lunes, abril 29, 2013

¿POR QUÉ DIOS ES AMOR, JACK? por ALLEN GINSBERG



Porque recuesto mi
cabeza en almohadas,
Porque lloro en la
tumba del estudio
Porque mi corazón
se hunde bajo mi ombligo
porque tengo una
vieja y airosa barriga
llena de suaves
suspiros, y
recordados pechos
sollozos — o
un toque de manos
enternece —
Porque me da miedo —
Porque levanto la
voz cantando a
mi querido yo —
Porque os amo
querido, mi
otro, mi novia
viva
mi amiga, mi viejo señor
de suaves y tiernos ojos —
Porque estoy en el
Poder de la vida ; no
puedo sino someterme
al sentimiento de que
Yo soy El que se ha
Perdido
Buscando hasta buscar la
emoción — deliciosa
felicidad en el
corazón abdomen espalda
 muslos
Sin rechazar estos
38 años 145 lb. cabeza
brazos pies de carne
Sin despreciar una sola
uña Whitmaniana
Sin desterrar proféticamente
ni un pelo al Infierno
sin remordimientos,
Porque envuelto en maquinaria
Confieso mi deseo avergonzado.

Editors-bones- subtitulos en español (version carretera de noche en moto)


Editors Munich Sub. Ingles y español


Editors An End Has A Start (Subtitulada Al Español)


Talk Talk - Dum Dum Girl


domingo, abril 28, 2013

Talk Talk - Dum Dum Girl (traducción y nota explicativa)



Dum, the dum dum girl
The dum dum girl, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

Another sigh with no regret

More coins inside her hands

One time to learn respect


Now mercenary she stands

I'm no boy


Stealing pennies from the poor

Break it down

Can't you see she's

Dum, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

Another hand upon her hair

Time probably erased

Distaste and so she's left

Where guilt is out of place

I'm no boy

Stealing pennies from the poor

Break it down

Can't you see she's

Dum, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

The dum dum girl, the dum dum girl

I'm no boy

Stealing pennies from the poor

Break it down

Can't you see she's



TRADUCCION

Dum, la chica dum dum

dum dum La chica, la chica dum dum

dum dum La chica, la chica dum dum

dum dum La chica, la chica dum dum

Otro suspiro sin lamento

más monedas en sus manos

Una vez que aprendan a respetar

Ahora mercenaria, se pone de pie

No soy un niño

robando monedas a los pobres

Rómpela


No puedes ver que ella es...

Dum, la chica dum dum

dum dum La chica, la chica dum dum

dum dum La chica, la chica dum dum

dum dum La niña, la chica dum dum

Otra mano sobre su cabello

Tiempo probablemente borrará

hastío y por eso ella lo dejará

Dónde culpa está fuera de lugar

No soy un niño

robando monedas a los pobres

Rómpela

No puedes ver que ella es...

Dum, la chica dum dum

dum chica dum, dum dum la chica




DUM DUM (Nota explicativa)

Dum-Dum es una población hindú cercana a Calcuta fundada 
en 1783  en la que los ingleses tenían un arsenal e industria 
metalúrgica a finales el siglo XIX, en pleno apogeo de su 
imperio victoriano. En dicho arsenal estaba destinado el 
entonces capitán de la Artillería Real Neville Sneyd Bertie-
Clay, el cual creó un cartucho con munición expansiva 
pensando, como hicieron los yankees cuando desarrollaron el 
.45 ACP, en dotar a las tropas de una bala capaz de hacer 
mucho más daño que una convencional debido al fanatismo de 
los rebeldes con los que se solían enfrentar, generalmente 
hasta las cejas de drogas de todo tipo y a los que un balazo 
normal ni los inmutaba. Así, en 1896, se creó el cartucho 
modelo Mk. II en calibre .303 British para el fusil Lee-
Metford reglamentario en aquel momento, el cual podemos 
ver en la foto de la izquierda. Su estreno tuvo lugar en las 
expediciones llevadas a cabo en Chitral y Tirah durante los 
años 1897 y 1898.


