mientras cambiábamos las primeras palabras, sus miradas
rozaban los objetos en un vuelo tajeante y volvían a
sumergirse en sus pupilas, sin perturbar el reflejo de las
luces que se trasuntaban en ellas, como en un charco. Urgía
sustraerlo de ese marasmo. Con la mayor crueldad posible
le dije que lo encontraba mal, que debía de hallarse muy
enfermo. La argucia alcanzó el éxito esperado. De un solo
sorbo terminó el whisky que habíamos pedido, y después de
dejar caer los brazos de la mesa:
“¡No puedo más! ¡No sé qué hacer! ¡Estoy
desesperado!...”
Estrangulada, ronca, parecía que su voz saliese de atrás
de una cortina. Como si la descorriera de pronto, me
preguntó:
“¿A usted nunca lo han martirizado los ruidos?... ¡No!
¡Estoy seguro que no! ¡Es algo horrible! ¡Horrible!...”
La evidente desproporción entre la causa y el efecto de su
padecimiento, quizás me hiciera sonreír. En todo caso,
recién entonces me miró por primera vez, para proseguir
con cierto dejo de rencor:
“¡No! ¡Estoy seguro que no! Usted no puede
comprenderme. Para eso necesitaría ser como yo. No tener
nada de donde agarrarse. Hasta hace poco yo poseía esto
—agregó, extrayendo un pequeño frasco que, a través de la
suciedad de la etiqueta, delataba su procedencia
farmacéutica—. ¡Esto!, que para mí era todo. Pero ya no me
queda nada, absolutamente nada.” Y antes de necesitar
insinuarle que se explicara: “Al principio fue el vecino de
arriba. De noche siempre resulta emocionante escuchar
unos pasos sobre el techo. Por poco acompasados que
parezcan, ¡adquieren una solemnidad!... Es como si
llamaran a la puerta de una casa donde no vive nadie. Cada
vez más pesados, cada vez más próximos a mi cabeza, yo
los sentía derrumbarse de un extremo al otro del cielo raso,
hasta convencerme de que terminarían por achatármela a
martillazos.
“Averigüé quién vivía en la pieza de arriba. Resultó ser un
estudiante que se paseaba, leyendo, gran parte de la
noche. Como el estado de mi cuenta y mis relaciones con el
hotelero alejaban la posibilidad de cualquier reclamo, decidí
entenderme con él, directamente. La gestión obtuvo un
resultado satisfactorio. Durante varios días, el cielo raso
permaneció mudo. De vez en cuando, un portazo, un grito
que subía por el hueco de la escalera; pero esos ruidos eran
discontinuos, me dejaban descansar. Entre uno y otro
existían grandes agujeros de silencio y de felicidad.
”Al poco tiempo, sin embargo, las precauciones de mi
vecino se convirtieron en un suplicio más torturante que el
anterior. Tendido sobre la cama, lo veía, durante horas
enteras, ir de un lado al otro, como si el techo de la
habitación fuese traslúcido. El cuidado con que abría un
cajón o colocaba la pipa sobre su escritorio, llegó a
exacerbarme hasta el extremo de tener que ahogar, en la
almohada, un alarido de impaciencia. Creí que se ensañaba
en prolongar mi angustia, que se valía de la menor
distracción para inventar pequeños ruidos disimulados e
imprevisibles. Los más traicioneros se descolgaban, como
arañas, del cielo raso, y después de erizar los pelos de la
alfombra, se reproducían en los rincones, detrás del ropero,
abajo de la cama. A fuerza de ejercitarme, no tardé mucho
en percibir, desde mi quinto piso —simultáneamente y con
la mayor nitidez— las conversaciones de la gente que
pasaba por la vereda, el trino de una canilla en el patio del
fondo, los ronquidos de todos los cuartos del hotel. Aunque
después de acecharlos semanas enteras terminé por
conocer el horario y las costumbres de la mayor parte de
los ruidos, siempre surgía alguno imposible de localizar
antes de encontrarlo adentro de mi cabeza. ¡Era peor
zambullirse bajo las frazadas!... A medida que se
adormecían los de afuera, cuantos se alojaban en mi
interior se iban despertando, uno por uno, y no contentos
con clavarme sus dientes de laucha recién nacida, se
aglomeraban en mi vientre hasta proporcionarme una
sensación tal de gravidez que, por absurdo que parezca,
creía estar en vísperas de tener un hijo.
”Una noche de exasperación decidí salir a la calle. Preveía
lo que me aguardaba, el efecto que me producirían los
chirridos del tráfico, pero cualquier cosa era preferible a
permanecer en mi cuarto. En la esquina, tomé el primer
tranvía que pasó. Lo que fue aquello no puede describirse.
Creí que de un momento a otro la cabeza se me partiría a
pedazos, pero la misma intensidad del dolor acabó por
recubrirme de una indiferencia tan tupida que, cuando el
tranvía se detuvo para emprender el regreso, me
sorprendió encontrarme en los suburbios.
”Las capitales europeas carecen de límites precisos, se
amalgaman y se confunden con los pueblos que las
circundan.
Buenos Aires, en cambio, en ciertos parajes por lo menos,
termina bruscamente, sin preámbulos. Algunas casas
diseminadas, como dados sobre un tapete verde, y de
pronto: el campo, un campo tan auténtico como cualquiera.
Parecería que el arrabal no se animara a distanciarse del
adoquinado. Y si un almacén corre ese riesgo, se tiene que
enfrentar con la pampa. Durante la noche, sobre todo,
basta internarse algunas cuadras para que ninguna luz nos
acompañe. De la ciudad no queda más que un cielo
ruborizado.
