domingo, marzo 11, 2012

EL LLAMADO DE CTHULHU por H.P.LOVECRAFT




Es imposible que tales potencias o seres hayan sobrevivido... hayan sobrevivido a una época infinitamente remota donde... la conciencia se manifestaba, quizá, bajo cuerpos y formas que ya hace tiempo se retiraron ante la marea de la ascendiente humanidad... formas de las que sólo la poesía y la leyenda han conservado un fugaz recuerdo con el nombre de dioses, monstruos, seres míticos de toda clase y especie...

Algernon Blackwood



1. El bajorrelieve de arcilla

No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspetivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas

Algunos teósofos han sospechado la majestuosa grandeza del ciclo cósmico del que nuestro mundo y nuestra raza no son más que fugaces incidentes. Han señalado extrañas supervivencias en términos que nos helarían la sangre si no estuviesen disfrazados por un blando optimismo. Pero no son ellos los que me han dado la fugaz visón de esos dones prohibidos, que me estremecen cuando pienso en ellos, y me enloquecen cuando sueño con ellos. Esa visión, como toda temible visión de la verdad, surgió de una unión casual de elementos diversos; en este caso, elen eículo de un viejo períodico y las notas de un profesor ya fallecido. Espero que ningún otro logre llevar a cabo esta unión; yo, por cierto, si vivo, no añadiré voluntariamente un sólo eslabón a tan espantosa cadena. Creo, por otra parte, que el profesor había decidido, también, no revelar lo que sabía, y que si no hubiese muerto repentinamente, hubiera destruido sus notas.

Tuve por primera vez conocimiento de este asunto en el invierno de 1926-1927, a la muerte de mi tío abuelo, George Gammel Angell, profesor honorario de lenguas semíticas de la Universidad de Brown, Povidence, Rhode Island. El profeosr Angell era una autoridad vastamente conocida en materia de antiguas inscripciones y a él habían recurrido con frecuencia los consevadores de los más importantes museos. Muchos deben por lo tanto recordar su desaparición, acaecida a la edad de noventa y dos años. Las oscuras razones de su muerte aumentaron aún más el interés local. El profesor había muerto mientras volvía del barco de Newport, y, según afirman los testigos, luego de recibir el empellón de un marinero negro. Éste había surgido de uno de los curiosos y sombríos pasajes situados en la falda abrupta de la colina que une los muelles a la casa del muerto, en Williams Street. Los médicos, incapaces de descubrir algún desorden orgánico, concluyeron, luego de un perplejo cambio de opiniones, que la muerte debía atribuirse a una oscura lesión del corazón, determinada por el rápido ascenso de una cuesta excesivamente empinada para un hombre de tantos años. En ese entonces no vi ningín motivo para disentir de ese diagnóstico, pero hoy tengo mis dudas... y algo más que dudas.

Como heredero y ejecutor de mi tío abuelo, viudo y sin hijos, era de esperar que yo examinara sus papeles con cierta atención. Trasladé con ese propósito todos sus archivos y cajas a mi casa de Boston. El material ordenado por mí será publicado en su mayor parte por la Sociedad Americana de Arqueología; pero había una caja que me pareció sumamente enigmática, y sentí siempre repugnancia a mostrársela a otros. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió examinar el llavero que el profesor llevaba siempre consigo. Logré abrirla entonces, pero me encontré con otro obstáculo mayor y aún más impenetrable. ¿Qué significado podían tener ese curioso bajorrelieve de arcilla, y esas notas, fragmentos y recortes de viejos periódicos? ¿Se había convertido mi tío, en sus últimos años, en un devoto de las más superficiales imposturas? Resolví buscar al excéntrico escultor que había alterado la paz mental del anciano.

El bajorrelieve era un rectángulo tosco de dos centímetros de espesor y de unos treinta o cuarenta cenímetros cuadrados de superficie; indudablemente de origen moderno. Los dibujos, sin embargo, no eran nada modernos, ni por su atmósfera ni por su sugestión; pues aunque las rarezas del cubismo y el futurismo sean numerosas y extravagantes, no suelen reproducir esa críptica regularidad de la escritura prehistórica. Y la mayor parte de los dibujos parecía ser ciertamente alguna especie de escritura. A pesar de mi familiaridad con los papeles y colecciones de mi tío, no logré identificarla, ni sospechar siquiera algua remota relación.

Sobre esos supuestos jeroglíficos había una figura de carácter evidentemente representativo, aunque la ejecución impresionista impedía comprender su naturaleza. Parecía una especie de monstruo, o el símbolo de un mostruo, o una forma que sólo una fantasía enfermiza hubiese podido concebir. Si digo que mi imaginación, algo extravagante, se representó a la vez un octopus, un dragón y la caricatura de un ser humano, no traicionaré el espíritu del dibujo. Sobre un cuerpo escamoso y grotesco, munido de alas rudimentarias, se alzaba una cabeza pulposa y coronada de tentáculos; pero era el contorno general lo que la hacía más particularmente horrible. Detrás de la figura se embozaba una arquitectura ciclópea.

Las notas que acompañaban a este curioso objeto, además de unos recortes de periódicos, habían sido escritas por el profesor mismo y no tenían pretensiones literarias. El documento en apariencia más importante estaba encabezado por las palabras EL CULTO DE CTHULHU, escritas cuidadosamente en caracteres de imprenta para evitar todo error en la lectura de un nombre tan desconocido. El manuscrito se dividía en dos secciones: la primera tenía el siguiente título: "1925, Sueño y obra onírica de H. A. Wilcox, Thomas Street 7, Providence, R.I.", y la segunda: "Informe del inspector John R. Legrasse. Bienville Street 121, New Orleans, a la Sociedad Americana de Arqueología, 1928. Notas del mismo y del profesor Webb". Las otras notas manuscitas eran todas muy breves: relatos de sueños curiosos de diferentes personas, o citas de libros y revistas teosóficos (principalmente La Atlántida y la Lemúria perdida de W. Scott-Elliot), y el resto comentarios acerca de la supervivencia de las sociedades y cultos secretos, con referencia a pasajes de tratados mitológicos y antropológicos como la La rama dorada de Frazer, y el Culto de las brujas en Europa Occidental de la señorita Murray. Los recortes de periódicos aludían principalmente a casos de alienación mental y a crisis de demencia colectiva en la primavera de 1925.

La primera parte del manuscrito principal relataba una historia muy curiosa. Parece que el 1° de marzo de 1925, un joven delgado, moreno, de aspecto neurótico, y presa de gran excitación, había visitado al profesor Angell con el singular bajorrelieve de arcilla, entonces todavía fresco y húmedo. En su tarjeta se leía el nombre de Henry Anthony Wilcox, y mi tío había reconocido en él al hijo menor de una excelente familia, con la que estaba ligeramente relacionado. Wilcox, que desde hacía un tiempo estudiaba dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island, y que vivía en el hotel Fleur de Lys muy cerca de esta institución, era un joven precoz de genio indudable, pero muy excéntrico. Desde su infancia había llamado la atención por las historias y sueños extraños que se complacía en relatar. Se denominaba a sí mismo "físicamente hipersensitivo"; pero la gente seria de la vieja ciudad comercial lo cosideraba simplemente "raro". No había frecuentado nunca a los de su propia clase y poco a poco había ido retirándose de toda actividad social. Actualmente sólo era conocido por algunos estetas de otras ciudades. La Asociación Artística de Providence, deseosa de preservar su conservadorismo, lo había desahuciado.

En aquella visita, decía el manuscrito, el escultor había pedido bruscamente la ayuda de los conocimientos arqueológicos de su huésped para identificar los jeroglíficos. El joven hablaba de un modo pomposo y descuidado que impedía simpatizar con él. Mi tío le respondió con sequedad, pues la evidente edad de la tableta excluía toda posible relación con las ciencias arqueológicas. La réplica del joven Wilcox, que impresionó bastante a mi tío como para que la reprodujera palabra por palaba, tuvo ese énfasis poético que caracterizaba sin duda su conversación habitual.

- Es nueva, es cierto -le dijo-, pues la hice anoche mientras soñaba con extrañas ciudades; y los sueños son más viejos que la cavilosa Tiro, la contemplativa Esfinge, o Babilonia, guarnecida de jardines.

Y comenzó a narrar una historia desordenada que, de pronto, despertó en mi tío un recuerdo. El anciano se mostró febrilmente interesado. La noche anterior había habido un leve temblor de tierra -el más violento de los que habían sacudido New England en esos últimos años- que había afectado terriblemente la imaginación de Wilcox. Ya en cama, y por primera vez en su vida, había visto en sueños unas ciudades ciclópeas de enormes bloques de piedra y gigantescos y siniestros monolitos de un horror latente, que exudaban un limo verdoso. Muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y de las profundidades de la tierra, de algún punto indeterminado, venía una voz que no era una voz, sino más bien una sensación confusa que sólo la fantasía podía traducir en esta unión de letras casi imposibles: Cthulhu fhtagn.

Esta mezcla de letras fue la llave del recuerdo que excitó y perturbó al profesor Angell. Interrogó al escultor con una minuciosidad científica, y estudió con una intensidad casi frenética el bajorrelieve que el joven había estado esculpiendo en sueños, vestido sólo con su ropa de dormir, y temblando de frío. Mi tío culpó a su avanzada edad, dijo Wilcox más tarde, el no reconocer con rapidez los jeroglíficos y el dibujo. Muchas de sus preguntas le parecieron un poco fuera de lugar a su visitante, especialmente aquellas que trataban de relacionar a este último con sociedades y cultos extraños; y Wilcox no pudo enteneder por qué mi tío le prometió repetidamente guardar silencio si admitía ser miembro de una de las tan innumerables sectas paganas o místicas. Cuando el profesor quedó al fin convencido de que Wilcox ignoraba de verdad toda doctrina o cultos secretos, le suplicó que no dejara de informarle acerca de sus sueños. Este pedido dio sus frutos, pues a partir de esa primera entrevista el manuscrito menciona las visitas diarias del joven y la descripción de sorprendentes visiones nocturnas cuyo tema principal era siempre unas construcciones ciclópeas de piedra, húmedas y oscuras, y una voz o inteligencia subterránea que gritaba una y otra vez, en enigmáticos y sensibles impactos, algos indescriptible. Los dos sonidos que se repetían con más frecuencia eran los representados por las palabras Cthulhu y R'lyeh.

El 23 de marzo, continuaba el manuscrito, Wilcox faltó a la cita. Una investigación realizada en el hotel reveló que había sido atacado por una fiebre de origen desconocido y que lo habían llevado a la casa de sus padres, en Waterman Street. Se había puesto a gritar en medio de la noche, despertando a varios artistas que vivían en el mismo hotel, y desde entonces había pasado alternatvamente de la inconsciencia al delirio. Mi tío telelfoneó en seguida a la familia, y desde ese momento siguió de cerca el caso, yendo a menudo a la oficina del doctor Tobey, en Thayer Street, médico de cabecera del joven. La mente febril de Wilcox alimentaba, aparentemente, extrañas imágenes; el doctor se estremeció al recordarlas. No sólo incluían una repetición de los sueños anteriores, sino también una criatura gigantesca "de varios kilómetros de altura" que caminaba o se movía pesadamente. Wilcox nunca le describía en todos sus detalles, pero las pocas e incoherentes palabras que recordaba el doctor Tobey convencieron al profesor de que aquél era el monstruo que el joven había intentado representar. Cuando Wilcox se refería a su obra, añadió el doctor, caía en seguida, invariablemente, en una especie de letargo. Cosa rara, su temperatura no estaba nunca por encima de lo normal; sin embargo, su estado parecía más al de una fiebre violenta que al de un desorden del cerebro.

El 2 de abril a las tres de la tarde, la enfermedad cesó de pronto. Wilcox se sentó en la cama, asombrado de encontrarse en la casa de sus padres, e ignorando totalmente lo que había ocurrido en sus sueños o en la realidad desde el 22 de marzo. Como el médico declarara que estaba curado, a los tres días volvió a su hotel. Pero ya no le fue de ninguna utilidad al profesor Angell. Junto con su enfermedad se habían desvanecido todos aquellos sueños, y luego de oír durante una semana los relatos inútiles e irrelevantes de unas muy comunes visiones, mi tío dejó de anotar los pensamientos nocturnos del artista.

Aquí terminaba la primera parte del manuscrito, pero las abundantes notas invitaban de veras a la reflexión. Sólo el escepticismo inveterado que informaba entonces mi filosofía puede explicar mi persistente desconfianza. Las notas describían lo que habían soñado diversas personas en el mismo período en que el joven Wilcox había tenido sus extrañas revelaciones. Mi tío, parecía, había organizado rápidamente una vasta encuesta entre casi todos aquellos a quienes podía interrogar sin parecer impertinente, pidiendo que le contaran sus sueños y le comunicaran las fechas de todas sus visiones notables. Las reacciones habían sido variadas; pero el profesor recibió más respuestas que las que hubiese obtenido cualquier otro hombre sin la ayuda de un secretario. Aunque no conservó la correspondencia original, las notas formaban un completo y muy significativo resumen. La aristocracia y los hombres de negocios -la tradicional "sal de la tierra" de New England- dieron un resultado casi completamente negativo, aunque hubo algunos pocos casos de informes de impresiones nocturnas, siempre entre el 13 de marzo y el 2 de abril, período de delirio de joven escultor. Los hombres de ciencia no fueron tampoco muy afectados, aunque por lo menos cuatro vagas descripciones sugerían la visión fugaz de extraños paisajes, y uno de ellos hablaba del temor a algo anormal.

Las respuestas más pertinentes procedían de artistas y poetas, que si hubieran podido comparar sus notas hubieran sido presas del pánico. Ante la falta de las cartas originales, llegué a sospechar que el compilador había estado haciendo preguntas insidiosas o había deformado el texto de la correspondencia para corroborar lo que había resuelto ver. Por eso persistí en la creencia de que Wilcox, conociendo de algún modo los viejos documentos reunidos por mi tío, había estado engañándolo. Estas respuestas de los artistas narraban una perturbadora historia. Entre el 28 de febrero y 2 de abril gran parte de ellos habían tenido sueños muy curiosos, alcazando su máxima intensidad en el tiempo del delirio del escultor. Una cuarta parte hablaba de escenas y sonidos semejantes a los descritos por Wilcox y algunos confesaban su terror ante una criatura gigantesca y sin nombre. Un caso, que las notas describían con énfasis, era particularmente triste. El sujeto, un arquitecto muy conocido, algo inclinado al ocultismo y la teosofía, se volvió completamente loco la noche que llevaron al joven Wilcox a la casa de sus padres, y murió meses después gritando que lo salvaran de algún escapado habitante del infierno. Si mi tío hubiese conservado los nombres de estos casos, en vez de reducirlos a números, yo hubiera podido hacer alguna investigación personal. Pero, como estaban las cosas, sólo pude encontrar a unos pocos. Todos, sin embargo, confirmaron las notas. Me pregunté a menudo si aquellos a quienes había interrogado el profesor Angell se habían sentido tan intrigados como este grupo. Nunca les di explicaciones, y es mejor así.