Esta interesante información , nos lleva a colegir , que la 
chica de esta canción es tanto o más dañina que una  bala 
dum dum.


sábado, abril 27, 2013

David Bowie - Life On Mars? (sub. Español)


EUFORIA II por MARCOS ACOSTA



II
Escribir es una debilidad fuerte.
La poesía es la lengua floja de los afectados
que rinden culto a la motricidad de los dedos,
el enturbiado escepticismo que recaucha y
ensalza y discrimina… que saca una foto
a lo que se nos muestra abrazado junto
a la palabra dignidad, como dos buenos
amigos que se inmortalizan en un rollo
de fotos;
los rescatadores del quejido y del grito,
exageradores por antonomasia
y estiradores de cuero,
expansionistas dilatadores
y propulsores de ciertas cosas, representantes
del cuerpo y viceversa,
auspiciadores de tripas y neuronas,
condensadores y hacedores de lluvia de los humores,
arquitectos del gusto, abogados improvisadores
de nuestras sospechas y nuestras ingenuidades.
Creadores de lo que se nos venga en gana y sintamos
que merecen un lugar en el río lila de la región
de los árboles procesados que a nuestros ojos
son culpables de ser más fuertes que el calcio.

LOVECRAFT AMA LAS ARMAS


KAFKA EL SUCIO


LUCYBELL - Tu sangre


GREGORI EFIMOVICH II por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Al saber
El amargo concepto
De que  Dios está en nosotros
Corrí
Temí de Dios como un  sicario
Contratado  por el universo

Por eso huyo
Y huyo a la cresta
De aquel que intenta reflejarse
Asi descubro la verdadera cara de Dios

Dios dice
Que miento
Sin leer mi corazón
A dios le importa un pico
Si digo la verdad o no

A nadie le importa si la digo

Así los espejos son la daga más precisa para herir
Este sagrado corazón  abrazado a espinas

Me arrastro en las piedras
Me hiero estos pezones tiernos
Esta piel delgada como hoja
De papel arroz
El universo busca venganza
Y me oculto en el bosque
En las piedras en las raíces
Como buscando
Como anhelando
Un refugio
Que no existe ni existirá

El mundo me ve
Como en un coliseo
Y los leones me presienten

Caminando de puntillas
En medio
Del bosque y caigo
De bruces

Dios mora en nosotros

Y lloro porque soy una bestia
Un monstruo
Porque soy sólo un animal

Lucybell - Sembrando en el mar


GREGORI EFIMOVICH por EDUARDO J.FARIAS ALDERETE




Soy un monstruo
Y no dudaste en pensarlo
Un demente
Con un séquito que le odia

De pequeño comprendi
Que los abandonos
Templan el espíritu
Como el acero se templa
Y hiere

Hay que dolerse
Para poder burlarse
De sí mismo
Que los demás se burlen de ti
Y hablen a tus espaldas
Llegue a ser un mísero detalle

Me río de la nobleza
He olvidado  a la
Águila bicéfala imperial
Y las cruces son sólo ornamento vil

Abro mi camisa negra
Muestro mi pezón tierno
Y allí está
El sagrado corazón
Latiendo entre espinas

Debes saber que nadie
Se deja embaucar
Sin desearlo

Soy un monstruo y un demente
Sólo por desear
Tener una verga en cada dedo
Once vergas activas
Y olvidar lo que el
Amor significa…
Es tan fácil que te detesten
Y dejar que las habladurías
Surquen los cielos ensuciando
Tu honor
He reído-

Sólo he deseado
Tener vergas en los dedos
Mil lenguas desde mis extremidades
Un monstruo

No confundir la violencia con vehemencia
Sólo los limitados las confunden

Al czar me lo paso por la raja
Los demás que hablen de mi




EL LUGAR DONDE INCLINO LA CABEZA, DE PAULA BECQUER: LA METAFISICA LUCIDEZ FEMENINA por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



La cosmovisión poética de Paula Becquer no puede separarse del espacio tiempo, en el fondo esta metafísica poética explora en cada verso una faceta de la realidad cercana pero de tintes individuales.
Su oficio es esmerado y se basa en su mayoría en sentidos contrapuestos de los elementos comunes en una bella y femenina retórica, hay una fuerza vital, enérgica y cotidiana, enmarcada en una musicalidad propia.
Me fijo en la metafísica, algo netamente filosófico, pero no por eso No-poético que se aplica perfectamente de fondo y de forma, esto se mezcla de manera equilibrada con el pathos femenino universal.
Estos son elementos y rasgos dignos de tomar en cuenta pero lo que  define su arte poética  es que la musicalidad no se sacrifica en ningún lapso el ritmo en pos de utilizar alguna imagen elaborada y muy definida, la lógica se casa con la belleza y lo cotidiano con lo elevado del espíritu para generar la vox poética de Paula Becquer:
“Parecen voces que despistan los inviernos
que llegan rojos de provisiones y enredan la lengua
juzgando por partes la verdad y enmudecen la mentira.
Vive de acentos que en la inseguridad desata
son pausas de un lado indefinido
y sujetan el corazón en hilos transparentes
envolviendo el porcentaje en inquietas esperas
que lleva un nombre tras la puerta.”