”Del sitio en que me dejó el tranvía tardé pocos minutos
para hallarme en pleno campo. ¡Jamás experimentaré una
plenitud semejante! A medida que mi cerebro se iba
impregnando, como si fuese una esponja, de un silencio
elemental y marítimo, saboreaba la noche, me nutría de
ella, a pedacitos, sin condimentos, al natural, deleitado en
disociar su gusto a lechuga, su carnosidad afelpada... el
dejo picante de las estrellas.
”Ha de haber influido, probablemente, la angustia de los
días anteriores. De cualquier modo que fuera, bastaría, por
sí solo, ese instante, para justificar y darle una razón de ser
a mi existencia. Se requiere haber pasado momentos muy
duros antes de poder sentir algo parecido.”
Por evidente que fuese la intención despectiva de la
última frase, no quise interrumpirlo.
“Desde ese día —agregó, ya sin ninguna jactancia—
repetí el mismo itinerario todas las noches. Las sucesivas,
sin embargo, no fueron tan dichosas. Me fastidiaba el roce
esmerilado de mis pasos sobre la tierra, la testarudez con
que los insectos taladraban el silencio. Llegué a
persuadirme de que el silbido de los grillos poseía una
intención agresiva —y lo que resultaba muchísimo más
indignante— que los sapos se reían de mí.
”A pesar de todo, durante un mes y medio reincidí en
esas excursiones. Cualquier cosa resultaba preferible a
seguir soportando la caja de resonancias en que se había
transformado mi cuarto. Hace unos días aconteció un
hecho, sin embargo, que me obligó a abandonarlas para
siempre.
”Era una noche magnífica—prosiguió con una voz más
turbia y dolorida—. Desde que me alejé de la ciudad advertí
que ningún ruido me molestaba. En el primer instante temí
que hubieran terminado por ensordecerme. Al contrario. Los
oía con una nitidez extraordinaria, pero sin dolor, sin
sobresaltos. Ignoro cuántas cuadras caminé la embriaguez
y el alivio de esta comprobación. En un cierto momento,
mis piernas se rehusaron a dar un paso más. Busqué un
lugar donde descansar y me acosté, de espaldas, al borde
del camino.
”En ninguna parte se encuentra un cielo tan rico en
constelaciones. Al contemplarlo de esa manera todo lo
demás desaparece, y por muy poco que nos absorbamos en
él, se pierde hasta el menor contacto con la tierra. Es como
si flotáramos, como si, reclinados en una proa, mirásemos
unas aguas tan serenas que inmovilizan el reflejo de las
estrellas.
”Diluido en esa contemplación había logrado olvidarme
hasta de mí mismo, cuando, de repente, una voz pastosa
pronunció mi nombre. Aunque estaba seguro de
encontrarme solo, la voz era tan nítida que me incorporé
para comprobarlo. A los dos lados del camino, el campo se
extendía sin tropiezos. Uno que otro árbol perdido en la
inmensidad y, cerca mío, algunos cardos, entre los cuales
divisé un bulto que resultó ser una vaca echada sobre el
pasto.
”Opté por acostarme de nuevo, pero antes que pasara un
minuto oí que la voz me decía:
”—¿No te da vergüenza? ¿Cómo es posible? ¿Qué has
hecho para llegar a ese estado? ¿Ya ni siquiera puedes vivir
entre la gente?
”Por absurdo que resultase, era indudable que la voz
partía del lugar donde se encontraba la vaca. Con el mayor
disimulo me di vuelta para observarla. La claridad de la
noche me permitía distinguir todos sus movimientos.
Después de incorporarse y avanzar unos pasos se detuvo a
pocos metros del sitio en que me hallaba, para rumiar
durante un momento lo que diría y proseguir con un tono
acongojado:
”—¡Hubieras podido ser tan feliz!... Eres fino, eres
inteligente y egoísta. ¿Pero qué has hecho durante toda tu
vida? Engañar, engañar... ¡nada más que engañar!... Y
ahora resulta lo de siempre; eres tú, el verdadero, el único
engañado. ¡Me dan unas ganas de llorar!... ¡Desde chico
fuiste tan orgulloso!... Te considerabas por encima de todos
y de todo. De nada valía reprenderte. Crees haber vivido
más intensamente que nadie. Pero, ¿te atreverías a
negarlo?, nunca te has entregado. ¡Cuando pienso que
prefieres cualquier cosa a encontrarte contigo mismo!
¿Cómo es posible que puedas soportar ese vacío?... ¿Por
qué te empeñas en llenarlo de nada?... Ya no eres capaz de
extender una mano, de abrir los brazos. ¡Es
verdaderamente desesperante!... ¡Me dan unas ganas de
llorar!...
“Cuando calló, sin darme cuenta me levanté y di unos
pasos hacia ella. Después de mirarme con unos ojos
humedecidos de ternura y de limpiarse la boca
refregándosela contra la paleta, sacó el pescuezo por
encima del alambrado y estiró los labios para besarme.
“Inmóviles, separados únicamente por una zanja
estrecha, nos miramos en silencio. Pude caer de rodillas,
pero di un salto y eché a correr por el camino. En lo más
profundo de mí mismo se erguía la certidumbre de que la
voz que acababa de oír era la de mi madre.”
Fue tal la emoción que puso en la última parte del relato
que no me atreví a sonreír. Como si se lo confiara a sí
mismo agregó, después de un silencio:
“Y lo peor es que la vaca, mi madre, tiene razón. Yo no soy,
ni nunca he sido nunca más que un corcho. Durante toda la
vida he flotado, de aquí para allá, sin conocer otra cosa que
la superficie. Incapaz de encariñarme con nada, siempre me
aparté de los seres antes de aprender a quererlos. Y ahora,
es demasiado tarde. Ya me falta coraje hasta para ponerme
las zapatillas.”
Como si resonase en un cuarto desamueblado, su voz
poseía un acento tan hueco que busqué un gesto, una frase
que lo acompañara. Pero se encontraba demasiado solo.