Los recortes de prensa, como ya he dicho, trataban de casos de pánico, manía y excentricidad, siempre en el mismo período. El profesor Angell debió de haber empleado una agenda de recortes, pues el número de estos extractos era prodigioso, y además procedían de todos los rincones del mundo. Uno describía un suicidio nocturno en Londres: un hombre había saltado por una ventana luego de lanzar un grito horrible. En una confusa carta al editor de un periódico sudamericano un fanático anunciaba, apoyándose en sus visiones, un futuro siniestro. Un despacho de California relataba que una colonia teosófica había comenzado a usar vestiduras blancas ante la proximidad de un "glorioso acontecimiento", que no llegaba nunca, mientras las noticias de la India se referían cautelosamente a una seria agitación de los nativos, producida a fines de marzo. Las orgías vudúes se habían multiplicado en Haití, y en Africa se había hablado de unos cantos misteriosos. Los oficiales norteamericanos radicados en Filipinas habían tenido ciertas dificultades con algunas tribus, y en la noche de 22 de marzo los policías de Nueva York habían sido molestados por levantinos histéricos. Confusos rumores recorrieron también el oeste de Irlanda, y un pintor llamado Ardois-Bonnot exhibió en 1926, en el salón de primavera de París, un blasfemo Paisaje de Sueño. En los asilos de alienados los desórdenes fueron tan numerosos que sólo un milagro logró impedir que el cuerpo médico advirtiera curiosas semejanzas y sacara apresuradas conclusiones. Una rara colección de recortes, de veras; apenas concibo hoy el crudo racionalismo con que los hice a un lado. Pero quedé convencido de que el joven Wilcox había tenido noticias de unos sucesos anteriores mencionados por el profesor.



2. El informe del inspector Legrasse

Los sucesos anteriores por los que mi tío diera tanta importancia al sueño del escultor y al bajorrelieve eran el tema de la segunda mitad del largo manuscrito. Ya una vez, parecía, el profesor Angell había visto los odiosos contronos del monstruo anónimo, había meditado sobre los desconocidos jeroglíficos, y había oído las sílabas que sólo la palabra Cthulhu podía traducir... Todo esto en circunstancias tan sobrecogedoras que no es raro que persiguiese al joven Wilcox con preguntas y ruegos.

Esta experiencia anterior había ocurrido dicisiete años antes, en 1908, mientras la Sociedad Americana de Arqueología celebraba su consejo anual, en Saint-Louis. El profesor Angell, por su autoridad y sus méritos, había desempeñado un papel importante en todas las deliberaciones, y a él se acercaron varios profanos que aprovechaban la oportunidad de la covocatoria para hacer preguntas y plantear problemas.

El jefe de ese grupo no tardó en convertirse en centro de atracción de todo el congreso. Era un hombre de aspecto muy común, mediana edad, y que había hecho el viaje de New Orleans a Saint-Louis en busca de cierta información que no había podido obtener en su distrito. Se llamaba John Raymond Legrasse y era inspector de policía. Traía consigo el objeto de su viaje: una estatuita de piedra, repugnante y grotesca, muy antigua aparentemente, cuyo origen no había logrado determinar.

No debe creerse que el inspector Legrasse se interesara por la arqueología. Todo lo contrario; su deseo de instruirse tenía como único origen razones puramente profesionales. La estatuita, ídolo, fetiche o lo que fuese, había sido capturada meses antes en los pantanos boscosos del sur de New Orleans, en el curso de una expedición contra una presunta ceremonia vudú. Tan singulares y odiosos eran los ritos, que la policía comprendió que se hallaba ante un cluto totalmente ignorado, e infinitamente más diabólico que los del vudú. Los confusos e increíbles relatos arrancados por la fuerza a los prisioneros nada informaron sobre su posible origen. De ahí el deseo de la policía de consultar a alguna autoridad para identificar así el horrible símbolo, y seguir las huellas del culto hasta sus fuentes.

El inspector Legrasse no había esperado que su pedido convocara una impresión semejante. La aparición de la curiosa estatuita bastó para excitar a los hombres de ciencia, y pronto todos rodearon al inspector para contemplar de cerca la diminuta figura cuya rareza y aspecto de genuina y abismal antigüedad abrían perspectivas tan misteriosas y arcaicas. Nadie reconoció la escuela escultórica de la que había nacido la estatua, y sin embargo centenares y hasta miles de años parecían haberse posado en la oscura y verdosa superficie de aquella piedra desconocida.

La figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para estudiarla con más minuciosidad, medía de unos veinte a veinticinco centímetros de altura y estaba finamente labrada. Representaba un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro extremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda. Esta criatura, que exhalaba una malignidad antinatural, parecía ser de una pesada corpulencia, y estaba sentada en un pedestal o bloque rectangular, cubierto de indescriptibles caracteres. La punta de las alas rozaban el borde posterior del bloque, el asiento ocupaba el centro, mientras que las garras largas y curvas de las plegadas extremidades asían el borde anterior y descendían hasta un cuarto de la altura del pedestal. La cabeza de cefalópodo se inclinaba hacia el dorso de las garras enormes que apretaban las elevadas rodillas. El conjunto daba una impresión de vida anormal, más sutilemente terrorífico a causa de la imposiblidad de establecer su origen. Su vasta, pavorosa e incalculable edad era innegable; sin embago, nada permitía relacionarlo con algún tipo de arte de los comienzos de la civilización.

El material de la estatua encerraba otro misterio. No había nada parecido, en la geología, o la mineralogía, a aquella pieza jabonosa, verdinegra, de estrías doradas o iridiscentes. Los caracteres de la base eran igualmente desconcertantes, y ninguno de los miembros del congreso, a pesar de que representaban a la mitad de las autoridades mundiales en esta esfera, pudo descubrir el más remoto parentesco lingüístico. Tanto la figura como el material pertenecían a algo increíblemente lejano, totalmente distinto de la humanidad que conocemos: algo sugería, de un modo terrible, antiguos y profanos ciclos en los que nuestro mundo y nuestras concepciones no habían participado.

Y, sin embargo, mientras los miembros del congreso sacudían la cabeza y se confesaban incapaces de resolver el misterio, uno de ellos creyó descubrir algo raramente familiar en la efigie y los jeroglíficos, y al fin, no sin reticencia, confesó lo que sabía. Este hombre era el hoy desaparecido William Channing Webb, profesor de antropología en la Universdad de Princeton y explorador de bastante renombre.

Cuarenta años antes el profesor Webb había recorrido Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones rúnicas que hasta ese entonces no había podido descubrir. En la costa de Groenlandia se había encontrado con una tribu degenerada de esquimales, cuya religión, forma singlar de los cultos demoníacos, lo había impresionado sobremanera por su faz deliberadamente sanguinaria y repulsiva. Era aquella una fe que los otros esquimales ignoraban casi del todo, y a la que se referían estremeciéndose. Databa, decían, de épocas muy antiguas, anteriores al nacimiento del mundo. Junto a ritos anónimos y sacrificios humanos había invocaciones de origen tradicional dirigidas a un demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb había oído esa invocación en boca de un viejo angekok, o brujo sacerdote, y la había transcripto fonéticamente, hasta donde era posible, en caracteres romanos. Pero lo que ahora parecía importante era el fetiche adorado en ese culto, y alrededor del cual bailaban los esquimales cuando la aurora boreal brillaba muy por encima de los acantilados de hielo. Era, declaró el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra con una figura horrible y algunos caracteres misteriosos. Creía recordar que se parecía, por lo menos en todos los rasgos escenciales, a la criatura bestial que ahora estaban examinando.

Este relato, recibido con asombro y sorpresa por los miembros del congreso, pareció excitar al inspector Legrasse, que abrumó al profesor a preguntas. Habiendo copiado una invocación recitada por uno de los oficiantes del pantano, rogó al profesor Webb que tratase de recordar las sílabas recogidas en Groenlandia. Siguió una comparación exhaustiva de todos los detalles y un instante de sombrío silencio cuando el profesor y el detective convinieron en la virtual identidad de las frases. He aquí, en sustancia (la división de las palabras fue establecida de acuerdo con las pausas tradicionales observadas por los oficiantes), lo que el brujo esquimal y los sacerdotes de Luisiana habían cantado a sus ídolos:

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu
R'lyeh wgah'nagl fhtagn

Legrasse había tenido más suerte que el profesor Webb, pues varios prisioneros le habían revelado el sentido de esas palabras. Era algo así:

En su casa de R'lyeh
el desaparecido Cthulhu espera soñando.

Y entonces, respondiendo a un ruego general, el inspector relató minuciosamente su experiencia con los fieles del pantano; veo ahora que mi tío dio gran importancia a esa historia. Tenía cierto parecido con las ensoñaciones más extravagantes de los teósofos y los creadores de mitos, y revelaba una asombrosa imaginación de carácter cósmico que nadie hubiese esperado entre parias y vagabundos.

El 1° de noviembre de 1907 la policía de New Orleans había recibido un alarmado mensaje de la región pantanosa del Sur. Los colonos, gente primitiva, pero de buen natural, descendientes en su mayor parte de Laffite, eran presas del pánico a causa de algo desconocido que había invadido la región durante la noche. Se trataba en apariencia de un culto vudú, pero de una especie más terrible que todo lo que ellos conocían. Desde que el malévolo tam-tam había comenzado a sonar incesamente en aquellos bosques oscuros donde nadie osaba aventurarse, habían desaparecido varias mujeres y niños. Se habían oído gritos irracionales, chillidos desgarradores y cantos lúgubres, y unas llamas diabólicas habían bailado en la espesura. Los vecinos, añadía el aterrorizado mensajero, no podían soportarlo.

En las primeras horas de la tarde veinte policías partieron en dos carrioches y un automóvil, guiados por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo intransitable, abandonaron los vehículos, y durante varios kilómetros chapotearon en silencio a través de los espesos bosques de cipreses donde nunca penetraba la luz del día. Raíces tortuosas y nudos malignos de musgo español retardaban la marcha, y de vez en cuando una pila de piedras húmedas o los fragmentos de una pared en ruinas hacían más depresiva aquella atmósfera que los árboles deformados y las colonias de hongos contribuían a crear. Al fin apareció un miserable conjunto de chozas, y los histéricos colonos corrieron a agruparse alrededor de las vacilantes linternas. El apagado golpear de los tam-tams se oía débilmente a lo lejos, la brisa traía muy de cuando en cuando un chillido que helaba la sangre. Un respandor rojizo parecía filtrarse por entre el follaje pálido, más allá de las interminables avenidas de la noche selvática. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente solos, todos los habitantes del lugar se rehusaron a avanzar un solo paso hacia la escena del culto maldito, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas tuvieron que aventurarse sin guías por aquellas negras arcadas de horror donde ninguno de ellos había puesto el pie.

La región en que ahora entraba la policía tenía tradicionalmente muy mala fama, y en su mayor parte no había sido explorada por hombres blancos. Algunas leyendas se referían a un lago secreto en que vivía una colosal e informe criatura, algo parecida a un pólipo y de ojos fosforescentes, y, según los colonos, unos demonios de alas de murciélago salían a medianoche de sus cavernas para adorar al monstruo. Afirmaban que éste estaba allí desde antes que La Salle, de los indios, y aun de las bestias y pájaros del bosque. Era una verdadera pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparecía en sueños a los hombres, y eso bastaba para que éstos se mantuviesen alejados. La orgía vudú se desarrollaba en los límites extremos del área aborrecida, pero aun así el emplazamiento era bastante malo, y eso quizá había aterrorizado a los colonos más que los chillidos o incidentes.

Sólo la poesía o la locura podían haber reproducido los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse mientras atravesaban lentamente el sombrío pantano, acercándose a la luz rojiza y a los apagados tam-tams. Hay una cualidad vocal propia de las bestias; y nada más terrible que oír una de ellas cuando el órgano de donde proviene debería emitir otra. Una furia animal y una licencia orgiástica se exacerbaban allí hasta alcanzar alturas demoníacas con gritos y aullidos extáticos que reverberaban en los bosques tenebrosos como ráfagas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando cesaban los gritos y lo que parecía un coro de voces roncas entonaba la odiosa melopea:

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu
R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

Por fin los hombres llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso, y se encontraron de pronto en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un quinto perdió el conocimiento, y otros dos lanzaron un grito de horror que, por suerte, fue apagado por el tumulto salvaje de la orgía. Legrasse roció con agua pantanosa el rostro del hombre desvanecido, y luego todos contemplaron el espectáculo fascinados por el horror.

En un claro natural del pantano se alzaba una isla verde de unas cuarenta áreas de extensión, desprovista de árboles, y bastante seca. Allí saltaba y se retorcía una horda de anormalidades humanas más indescriptibles que cualquiera de las que hubiese podido pintar un Sime o un Angarola. Sin ropas, esta híbrida muchedumbre bramaba, rugía y se contorsionaba alrededor de una hoguera circular. De vez en cuando se abrían las cortinas de fuego y se podía distinguir en el centro un bloque de granito de unos dos metros y medio de alto, en cuya cima, incongruente por su pequeñez, se alzaba la funesta estatuita. En diez cadalsos instalados a intervalos regulares en un ancho círculo que rodeaba la hoguera, con el monolito como centro, colgaban cabeza abajo los cuerpos extrañamente mutilados de los desaparecidos colonos. Dentro de este círculo saltaba y rugía el anillo de fieles, moviéndose de izquierda a aderecha en una bacanal interminable entre el círculo de cadáveres y el círculo de fuego.

Pudo haber sido sólo la imaginación o pudo haber sido un simple eco, pero uno de los hombres, un impresionable español, creyó oír que las invocaciones eran seguidas por unas respuestas antifonales que procedían de un lejano y sombrío lugar, situado en lo más profundo de aquel bosque de leyenda. Este hombre, Joseph D. Gálvez, a quien más tarde encontré e interrogué, era desbordantemente imaginativo. Llegó a decir que había oído el débil golpear de unas grandes alas y que había vislumbrado unos ojos luminosos y una enorme masa blanca detrás de los árboles más lejanos. Pero creo que estaba demasiado influído por las supersticiones locales.

La inactividad de los hombres paralizados fue comparativamente de poca duración. El deber venció pronto todas las dudas, y aunque los celebrantes debían de llegar al centenar, la policía, confiada en sus armas de fuego, irrumpió en medio de la horda. Durante cinco minutos el caos y el tumulto fueron indescriptibles. Hubo furiosos golpes, disparos, y huidas. Pero finalmente Legrasse pudo contar cuarenta y siete prisioneros, a los que obligó a vestirse rápidamente, y que rodeó de policías. Cinco de los celebrantes habían muerto, y otros dos, muy malheridos, fueron transportados por sus cómplices en improvisadas parihuelas. La imagen del monolito fue sacada con todo cuidado y llevada por Legrasse.

Examinados en el cuartel de la policía, luego de un viaje agotador, los prisioneros resultaron ser mestizos de muy baja ralea, y mentalmente débiles. Eran en su mayor parte marineros, y había algunos negros y mulatos, procedentes casi todos de las islas de Cabo Verde, que daban un cierto matiz vudú a aquel culto heterogéneo. Pero no se necesitaron muchas preguntas para comprobar que se trataba de algo más antiguo y profundo que un fetichismo africano. Aunque degradados e ignorantes, los prisioneros se mantuvieron fieles, con sorprendente consistencia, a la idea central de su aborrecible culto.