Las  imágenes que marcan una preponderancia a ubicarse en el espacio y amenaza por ser ubicua especialmente en el segundo cuerpo de este libro: “Y ser pasajero del Aire”, una estructura distinta y asombrosa dentro del plan completo de este libro, no se acostumbra a ver este tipo de plan poético distinto que va más allá del título agrupando poemas cortos de más de tres versos, porque  en realidad, hay un hilo conductor sutil  e inteligente entre cada una de los pequeñas estructuras que conforman y se cuadran en un titulo mayor:
DE SILENCIO
Desde el mundo
No llegan sugerencias del otro frente.
Desde los murmullos inquietos
duendes se mueven fuera de la inocencia
quizás para reírse más tarde de la fragua de barro.
Desde otra mirada
Amén yo no dije por tu nombre, no fui ángel
nunca grité en la caída.
Yo miraba desde el otro pantano.
Desde los impulsos
Dos o tres golpes inquisidores y la exactitud sin reemplazo.
La voz no traspasa la simiente
y desde el correr del cuerpo
es peor no desencadenar errores.
Desde el Agua
No di tantas vueltas como la sonrisa
como decir
que el rio no suena y que las piedras quedan apartes del
mundo
que ya sabía de sentir en el vientre.”

Ahora vayamos a lo predominante en esta cosmovisión, la Metafísica y sus conceptos principales: el ser, la nada, la existencia, el mundo, el espacio, Dios , la causalidad y el fin. Pero he aquí que todo es visto con los ojos de una mujer que tiene el valor y la capacidad de traducir en su verso la totalidad del universo y los sentimientos que mueven la realidad humana, base de la poesía.

jueves, abril 25, 2013

TEA PARTY, EL DESCENSO A LO PROFUNDO DE UNA INTERZONA por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE


Cinosargo yLiga de la Justicia Ediciones apuestan por una antología de poetas, arriesgada a todas vistas, como toda antología. Como una regla tácita, la variedad impera con una calidad óptima, autores de  tres naciones limítrofes, este libro que como la fiesta del té en Alicia en el país de las maravillas obedecen a arquetipos universales y de los cuales, cada quien y cada cual puede elaborar las más sabias o disparatadas conjeturas en torno  a la interpretación de todos y cada uno de los personajes. En analogía estas voces poéticas  en planos y cosmovisiones distintas vienen a formar parte de aquella fiesta del té en que Alicia, maravillada, estupefacta, airada, confundida pero jamás indiferente, los lectores  tenemos la suerte de Alicia invitados o no a esta Interzona intrigante de versos imágenes, ritmos y constructos mentales.
PERÚ:

TILSA OTTA VILDOSO
La voz del yo poético se concreta en una dúctil voz contemporánea, con ideas claras y pulcritud insertando elementos anglicistas e ideas que parecerían a ciencia cierta estar ajenas a  la versificación como en el poema "S/T" o "SILENCIO SISMICO" nada que no pueda vencer la metáfora, se demuestra un oficio probado.

OSCAR RAMIREZ
Impresiona la vehemencia con que  va construyendo una visión urbana personalísima y crítica de Lima, un ánimo que se mantiene en el texto "UN HOMBRE EN CORBATA CRUZA LA ACERA" , el ritmo es vigoroso sin atentar con la musicalidad hay una cierta acidez poética que no deja impávido al lector.

MARTÍN ZÚÑIGA CHÁVEZ
Hay un culto evidente a la musicalidad de las palabras y una  melancolía permanente en esta vox poética de verso libre e imágenes depuradas.

MARIO CARAZAS
“AYER FUI A ECHARLE PEPSI HELADA A LA COCA COLA CALIENTE” un poema de imágenes recalcitrantes y de innegables tintes exterioristas que deja en la retina del lector tintes  cínicos en el sentido filosófico de la acepción, una visión de un conflicto del yo material con el yo lírico lindando con lo malsano que puede ser la autocrítica, la serie de imágenes y elementos variopintos eleva el interés que puede generar sus versos.