Entre su desamparo y mi silencio se iba interponiendo una
niebla cada vez más espesa. Sólo quedaba intentar que la
mañana la disipase.
Ya había pasado la hora más resbaladiza del amanecer, ese
instante en que las cosas cambian de consistencia y de
tamaño, para fondear, definitivamente, en la realidad.
Parados sobre una pata, los árboles se sacudían el sueño y
los gorriones, mientras, extendido a lo largo de las calles, el
asfalto iba perdiendo su coloración de film sin revelar. Con
un bostezo metalizado, los negocios reabrían sus puertas y
sus escaparates. En las veredas, en los zaguanes recién
despiertos, los ruidos adquirían una sonoridad adolescente.
De vez en cuando, un carro soñoliento transportaba un
pedazo de campo a la ciudad. De todas partes venía hacia
nosotros un olor a pan caliente, a tinta recién salida de la
imprenta.
El uno al lado del otro, caminábamos sin pronunciar una
palabra. La cabeza hundida entre los hombros, el andar
titubeante y sonámbulo, no me hubiera extrañado que se
desmoronase junto a un umbral, como esos trajes que, sin
ningún motivo, se derrumban desde una percha. Su
chambergo, su sobretodo, sus pantalones parecían tan
lacios, tan vacíos, que por un momento me resistí a admitir
que fueran sus pasos los que retumbaban en la vereda. Al
pasar frente a una lechería, una vieja nos acechó con una
desconfianza de miope, y casi al mismo tiempo, un perro se
detuvo a mirarlo con tal insistencia, que apresuré la marcha
por temor a que se aproximara y lo confundiese con un
árbol. Demasiado pesada, demasiado densa, hubiera podido
suponerse que su sombra se negaba a seguirlo. ¿Le
repugnaría convivir con él, soportar constantemente su
presencia?... Se me ocurrió que cualquier noche, al
atravesar una calle, al doblar una esquina, lo dejaría irse
solo para siempre. Cuando llegamos ante la puerta del
hotel, me sometí a la sangría de práctica y nos despedimos.
Desde entonces no le he visto más. Hace algún tiempo,
me aseguraron que, al retornar a París, había publicado,
con éxito, un libro de poesías. Recientemente, alguien me
enteró de que el espionaje ruso lo hizo fusilar después de
encomendarle una misión en China.
¿Cuál de estas informaciones será exacta? Creo que nadie
se atrevería a aseverarlo. Acaso ya no quede de su persona
más que un mechón de pelo, junto a una dentadura postiza.
Es muy posible que, acosado por el espanto de quedarse
dormido, a estas horas se encuentre en algún café, con el
mismo cansancio de siempre... con un poco de caspa sobre
los hombros y una sonrisa de bolsillo gastado.
Esto último es lo más probable. Su madre, la vaca, lo
conocía bien.

EXVOTO por OLIVERIO GIRONDO


A las chicas de Flores
Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las
almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan
moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de
mariposa.
Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos,
para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las
mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el
sexo se les caiga en la vereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar
del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos
se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a
remolque de sus mamas —empavesadas como fragatas—
van a pasearse por la plaza, para que los hombres les
eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se
enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las
nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado
pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a
veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé,
ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos
y arrojárselo, a todos los que les pasan la vereda.



Buenos Aires, octubre, 1920.

LOS DEMAS por EZRA POUND


¡Oh minoría indefensa de mi patria,
oh restos esclavizados!
Artistas que os habéis roto contra ella,
descarriados, perdidos en los pueblos,
objetos de recelo, de maledicencias,
amantes de la belleza, famélicos,
frustrados por los sistemas,
indefensos contra el control;
vosotros que no podéis rendir al máximo
por seguir buscando el éxito,
vosotros que sólo podéis hablar,
que no encontráis el coraje para reafirmaros;
vosotros cuya sensibilidad más fina,
se rompe contra el falso conocimiento,
vosotros que tenéis sabiduría de primera mano,
los odiados, los encerrados, en quienes nadie confía,
daos cuenta:
ya he capeado la tormenta,
he vencido mi exilio.

EL ARTE DE LA POESIA por EZRA POUND


Constantemente repito que se necesitaron dos siglos de Provenza y uno
de Toscana para desarrollar los instrumentos que
utilizó Dante en su obra maestra, y que fueron necesarios los latinistas del
Renacimiento y la Pléyade, además del lenguaje colorido de su propia
época, para preparar los instrumentos de  Shakespeare.
Es de enorme importancia que se escriba gran poesía, pero no importa
en absoluto quién la escriba.
Si algo se expresó de una manera definitiva en la Atlántida o en la Arcadia,
 en el año 450 a. c., o en el 1290 de nuestra era, no nos toca a los modernos
decirlo de nuevo ni empañar la memoria de los muertos diciendo lo mismo
pero con menos habilidad y convicción.
En cada época uno o dos genios descubren algo y lo expresan. Puede estar
solo en una o dos líneas, o en alguna cualidad de una cadencia, y después
veinte o doscientos o dos mil o más seguidores repiten y diluyen y
modifican.
La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el
máximo de sus posibilidades. Tal como en medicina existen el arte de
diagnosticar y el arte de curar, también en las artes, y en las artes
particulares de la poesía … existe el arte de diagnosticar y el de curar. Uno
persigue el culto de la fealdad y el otro el culto de la belleza.
La mayoría de los llamados poetas mayores han regalado su propio don,
pero el término de “mayor” es más bien un regalo que les hace Cronos a
ellos. Quiero decir que han nacido justamente a su hora y que les fue dado
amontonar y arreglar y armonizar los resultados de los trabajos de muchos
hombres.