Adoraban, dijeron, a los Grandes Antiguos que eran muy anteriores al hombre y que habían llegado al joven mundo desde el cielo. Esos Antigos se habían retirado ahora al interior de la tierra y al fondo del mar, pero sus cadáveres se habían comunicado en sueños con el primer hombre, quien inventó un culto que nunca había muerto. Este era ese culto, y los prisioneros dijeron que había existido siempre y que siempre existiría, ocultándose en lejanías desiertas y lugares retirados hasta que el gran sacerdote Cthulhu saliese de su sombría morada en la ciudad submarina de R'lyeh para reinar otra vez sobre la Tierra. Algún día vendría, cuando los astros ocuparan una determinada posición; y el culto secreto estaría allí, esperándolo.

Mientras tanto no podían decir nada más. Se trataba de un secreto que ni la tortura podría arrancarles, La humanidad no era lo único consciente en la Tierra, pues había unas formas que emergían de la sombra para visitar a sus escasos fieles. Pero éstas no eran los Grandes Antiguos. Ningún ser humano había visto a los Antiguos. El ídolo de piedra representaba al gran Cthulhu, pero nadie podía decir si los otros eran o no como él. Nadie era capaz de descifrar ahora la antigua escritura; muchas cosas se transmitían oralmente. La invocación ritual no era el secreto. Éste no se comunicaba nunca en voz alta. El canto significaba: "En su casa de R'lyeh el desaparecido Cthulhu espera soñando".

Sólo dos de los prisioneros fueron juzgados bastante cuerdos y se los ahorcó; el resto fue enviado a diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los crímenes rituales, y afirmaron que los culpables de aquellas muertes eran los Alas-Negras que habían venido hasta ellos desde su refugio inmemorial en el bosque encantado. Pero nada coherente se pudo saber de aquellos aliados misteriosos. Lo que la policía logró obtener salió en su mayor parte de un viejísimo mestizo llamado Castro, quien pretendía haber tocado puertos distantes y hablado con los jefes inmortales del culto en las montañas de China.

El viejo Castro recordaba fragmentos de odiosas leyendas que empequeñecían las especulaciones de los teósofos y hacían de nuestro mundo algo reciente y fugaz. En ciclos muy lejanos otros seres habían gobernado la Tierra. Habían vivido en grandes ciudades, y sus vestigios podían encontrarse aún -le habían dicho a Castro los inmortales de China- en unas piedras ciclópeas de algunas islas del Pacífico. Habían muerto muchísimo antes de la aparición del hombre, pero había artes que podrían revivirlos cuando los astros volvieran a ocupar su justa posición en los cielos de la eternidad. Estos seres, indudablemente, procedían de las estrellas y habían traído sus imágenes con ellos.
Estos Grandes Antiguos, continuó Castro, no eran de carne y hueso. Tenían forma -¿no lo probaba acaso esta imagen estelar?-, pero esa forma no era material. Cuando las estrellas eran propicias iban de mundo en mundo a través del cielo; pero cuando eran desfavorables, no podían vivir. Pero aunque ya no viviesen, no habían muerto en realidad. Yacían todos en casas de piedra en la gran ciudad de R'lyeh, preservada por los sortilegios del gran Cthulhu para el día que las estrellas y la Tierra pudiesen recibir su gloriosa resurrección. Pero en esa época alguna fuerza exterior debía ayudar a la liberación de sus cuerpos. Los conjuros que impedían que se descompusieran impedían también que se moviesen, y los Antiguos tenían que contentarse con yacer y pensar en la oscuridad mientras transcurrían millones de años. Conocían todo lo que ocurría en el mundo, pues su lenguaje consistía en la transmisión del pensamiento. En ese mismo instante hablaban en sus tumbas. Cuando, luego de un caos infinito, aparecieron los primeros hombres, los grandes antiguos hablaron a los más sensbles moldeándoles los sueños.

Aquellos primeros hombres, murmuró Castro, establecieron el culto con que se adoraba a los ídolos de los Grandes Antiguos; ídolos traídos de estrellas oscuras en una época infinitamente lejana. Ese culto no moriría hasta que las estrellas volvieran a ser favorables. Los sacerdotes sacarían entonces al gran Cthulhu de su tumba para que reviviese a sus vasallos y volviera a asumir su reinado en la Tierra. Ese tiempo sería fácil de conocer, pues entonces la humanidad se parecería a los Grandes Antiguos: salvaje y libre, más allá del bien y del mal, sin moral, y sin ley. Y todos los hombres gritarían y matarían, y gozarían alegremente. Los Antiguos, liberados, enseñarían nuevos modos de gritar y matar y gozar, y el mundo entero ardería en un holocausto de libertad y éxtasis. Mientras tanto, el culto, con apropiados ritos, debía conservar el recuerdo de aquellos días antiguos y presagiar su retorno.

En los primeros tiempos algunos hombres escogidos habían hablado en sueños con aquellos seres, pero luego algo había pasado. La gran ciudad de piedra de R'lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se había hundido bajo las olas, y las aguas de los abismos, con ese misterio primigenio en que nadie había pensado ni siquiera en penetrar, habían interrumpido esas citas espactrales. Pero los recuerdos no morían, y los altos sacerdotes afirmaban que cuando los astros fuesen favorables la ciudad volvería a la superficie. Entonces los viejos espíritus de la Tierra, mohosos y sombríos, saldrían de sus subterráneos y propagarían los rumores recogidos allá, en olvidados fondos del océano. Pero de ellos el viejo Castro no se atrevía a hablar. Se interrumpió de pronto y ni la persuasión ni las sutilezas pudieron arrancarle otras informaciones. Tampoco quiso mencionar, curiosamente el tamaño de los Antiguos. En cuanto al culto, afirmó que su centro debía encontrarse en los desiertos intransitados de Arabia, donde Irem, la ciudad de los Pilares, sueña aún intacta y secreta. No tenía relación alguna con la brujería europea, y sólo era conocido por sus miembros. Ningún libros aludía a él, aunque los chinos inmortales decían que en el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred había un sentido oculto que el iniciado podía interpretar de muy diversas maneras, especialmente en el tan discutido dístico:

No está muerto quien puede yacer eternamente,
y con el paso de los años la misma muerte puede morir.

Legrasse, profundmente impresionado, y no poco intrigado, había buscado sin éxito las filiaciones históricas del culto. Castro, aparentemente, había dicho la verdad al afirmar que era un secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna sobre el culto o la imagen, y ahora recurría a las mayores autoridades y se econtraba nada menos que con el episodio de Groenlandia del profesor Webb.

El ferviente interés que despertó el relato de Legrasse, corroborado por la presencia de la estatuita, tuvo algún eco en las cartas que intercambiaron luego los miembros del congreso; pero apenas hay alguna mención en el informe oficial. La prudencia es preocupación primordial de aquellos que se enfrentan a menudo a la charlatanería y la impostura. Legrasse prestó durante un tiempo la estatua al profesor Webb, pero a la muerte de este último le fue devuelta, y está desde entonces en su casa. Allí la he visto no hace mucho tiempo. Es de veras algo estremecedor, e indiscutiblemente parecida a la escultura labrada en sueños por el joven Wilcox.

No me asombró que mi tío se hubiese excitado con el relato del joven. ¿Qué pudo pensar al saber, ya enterado de la información recogia por Legrasse, que un joven sensible no sólo había soñado la figura y los jeroglíficos de las imágenes del pantano y de Groenlandia, sino que también había oído en sueños tres de las palabras de la fórmula repetida por los maestros de Luisiana y los diabólicos esquimales? Era natural que el profesor Angell hubiese iniciado instantáneamente una minuciosa investigación, aunque yo en mi fuero interno sospechaba que el joven Wilcox había oído hablar del culto, y había inventado una serie de sueños para acrecentar el misterio ante los ojos de mi tío. El relato de los otros sueños y los recortes coleccionados por el profesor parecían corroborar la historia del joven; pero mi bien fundado racionalismo y la total extravagancia del asunto me llevaron a adoptar las conclusiones que estimé más razonables. De modo que luego de estudiar otra vez el manuscrito y comparar las notas teosóficas y antropológicas con la descripción del culto que había hecho Legrasse, viajé a Providence para ver al escultor e increparle el haberse burlado de tal modo de un sabio anciano.

Wilcox vivía aún, solo, en el Fleur de Lys de Thomas Street, desagradable imitación victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII. La fachada de estuco del hotel lucía ostentosamente entre las encantadoras casas coloniales y a la sombra del más hermoso campanario georgiano que pudiera verse en América. Encontré a Wilcox en sus habitaciones, sumido en su labor, y comprendí en seguida, por las piezas que lo rodeaban, que su genio era profundo y auténtico.

Creo que durante un tiempo Wilcox figurará entre los grandes decadentes; pues ha cristalizado en arcilla, y reflejará un día en el mármol, esas pesadillas y fantasías evocadas en prosa por Arthur Machen y que Clark Ashton Smith ha hecho visiblees en versos y pinturas.

Moreno, frágil, y de un aspecto un poco descuidado, Wilcox se volvó lánguidamente y sin dejar su silla me preguntó qué deseaba. Cuando le dije quién era, manifestó cierto interés, pues mi tío había excitado su curiosidad al examinar sus raros sueños, aunque sin expresar las razones de ese examen. Sin sacarlo de su ignorancia, traté prudentemente de hacerle hablar.

Poco tiempo me bastó para convencerme de que era absolutamente sincero; hablaba de sus sueños de un modo inequívoco. Esos sueños, y su residuo subconsciente, habían influido profundamente en su arte, y me mostró una estatua mórbida cuyo modelado me estremeció, casi, por la fuerza de su oscura sugestión. No recordaba haber visto el original excepto en el bajorrelieve creado durante un sueño, pero los contornos se habían formado insensiblemente bajo sus manos. Era, sin duda, la forma gigantesca de la que había hablado en su delirio. Comprobé muy pronto que no sabía nada del culto, salvo lo que el constante interrogatorio de mi tío había dejado escapar, y traté otra vez de concebir de qué modo podía habr recibido esas impresiones sobrenaturales.

Hablaba de sus sueños de un modo extrañamente poético, haciéndome ver con terrible claridad la ciudad ciclópea de piedra verde y musgosa -cuya geometría, añandió curiosamente, era totalmente errónea-, y oí otra vez con un temor expectante el subterráneo llamado mental: Cthulhu fhtagn, Cthulhu fhtagn.

Esas palabras figuraban en la temible invocación que evocaba el sueño-vigilia de Cthulhu en su bóveda de piedra de R'lyeh, y a pesar de mis racionales ideas me sentí profundamente perturbado.Wilcox, era indudable, había oído hablar casualmente del culto, y lo había olvidado en seguida en la masa de las lecturas y concepciones igualmente fantásticas. Más tarde, en virtud de su impresionable carácter, el culto había encontrado un modo de expresión subconsciente en los sueños, el bajorrelieve de arcilla y la estatua que yo estaba ahora contemplando. De modo que la superchería había sido involuntaria. El joven tenía unos modales un poco afectados, y un poco vulgares, que me desagradaban de veras; pero yo ya estaba dispuesto a admitir todo su genio como su honestidad. Me despedí amablemente, y le desee todo el éxito que su talento prometía.

El asunto del culto continuó fascinándome y a veces imaginaba poder adquirir un gran renombre investigando su origen y relaciones. Visité New Orleans, hablé con Legrasse y otros de los que habían participado en aquella vieja expedición, examiné la estatuita, y hasta interrogué a los prisioneros que todavía vivían. El viejo Castro, por desgracia, había muerto hacía varios años. Lo que escuché entonces de viva voz, aunque no fue más que una confirmación detallada de los escritos de mi tío, acrecentó mi interés, y tuve la seguridad de estar sobre la pista de una religión muy antigua y secreta cuyo descubrimientos me convertiría en un antropólogo de nota. Mi actitud era aún entonces absolutamente materialista, como aún quisiera que lo fuese, y por una inexplicable perversidad mental rechacé la coincidencia de los sueños y los recortes coleccionados por el profesor Angell.

Hubo algo, sin embargo, que comencé a sospechar y que ahora creo saber: la muerte de mi tío no fue nada natural. Cayó al suelo en la colina, en una de las estrechas callejuelas que partían de unos muelles donde abundaban los mestizos extranjeros, luego del descuidado empujón de un marinero de tez oscura. Yo no había olvidado que los oficiales de Luisiana se distinguían por la mezcla de sangres y sus intereses marinos, y no me hubiera sorprendido conocer la existencia de agujas venenosas y métodos criminales secretos tan faltos de piedad como aquellas creencias y ritos misteriosos. Legrasse y sus hombres, es cierto, no habían sido molestados; pero en Noruega acaba de morir un marino que veía cosas. ¿No pudieron haber llegado a oídos siniestros las investigaciones realizadas por mi tío luego de encontrarse con el escultor? Creo hoy que el profesor Angell murió porque sabía o quería saber demasiado. Es posible que me espere un fin semejante, pues yo también he aprendido mucho.

Si el cielo decidiese algún día acordarme un insigne favor, borraría totalmente de mi memoria el descubrimiento que hice, por simple casualidad, al echar una ojeada a una hoja de periódico que recubría un estante. Era un viejo número de Sidney Bulletin del 18 de abril de 1925, con el cual no hubiese podido dar en mi vida cotidiana. Había pasado inadvertido hasta para la agencia de recortes que había estado coleccionando ávidamente durante esa época materiales para mi tío.

Había yo casi abandonado mis investigaciones cerca de lo que el profesor llamaba el "culto de Cthulhu" y me encontraba de visita en casa de un docto amigo de Patterson, New Jersey, conservador del museo local y mineralogista de renombre. Examinando un día los ejemplares de reserva, amontonados en desorden en los estantes de una de las salas del fondo del museo, mi mirada se detuvo en la rara ilustración de uno de los perdiódicos extendido bajo las piedras. Era el Sidney Bulletin que he mencionado. Mi amigo tenía corresponsales en todos los países extranjeros imaginables. La imagen era una fotografía en sepia de una odiosa estatuita de piedra casi igual a la que Legrasse había encontrado en el pantano.

Despojé vivamente a la hoja de su precioso contenido, leí el artículo con cuidado y lamenté su brevedad. Lo que sugería, sin embargo, era de suma importancia para mi ya vacilante búsqueda. Arranqué cuidadosamente la noticia con el propósito de ponerme en seguida en acción. He aquí el contenido:

EL VIGILANT ARRIBÓ REMOLCANDO A UN YATE NEOCELANDÉS ARMADO. UN MUERTO Y UN SOBREVIVIENTE A BORDO. RELATAN COMBATES FURIOSOS Y MUERTES EN ALTA MAR. MARINERO RESCATADO SE NIEGA A DAR DETALLES DE LA MISTERIOSA EXPERIENCIA. ÍDOLO EXTRAÑO ENCONTRADO EN SU PODER. SE INICIARÁ UNA INVESTIGACIÓN.

El carguero Vigilant de la compañía Morrison, procedente de Valparaíso, arribó esta mañana a su puesto de amarre en Darling Harbour remolcando al yate Alert de Dunedin N.2 con serias averías, pero dotado aún de un poderoso armamento. El yate fue avistado el 12 de abril a los 34°21' de latitud sur, y a los 152°17' longitud oeste, con un muerto y un sobreviviente a bordo.