BOLIVIA:

MILENKA TORRICO
Una genuina lírica social, acida por los cuatro costados, inteligentemente ruda y sin embargo en algunos lapsos sutil y sugerente.

MARÍA CRISTINA GARRÓN
Hay una notoria búsqueda por la imagen precisa que llegue a la belleza suprema , una musicalidad que linda en el preciosismo. Notable “Cuatro. El Gato”.

GABRIEL LLANOS CERNADAS
“ERNESTO TE LA CHARLA BONITO” prosa poética con ritmo nervioso, sincopado y firme que entrega una serie de historias paralelas, el yo lírico se dirige al lector quien llega a conocer las reprobables “virtudes” de Ernesto, excelente remate.

CHRISTIAN JIMÉNEZ KANAHUATY
La ironía crea un confuso clima  en que los elementos utilizados constituyen una llamativa estructura, muy interesante.

CHILE:

FRANCISCO IDE WOLLETER
Interesante imaginería que linda con el surrealismo entregando es un ritmo sostenido pero vertiginoso dimensiones, los personajes  mencionados dan una riqueza a esta cosmovisión que a ratos se denota antojadiza sin dejas de ser brillante.

JUAN PODESTÁ BARNAO
Firme imaginería policial, un racconto a filmes del cine noir, un oficio notable de palabras precisas.

JUAN MALEBRÁN
Postales de una realidad dura, imágenes descarnadas, “CENTRO DE REHABILITACIÓN” una composición perfecta en este tenor, la prosa poética es la estructura apropiada para este tipo de estilo, el mayor logro es mantener al lector atento párrafo a párrafo, Malebrán lo logra con creces

JUAN CARREÑO
El poeta juega con la morfosintaxis popular de una manera utilitaria sin ser chocante o chabacana, la crítica social patente. Inevitable el tinte sórdido y naturalista.

ARICA:

DANIEL ALEJANDRO OLCAY JENERAL
Imágenes formidables, cruentas y sicalípticas, sin duda un oficio inmanente a ellas creando una cosmovisión a lo menos impactante.

RENATO JESÚS CONTRERAS FLORES
Los elementos vivaces en que los orígenes en la lucha libre, en la calle y en los comics generan un discurso lírico único y polícromo.

TITO MANFRED
Hay tintes de un tierno sadismo o un masoquismo evidente en los versos, las imágenes juegan en una sucesión, seguras de impresionar ferozmente al lector.

MARKOS QUISBERT
El oficio de Quisbert se presenta desde el primer verso al último, en la prosa aturde y acompaña al lector por un sendero  de imágenes no aptas para sensibilidades delicadas.

MAURO GATICA SALAMANCA
Las palabras e imágenes de alto octanaje de Gatica crean una gamma de  imágenes triple X y parafilias, ¿Quién dijo que la poesía no podía abarcarlo todo? La creación es poesía y la poesía la matriz de toda creación.

PABLO ESPINOZA BARDI
Un maestro en el estilo Horror/Gore, fuertes imágenes que asolan a lo más profundo del subconsciente.

Los poetas y creadores incluidos en esta Antología poseen una trayectoria que no se obvia en el estilo que cada uno ha elegido y representado. Una muestra de la Literatura de  tres países y una ciudad, un barómetro de la creación de aquellos sitios. Imperdible.