En el verso algo le ha sucedido a la inteligencia. En la prosa la inteligencia
ha encontrado un objeto para sus observaciones. El hecho poético
preexiste.
Los artistas son las antenas de la raza. … digamos que los escritores de un
país son los voltímetros y los manómetros de la vida intelectual de la
nación. Son los instrumentos registradores, y si falsifican sus informes no
hay límite al daño que pueden causar. El mal arte es un arte inexacto. Es
arte que rinde informes falsos.
Toda crítica debería ser admitidamente personal. Al final de cuentas el
crítico sólo puede decir “me gusta” o “me conmueve”, o algo por el estilo.
Cuando se nos ha mostrado a sí mismo, podemos comprender lo que quiere
decir. Todo crítico debería dar información acerca de las fuentes y límites
de su conocimiento.
Sugiero mandar al diablo a cuanto crítico emplee términos generales vagos.
No sólo a los que usan términos vagos por ser demasiado ignorantes para
tener algo que decir, sino también a los críticos que emplean términos
vagos para ocultar lo que quieren decir, y a todos los críticos que emplean
los términos tan vagamente que el lector puede creer que está de acuerdo
con ellos o que asiente a sus afirmaciones cuando de hecho no es así.
Haz que un hombre te diga antes que nada y en especial qué escritores
piensa que son buenos escritores; después se pueden escuchar sus
explicaciones.
La única crítica realmente viciada es la crítica académica de los que hacen
la gran renuncia, que se niegan a decir lo que piensan, si es que piensan, y
que citan las opiniones aceptadas… Su traición a la gran obra del pasado es
tan grande como la del falso artista del presente. Si no les importa lo
suficiente la herencia como para tener convicciones personales, no tienen
derecho a escribir.
No hagas caso de la crítica de quienes nunca hayan escrito una obra
notable.
Usar tres páginas para no decir nada no es estilo, en el sentido serio de la
palabra.
No repitas en versos mediocres lo que ya se haya dicho en buena prosa. No
creas que se puede engañar a una persona inteligente esquivando las
dificultades del inefablemente difícil arte de la buena prosa mediante el
artilugio de fraccionar la composición en versos.
Lo que hoy aburre al entendido aburrirá al público mañana.
Déjate influir por cuantos grandes artistas sea posible, pero ten la decencia
de reconocer plenamente la deuda o, si no, trata de ocultarla. Que el
aprendiz se llene la cabeza con las mejores cadencias que pueda descubrir,
preferiblemente en un idioma extranjero, para que el significado de las
palabras tenga menos posibilidades de distraer su atención del movimiento
del verso.
No te imagines que algo “saldrá bien” en verso sólo porque resulta pesado
en prosa. La poesía es un centauro. La facultad pensante y
aclaradora de las palabras debe moverse y saltar con las facultades
energizantes, sensitivas y musicales. Es precisamente la dificultad de esta
existencia anfibia lo que mantiene bajo el número de buenos poetas de
quienes se tiene noticia.
Es cierto que la mayoría de la gente poetiza más o menos, entre los
diecisiete y los veintitrés años. Las emociones son nuevas, y para su dueño,
interesantes y no hay mucha personalidad o mente que mover. Conforme el
hombre, conforme su mente, se vuelve una máquina más y más pesada, una
estructura cada vez más complicada, necesita de un voltaje cada vez mayor
de energía emotiva para adquirir un movimiento armónico… En el caso de
Guido, su obra más fuerte se da a los cincuenta. La poesía más importante
la han escrito hombres de más de treinta.
Citando mal a Confucio, se podría decir: No importa que el autor quiera el
bien de la raza o que actúe simplemente por vanidad personal. El resultado
se produce mecánicamente. En la medida en que su obra es exacta, es decir,
fiel a la conciencia humana y a la naturaleza del hombre, en la medida en
que formula con exactitud el deseo, será duradera y será “útil”, quiero decir
que mantiene la claridad y precisión del pensamiento, no sólo para el
beneficio de algunos diletantes y “amantes de la literatura”, sino que
mantiene la salud del pensamiento fuera de los círculos literarios y en una
existencia no literaria, en la vida general comunal e individual.

EL INVENTARIO por ELENA PONIATOWSKA


—Esta mesa es Chippendale.
—¡A ver, muchachos, al camión!
Vocea:“¡Una mesa con las patas flojas, una!”
—Un cuadro de la escuela de Greuze.
—¡Una tela grande rayada, una!
—Una consola Louis Philippe.
—Oiga, yo creo que estosmuebles son del tiempo
de don Porfirio, porque mire nomás el polillero.
—Dos vitrinas deWedgewood.
—¿Cómo dice usted?
—Wedgewood…Voy a deletreárselo.
—¡Salen dos vitrinas! ¡Mira ésta no cierra…!
¡Dos sillones con la tapicería percudida, dos!
—No está percudida, así es, estilo Regency.
—Es que nosotros tenemos la obligación de
poner cómo están, si no luego nos reclaman.Y todas
esas mesitas redondas, ¿también nos las llevamos?
—Sí, también son para la bodega.
—Y si no es indiscreción, ¿por qué mejor no las
vende?
—Son de mis tías, son de mi familia, cosas de familia.
¿Cómo las voy a vender? Nosotros no vendemos,
mandamos restaurar.
—Pues también se le van a apolillar. Mire este
cajón, ¡ya está todo agujereado!Y está chistoso el cajoncito.
Mire nomás cuánto tiempo gastaban los antiguos
en estas ocurrencias… Todo de puros
cachitos.
—Unamañana subióAusencia. Se arrodilló junto
a la cama, a la altura demi cabeza sobre la almohada
y desperté con el rostro de la cocinera esperándome,
ese rostro gris, viejo, grueso.
—¡Ya me voy señorita!
—¿Qué te pasa Ausencia?