El Vigilant dejó Valparaíso el 25 de marzo, y el 2 de abril fue alejado considerablemente de su curso, en dirección sur, por excepcionales tormenas y enormes olas. El 12 de abril avistó el buque a la deriva. En apariencia había sido abandonado, pero luego descubrió que llevaba un sobreviviente en estado de delirio, y un hombre muerto por lo menos desde hacía una semana.

El sobreviviente apretaba entre sus manos una piedra horrible de origen desconocido, de unos treinta centímetros de alto, cuyo origen los profesores de la Universidad de Sidney, la Sociedad Real, y el museo de College Street no pudieron determinar, y que el hombre afirmaba haber descubierto en la cabina del yate, en un altarcito rudimentario.

Este hombre, ya recobrado, relató una historia de piratería y violencia sumamente extraña. Se trata de un noruego llamado Gustaf Johansen, de cierta cultura, segundo oficial en la galeta Emma de Auckland, que partió para el Callao el 20 de febrero, con una tripulación de 20 hombres.

El Emma, dijo, fue retrasado y alejado considerablemente de su ruta por la tormenta del 1° de marzo, y el 22 del mismo mes a los 49°51' de latitud sur y a los 128°54' de lingitud este encontró al Alert conducido por una tripulación de canacas y mestizos de aspoecto patibulario. El capitán Collins no obedeció la orden de virar, y la tripulación del yate abrió fuego sin aviso con una batería de cañones de bronce particularmente pesada.

Los marineros del Emma, dijo el sobreviviente, se resistieron con valentía, y aunque la goleta comenzó a hundirse, pues varios proyectiles habían alcanzado la línea de flotación, lograron acercarse al enemigo y lo abordaron poniéndose a luchar en cubierta. Como los tripulantes del yate combatían de un modo torpe y cruel, tuvieron que matarlos a todos.

Tres de los hombres del Emma, incluso el capitán Collins y el primer oficial Gree, murieron; y los ocho restantes, bajo el mando del segundo oficial, Johansen, se pusieron a navegar en la dirección seguida originalmente por el yate, a fin de descubrir por qué motivo se les había ordenado cambiar de rumbo.

Al día siguiente desembarcaron en una islita que no figuraba en ningún mapa. Seis de los hombres murieron allí, aunque Johansen se mostró particularmente reticiente a este respecto y dijo que habían caído en una grieta entre las rocas.

Más tarde, parece, Johansen y sus compañeros volvieron al yate y trataron de hacerlo navegar, pero fueron vencidos por la tormenta del 2 de abril.

Desde ese día hasta el 12 de abril, fecha en que fue recogido por el Vigilant, Johansen no recuerda nada, ni siquiera cuándo murió su compañero William Briden. La muerte no se debió aparentemente a otra causa que a privaciones.

Cables procedentes de Dunedin informan que el Alert era muy conocido como barco de carga y tenía muy mala reputación. Pertenecía a un curiosos grupo de mestizos cuyas frecuentes incursiones nocturnas a los bosques atraían no poca curiosidad. Luego de la tormenta y los temblores de tierra del 1° de marzo se había hecho apresuradamente a la vela.

Nuestro corresponsal en Auckland afirma que el Emma y sus tripulantes gozaban de una excelente reputación y que Johansen es un hombre digno de toda confianza.

El almirantazgo va a iniciar una investigación sobre este asunto, durante la cual se tratará de convencer a Johansen para que hable más libremente.

Esto era todo, además de la diabólica imagen, ¡pero qué pensamientos despertó en mi mente! Estas nuevas y preciosas noticias acerca del culto de Cthulhu probaban que éste tenía fieles seguidores tanto en el mar como en la tierra. ¿Qué motivo había impulsado a la híbrida tripulación a ordenar el regreso del Emma mientras navegaban con su ídolo? ¿Qué isla desconocida era aquella en que habían muerto seis de los tripulantes, acerca de la cual el contramaestre Johansen se mostraba tan reticente? ¿Qué resultado había tenido la investigación del almirantazgo y qué se sabía del odioso culto en Dunedin? Y lo más extraordinario, ¿qué profunda y natural relación de hechos era esta que daba una significación maligna e innegable a los sucesos tan cuidadosamente anotados por mi tío?

El 1° de marzo -el 28 de febrero de acuerdo con el huso horario internacional- se habían producido una tormenta y un terremoto. El Alert y su malencarada tripulación habían dejado rápidamente Dunedin como obedeciendo un imperioso llamado, y en el otro extremo de la Tierra poetas y artistas habían comenzado a soñar con una ciclópea ciudad submarina mientras un joven escultor modelaba, en sueños, la forma del terrible Cthulhu. El 23 de marzo la tripulación del Emma desembarcaba en una isla desconocida, perdiendo allí seis hombres; y en esa misma fecha los sueños de algunas personas alcanzaron su mayor intensidad y se oscurecieron con el terror de un monstruo maligno y gigantesco, mientras un arquitecto se volvía loco, y un escultor caía presa del delirio. ¿Y qué pensar de esa tormenta del 2 de abril, fecha en que cesaron todos los sueños de la ciudad sumergida, y Wilcox salió indemne de aquella fiebre extraña? ¿Qué pensar igualmente de aquellas alusiones del viejo Castro a los Antiguos venidos de las estrellas y a su reino próximo, y a su culto, y a su gobierno de los sueños? ¿Estaba balanceándome en el borde de un abismo de horrores cósmicos, insoportables para un ser humano? En todo caso no afectaron sino a la mente, pues el 2 de abril puso término de algún modo a la mostruosa amenaza que había sitiado el alma de los hombres.

Aquella tarde, luego de haber pasado el día enviando telegramas y haciendo urgentes preparativos, me despedí de mi huésped y tomé un tren para San Francisco. En menos de un mes llegué a Dunedin, donde, sin embargo, descubrí que se sabía muy poco de los extraños miembros del culto que habían vivido en las posadas marineras. El vagabundeo en los muelles era asunto demasiado común, y no valía la pena mencionarlo; pero algo oí a propósito de una expedición terrestre realizada por estos mestizos durante la cual se escuchó el débil golpear de unos tambores y se vio un fuego rojo en las colinas lejanas.

En Auckland me enteré de que Johansen había vuelto a Sidney, donde acababa de sometérsele a un inútil interrogatorio, con el pelo totalmente cano, y que luego de vender su casita de West Street había regresado con su mujer a su viejo hogar, en Oslo. De su aventura no dijo a sus amigos más de lo que ya sabían los oficiales del almirantazgo, y todo lo que pudieron hacer fue darme su nueva dirección.

Volví entonces a Sidney, y hablé sin éxito con gente de mar y miembros de la corte. Vi el Alert en Circular Quay, en la bahía de Sidney, pero nada me reveló su casco. La imagen en cuclillas, de cabeza de pulpo, cuerpo de dragón, alas escamosas, y pedestal con jeroglíficos, se conservaba en el museo de Hyde Park. La examiné con cuidado, y descubrí que estaba exquisitamente labrada, y tenía el mismo profundo misterio, terrible antigüedad, y sobrenatural rareza de material que el ejemplar más pequeño de Legrasse. Para los geólogos, me dijo el conservador del museo, la estatua era un enigma monstruoso, y juraban que no había en el mundo una roca parecida. Recordé, estremeciéndome, lo que había dicho el viejo Castro a Legrasse a propósito de los primeros Grandes Antiguos: "Vinieron de las estrellas, y trajeron consigo sus imágenes".

Profundamente perturbado resolví visitar al oficial Johansen en Oslo. Llegué a Londres, me reembarqué en seguida para la capital de Noruega, y un día de otoño eché pie a tierrra en un limpio desembarcadero, a la sombra del Egeberg.

La casa de Johansen, descubrí, estaba situada en la Ciudad Vieja del rey Harold Haardrada, que había conservado el nombre de Oslo durante los siglos en que la ciudad principal adoptara el nombre de Cristianía. Hice el corto viaje en un taxi, y golpeé con el corazón tembloroso la puerta de una casa vieja y limpia de frente enyesado. Salió a recibirme una mujer de cara triste, vestida de negro, quien me comunicó en un inglés vacilante que Gustav Johansen no era ya de este mundo.

No había sobrevivido mucho a su regreso, pues su aventura marina de 1925 le había destrozado la salud. La mujer no sabía más que el público, pero Johansen había dejado un largo manuscrito, que trataba "asuntos técnicos", escrito en inglés con la intención manifiesta de que su esposa no lo entiendiese. Mientras paseaba por una callejuela, cerca del muelle de Gothenburg, un atado de viejos periódicos, salido de la ventana de un altillo, lo golpeó y lo hizo caer. Dos marineros indios lo ayudaron en seguida a levantarse, pero el hombre murió antes que llegase la ambulancia. Los médicos, incapaces de precisar la causa del deceso, lo habían atribuido a un malestar del corazón y a un debilitamiento general.

Sentí entonces que un oscuro terror, que no me abandonaría hasta que a mí también me fuese acordado el eterno reposo, "accidentalmente" o por otro motivo, me traspasaba los huesos. Habiendo persuadido a la viuda de que mi conocimiento de esos "asuntos técnicos" me autorizaba a poseer el manuscrito, me llevé el documento y comencé a leerlo en el barco que me conducía a Londres.

Era un relato simple, desordenado; un diario de mar redactado de memoria en que se intentaba recoger día a día aquel último y terrible viaje. No lo transcribiré literalmente a causa de sus oscuridades y redundancias, pero mi resumen bastará para explicar por qué el rumor de las aguas contra los costados del buque se me hizo tan intolerable que tuve que taponarme los oídos.

Johansen, gracias a Dios, no lo sabía todo, aunque vio la ciudad y el mosntruo; pero yo ya no podré dormir en paz mientras recuerde el horror que espera emboscado del otro lado de la vida, en el tiempo y el espacio, y aquellas malditas criaturas que vinieron de los astros más antiguos y que sueñan en las profundidades del mar, conocidas y favorecidas por un culto de pesadilla decidido a lanzarlas sobre nuestro planeta cada vez que algún terremoto vuelva a elevar la mosntruosa ciudad de piedra al aire y la luz del sol.

El viaje de Johansen había comenzado tal como lo declarara él mismo ante el almirantazgo. El Emma había dejado Auckland en lastre el 20 de febrero, y sintió todo el impacto de esa tempestad consecutiva al terremoto que arrancó a los abismos marinos el horror que pobló los sueños de los hombres. Recobrado el gobierno, el buque navegó favorablemente hasta encontrarse con el Alert el 22 de marzo (y sentí la pena del oficial al describir el bombardeo y el hundimiento de su nave). De los mestizos del yate, Johansen hablaba con un horror relamente significativo. Había algo abominable en ellos que hacía que su destrucción pareciese casi un deber, y Johansen se sorprende ante la acusación de crueldad que contra él y sus compañeros hizo la corte. Ya en el yate capturado, Johansen y sus hombres, impulsados por la curiosidad, prosiguen viaje hasta avistar una alta columna de piedra que emerge del océano, y a los 49°9' de latitud oeste, y 126°43' de longitud sur, se encuentran ante una costa barrosa, y una albañilería ciclópea cubierta de algas que no puede ser sino la sustancia tangible del terror supremo del universo: la ciudad muerta de R'lyeh, construida hace millones de años, antes de los comienzaos de nuestra historia, por las enormes y espantosas criaturas que descendieron desde unos astros desconocidos. Allí yacen el gran Cthulhu y sus compañeros, ocultos en unas bóvedas verdes y húmedas desde donde envían, luego de incalculables ciclos, pensamientos que aterrorizan a los hombres sensibles y reclaman imperiosamente a los fieles del culto que inicien el peregrinaje de la liberación y la restauración. El oficial Johansen ignoraba todo esto, ¡pero Dios sabe bien que había visto bastante!

Creo que emergió de las aguas sólo la cima de la ciudadela, coronada por un enorme monolito, donde yace el gran Cthulhu. Cuando imagino el tamaño de todo lo que puede esconder el fondo del océano, siento deseos de morir sin esperar ya más. Johansen y sus hombres se sintieron aterrados ante la majestad cósmica de esta húmeda Babilonia habitada por demonios, y debieron sospechar, instintivamente, que no pertenecía ni a éste ni a ningún otro planeta similar. En todas las líneas de la estremecida descripción de Johansen se advierte el mismo pavor; ante el tamaño indescriptible de los bloques de piedra verde, ante la altura vertiginosa del monolito labrado, ante la asombrosa identidad de esas colosales estatuas y bajorrelieves con la rara imagen encontrada en la sentina del Alert.

Sin conocer el futurismo, Johansen describe, al hablar de la ciudad, algo muy parecido a una obra futurista. En vez de referirse a una estructura definida, algún edificio, se reduce a hablar de vastos ángulos y superficies pétreas... superficies demasiado grandes para ser de este mundo, y cubiertas por jeroglíficos e imágenes horribles. Menciono estos ángulos pues me recuerdan los sueños que me relató Wilcox. El joven escultor afirmó que la geometría de la ciudad de sus sueños era anormal, no euclidiana, y que sugería esferas y dimensiones distintas de las nuestras. Ahora un marino ilustrado tenía ante la terrible ralidad la misma impresión.

Johansen y sus hombres desembarcaron en la playa de esta monstruosa acrópolis, y se treparon, resbalando, por los titánicos y musgosos escalones que ningún ser humano hubiera podido edificar. El sol mismo parecía deformado cuando se lo miraba a través de las miasmas polarizadas que emanaban de esta perversión submarina; una amenaza tortuosa acechaba en esos ángulos desconcertantes donde una segunda mirada descubría una concavidad donde se había creído ver la convexidad.

Todos los exploradores, aun antes de ver algo definido (salvo las rocas, los musgos y las algas) se sintieron presas de un indefinible terror. Todos habrían escapado si no hubiesen temido la burla de los otros, y sólo de mala gana se decidieron a buscar -vanamente, como comprendieron más tarde- algo que sirviese de recuerdo.

Rodríguez, el portugués, fue el primero en llegar a la base del monolito y les gritó a los otros lo que acababa de descubrir. Poco más tarde los hombres contemplaron curiosamente una enorme puerta de piedra labrada con el ya familiar bajorrelieve del pulpo-dragón. Se parecía, dice Johansen, a la enorme puerta de un granero. Todos vieron allí una puerta, ya que estaba encuadrada en un umbral, un dintel y dos montantes, pero nadie pudo decidir si estaba situada horizontalmente, como la puerta de una trampa, o algo inclinada, como la puerta exterior de un altillo. Como lo hubiese dicho Wilcox, la geometría del lugar era errónea. Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales, de modo que la posición relativa de todo el resto parecía variar fantásticamente.

Briden presionó sobre la piedra en diversos sitios sin resultado. Luego Donovan palpó con delicadeza los bordes, apretando separadamente cada punto. Subió con lentitud a lo largo de la grotesca moldura de piedra -puede decirse que subió si se admite que la puerta no era al fin y al cabo horizontal-, y los hombres se preguntaron cómo una puerta podía ser tan enorme. Al fin, muy suavemente, muy lentamente, la parte superior del panel comenzó a inclinarse hacia adentro, y todos vieron que la piedra se balanceaba.