miércoles, abril 24, 2013

SOBRE POESIA por EZRA POUND



VARIOS NO


NOTA RETROSPECTIVA
En la primavera o principio del verano de 1912, «H. D.», Richard Aldington y yo
resolvimos que estába-mos de acuerdo sobre los tres principios siguientes:
1. Tratamiento directo de la «cosa». Ya sea subjetiva u objetiva.
2. No usar en absoluto ninguna palabra que no contribuya a la presentación.
3. Respecto a ritmo: componer con la secuencia de la frase musical. No con la secuencia de
un metrónomo.
Sobre muchos puntos de gusto y predilección diferíamos, pero concordando sobre estas
tres posiciones pensamos tener tanto derecho a un nombre de grupo como tantas escuelas
francesas proclamadas por Mr. Flint en el número de agosto de 1911 de la revista de
Harold Munro.
Esta escuela fue «integrada» o «seguida» por numerosas personas que, cualesquiera sean sus
méritos, no dan señales de concordar en la segunda especificación. El Vers libre se ha vuelto
tan prolijo y verboso como cualesquiera de las fláccidas variedades de verso que lo
precedieron. Ha traído faltas propias. Su len-guaje y fraseo son a menudo tan malos como
los de nuestros mayores sin tener siquiera la excusa de que las palabras son amontonadas
para llenar un patrón métrico o para completar el ruido de una rima. Si las frases seguidas
por los seguidores son o no musicales debe ser dejado a la decisión del lector. A veces
encuentro un marcado metro en Vers libre, tan rancio y cajonero como el de cualquier
pseudo-Swinburniano, a veces los escritores parecen no seguir ninguna estructura musical.
Pero es, en general, bueno que el campo se are. Unos pocos poemas excelentes han salido
del nuevo método, por tanto está justificado.

UNOS POCOS NO
«Imagen» es lo que presenta un complejo intelectual y emocional en un instante de tiempo.
Uso el término «complejo» más bien en el sentido técnico empleado por los psicólogos más
nuevos, como Hart, aunque no estemos absolutamente de acuerdo en nuestra aplicación.
La presentación de tal «complejo» es lo que da de manera instantánea una sensación de
súbita liberación; una sensación de libertad de los límites del tiempo y los límites del
espacio; la sensación de repentino crecimiento que experimentamos en presencia de las más
grandes obras de arte.
Es mejor presentar una sola imagen en toda la vida que producir obras voluminosas.
Todo esto, sin embargo, puede ser considerado por algunos como discutible. La necesidad
inmediata es tabular UNA LISTA DE VARIOS NO para los que empiezan a escribir
versos. No puedo ponerlos todos en la forma negativa mosaica.
Para empezar, considérense las tres proposiciones (que piden tratamiento directo,
economía de palabras y la secuencia de la frase musical) no como dogmas, sino como
resultado de una larga meditación que, aunque sea la meditación de otro, puede merecer
consideración.
No prestes atención a la crítica de hombres que nunca han escrito una obra notable.
Considera las discrepancias entre la propia manera de escribir de los poetas y dramaturgos
griegos, y las teorías de los gramáticos greco-romanos, confeccionadas para explicar sus
metros.

LENGUAJE
No uses ninguna palabra superficial, ningún adjetivo que no revele algo. No uses
expresiones como «dim lands of peace» (brumosas tierras de paz). Embota la imagen. Mezcla
una abstracción con lo concreto. Viene de que el escritor no se da cuenta de que el objeto
natural es siempre el símbolo adecuado.
Tenle miedo a la abstracción. No repitas en verso mediocre lo que ya ha sido dicho en
buena prosa. No creas que ninguna persona inteligente será engañada cuando trates de
escabullir todas las dificultades del inexpresablemente difícil arte de la buena prosa
cortando tu composición en líneas métricas.
De lo que el experto está cansado hoy, el público estará cansado mañana.
No imagines que el arte de la poesía es más simple que el arte de la música, o que puedes
complacer al experto antes de haber empleado al menos tanto es-fuerzo en el arte del verso
como el profesor de piano corriente emplea en el arte de la música.
Déjate influir por tantos grandes artistas como puedas, pero ten la decencia de recordar la
deuda franca-mente o de tratar de esconderla.
No permitas que la «influencia» signifique meramente que tú lampacees el vocabulario
decorativo particular de uno o dos poetas que admires.
Usa buen adorno o ninguno.