—Es que me voy antes de que se me haga tarde.
—No entiendo.
—¿No quiere usted revisar lo que me llevo? Allá
abajo está la camioneta.
—Por Dios, Ausencia, ¿qué haces?
—Es que las cosas ya no son como antes… Me
llevo el ajuarcito de bejuco. Ése me lo regaló su
abuelita.
(En la calle estaba la camioneta muy pequeña
con todos los pobres muebles apilados, patas para
arriba. Allí amarraron al perro.)
En el principio fueron losmuebles. Siempre hubo
muebles.
—Oye ¿a quién le tocó el esquinero de marquetería
poblana?
—A tía Pilar, pero en compensación le daremos a
Inés las dos sillas de pera y manzana.
Era bueno hablar de los muebles; parecían confesionarios
en donde nos vaciábamos de piedritas el
alma. Hablar de ellos era ya poseerlos. En el fondo
de cada uno de nosotros había una taza rencorosa,
un plato codiciado deMeissen, un pastorcito de Niderwiller
“que yo quería y estaba en otro lote”. A
pesar de que todos éramos herederos, y herederos
de a poquito, a pesar de que nos espiábamos con envidia,
el aire estaba lleno de residuos que nos unían
y había la posibilidad de que el día menos pensado
nos dijéramos: “Oye, el arbolito chino ¿no me lo
cambiarías por aquella bicoca de Chelsea que tanto
me gusta?...Vale más el arbolito, sales ganando…”
—Una luna sin espejo
—¿Cómo que sin espejo?
—Es que está empañado.
—Así son esas lunas venecianas. No son para
verse. Son de adorno. Son para borrar los recuerdos.
—Como usted mande. ¡Sale una luna rajada,
marco dorado, una!
(Me están despojando de algo. Toda mi vida he
estado prendida en estos muebles. ¡Cómo me
miran! Invadieron mi alma como antes invadieron
la demi abuela y la demis tías, la demis siete tías infinitamente
distraídas y desplazadas, siempre extranjeras,
siempre en las lunas del espejo; y la demis
nueve primas a la deriva…Se están llevando la primera
capa de mi piel, caen las escamas.)
—Por favor, pongan más cuidado…
—Es que el mal ya está en los muebles, señorita,
ya no sanan. No es cosa nuestra.Mire, no podemos
ni tocarlos. Parecen momias y se nos desbaratan en
las manos. ¿Cómo le hacemos, pues?
Ausencia con su suéter y su chal cruzado sobre
los hombros, su chal para taparla del frío de todos
estos años no vividos, el frío de toda esa vida con
nosotros, la nariz amoratada en la mañana fría, las
mejillas azules por ese vello negro, monjil como el
plumón de los pollitos, Ausencia con su boca muy
cerca:
—Me voy para San Martín Texmelucan.Me llevo
a la Dickie, a la Blanquita, al Rigoletto, al Chocolate
y, a mi ajuarcito de bejuco….
Allí está Ausencia implacable, tan implacable
como los muebles.
—Qué quiere usted, así es la vida, las cosas se van
deteriorando; también con los años se va agrietando
el carácter.Véalo todo bien para que luego no diga…
A esa silla le clavaron el brazo; mire qué clavote tan
burdo. Se la fastidiaron de plano. Bueno, no es silla,
es como sillón ¿verdad?Más bien parece mecedora,
¿o será un banquito al que le añadieron el respaldo?
Pero le rompieron el brazo y allí mal que bien se lo
pegaron con resistol. ¿Qué no se dio cuenta? ¿O es
que usted no está al pendiente? Se la voy a embodegar
pero fíjese bien que todo está chimuelo, todo
cojo todo medio dado al cuas.
Ausencia, plomiza, secreta, arrodillada. Otro
mueble viejo que sacamos a empujones.
—Levántate Ausencia, por favor. ¡No te hinques,
Dios mío! (Lo ha hecho a propósito. Esto parece telenovela
con lanzamiento.“¡Por favor no me saquen
de aquí!”Pero ella se va porque ya acabó de estar. Se
me hinca encima para que yo sienta toda la vida el
peso de sus rodillas de mujer que trapea el piso.
Vamos a llorar. Pero no, ella nunca llora. Al contrario,
cuando mi abuelita estaba para morir, subió a
verla una sola vez, plañidera muda, con todo el pelo
gris destrenzado sobre los hombros, porque le dijeron
que ya no había tiempo, que la señora la mandaba
llamar.)
—Ausencia, le encargo a mis perros, a laVioleta,
a la Blanquita, al Seco, a todos mis buenos perros
callejeros, a todosmis pobres animalitos. ¡Que no se
vayan a meter a la basura! ¡Que no les vuelva a dar
roña!
Ausencia asintió con su nariz esponjosa de poros
muy abiertos, con las puntas de sus pies vueltas
hacia dentro y su viejo pelo canoso cayéndole como
cortina sobre la cara y los hombros. No lloró, al
menos no hizo aspavientos como las otras. Maximina
se tiró en la escalera y se acostó a lo largo de
seis peldaños.Moqueaba, sorbía sus lágrimas, volvía
a moquear, empapaba la alfombra con lágrimas que
le salían de todas partes, de quién sabe dónde. Impedía
el paso.Ninguno podía subir a ver a mi abuelita
a su recámara, a ver lo bella que había quedado
acostada sobre su blanca cama. La tíaVeronique no
quiso que la metieran en la caja y la velamos en su
cama toda una noche y media mañana. Hasta abrimos
las cortinas en la madrugada porque a ella le
gusta ver el sabino. Ella sonreía, sus hermosas
manos cruzadas sobre el camisón bordado y amplio
que había sido de sumadre; los que entraban a verla
hacían el mismo comentario:“Parece que está dormida.