Donovan se deslizó o trepó de algún modo a lo largo de uno de los montantes, y los hombres se pusieron a observar el curioso retroceso de la puerta monstruosa. En este fantástico mundo de deformaciones prismáticas, la piedra se desplazaba anormalmente en diagonal, despreciando todas las leyes de la materia y la perspectiva.

La abertura mostraba una oscuridad casi material. Estas tienieblas tenían realmente una cualidad positiva, pues ocultaban algunas partes de las paredes interiores que debían ser visibles. Al fin surgió de aquella cárcel milenaria algo así como una humareda que oscureció la luz del sol mientras se elevaba hacia el cielo, empequeñecido y arrogado, con la ayuda de sus alas membranosas. El olor que salía de aquellos abismos recién abiertos era insoportable, y Hawkins, que tenía el oído fino, creyó oír allá abajo un sonido chapoteante e inmundo. Todos escucharon, y todos escuchaban aún cuando el monstruo se hizo visible, babeando y apretando su inmensidad verde y gelatinosa a través de la tenebrosa abertura hasta elevarse pesadamente en el aire corrompido de aquella ciudad de pesadilla.

La letra del pobre Johansen es apenas inteligible en esta parte. De los seis hombres que nunca llegaron al barco, cree que dos murieron simplemente de miedo en aquel instante maldito. El monstruo está más allá de toda posible descripción. No hay lenguaje aplicable a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa contradicción de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmicos. Una montaña que caminaba. ¡Dios! ¿Puede extrañar que en el otro lado de la Tierra enloqueciese un gran arquitecto, y que en aquel telepático instante la fiebre devorara al pobre Wilcox? El monstruo de los ídolos, el verde y viscoso demonio venido de otros astros, había despertado para reclamar sus derechos. Las estrellas eran otra vez favorables, y lo que un viejo culto no había podido lograr por su voluntad, un puñado de inocentes marineros lo hacía por accidente. Luego de millones y millones de años el gran Cthulhu era libre otra vez.

Tres hombres fueron barridos por aquellas patas membranosas antes que nadie tuviese tiempo de volverse. Que descansen en paz, si hay algún desacanso en el universo. Eran Donovan, Guerrera y Angstrom. Parker resbaló mientra los otros tres sobrevivientes se precipitaban frenéticamente en un escenario infinito de rocas verdosas. Johansen jura que fue absorvido hacia arriba por un ángulo que no debía estar allí; un ángulo agudo que se había comportado como si fuese obtuso. De modo que sólo Briden y Johansen llegaron al bote, y se dirigieron desesperadamente hasta el Alert mientras la montañosa monstruosidad descendía por los escalones de piedra resbaladiza y se detenía, titubeando, a orillas del agua.

Las calderas habían quedado funcionando a pesar de que todos habían bajado a tierra, y bastaron unos pocos segundos de frenéticas corridas entre ruedas y motores para poner en marcha el Alert. Lentamente, entre los horrores distorsionados de esa escena indescriptible, la hélice comenzó a golpear las aguas. Mientras tanto, en la costa mortal, sobre aquellas construcciones que no eran de este mundo, el monstruo gigantesco venido de las estrellas emitía unos gritos inarticulados, como Polifemo al maldecir el veloz navío de Ulises. En seguida, con más audacia que los cíclopes de la leyenda, el gran Cthulhu penetró en las aguas e inició la persecución con unos golpes que levantaron unas enormes olas. Briden volvió la vista y enloqueció. Desde entonces rió a intervalos hasta que la muerte lo alcanzó en su cabina mientras Johansen vagaba delirando de un lado a otro.

Pero Johansen no había abandonado la partida. Comprendiendo que el monstruo alcanzaría seguramente el Alert antes que la presión llegase al máximo, resolvió intentar algo desesperado, y, acelerando los motores, subió rápidamente a la cubierta e hizo girar el timón. En la superficie de las aguas hubo un remolino espumoso, y mientras crecía la presión del vapor, el valiente noruego dirigió el navío contra aquella montaña gelatinosa que se alzaba sobre las sucias espumas como la popa de un galeón demoníaco. La horrible cabeza de pulpo, envuelta en tentáculos, llegaba casi hasta la punta del bauprés; pero Johansen no retrocedió.

Hubo un estallido como el de un globo que se desinfla, un líquido inmundo como el que surge de un hendido pez luna, una hediondez que el cronista no se atrevió a describir. Durante un instante una nube verde, acre y enceguecedora, envolvió al buque, y un hervor maligno quedó a popa, donde -Dios del cielo- la esparcida plasticidad de aquella entidad celeste estaba recombinándose y recobrando su forma primitiva, mientras el Alert se alejaba más y más, y ganaba velocidad.

Eso fue todo. Desde ese momento Johansen se contentó con meditar sombríamente sobre el ídolo de la cabina y preparar unas pocas comidas para él y su enloquecido compañero. No trató de dirigir el navío; después de aquel incidente había perdido alguno de los resortes de su alma. Luego sobrevino la tormenta del 2 de abril, que terminó de nublar su conciencia. Recordaba confusamente infinitos abismos líquidos de espectrales paredes giratorias, vertiginosos desplazamientos por mundos huidizos en la cola de un cometa, y saltos convulsivos de las profundidades del mar hasta la luna y luego otra vez hasta el mar, todo envuelto en el coro de carcajadas de las antiguas divinidades y de los verdes demonios del Tártaro, de alas de murciélago.

Luego de esas pesadillas vino el rescate, el Vigilant, el tribunal del almirantazgo, las calles de Dunedin y el largo viaje de retorno a la casa natal, junto al Egeberg. Nada podía contar; pasaría por loco. Lo escribiría todo antes de morir, pero su mujer no debería sospechar nada. La muerte sería para él beneficiosa sólo si borraba los recuerdos.

Tal era el documento que leí. Lo he guardado en la caja de lata junto con el bajorrelieve de arcilla y los papeles del profesor Angell. Incluiré este relato, esta prueba de mi propia cordura donde se ha unido lo que espero nunca volverá a unirse. He contemplado todo lo que en el universo puede haber de horroroso, y aun los cielos de la primavera y las flores del verano me parecerán desde ahora impregnados de veneno. Pero no creo que viva mucho. Como desaparecieron mi tío y el pobre Johansen, así desapareceré yo. Conozco demasiado, y el culto todavía existe.

Cthulhu existe también, supongo, en ese refugio de piedra que le sirve de abrigo desde que el sol era joven. Su ciudad maldita se ha hundido otra vez, pues el Vigilant navegó por aquel lugar después de la tormenta de abril; pero sus ministros en la Tierra bailan aún, y cantan y matan en lugares aislados, alrededor de monolitos de piedra coronados de imágenes. Cthulhu tuvo que haber sido atrapado por los abismos submarinos pues si no el mundo gritaría ahora de horror. ¿Quién conoce el fin? Lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede surgir. La abominación espera y sueña en las profundidades del mar, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres flota la destrucción. Llegará el día... ¡pero no debo ni puedo pensarlo! Ruego que si no sobrevivo a este manuscrito, mis ejecutores testamentarios cuiden de que la prudencia sea mayor que la audacia e impidan que caiga bajo otros ojos.

FIN

LA POESÍA ES UN ATENTADO CELESTE por VICENTE HUIDOBRO



Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que me han esperado muchos años
Se cansaron de esperarme y se sentaron
Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco
Angustioso lamentable
Me voy adentrando en estas plantas
Voy dejando mis ropas
Se me van cayendo las carnes
Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas
Me estoy haciendo árbol Cuántas cosas me he ido convirtiendo en
[otras cosas...
Es doloroso y lleno de ternura
Podría dar un grito pero se espantaría la transubstanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio

FABRICAS DE AMOR por JUAN GELMAN



I

Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner dulzura en tu saliva.
Cuantas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche.
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes de oír un solo sonido de tu alma.

II

Alza tus brazos, ellos encierran a la noche,
desátala sobre mi sed,
tambor, tambor, mi fuego.
Que la noche nos cubra como una campana
que suene suavemente a cada golpe del amor.
Entiérrame la sombra, lávame con ceniza, cávame del dolor,
limpíame el aire:
yo quiero amarte libre.
Tú destruyes el mundo para que esto suceda,
tú comienzas el mundo para que esto suceda.

III

Me has amado las manos y caerán con el otoño.
Has amado mi voz y está arrasada.
Mi rostro ha reventado sobre ti como una piedra
impura.
Me has amado y amado
para que huya de mí, señor de sombras.
Me has destruido para que yo sea luz humana
cantando
como las criaturas de tu sangre.

IV

Que del recuerdo suba el olor de tu cuerpo y se
haga tu cuerpo.
Que la noche devuelva tu dulzura.
Que tus manos sean dadas por el temblor que dieron.
Que tus ojos regresen de todo lo mirado.
Paloma del amor
en vez
asciendes pura en libertad
giras y cantas como el cielo vas invadiendo el mundo.


V

Como un niño te canto bajo la noche oscura.
Cofre de los secretos, juegos hondos,
temblores del otoño como pañuelos rápidos,
te canto allí para que seas.
Señora del candor,
con boca limpia digo uno a uno tus nombres,
pongo mi rostro en la penumbra que de ellos
desciende,
hago un gran fuego con tus nombres bajo la
noche oscura.
En realidad quiero decir: me haces andar contra la muerte.

FUGA DE LA MUERTE por PAUL CELAN



Negra leche matutina la bebemos de tarde
la bebemos al mediodía y de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en los aires allí no se yace estrechado
Un hombre vive en la casa él juega con las serpientes él escribe
él escribe cuando oscurece a Alemania tu dorado cabello Margarethe
él escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
que vengan
a su lado
silba a sus judíos que salgan adelante hace cavar una fosa en la tierra
nos manda tocad ahora para el baile
Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos de mañana y mediodía te bebemos a la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa y juega con serpientes él escribe
él escribe cuando oscurece a Alemania tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith cavamos una fosa en los aires allí no se
yace
estrechado
Grita cavad más hondo en la tierra unos y otros cantad y tocad
coge el hierro en el cinto lo blande sus ojos son azules
cavad vosotros más hondo unos y otros seguid tocando para el baile
Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos de mañana y mediodía te bebemos a la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith él juega con serpientes
El grita tocad más dulce a la muerte la muerte es un maestro que
viene de
Alemania
grita tocad más oscuro los violines entonces subiréis como humo en el
aire
entonces tendréis una fosa en las nubes allí no se yace estrechado

Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro que viene de
Alemania
te bebemos a la tarde y de mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro que viene de Alemania su ojo es azul
él te da con la bala de plomo te da certeramente
Un hombre vive en la casa tu dorado cabello Margarethe
él azuza los mastines contra nosotros nos regala una fosa en el aire
él juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro que viene
de
Alemania
tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith

TROYANOS por CONSTANTINO KAVAFIS



Son los esfuerzos nuestros, de los desventurados,
son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Algo conseguimos; nos reponemos
un poco; y empezamos
a tener coraje y buenas esperanzas.
Pero siempre algo surge y nos detiene.
Aquiles en el foso enfrente a nosotros
sale y con grandes voces nos espanta.-
Son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Creemos que con decisión y audacia
cambiaremos la animosidad de la suerte,
y nos quedamos afuera para combatir.
Mas cuando sobreviene la gran crisis,
nuestra audacia y decisión desaparecen;
se turba nuestra alma, paralízase;
y en torno de los muros corremos
buscando salvarnos con la fuga.
Empero nuestra caída es cierta. Arriba,
sobre las murallas, comenzó ya el lamento.
Lloran sentimientos y recuerdos de nuestros días.
Amargamente por nosotros Príamo y Hécuba lloran.

RUSIA Y EL VIRUS DE LA LIBERTAD por E. M. CIORAN



A veces pienso que todos los países deberían parecerse a Suiza, complacerse y hundirse,como ella, en la higiene, en la insipidez, en la idolatría de las leyes y el culto al hombre; por otra parte, sólo me interesan las naciones exentas de escrúpulos tanto enpensamientos como en actos, febriles e insaciables, siempre a punto de devorar a lasotras y de devorarse a sí mismas, pisoteando los valores contrarios a su ascenso y a suéxito, reacias a la sensatez, esa llaga de los pueblos viejos cansados de sí mismos y de todo, y como gustosos en su olor a moho.

También es inútil que deteste a los tiranos, pues no dejo de comprobar que constituyen la trama de la historia, y que sin ellos no sería posible concebir ni la idea ni la marcha de un imperio. Superiormente odiosos, de una bestialidad inspirada, los tiranos evocan al hombre llevado a sus extremos, la última exasperación de sus ignominias y de sus méritos. Iván el Terrible, por citar sólo a uno de los más fascinantes, agota los recovecos de la psicología. Igualmente complejo en su demencia y en su política, hizo de su reino y, hasta cierto punto, de su país, un modelo de pesadilla un prototipo de alucinación viva e inagotable, mezcla de Mongolia y de Bizancio, acumulando los defectos y las cualidades de un kan y de un basileo, monstruo de cóleras demoníacas y de sórdida melancolía, dividido entre el gusto por la sangre y el gusto por el arrepentimiento, con una jovialidad enriquecida y coronada por risas burlonas. Tenía la pasión del crimen, y todos, mientras
existimos, la experimentamos, ya sea atentando contra los otros o contra nosotros
mismos. Sólo que en nosotros permanece insatisfecha, de manera que nuestras obras,
cualesquiera que éstas sean provienen de nuestra incapacidad de matar o de matarnos.

No siempre estamos de acuerdo con esto, ya que desconocemos a propósito el
mecanismo íntimo de nuestras debilidades. Si los zares, o los emperadores romanos, me
obsesionan, es porque esas debilidades, veladas en nosotros, aparecen en ellos al
descubierto. Nos revelan, encarnan e ilustran nuestros secretos. Pienso en aquellos que, abocados a una grandiosa degeneración, se encarnizaban en sus parientes y, por miedo a ser amados, los enviaban al suplicio. Por muy poderosos que fueran, no obstante eran infelices, pues no se saciaban gracias al temblor ajeno. ¿Acaso no son la proyección del mal espíritu que nos habita y nos convence de que el ideal sería hacer el vacío a nuestro alrededor? Con tales pensamientos y tales instintos es como se forma un imperio, aunque también coopera en ello ese subsuelo de nuestra conciencia donde se ocultan nuestras más queridas taras.

La ambición de dominar el mundo, surgida de profundidades insospechadas, de un
impulso original, sólo aparece en ciertos individuos y en ciertas épocas, sin relación directa con la calidad de la nación en donde se manifiesta: entre Napoleón y Gengis Kan la diferencia es menor que entre el primero y cualquier político francés de las repúblicas sucesivas. Pero esas profundidades y ese impulso pueden secarse, agotarse.