RITMO Y RIMA
Que el candidato se llene la mente con las mejores cadencias que pueda descubrir, de
preferencia en lengua extranjera – esto para ritmo; su vocabulario debe encontrarlo por
supuesto en su lengua nativa – para que la significación de las palabras distraiga menos su
atención del movimiento; vg., conjuros sajones, cantos folklóricos de las Hébridas, los
versos del Dante y las canciones de Shakespeare, si puede disociar el vocabulario de la
cadencia. Haga la disección de las poesías líricas de Goethe fríamente para descomponerlas
en los valores sónicos que las componen, en vocales y cortas, acentuadas o no
acentuadas, en vocales y consonantes.
No es necesario que un poema dependa de su música, pero si depende de su música, esta
música debe ser tal que deleite al experto.
Que el neófito conozca la asonancia y la aliteración, la rima inmediata y la retardada, simple
y polifónica, como un músico se espera que conozca la armonía y el contrapunto y todas
las minucias de su oficio. Ningún tiempo es demasiado para estos asuntos o para cualquiera
de ellos. Aun cuando el artista rara vez necesite estas cosas.
No te imagines que una cosa «resultará» en verso sólo porque es demasiado sonsa para ir
en prosa.
No seas «mira-mira», deja eso para los escritores de lindos ensayitos filos6ficos. No seas
descriptivo; recuerda que el pintor puede describir un paisaje mucho mejor que tú y que
tiene que saber bastante más sobre él.
Cuando Shakespeare habla de la «Dawn in russet mantle clad» (la Aurora en manto rojo)
presenta algo que el pintor no presenta. No hay en este verso suyo nada que pueda llamarse
descripción; sólo presenta.
Considera el estilo del científico antes que el estilo del agente de anuncios sobre un nuevo
jabón.
El científico no espera ser aclamado como gran científico hasta que ha descubierto algo.
Empieza por aprender lo que ya ha sido descubierto. Parte de ese punto hacia adelante. No
se vale de ser personalmente un tipo encantador. No espera que sus amigos aplaudan los
resultados de sus tareas escolares de novato. Desgraciadamente los novatos en poesía no
están con-finados a una aula escolar definida y reconocible. Están dondequiera. ¿Es de
maravillarse que el público sea indiferente a la poesía?
No partas, lo que te sale, en yambos separados. No hagas que cada verso se pare
rotundamente al final,
y luego empieces cada nuevo verso con un envión. Haz que el principio de cada nuevo
verso coja el impulso de la ola rítmica, salvo que quieras una pausa definida un poco larga.
En una palabra, condúcete como un músico, un buen músico, cuando tengas que ver con la
fase de tu arte que tiene paralelos exactos con la música. Las mismas leyes rigen, y no tienes
otras que obedecer.
Naturalmente, tu estructura rítmica no debe destruir la forma de tus palabras, o su sonido
natural, o su significado. Es improbable que, al principio, logres una estructura rítmica lo
suficientemente fuerte para que las afecte mucho, aunque puedes ser víctima de toda clase
de falsas paradas debidas a los finales de verso y a las censuras.
El músico puede atenerse al tono y al volumen de la orquesta. Tú no. La palabra armonía
está mal aplicada a la poesía; se refiere a sonidos simultáneos de diferente tono. Hay, sin
embargo, en los mejores versos una especie de residuo de sonido que se queda en el oído
del que oye y actúa más o menos como un bajo de órgano.
Una rima debe tener cierto elemento de sorpresa para producir placer; no necesita ser rara
o curiosa, pero sí bien usada si se ha de usar.
Vide las notas de Vildrac y Duhamel sobre la rima en Technique Poetique.
Aquella parte de tu poesía que golpea el ojo de la imaginación del lector no perderá nada por
la traducción a una lengua extranjera; lo que apela al oído sólo es accesible en el original.
Considera la bien definida exactitud de la presentación del Dante comparada con la retórica
de Milton.
Lee todo lo de Wordsworth que no te parezca insoportablemente soso.
Si quieres el meollo recurre a Safo, Cátulo, Villón, Heine cuando está de vena, Gautier
cuando no sea demasiado frígido; y si no tienes el don de lenguas acude al reposado
Chaucer. La buena prosa no te hará mal, y es buena disciplina el tratar de escribirla.
Traducir es también buen entrenamiento, si ves que tu materia poética «chapucea» cuando
tratas de ponerla en limpio. El significado del poema a traducir no puede andar con
«chapuces».
Si estás usando una forma simétrica, no trates de poner en ella lo que quieres decir y luego
llenar los vacíos que quedan, con bazofia.
No resuelvas la percepción de un sentido tratando de definirla en términos de otro. En
general esto es tan solo el resultado de ser demasiado perezoso para encontrar la palabra
exacta. Para esta cláusula hay posiblemente excepciones.