¡Qué tranquilidad! ¡Qué paz!”Yo le hablaba
bajito:“Abuelita: ¿corremos a esta visita que no te
cae bien? Es la que te copió tu par de silloncitos Directorio
¿te acuerdas?Tomó lasmedidasmientras le
servías el té y el pastel de mil hojas. Ni te diste
cuenta…Después te dio mucho coraje ver los sillones
en su casa igualitos a los tuyos. Lo contaste durante
más de una semana. ¿La corro abuelita? Trae
su cinta metro…”Maximina se pasó toda la noche
en la escalera zangoloteándose porque Ausencia le
había ordenado:“Hágase a un lado,mujer.Hágase a
un lado que todo esto no es para usted”.
Cuando el censo le preguntaron a Ausencia:
—¿Casada señora?
—¡No he conocido hombre!
Y no quiso contestar ya nada, como la virgen.
Cueva cerrada. Hubo que inventarlo todo, hasta el
nombre de sus padres.
—Abuelita, contéstame, todo ha quedado igual
como tú lo querías.Todo está en su lugar y nosotros
posamos como en una fotografía antigua.Tus retratos
amarillentos deWagner y de Goethe se encuentran
en el librero de siempre.No falta una sola pieza
en los inventarios; ni una cucharita de sal. Los libros
tienen tus flores prendidas; edelweis de los Alpes,
creo.Y hay lavanda entre las sábanas. A cada uno
nos tocaron dos pares, bordadas a mano, con encajes.
Pero como sonmuy antiguas y no resisten las lavadas,
sólo las ponemos cuando nacen niños,
nuestros hijos. Sólo entonces… Miento abuelita,
miento. Las cosas no siguen igual, Ausencia se
fue…Y yo también me estoy yendo, no sé a dónde,
quizá a la tiznada.
Siempre se habló de losmuebles. Eran una constante,
lo son aún, de nuestra conversación, volvían
como la marea a humedecernos los ojos.Todos discurrían
acerca de ellos con ahínco, muebles cuello
de cisne, teteras de plata firmadas por el orfebre escocés
William Aytoun, encajes de Brujas para brujas
desencajadas, encaje de amediometro,“es bonito el
encaje pero no tan ancho”reíaMaximina, porcelanas
de Sajonia y deWorcester, estatuillas de Bow análogas
a las que pueden verse en el “Victoria andAlbert
Museum”, relojes de Audemars Piguet, grabados de
rosas de Redouté, y cuadros, cuadros, cuadros, entre
más negros ymenos se veían decían que eranmejores.
Sucios parecían de Rembrant, túneles de sombra,
etapas superpuestas de oscuridad. Si los
hubiéramos limpiado, en ese momento, aparecería
la firma de la más tenebrosa escuela holandesa del
señorVan Gouda, el de los quesos. Repasábamos los
muebles una vez al día. Nos hacíamos recomendaciones.“
Cierra bien las persianas. Que no les dé el
sol. La penumbra con estas caras de conspiradores,
de ronda nocturna, de callejón del crimen… Quítales
el polvo con el plumero, nada más con el plumero
¿entiendes? Hasta una franela resulta
demasiado tosca. Podría herirlos.“Hablábamos de
los muebles y, hay que reconocerlo, también de la
salud, bastidor de nuestras entretelas: “Estás ojerosa…
Pareces un Greco. ¿Cómo amaneciste?Te veo
mala cara. Estás pálida, chiquita, como una menina
verdaderamente descongraciada. Podrías volver a
acostarte; nada pierdes con pasarte el día en la
cama…¿En qué estás pensando? Siempre pones esa
cara de distracción cuando te estoy hablando. ¡No te
mezcas en la silla! La vas a romper. ¿O de veras
quieres romperla? Tal parece que sí. Los jóvenes de
ahora son tan irrespetuosos. Son unos vándalos.”
Dos sillas, una frente a otra, eran mis preferidas
por su alto respaldo. Me volteaba hacia el bastidor;
hacia el tejido de paja y espiaba a través de los agujeritos.
El cuarto se veía entonces fragmentado, hexágonos
de panal que podía mover a mi antojo. Los
hacía danzar y todo lo descomponía; la cara de mi
abuelita, la consola; nada tenía dueño, nada era de
nadie; todo eramil pedacitos; astillas demuebles, astillas
de luz, astillas de abuelita; astillas de piel blanca.
Las cosas perdían peso; no tenían depositario.
—Detrás de este enrejado se ven puros cristales
rotos… Por la ventana entran unas estrellas que se
equivocaron de puerta… Me gusta que todo se divida
en dos; que haya dos de cada uno, abuelita, que
nada sea único e irremplazable.
La detentadora de los inventarios era la tíaVeronique.
Los revisaba con su lápiz en la mano, corrigiendo
las faltas de ortografía, poniendo crucecitas,
tachando y añadiendo, reconstruyendo en lamemoria
viejos muebles inexistentes. “¿Te acuerdas de
aquel biombo de dieciocho hojas de la época de
Kien-Long”De su boca surgían las palabras como
un collar de perlas amarillas, que se desparramaban
y se iban rodando por todos los rincones y que nosotros
recogíamos con prontitud y reverencia para
que las criadas no fueran a barrerlas por la mañana.
Ella bautizó los muebles, ella los repartió, buena conocedora
podía distinguirlos, estilo por estilo y
época por época.“Esta polilla es del siglo XVII, Renacimiento
en plena decadencia.” Con las palabras
ganó; las domó; sabía ordenarlas, siempre supo ensartarlas
en el hilo lógico e irrompible. Todos callaban
cuando ella hablaba; sus veredictos eran
inapelables. La tíaVeronique expresaba tan bien sus
exigencias, su dominio era tan evidente, que le conferíamos
todos los derechos.
—Sabe usted, todo entra en descomposición,
aunque el proceso sea lento y apenas perceptible.