Carlomagno, Federico II de Hohenstaufen, Carlos V, Bonaparte, Hitler, tuvieron la
tentación, cada uno a su manera, de realizar la idea del imperio universal: fracasaron, con más o menos fortuna. Occidente, donde esa idea no suscita ya más que ironía o malestar, vive ahora en la vergüenza de sus conquistas; pero, curiosamente, en el momento en que se repliega sobre sí mismo es cuando sus fórmulas triunfan y se
propagan; dirigidas contra su poder y su supremacía, encuentran eco fuera de sus
fronteras. Triunfa perdiéndose. Así triunfó Grecia en el dominio del espíritu, cuando dejó de ser una potencia, e incluso una nación; saquearon su filosofa y sus artes, aseguraron el éxito a sus producciones, pero no asimilaron sus talentos. De la misma manera se le tomará todo a Occidente, salvo su genio. La fecundidad de una civilización estriba en la
facultad que tenga para incitar a las otras a que la imiten; en cuanto termina de
deslumbrarlas, se reduce a un conjunto de desechos y de vestigios.
Cuando la idea de imperio abandonó esta parte del mundo, encontró su clima ideal en
Rusia donde, por otra parte, siempre existió, singularmente en el plano espiritual.
Después de la caída de Bizancio, Moscú se convirtió, para la conciencia ortodoxa, en la
tercera Roma, en la heredera del «verdadero» cristianismo, de la verdadera fe. Primer
despertar mesiánico. Para conocer un segundo despertar le hacía falta esperar hasta
nuestros días; pero esta vez se lo debe a la dimisión de Occidente. En el siglo XV
aprovechó un vacío religioso; así, hoy aprovecha un vacío político. Dos grandes ocasiones para hacerse cargo de sus responsabilidades históricas.

Cuando Mohamed II sitió Constantinopla, la cristiandad, dividida como de costumbre y,
además, feliz de haber perdido el recuerdo de las cruzadas, se abstuvo de intervenir. Los sitiados concibieron primero una irritación que, ante la inminencia del desastre, se tornóestupor. Oscilando entre el pánico y una satisfacción secreta, el papa p rometió auxilio, pero lo envió demasiado tarde: ¿para qué apresurarse a causa de unos «cismáticos»? E1 «cisma», no obstante, iba a adquirir fuerza en otra parte. ¿Roma anteponía Moscú a Bizancio? Siempre es preferible un enemigo lejano a uno cercano. Así, en nuestros días, los anglosajones prefirieron, en Europa, la preponderancia rusa a la preponderancia alemana. Y es que Alemania se encontraba demasiado cerca.
Las pretensiones de Rusia de pasar de la primacía vaga a la hegemonía caracterizada
tienen un fundamento. ¿Qué hubiera ocurrido con el mundo occidental si Rusia no
hubiese detenido y absorbido la invasión mongólica? Durante más de dos siglos de
humillaciones y de esclavitud fue excluida de la historia, mientras que en el Oeste las naciones se daban el lujo de destrozarse mutuamente. Si Rusia hubiese estado en
condiciones de desarrollarse sin obstáculos, se hubiera convertido en una potencia de
primer orden desde principios de la era moderna; lo que ahora es, lo hubiese sido en los siglos XVI y XVII. ¿Y Occidente? Quizás hoy sería ortodoxo, y, en Roma, en lugar de la Santa Sede, se pavonearía el Santo Sínodo. Pero los rusos pueden recobrarse. Si, como todo parece presagiarlo, llevan a cabo sus designios, es posible que le den su merecido al Santo Pontífice. Ya sea en nombre del marxismo o de la ortodoxia, los rusos están llamados a arruinar la autoridad y el prestigio de la Iglesia, cuyos objetivos no podrían tolerar sin renunciar al meollo de su misión y de su programa.

Bajo los zares, al identificarla con un instrumento del Anticristo, rezaban contra ella; hoy en día,considerada como un agente satánico de la Reacción, la abruman con invectivas algo más eficaces que sus antiguos anatemas; pronto la hundirán con todo su poder, con toda su fuerza. Y hasta es posible que la desaparición del último sucesor de san Pedro quede, en nuestro siglo, como una curiosidad y a modo de frívolo apocalipsis.

Al divinizar la historia para desacreditar a Dios, el marxismo sólo ha conseguido volver a Dios más extraño y más obsesionante. Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad de absoluto, que sobrevivirá a la destrucción de los templos, e incluso a la desaparición de la religión sobre la tierra. Y como el fondo del pueblo ruso es religioso, este fondo tomará inevitablemente su revancha. Razones de orden histórico contribuirán en gran medida a ello.

Al adoptar la ortodoxia, Rusia manifestó su deseo de separarse de Occidente; era su
manera de definirse desde el principio. Nunca, fuera de los medios aristocráticos, se dejó seducir por los misioneros católicos, los jesuitas por ejemplo. Un cisma no expresa tanto divergencias de doctrina como de voluntad de afirmación étnica: trasluce menos una controversia abstracta que un reflejo nacional. No fue la ridícula cuestión del filioque lo que dividió a la Iglesia: Bizancio quería su autonomía total, y con mayor razón Moscú.

Cismas y herejías son nacionalismos disfrazados. Pero mientras que la Reforma tomó
solamente el aspecto de una disputa familiar, de un escándalo en el seno de Occidente, el particularismo ortodoxo, al afectar un carácter más profundo, iba a marcar una división en el mismo mundo occidental. Rechazando el catolicismo Rusia retardaba su evolución, perdía una oportunidad capital de civilizarse rápidamente, y ganaba, a la vez, sustancia y unidad: su estancamiento la haría diferente, otra, y a ello aspiraba, presintiendo, sin duda, que Occidente lamentaría un día la ventaja que le llevaba.

Mientras más fuerte se haga, más conciencia adquirirá de sus raíces, de las que, en
cierta forma, el marxismo la habrá alejado; después de una cura forzada de
universalismo, se rusificará de nuevo en provecho de la ortodoxia. Además, habrá
marcado de tal manera al marxismo, que éste se hallará esclavizado. Cualquier pueblo de envergadura que adopta una ideología extraña a sus tradiciones, la asimila y la
desnaturaliza, la inclina en el sentido de su destino nacional, la falsea a su favor hasta tornarla indiscernible de su propio genio. Posee una óptica propia necesariamente deformante, un defecto de visión que, lejos de desconcertarlo, lo halaga y estimula. Las verdades de las que se envanece, por muy desprovistas de valor objetivo que estén, no son menos vivas, y producen, como tales, ese género de errores que conforman la diversidad del paisaje histórico, entendiéndose bien que el historiador, escéptico por oficio, temperamento y opción, se sitúa de lleno fuera de la Verdad.

Mientras que los pueblos occidentales se desgastaban en su lucha por la libertad, y, más aún, en la libertad adquirida (nada desgasta tanto como la posesión o el abuso de la libertad), el pueblo ruso sufría sin desgastarse dentro de la historia, y como fue eliminado de ella, tuvo por fuerza que sufrir los infalibles sistemas de despotismo que le infligieron:
existencia oscura, vegetativa, que le permitió fortalecerse, acrecentar su energía,
acumular reservas y sacar de su esclavitud el máximo provecho biológico. Le ayudó la
ortodoxia popular, admirablemente articulada para mantenerlo fuera de los
acontecimientos, contrariamente a la ortodoxia oficial, que orientó el poder hacia
objetivos imperialistas. Doble cara de la Iglesia ortodoxa: por una parte trabajaba en el adormecimiento de las masas; por otra, auxiliar de los zares, despertaba en ellos la ambición y hacía posible inmensas conquistas en el nombre de una población pasiva.

Dichosa pasividad que aseguró a los rusos su predominio actual, fruto de su retraso
histórico. Favorables u hostiles, todas las empresas de Europa giran alrededor de ellos, y, al situarlos en el centro de sus intereses y de sus ansiedades, reconocen su dominio virtual. He ahí realizado, casi, uno de sus más antiguos sueños. El que lo hayan logrado bajo los auspicios de una ideología de origen extranjero agrega un suplemento paradójico y picante a su éxito. Lo que en definitiva importa, es que el régimen sea ruso y que esté enteramente dentro de las tradiciones del país. ¿Acaso no es revelador que la Revolución, salida en línea directa de las teorías occidentalistas, se haya orientado cada vez más hacia las ideas de los eslavófilos? Por otra parte, un pueblo no representa tanto una suma de ideas y de teorías como de obsesiones: las de los rusos, de cualquier parte que sean,
aunque no siempre son idénticas, guardan un parentesco. Tchadaev, que no encontraba
ningún mérito a su nación, o Gogol, que la escarneció sin piedad, estaban tan ligados a ella como Dostoievski. El más arrebatado de los nihilistas, Netchaiev, estaba tan
obsesionado por ella como Pobiedenestsev, violento reaccionario procurador del Santo
Sínodo. Sólo esta obsesión cuenta. Lo demás es pose.

Para que Rusia se ajustara a un régimen liberal, tendría que debilitarse
considerablemente, que extenuar su vigor, más aún: tendría que perder su carácter
específico y desnacionalizarse en profundidad. ¿Cómo lo conseguiría con sus recursos
interiores intactos y sus miles de años de autocracia? Y aun suponiendo que lo
consiguiera de golpe, se dislocaría de inmediato. Más de una nación, para conservarse y expandirse, tiene necesidad de una cierta dosis de terror. Incluso Francia sólo pudo enrolarse en la democracia a partir del momento en que sus resortes empezaron a
aflojarse, y en el que, no teniendo ya como objetivo la hegemonía, se aprestaba a
tornarse respetable y sensata. El primer Imperio fue su última locura. Después, abierta a la libertad, habría de asumirla dolorosamente a través de numerosas convulsiones, contrariamente a Inglaterra, que, ejemplo desalentador, se había habituado a ella desde hacía tiempo, sin roces ni peligros, gracias al conformismo y a la esclarecida estupidez de sus habitantes (no ha producido, que yo sepa, ningún anarquista).

A la larga, el tiempo favorece a las naciones encadenadas que, acumulando fuerzas e
ilusiones, viven en el futuro, en la esperanza; pero en libertad, ¿qué se puede esperar?, ¿o en el régimen que la encarna, hecho de disipación, de quietud y de ablandamiento? La democracia, maravilla que no tiene ya nada que ofrecer, es, a la vez, el paraíso y la tumba de un pueblo. La vida sólo tiene sentido gracias a la democracia, pero a la democracia le falta vida... Dicha inmediata, desastre inminente inconsistencia de un régimen al que no se adhiere uno sin enredarse en un dilema torturante.

Mejor provista, afortunadamente de manera distinta, Rusia no tiene por qué plantearse
estos problemas, ya que el poder absoluto es para ella, como ya señalaba Karamzine, «el fundamento mismo de su ser». Aspirar siempre a la libertad sin alcanzarla jamás, ¿acaso no es ésa su gran superioridad sobre el mundo occidental que, ay, ya la consiguió desde hace tiempo? No tiene, por otra parte, ninguna vergüenza de su imperio; por el contrario, sólo piensa en extenderlo. ¿Quién mejor que ella se apresuró a beneficiarse de las adquisiciones de los otros pueblos? La obra de Pedro el Grande, e inclusive la de la Revolución, forman parte de un parasitismo genial. Hasta los horrores del yugo tártaro soportó ingeniosamente.

Si al confinarse en un aislamiento calculado Rusia supo imitar a Occidente, también supo hacerse admirar y seducir los espíritus. Los enciclopedistas se encapricharon con las empresas de Pedro y de Catalina, igual que los herederos del Siglo de las Luces -hablo de los hombres de izquierda- habrían de encapricharse con las de Lenin y Stalin. Este fenómeno aboga en favor de Rusia, pero no en favor de los occidentales, quienes, complicados y asolados en la medida de sus deseos, y buscando el «progreso» en otra parte, fuera de sí mismos y de sus creaciones, se encuentran hoy paradójicamente más cerca de los personajes de Dostoievski que los propios rusos. Aunque cabe aclarar que de esos personajes sólo evocan el aspecto desfalleciente, pues no tienen ni sus extravagancias feroces ni su ira viril: son «poseídos» débiles a fuerza de raciocinios y de escrúpulos, roídos por remordimientos sutiles, por mil cuestionamientos, mártires de la duda, deslumbrados y anulados por sus perplejidades.

Cada civilización cree que su modo de vivir es el único bueno y el único concebible, y que tiene el deber de convertir al mundo a ese modo de vivir, o infligírselo; equivale, para ella, a una soteriología expresa o disfrazada; se trata, de hecho, de un imperialismo elegante que deja de serlo en cuanto va acompañado de la aventura militar. Un imperio no se funda únicamente por capricho. Sometemos a los otros para que nos imiten, para que tomen por modelo nuestras creencias y nuestros hábitos; viene después el imperativo perverso de hacerlos esclavos para contemplar en ellos el esbozo halagador o caricaturesco de uno mismo. Estoy de acuerdo en que existe una jerarquía cualitativa de imperios: los mongoles y los romanos no subyugaron a los pueblos por las mismas razones, y sus conquistas no tuvieron el mismo resultado. No obstante, ambos fueron igualmente expertos al hacer perecer al adversario reduciéndolo a su imagen y semejanza.

Ahora bien, ya sea que las haya provocado o padecido, Rusia no se ha contentado nunca
con desgracias mediocres. Lo mismo ocurrirá en un futuro. Se dejará caer sobre Europa
por fatalidad física, por el automatismo de su masa, por su superabundante y mórbida
vitalidad, tan propicia a la generación de un imperio (en el cual se materializa siempre la megalomanía de una nación), por esa salud tan suya, llena de imprevistos, de horror y de enigmas, destinada al servicio de una idea mesiánica, rudimento y prefiguración de conquistas. Cuando los eslavófilos sostenían que Rusia debía salvar al mundo, empleaban un eufemismo: no se lo salva sin dominarlo. Por lo que respecta a una nación, ésta encuentra su principio de vida en sí misma o en ninguna parte: ¿cómo podría ser salvada por otra? Rusia ha pensado siempre -al secularizar la lengua y la concepción de los eslavófilos- que le incumbe asegurar la salvación del mundo, la de Occidente en primer lugar, frente al cual, por otra parte, nunca ha experimentado un sentimiento claro, sino atracción o repulsión, celos (mezcla de culto secreto y de aversión ostensible) inspirados por el espectáculo de una podredumbre tan envidiable como peligrosa, cuyo contacto hay que buscar, pero mejor aún evitar.

Reacia a definirse y a aceptar límites, cultivando el equívoco en política, en moral y, lo que es más grave, en geografía, sin ninguna de las ingenuidades inherentes a los «civilizados», que se han vuelto opacos a lo real a causa de los excesos de una tradición racionalista, Rusia, sutil tanto por intuición como por experiencia secular del disimulo, quizás históricamente hablando sea un niño, pero de ninguna manera lo es psicológicamente. De ahí su complejidad de adulto con instintos jóvenes y viejos
secretos; de ahí también las contradicciones, llevadas hasta lo grotesco, de sus actitudes.

Cuando se le ocurre profundizar (y lo consigue sin esfuerzo), desfigura el menor hecho, la mínima idea. Se diría que tiene la manía de la gesticulación monumental. Todo es vertiginoso, horrible e inasible en la historia de sus ideas, revolucionarias o de cualquier índole. Es todavía un incorregible aficionado a las utopías; ahora bien, la utopía es lo grotesco en rosa, la necesidad de asociar la felicidad, es decir lo inverosímil, al devenir, y de llevar una visión optimista, aérea, hasta el límite en que se una a su punto de partida: el cinismo que pretendía combatir. En suma, un cuento de hadas monstruoso.