Estos muebles debió usted lubricarlos; sus cuadros,
también, con aceite Singer, sí, sí, el de las máquinas
de coser. Con eso no se oscurecen. Claro, algunas
amas de casa prefieren limpiarlos con una papa partida
por la mitad y luego, luego la papa se ennegrece
de la pura mugre… Después se fríen a la hora de
comer y quedan muy ricas, ¡papas a la francesa! Hay
que tallar toda la tela hasta el más recóndito rincón.
Entonces surgen detalles que hacen batir palmas. ¿O
es que a usted no le gustan las antigüedades?
Cuando se cuidan las cosas el tiempo no transcurre,
sabe usted. Su abuelita, la señora grande, su tía, ¡ah!,
cómo cuidaban sus cosas. ¡Cómo venían a verme
apenas había alguna congoja en un mueble, apenas
se despostillaba alguna de sus pertenencias!“Maestro,
usted que es un experto…”Ah, cómo amaban
los muebles; a usted ¿no le gustan los muebles?
Y el restaurador se ponía y se quitaba un monóculo
invisible.
—Sí. Pero nos han durado mucho tiempo. Tres
generaciones. Aquí todo dura demasiado. Además,
no puedo estar encerrada con ellos toda la vida.
—Y eso qué tiene. Una cosa es la vida, otra son
los muebles…
—Es que yo no puedo con tantos cachivaches…
En esta casa no pasa nada, nada, ni siquiera un ratón
del comedor a la cocina.
—¡Uy, yo en su lugar qué más quisiera que estar
aquí viendo estas piezas de época! ¿Qué va usted a
hacer afuera? Lo único que va a sacar es que algún
día le den un mal golpe.Y entonces verá el consuelo
que le proporcionan estas sillas, esta cómoda aunque
no tenga jaladeras. Hacen mucha compañía.
Además si tanto le gusta salir ¿por qué no cabalga
en el brazo de este sillón? ¿Acaso no sabe usted que
uno siempre regresa a lo mismo, a lo de antes? ¿No
sabe que uno siempre llama a su mamá a la hora de
la muerte? ¿No sabe usted que los círculos se cierran
en el punto mismo en el que se iniciaron? Se da toda
la vuelta y se regresa al punto de partida. Ojalá y
siempre pueda encontrar a su regreso esta preciosa
mesita, junto a su cama con una taza de infusión
tiempo perdido…
Y el anticuario restaurador se puso por última vez
su monóculo y se me quedó viendo con la ceja levantada
para siempre, como un inmortal, un fatal
agorero.
Cuando acompañé a la tía Veronique a ver al
señor Pinto en su taller oloroso a aguarrás, a todas
las maderas, a todos los bosques del mundo, uní por
primera vez los muebles con los árboles. El señor
Pinto, en su banquito, con sus lentes de arillo redondo,
la vista baja, parecía envuelto en esa emanación
de olores y su cara y sus manos tenían la textura
de sus tablones. Pero él no se daba cuenta. En cambio
la tía Veronique dejaba de dar órdenes, hasta creo
que olvidaba a lo que había ido. Husmeaba agitada
y se escondía tras el rumor del serrucho. Recorría las
esquinas de una mesa despacio, despacito,metía sus
dedos muy finos en algún intersticio y abandonaba
uno de ellos allí con indefinible placer. El dedo y la
hendidura se correspondían suavemente, se sumergían
el uno en el otro, y sin saber cómo ni por qué,
la tía me comunicaba su propia excitación. Percibía
por vez primera algo desconocido y misterioso. La
tía Veronique respiraba fuerte como si su cuerpo rozara
algo vivo y demandante, algo que nunca se iba
a consumir y que subía con ella a medida que su
respiración se hacía más anhelante. Entonces daba indicaciones
con una morbidez vaga, con los ojos saciados
y de ella salía no sé qué, algo que no eran sus
palabras habituales, delatada por sus labios hinchados.
Entonces me di cuenta de que los muebles están
hechos para recibir nuestros cuerpos o para que los
toquemos amorosamente. No en balde tenían regazo,
lomos y brazos acojinados para hacer caballito;
no en balde eran tan anchos los respaldos, tan mullidos
los asientos; no eran muebles vírgenes o primerizos,
al contrario, pesaban sobre la conciencia.
Todos estaban cubiertos de miradas, de comisuras
resbaladizas, de resquicios, de costados esculpidos;
había rincones llenos de una luz secreta y una fuerza
animal surgía inconfundible de la madera.
Los muebles eran la materialización de todos sus
recuerdos:“Este taburetito, sabes, lo tuvimos en el
departamento de la Rue de Presbourg…”Yo no quería
concretar sus memorias ni vivir de esas cosas a
las que se aferraban en su naufragio, los muebles,
como tablas de salvación, tablas de perdición. ¡Que
no me llegaran todos sus recuerdos! ¡Que no me pasaran
su costal de palabras muertas, sus actos fallidos,
sus vidas inconclusas, sus jardines sin gente, sus
ansias, sus agujas sin hilo, sus bordados que llevan
de una pieza a otra, sus letanías inhábiles! Que no
me hicieran voltear las hojas de álbumes de fotos ya
viejas, manchadas de humedad, esas fotos café con
leche de sus tíos y sus tías yodados, tránsfugas, también
añorantes, guardados en formol, enfermos de
esperanza, hambrientos de amor, prensados para
siempre con su amor, amor-olor a ácido fénico. ¡Que
no me hicieran entrar al amo ató matarile rile ro de
los que juegan a no irse!
Más tarde a la tía Veronique le dio por examinarme
genealógicamente:
—Oye y ¿cómo se llamaba la mamá de tu bisabuela
rusa?
—No sé, no sé, no sé. Lo único que sé es que
ellos están muertos y yo estoy viva.