Que Rusia sea capaz de realizar su sueño de un imperio universal, es una eventualidad, pero no una certeza; por el contrario, es obvio que puede conquistar y anexionarse toda Europa, e incluso que lo hará, aunque sólo sea para tranquilizar al resto del mundo... Se satisface con tan poco. ¿Y acaso no es ésa una prueba de modestia, de moderación?: ¡un pedacito de continente! En la espera, lo contempla con el mismo ojo con que los mongoles contemplaron a China y los turcos a Bizancio, con la diferencia, no obstante, de que ya ha asimilado un buen número de valores occidentales, mientras que las hordas tártaras y otomanas no tenían sobre su futura presa más que una superioridad material.

Es sin duda lamentable que Rusia no haya pasado por el Renacimiento: todas sus
desigualdades vienen de ahí. Pero con su capacidad para quemar etapas será, dentro de
un siglo, o menos, tan refinada y vulnerable como lo es Occidente, quien ha alcanzado un nivel de civilización que sólo se sobrepasa descendiendo. Ambición suprema de la
historia: registrar las variaciones de ese nivel. El de Rusia, inferior al de Europa, sólo puede elevarse, y ella con él, o sea que está condenada a la ascensión. Sin embargo, ¿no se arriesga, a fuerza de subir, desbocada como está, a perder el equilibrio, a estallar y a arruinarse? Con sus almas modeladas en las sectas y en las estepas, da una singular impresión de espacio y de encierro, de inmensidad y de sofoco, de norte, en suma; pero de un norte especial, irreductible a nuestros análisis, marcado por un sueño y una esperanza que hacen temblar, por una noche rica en explosiones, por una aurora de la que se guardará memoria. Nada de la transparencia ni de la gratuidad mediterránea en esos hiperbóreos cuyo pasado y presente parecen pertenecer a una duración distinta a la nuestra. Ante la fragilidad y el renombre de Occidente experimentan un malestar, consecuencia de su tardío despertar y de su vigor desocupado: es el complejo de inferioridad del fuerte... Lo vencerán, lo superarán. El único punto luminoso en nuestro futuro es su secreta y crispada nostalgia por un mundo delicado, de encantos disolventes.

Si acceden a él (así se presenta el evidente sentido de su destino), se civilizarán a
expensas de sus instintos, y, perspectiva regocijante, conocerán también el virus de la libertad.

Mientras más se humaniza un imperio, más se desarrollan en él las contradicciones que
lo harán perecer. De actitudes heteróclitas, de estructura heterogénea (al contrario de una nación, realidad orgánica), el imperio necesita para subsistir del principio cohesivo del terror. ¿Que se abre a la tolerancia?: destruirá entonces su unidad y su fuerza, y tal tolerancia actuará como un veneno mortal que él mismo se habrá administrado. Y es que la tolerancia no es únicamente el pseudónimo de la libertad, sino también el del espíritu; y el espíritu, más nefasto aún para los imperios que para los individuos, los corroe, compromete su solidez y acelera su desmoronamiento. También constituye el instrumento que una providencia irónica emplea para golpearlos.

Si nos entretuviéramos, a pesar de lo arbitrario de la tentativa, estableciendo en Europa zonas de vitalidad, comprobaríamos que mientras más nos acercamos al Este, más se agudiza el instinto, y que decrece a medida que nos dirigimos hacia el Oeste. Los rusos no tienen la exclusividad del instinto, aunque las demás naciones que lo poseen
pertenecen, en grados diversos, a la esfera de la influencia soviética. Esas naciones no han dicho aún su última palabra; algunas, como Polonia o Hungría, tuvieron en la historia un papel nada deleznable; otras, como Yugoslavia, Bulgaria y Rumania, habiendo vivido en la sombra, no conocieron más que sobresaltos sin mañana. Pero cualquiera que haya sido su pasado, e independientemente de su nivel de civilización, todas disponen aún de un fondo biológico que en vano buscaríamos en Occidente.

Maltratadas, desheredadas, precipitadas a un martirio anónimo, descuartizadas entre el desamparo y la sedición, quizá conocerán en el futuro una compensación a tantos infortunios, humillaciones e incluso cobardías. El grado de instinto no se aprecia desde el exterior; para medir su intensidad hay que haber recorrido o adivinado esos países, los únicos en el mundo en creer todavía, en su bella ceguera, en los destinos de Occidente. Imaginemos ahora nuestro continente incorporado al imperio ruso, imaginemos después a este imperio, demasiado vasto, debilitándose y desmembrándose con, como corolario, la emancipación de los pueblos: ¿quiénes de entre ellos tomarán la delantera y aportarán a Europa ese incremento de impaciencia y de fuerza sin el cua1 una irremediable parálisis la acecha?

No sabría dudar: son los países que he mencionado. Dada la reputación que tienen, mi
afirmación parece risible. Europa central pase, me dirán, pero, ¿y los Balcanes? No quiero defenderlos, pero tampoco quiero callar sus méritos. Ese gusto por la devastación, por el desorden interior, por un universo semejante a un burdel en llamas, esa perspectiva sardónica sobre cataclismos fracasados o inminentes, esa acritud, ese ocio de insomnes o de asesinos, ¿acaso no son una rica y pesada herencia que beneficia a sus poseedores? Y como además adolecen de un «alma», prueban, por lo mismo, que conservan un resto de salvajismo. Insolentes y desolados, quisieran revolcarse en la gloria cuyo apetito es inseparable de la voluntad de afirmación y de hundimiento, de la propensión hacia un rápido crepúsculo. Si sus palabras son virulentas, sus acentos inhumanos y a veces innobles, es porque mil razones los empujan a vociferar más alto que esos civilizados que han agotado sus gritos. Únicos «primitivos» en Europa, le darán quizás un nuevo impulso; impulso que Europa considerará su última humillación. Y, no obstante, si el sureste fuera sólo horror, ¿por qué cuando uno lo abandona y se encamina hacia esta parte del mundo, se siente como si cayera -admirablemente por cierto- en el vacío?

La vida profunda, la existencia secreta de los pueblos que, teniendo la inmensa ventaja de haber sido hasta ahora relegados por la historia, pudieron capitalizar sueños, esa existencia escondida, abocada a las desdichas de una resurrección, comienza más allá de Viena, extremidad geográfica del doblegamiento occidental. Austria, cuyo desgaste se acerca al límite del símbolo o de lo cómico, prefigura el destino de Alemania. No más desvíos de envergadura entre los germanos, ni más misión ni frenesí, nada que los haga atractivos u odiosos. Bárbaros predestinados, destruyeron el Imperio romano para que Europa pudiera nacer; ellos la hicieron, a ellos les correspondía deshacerla; junto a ellos se tambalea y sufre el rebote de su agotamiento. El dinamismo que aún les queda, ya no posee lo que esconde o justifica toda energía. Abocados a la insignificancia, helvetas en ciernes, fuera para siempre de su habitual desmesura, reducidos a rumiar sus virtudes degradadas y sus vicios disminuidos, con el recurso, como única esperanza, de ser una tribu cualquiera, los germanos son indignos del temor que aún puedan inspirar: creer en ellos o tenerles miedo es hacerles un honor que de ninguna manera merecen. Su fracaso fue providencial para Rusia. De haber tenido éxito, Rusia hubiera sido alejada de sus miras por lo menos un siglo más. Y no podían triunfar pues alcanzaron la cima de su poderío material en el momento en que no tenían nada que proponernos, cuando eran
fuertes, y estaban vacíos. La hora ya había sonado para los otros. «¿Acaso no son los
eslavos antiguos germanos, en relación al mundo que se va?», se preguntaba Herzen
hacia mediados del siglo pasado, el más clarividente y el más desgarrado de los liberales rusos espíritu de interrogantes proféticos, hastiado de su país, decepcionado de Occidente, tan inepto para instalarse en una patria como en un problema, aunque le gustara especular sobre la vida de los pueblos, materia vaga e inagotable, pasatiempo de emigrados. Los pueblos, no obstante, según otro ruso, Soloviev, no son lo que imaginan ser, sino lo que Dios piensa de ellos en la eternidad. Ignoro las opiniones de Dios sobre germanos y eslavos; sin embargo, sé que favoreció a estos últimos, y que es tan inútil felicitarlo como condenarlo.

Hoy está zanjada la pregunta que tantos rusos se planteaban en el siglo pasado sobre su país: «¿Ese coloso ha sido creado para nada?». El coloso tiene un sentido, ¡y qué sentido! Un mapa ideológico revelaría que se extiende más allá de sus límites, que establece sus fronteras donde le viene bien, donde le da la gana, y que su presencia evoca por todas partes, no tanto la idea de una crisis como la de una epidemia, saludable a veces, nociva a menudo, fulgurante siempre.

El Imperio romano fue obra de una ciudad; Inglaterra fundó el suyo para remediar lo
exiguo de su isla; Alemania intentó levantar uno para no ahogarse en un territorio
superpoblado. Fenómeno sin paralelo, Rusia iba a justificar sus designios de expansión en nombre de su inmenso espacio. «Desde el momento en que tengo suficiente, ¿por qué no tener demasiado?», ésa es la paradoja implícita en sus proclamas y en sus silencios. Al convertir lo infinito en categoría política, iba a trastornar el concepto clásico y los marcos tradicionales del imperialismo, y a suscitar a través del mundo una esperanza demasiado grande como para que no degenerara en confusión.

Con sus diez siglos de terrores, de tinieblas y de promesas, era más apta que cualquier otra nación para compaginar con la faceta nocturna del momento histórico que atravesamos. El apocalipsis le sienta de maravilla, está habituada a él y le gusta, se ejercita en él hoy más que nunca, ya que ha cambiado visiblemente de ritmo. «¿Haciadónde te apresuras de esa manera, oh Rusia?», se preguntaba ya Gogol, que había percibido el frenesí que se escondía bajo su aparente inmovilidad. Hoy sabemos hacia dónde corre, sabemos sobre todo que, a imagen de las naciones con destino imperial, está más impaciente por resolver los problemas ajenos que los suyos propios. Es decir que nuestra carrera en el tiempo depende de lo que decidirá o llevará a cabo: tiene entre sus manos nuestro porvenir... Afortunadamente para nosotros, el tiempo no agota nuestra sustancia. Lo indestructible, lo que se encuentra más allá, es concebible: ¿en nosotros?, ¿fuera de nosotros? ¿Cómo saberlo?

En el punto en que las cosas se encuentran sólo merecen interés las cuestiones de estrategia de metafísica, aquellas que nos limitan a la historia y las que nos apartan de ella: la actualidad y el absoluto, los periódicos y los Evangelios... Vislumbro el día en que ya sólo leeremos cables telegráficos y plegarias. Hecho sobresaliente: mientras más nos absorbe lo inmediato, más sentimos
necesidad de llevarle la contra, de forma que, en el interior del mismo instante, vivimos dentro y fuera del mundo. De la misma manera, ante el desfile de los imperios, no nos queda más que buscar un término medio entre la mueca y la serenidad.



1957

sábado, marzo 10, 2012

EL CANTOR por GOTTFRIED BENN



Gérmenes, génesis de nociones,
Broadways, azimutes,
seres del turf y de la niebla
mezcla el cantor en su sangre,
siempre en la conformación,
siempre hacia las palabras,
para olvidar la grieta
entre el Tú y el Yo.
Lira neurótica,
pálida hiperemia,
velos de presión sanguínea
por medio de cafeína,
nadie puede medir
esto: lo siguiente,
el eterno olvido
entre el Tú y el Yo.
Si una vez el cantor
obró con dualidad,
hoy obra el estallido
por los principios de la mente,
puntual teje en el todo,
urgiendo hacia el sueño del poema
sus grávidas sustancias
rara y lentamente a la nada.

PSICOLOGIA CON P por ERNESTO SABATO



Al corregir las pruebas de galera de un libro mio me sorprendí al advertir la grafía
"sicológico", donde yo habia puesto "psicológico". Porque aun cuando una editorial se
haya jurado una determinada política lingüística, no puede imponérsela a los
escritores, que generalmente tienen sus propias ideas sobre el idioma. No ya la
dirección de una editorial sino tampoco la propia Real Academia de Madrid tiene
derecho a hacerlo, pues al fin de cuentas las normas de ese cuerpo son la
consagración de las modalidades impuestas por el pueblo y los escritores.

¿Qué argumentos se pueden oponer a la grafía psi? No, por supuesto, la fonética,
ya que la gente culta generalmente la pronuncia así. Y en el caso de que no se la
pronunciase, tampoco es un argumento, porque si fuéramos a caer en la locura de
escribir las palabras tal como se pronuncian tendríamos que poner payasadas como
sológico, asaña y rebolusión, al menos en Buenos Aires.

Por lo demás, que en ningún idioma hay correspondencia entre el lenguaje
hablado y el escrito, puesto que el escrito esta fijado por los textos y aquél va
cambiando en el espacio y en el tiempo. En alguna parte y en alguna época se
pronunciaba o pronuncia "bosque", pero hoy aquí en Buenos Aires decimos "bojque";
del mismo modo, supongo, que en algún tiempo en Francia se decía "mesme", para
luego derivar hacia "mejme", y luego a "mehme", para terminar escribiéndose
"meme" donde el acento circunflejo indica que allí hubo alguna vez una perecedera
ese. Si el lenguaje escrito fuese alterado cada vez que el pueblo y las costumbres
fonéticas cambian, sería cosa de no acabar, y una forma más demencial de dividir el
territorio lingüístico en parcelas liliputienses: ya que habría que usar una forma para
Buenos Aires, con sus "bojques" y "yubias", y otra para Santiago del Estero, con sus
"bosques" y "iubias". Pero qué digo, habría que establecer una lengua para el Barrio
Norte de Buenos Aires y otra para La Boca.

Todo idioma se aleja de lo escrito. Y algunos, como el inglés, que allí donde
escriben Londres pronuncian Constantinopla. Esos investigadores que andan con
grabadores han contado no menos de veinte formas de pronunciar la letra o, entre
las cuales la más sorprendente es la que figura en la palabra women.

La lengua oral es tan voluble que a veces hasta imita a la escrita, lo que ya es el
colmo de vuelta. Así, antes del Renacimiento se escribia y se pronunciaba "oscuro";
pero los eruditos de la época, por escrúpulo etimológico, apuntalaron la palabra con
una b. Podría haberse mantenido muda, como corresponde a una momia o un fósil.

Pero las enérgicas educadoras lograron que los chicos pronunciaran finalmente
"obscuro". Lo que, por supuesto, y si se dejan de lado los golpes, nada tiene de
dramático; hay que tomarlo ahora como una costumbre más y no hacer tanto
escándalo. De modo que si a un escritor se le da la real gana de escribirlo sin b, hay que respetarlo. Y si no se lo respeta, hay que protestar. Que es exactamente lo que le pasó a Unamuno cuando un pedante corrector le puso en una de sus pruebas:
"¡Ojo! ¡Obscuro!", corrigiendo lo que había escrito don Miguel. A lo que, tachando
enérgicamente la insolencia, contestó, también al margen: "¡Oreja! ¡Oscuro!