Pero volteaba las hojas de los álbumes porque soy
morbosa yme detenía en algún rostro, y a cada hoja
le dejé algo de mi sangre y ahora la tengo espesa,
llena de barnices corrosivos, de pétalos marchitos,
de remotos abolengos, de cristales apagados, de ancestros
que jamás conocí y llevo a todas partes con
tierna cautela a pesar de mí misma.
Una tarde le dije:“tía…”a la hora del té. Una luz
difusa entraba, se derretía blanda por la recámara.
Era una hora propicia. La tíaVeronique tenía su mirada
perdida, borrosa, como que regresaba de quién
sabe dónde y su voz era la voz de todos los regresos.
—Tía, me quiero casar.
(Le expliqué, insegura y nerviosa. Nunca he tenido
la certeza de nada.)
—Bueno, tú sabrás. Lo único que puedo decirte es
que ese señor no hace juego con nuestros muebles.
—A esta niña le haría bien un viaje a Europa.
(Mi familia ha resuelto siempre los problemas
con viajes a Europa; conocer otro ambiente, ver otras
caras, cambiar de aire, ir a la montaña para la tuberculosis
del espíritu y de la voluntad, oxigenar el
alma, el aire puro de las alturas.)
—Un viaje a Europa, eso es. Le sentaría…
—No quiero. Europa es como un pullman viejo.
—¿Qué dices?
—Sí, un pullman viejo con sus cortinas polvosas,
sus asientos de peluche color vino, sus cordeles raí-
dos, sus flecos desdentados, sus perillas de bronce,
su deshilacherío. Huele feo.
—Podrías ver el cambio de guardia ante el Palacio
de Buckingham. Podrías entrar a Buckingham, dejarle
una tarjeta con la esquina doblada a la Duquesa
Marina de Kent.
—No quiero ver a esos imbéciles de plomo con
sus borregos en la cabeza rellena de tradición. No
quiero ver viejas pelucas rizadas de viejos jueces, la
cara enharinada sobre lamugre.No quiero ver viejas
señoritas con sombreros atravesados con un alfiler
de oreja a oreja para que no se les vuele. ¡No quiero!
Prefiero África.Mil veces África con sus gorilas evangélicos.
Eso es, irme a evangelizar gorilas.
—¡Déjala! Eso no es ella. En realidad, sus amistades
la han trastornado… ¡Ya se le pasará! ¡Ya no regresará!
Ya decía yo que no debía salir tanto de la casa.
Hoy a las diez de la mañana vinieron por los
muebles. Se estacionaron frente a la puerta dos camiones
de mudanza“Madrigal”con sus colchonetas,
sus cuerdas y sus hombres que se tapan la cabeza
con un costal abierto a la mitad, como árabes sin turbante.
Llegaron tarde. Los mexicanos nunca son
puntuales. Yo no sabía que habíamos acumulado
tanto trique pero fueron necesarios dos camiones.
“Rápido muchachos, hay que aprovechar el tiempo”
y en la puerta se paró el señor Madrigal con su tablero
para apoyar el papel en que iba aumentando la
lista y el lápiz para apuntar que se llevaba a la boca
y se la pintaba de violeta.De pronto sentí que estaba
arriesgando mucho más de lo que había supuesto.
Siempre he tenido miedo a equivocarme. Hubiera
querido que se rompiera la realidad pero la realidad
jamás se rompe. Quise gritar:“¡No, no, deténganse,
no se los lleven! ¡No toquen nada!...”De pronto ya
no eran muebles sino seres cálidos y vivientes y
agradecidos y yo los estaba apuñalando por el respaldo.
Los cargadores los vejaban al empujarlos en
esa forma irreverente. Los habían sorprendido de
pronto en las posturas más infortunadas y dislocadas;
los hacían grotescos, los ofendían, los culimpinaban.
Recordé aquel asilo de ancianos: Tepexpan,
en que se sometía a los inválidos a toda clase de vejaciones
a las que no podían oponerse. Se dejaban.
¿Ya qué más daba? Ya ni vergüenza. No podían ni
con su alma.Allá fue a dar el señor Pinto.A los pies
de su cama de fierro pusieron una palquita: “José
Pinto, Ebanista”y de su cuello colgaba la misma etiqueta.
Nunca agradeció nuestras visitas ni levantó
la vista, sus ojos ya velados.Ahí acabó el pobre. Recuerdo
que a su lado un viejecito se tapaba con las
cobijas todo equivocado y dejaba tristemente al descubierto
sus ijares resecos y enjutos. Una enfermera
me explicó enojada.“Lo hace a propósito. A diario
hace lo mismo. Siempre enseñando su carajadita.
Siempre a propósito”.También ahora los muebles lo
hacían a propósito, para mortificarme, como una
forma de protesta, para pegárseme como lapas,
como se le pegaron a mi abuelita, a mis tías.“¡Tontos!
¡Inútiles! Ya perdieron. No quieran asaltarme.
¡Tontos! ¡Ridículos! Éste es sólo un desfallecimiento
pasajero. ¡No protesten contra lo irreversible! Me
dejé impresionar sólo unmomento, siempre he sido
precipitada, nunca prudente.Ahora ustedes se van ¡y
muy bien, idos!”
Los subieron penosamente al camión. Ellos no se
dejaban, todavía se debatieron con sus patas sueltas.
Yo ya no sentí nada. Puse mi nombre con firmeza en
cada uno de los recibos extendidos sobre el tablero.
Después arrancaron como dos paquidermos. ¡Qué
torpes son los camiones de mudanza, Dios mío. En
su interior asomaban los objetos. Les vi la cara, hice
mal (las consecuencias vendrán más tarde), y me
quedé parada en la acera un largo rato, muy largo,
cansada, hueca, completamente vacía.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...