RESPUESTA DE LA TIERRA por WILLIAM BLAKE



La Tierra alzó su cabeza
desde la tiniebla pavorosa, lúgubre.
Carente de luz,
pétreo espanto.
Con su cabellera cubierta de gris
desesperación.
"Aprisionada en la costa empapada,
un centelleo celoso custodia mi
escondrijo
frío y helado,
y entre lágrimas
escucho al Padre de los hombres
antiguos.
¡Padre egoísta de los hombres!
¡Miedo cruel, celoso y egoísta!
¿Puede el deleite
encadenado a la noche
generar a las vírgenes de la juventud
y la mañana?
¿Acaso la primavera oculta su alegría
cuando crecen los pimpollos y los
capullos?
¿Acaso el sembrador
siembra por la noche,
o ara el labrador a oscuras?
Rompe esta pesada cadena
que congela todos mis huesos.
¡Egoísta, fútil!
¡Ruina eterna!
Que al libre Amor esclavizaste."

CARTAS DEL YAGE por WILLIAM BURROUGHS




Hotel Niza, Pasto, 30 de enero.


Querido Al:

Tomé el ómnibus hasta Cali porque el auto-ferro estaba completo
durante unos cuantos días. Los policías revisaron el ómnibus varias veces y a
todos los que estaban dentro. Yo llevaba un revólver metido bajo los
medicamentos, pero en esas paradas sólo me revisaron a mí. Es evidente que
quienquiera que llevase armas eludiría esas paradas o pondría las armas donde
esos descuidados policías no las buscaran. Todo cuanto consiguen con el
sistema actual es molestar a los ciudadanos. No he conocido nunca a nadie en
Colombia que hable bien de la Policía Nacional.
La Policía Nacional es la Guardia del Palacio del Partido
Conservador (el ejército cuenta con un buen porcentaje de liberales y no
merece completa confianza). Querido, la P.N., es el cuerpo de jóvenes más
unánimemente horroroso sobre el que jamás haya puesto los ojos. Son algo así
como el resultado final de las radiaciones atómicas. En Colombia hay millares
de esos extraños y rústicos jóvenes; sólo he visto a uno que pudiera
considerarse elegible y ése tenía el aire de sentirse incómodo en su puesto. Si
algo bueno puede decirse de los Conservadores no lo he oído. Son una
impopular minoría de repelentes soretes.
El camino cruza las montañas y baja luego a la curiosa región
intermedia de Tolima, en el límite de la zona de combate. Árboles, llanuras,
ríos y más y más Policía Nacional. La población cuenta con algunos de los
individuos mejor parecidos y algunos de los más feos que haya visto. La
mayoría de ellos parecen no saber nada mejor que hacer que contemplar el
ómnibus y a los pasajeros, y en especial al gringo. Se me quedaban mirando
hasta que por fin yo sonreía o saludaba con la mano, para entonces responder
con esa sonrisa desdentada y rapaz que recibe el norteamericano en toda
América del Sur.
"Hola, Míster, ¿un cigarrillo?"
En un pueblo caluroso y polvoriento donde nos detuvimos a tomar
un café vi a un muchacho de delicados rasgos cobrizos, una boca suave,
hermosa, y dientes bien separados, con unas encías rojas y brillantes. Sobre la
frente le caían unos hermosos cabellos negros. De toda su persona se
desprendía una tierna inocencia masculina.
En uno de los puestos aduaneros me encontré con uno de la Policía
Nacional que había peleado en Corea. Abriéndose la camisa, me mostró las
cicatrices sobre su poco apetecible cuerpo.
"Me gustan ustedes, muchachos", dijo.
Nunca me siento halagado por esa simpatía promiscua hacia los
norteamericanos. Es ofensiva para la dignidad personal, y nada bueno puede
esperarse de esos simpatizantes de los Estados Unidos.
Al atardecer compré una botella de coñac y me emborraché con el
conductor del ómnibus. Me quedé en Armenia y al día siguiente seguí para
Cali en el autoferro.
Con una vegetación semitropical de bambúes, bananeros y papayas.
Cali es una ciudad relativamente agradable, con un buen clima. Aquí no se
siente la tensión. Cali tiene una tasa elevada de crímenes auténticos, no
políticos. Hasta violación de cajas de caudales. (En América del Sur son raros
los delincuentes en gran escala.)
Estuve con algunos antiguos residentes estadounidenses que me
dijeron que el país está a la miseria.
"Odian la sola vista de un extranjero, aquí abajo. ¿Sabe por qué? La
culpa de todo la tiene el Punto cuarto y esa tontería de la buena vecindad y de
la ayuda financiera. Si se le da algo a esta gente, en seguida piensan ¡aja, es
que me necesitan! Y cuánto más se da a esos hijos de puta, peores se ponen."
He oído este tipo de comentarios de viejos residentes en toda
América del Sur. No se les ocurre pensar que algo más fundamental que las
actividades del Punto cuarto está en juego. Como los partidarios de Pegler en
los Estados Unidos, que dicen: "Lo malo está en los sindicatos". Y lo seguirán
diciendo mientras escupan sangre atacados por las radiaciones. O en vías de
convertirse en crustáceos.
Sigo camino a Popayán por el autoferro. Esta es una tranquila
ciudad universitaria. Algunos me habían dicho que era un lugar lleno de
intelectuales pero yo no he visto ninguno. Una curiosa hostilidad negativista
domina en la ciudad. Mientras caminaba por la plaza mayor un hombre me
llevó por delante sin pedir disculpa, la cara impávida, catatónico.
Estaba en un bar, tomando un café, cuando un hombre joven con
arcaico rostro judeoasirio, se me acercó y me soltó una larga tirada acerca de
cuánta era su simpatía por los extranjeros y cuanto sería su placer en invitarme
con una copa o por lo menos con un café. Mientras decía todo esto, resultaba
evidente que ni le gustaban los extranjeros ni tenía la intención de convidarme
con un trago. Pagué mi café y me fui.
En otro café estaban jugando a algo parecido al "bingo". Entró un
hombre lanzando unos curiosos ladridos de imbécil hostilidad. Nadie levantó
la mirada del juego.
Frente a la oficina de correos había afiches del Partido Conservador.
Uno de ellos decía: "Campesinos, el ejército lucha por vuestro bienestar. El
crimen degrada al hombre y luego su conciencia le impide vivir. El trabajo lo
eleva hacia Dios. Cooperad con la policía y los militares. Ellos sólo necesitan
vuestras informaciones". (El subrayado es mío.)
Es vuestro deber abandonar la guerrilla, trabajar, saber cuál es
vuestro lugar y escuchar al cura. ¡Qué mentiras tan viejas! Como si trataran de
vender el Puente de Brooklyn. No son muchos los que caen. La mayoría de los
colombianos son liberales.
Los agentes de la Policía Nacional andan con la cabeza baja por los
rincones, incómodos y molestos, a la espera de poder disparar contra alguien o
hacer cualquier cosa antes que estarse allí bajo las miradas hostiles. Tienen un
gran camión celular gris que da vueltas y vueltas por toda la ciudad, sin nadie
adentro.
Salí caminando de la ciudad, por un camino polvoriento. Tierras
onduladas de hierba verde, vacas, ovejas y pequeñas granjas. En el camino
encontré una vaca terriblemente enferma, cubierta de polvo. AI costado del
camino un altar con el frente de vidrio. Los terribles rosados, azules y
amarillos del arte religioso.
Vi una película corta sobre un cura de Bogotá que dirige un horno
de ladrillos y fabrica casas para los trabajadores. El corto muestra al cura
acariciando los ladrillos y dando palmaditas en el hombro a los obreros y en
general repitiendo la misma mentirosa representación católica. Un tipo flaco
con ojos delirantes de neurótico. Al final pronuncia un discurso cuya moraleja
es: Dondequiera que uno encuentra progreso social o buen trabajo o cualquier
cosa buena, allí se encontrará a la Iglesia.
Su discurso no tenía nada que ver con lo que realmente estaba
diciendo. Era imposible no percibir la hostilidad neurótica de sus ojos, el
miedo y el odio a la vida. Allí sentado, con su uniforme negro, se revelaba
claramente como el abogado de la muerte. Un hombre de negocios sin la
motivación de la codicia, una cancerosa actividad estéril y mortal. Fanatismo
sin fuego, o una energía que exuda un mohoso olor a podredumbre espiritual.
Parecía enfermo y sucio —aunque supongo que en realidad estaba limpio—
con un vago aspecto de dientes amarillos, ropa interior sucia y trastornos
hepáticos psicosomáticos. Me pregunto cuál podrá ser su vida sexual.
Otro corto mostraba una reunión del Partido Conservador. Todos
parecían congelados, como una costra helada sobre el país. La audiencia
guardaba un completo silencio. Ni un solo murmullo de aprobación o de
disentimiento. Nada. Propaganda desnuda que moría en un silencio mortal.
Al día siguiente tomé un ómnibus para Pasto. La entrada a esa
ciudad fue como un golpe en el estómago, un impacto físico de depresión y
horror.
Altas montañas todo alrededor. Aire enrarecido. Los habitantes que
espiaban desde chozas techadas con paja, los ojos enrojecidos por el humo. El
hotel estaba dirigido por un suizo y era excelente. Anduve caminando por la
ciudad. Gente fea de aspecto piojoso. Cuanto más alto llegaba uno, más feos
eran los ciudadanos. Esta es una zona de leprosos. (En Colombia, la lepra
prevalece en la alta montaña, la tuberculosis en la costa.) Parecía que de cada
dos individuos, uno tenía labio leporino, una pierna más corta que la otra o un
ojo ciego ulcerado.
Entré en una cantina y tomé aguardiente y puse música de las sierras
en la máquina automática, Hay algo arcaico en esa música que resulta
extrañamente familiar, muy antiguo y muy triste. Indudablemente no tiene
origen español, ni tampoco es oriental. Música de los pastores tocada en un
instrumento de bambú parecido a una flauta de Pan, preclásico, etrusco quizá.
Una música similar he oído en las montañas de Albania, donde subsisten
elementos raciales pre-griegos, ilirios. Esa música traía una nostalgia
filogenética, ¿de la Atlántida?
Detrás del mostrador del bar vi trabajando a alguien que al principio
me pareció un muchacho atrayente, de unos catorce años (el lugar estaba
medio a oscuras debido a una falla en la electricidad). Cuando me acerqué al
mostrador para observarlo de más cerca, vi que la cara era vieja y que el
cuerpo estaba hinchado de agua y algo fofo, como un melón podrido.
En la mesa próxima estaba sentado un indio que buscaba algo en sus
bolsillos, los dedos adormecidos por el alcohol. Le llevó varios minutos sacar
unos billetes arrugados —lo que mi abuela, prohibicionista furiosa, solía
llamar "plata sucia"—, nuestras miradas se cruzaron y ensayó una torcida
sonrisa. "¿Qué otra cosa puedo hacer?"
En un rincón un indio joven toqueteaba a una puta, una mujer
horrible con una cara de maldad bestial y el vestido rosado pálido de la
profesión. Por fin la mujer se zafó y salió. El indio la miró alejarse en silencio
sin enojarse. Se había marchado y no había nada más que hacer. Se acercó al
borracho, lo ayudó a ponerse de píe y juntos se fueron a pasos desiguales con
la dulce y triste resignación del indio serrano.
Schindler me había dado una carta de presentación para un alemán
que tiene una bodega en Pasto. Lo encontré en un cuarto lleno de libros, con
dos estufas eléctricas. La primera calefacción que he visto en Colombia. Tenía
la cara delgada y sufrida, la nariz marcada y una boca que se curvaba hacia
abajo, una boca de opio. Estaba muy enfermo. El corazón mal, los riñones
mal, presión alta.
"Y solía ser un roble", dijo quejosamente. "Lo que tengo que hacer
es ir a la Clínica Mayo. Aquí un médico me dio una inyección de yodo que me
alteró todo el metabolismo. Si como cualquier cosa con sal los pies se me
hinchan así."
Sí, conocía bien el Putumayo. Le pregunté por el yagé.
"Sí, he enviado muestras a Berlín. Las examinaron y según el informe su
efecto es igual al del haschish. .. hay un insecto en el Putumayo, no recuerdo
como lo llaman, como un saltamontes grande, un afrodisíaco poderoso, si se
posa sobre uno y no se consigue una mujer en seguida, uno muere. Los he
visto correr escapando del contacto con ese bicho... Por algún lado tengo uno
en alcohol... no, ahora recuerdo que se perdió cuando me mudé aquí después
de la guerra... Otra cosa acerca de la cual estuve tratando de conseguir datos.. .
una enredadera que hace caer todos los dientes si se la mastica."
"Ideal para gastarles una broma a los amigos", dije.
La criada trajo una bandeja con el té, pumpernickel y manteca dulce.
"Odio este lugar, pero ¿qué puede hacer uno? Tengo negocio aquí.
Mi mujer. Estoy clavado."
Saldré de aquí en los próximos días para Macoa y el Putumayo. No
escribiré desde allí porque más allá de Pasto el servicio de correos es muy
inseguro, ya que depende sobre todo de los conductores de ómnibus y de los
camioneros. Son más las cartas que se pierden que las que llegan. Esas gentes
no tienen idea siquiera de lo que es la responsabilidad.


Tuyo


Willy Lee

DEJE DE MIRARME LAS TETAS,SEÑOR por CHARLES BUKOWSKI



Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste,
y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste.
No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un
segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre
de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más
hombres blancos.
Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus
pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además
muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en
llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las
mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra
caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos
radiantes dientes amarillentos.
Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los
infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos.
Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a
decir:
—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño
hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy
Joe, no me salves! ¡Aaah!
Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y
entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de
tocino, judías y galletas.
Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la
pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con
un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.
—¡Eh, chico! —dijo.
El chico no contestó.
—Te estoy hablando, chaval...
—Chúpame el culo —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Chúpame el culo.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Niño».
—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una
sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su
caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita,
con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo
después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se
puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos
follamadres con los calzoncillos sucios.
—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.
El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en
una plasta de queso suizo.
—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y
poniendo cachondo al sol—. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos
posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas
gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
—Nos uniremos —dijo el Niño.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Rocío de Miel —dijo el Niño.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la
mierda a hostias.
Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en
Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big
Bart le puso una argolla en la nariz...
Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus
ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se
cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo
cocinero indio.
Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos.
Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la
carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel
estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.
—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a
Big Bart—. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
—Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre
es que después del período me pongo cachonda.
—Escucha, nena...
—¡Que te den por el culo!
—Escucha, nena, contempla...
Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba
de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante
cayeron al suelo.
Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato
dijo:
—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira
esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Yo amo al Niño, Big Bart.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!
La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.
—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un
trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel
gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se
vio arrastrado rudamente hacia atrás.
ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.
—Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales
afuera, arreglaremos el resto...
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de
la piel —dijo el Niño—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero
cenar. Cazar búfalos abre el apetito...
Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa
vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando,
masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una
fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una
confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes.
Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky,
bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.
—Mira, Niño...
—¿Sí, hijoputa...?
—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de
otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
—Niño...
—¡Aléjate y listo para disparar!
Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste
oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las
carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.
Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.
—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio
rijoso.
Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un
rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.
—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—. ¡DESENFUNDA!
La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el
crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la
carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart
enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.
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