REMEDIO PARA MELANCOLICOS por RAY BRADBURY




-Busquen ustedes unas sanguijuelas, sángrenla -di­jo el doctor Gimp.
-Si ya no le queda sangre -se quejó la señora Wilkes-. Oh, doctor, ¿qué mal aqueja a nuestra Ca­millia?
-Camillia no se siente bien.
-¿Sí, sí?
El buen doctor frunció el ceño.
-Camillia está decaída.
-¿Qué más, qué más?
-Camillia es la llama trémula de una bujía, y no me equivoco.
-Ah, doctor Gimp -protestó el señor Wilkes-. Se despide diciendo lo que dijimos nosotros cuando us­ted llegó.
-¡No, más, más! Denle estas píldoras al alba, al mediodía y a la puesta de sol. ¡Un remedio soberano!
-Condenación. Camillia está harta de remedios so­beranos.
-Vamos, vamos. Un chelín y me vuelvo escaleras abajo.
-¡Baje pues, y haga subir al Demonio!
El señor Wilkes puso una moneda en la mano del buen doctor.
El médico, jadeando, aspirando rapé, estornudan­do, se lanzó a las bulliciosas calles de Londres, en una húmeda mañana de la primavera de 1762.
El señor y la señora Wilkes se volvieron hacia el lecho donde yacía la dulce Camillia, pálida, delgada, sí, pero no por eso menos hermosa, de inmensos y húmedos ojos lilas, la cabellera un río de oro sobre la almohada.
-Oh -Camillia sollozaba casi-. ¿Qué será de mí? Desde que llegó la primavera, tres semanas atrás, soy un fantasma en el espejo: me doy miedo. Pensar que moriré sin haber cumplido veinte años.
-Niña -dijo la madre-, ¿qué te duele?
-Los brazos, las piernas, el pecho, la cabeza. Cuán­tos doctores, ¿seis? Todos me dieron vuelta como una chuleta en un asador. Basta ya. Por Dios, déjenme morir intacta.
-Qué mal terrible, qué mal misterioso -dijo la madre-. Oh, señor Wilkes, hagamos algo.
-¿Qué? -preguntó el señor Wilkes, enojado-. ¡Ol­vídate del médico, el boticario, el cura, ¡y amén! Me han vaciado el bolsillo. Qué quieres, ¿que corra a la calle y traiga al barrendero?
-Sí -dijo una voz.
Los tres se volvieron, asombrados.
-¡Cómo!
Se habían olvidado totalmente de Jamie, el herma­no menor de Camillia. Asomado a una ventana dis­tante, se escarbaba los dientes, y contemplaba la llo­vizna y el bullicio de la ciudad.
-Hace cuatrocientos años -dijo Jamie. con calma ­se ensayó, y con éxito. No llamemos al barrendero, no, no. Alcen a Camillia, con cama y todo, llévenla abajo y déjenla en la calle, junto a la puerta.
-¿Por  qué? ¿Para qué?
-En una hora desfilan mil personas por la puer­ta. -Los ojos le brincaban a Jamie mientras conta­ba.- En un día, pasan veinte mil personas a la ca­rrera, cojeando o cabalgando. Todos verán a mi hermana enferma, todos le contarán los dientes, le tirarán de las orejas, y todos, todos, sí, ofrecerán un remedio soberano. Y uno de esos remedios puede ser el que ella necesita.
-Ah -dijo el señor Wilkes, perplejo.
-Padre --dijo Jamie sin aliento-. ¿Conociste algu­na vez a un hombre que no creyera ser el autor de la Materia Médica? Este ungüento verde para el ar­dor de garganta, aquella cataplasma de grasa de buey para la gangrena o la hinchazón. Pues bien, ¡hay diez mil boticarios que se nos escapan, toda una sa­biduría que se nos pierde!
-Jamie, hijo, eres increíble.
-¡Cállate! -dijo la señora Wilkes-. Ninguna hija mía será puesta en exhibición en esta ni en ninguna calle. . .
-¡Vamos, mujer! -dijo el señor Wilkes-. Camillia se derrite como un copo de nieve y dudas en sacarla de este cuarto caldeado. Jamie, ¡levanta la cama!
La señora Wilkes se volvió hacia su hija.
-¿Camillia?
-Me da lo mismo morir a la intemperie -dijo Ca­millia- donde la brisa fresca me acariciará los. bucles cuando yo. ..
-¡Tonterías! -dijo el padre-. No te morirás. Ja­mie, ¡arriba! ¡Ajá! ¡Eso es! ¡Quítate del paso, mu­jer! Arriba, hijo, ¡más alto!
-Oh -exclamó débilmente Camillia-. Estoy volan­do, volando...
De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, de­seosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabrio­laban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera tiempo de carnaval.
En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jamie y el señor Wilkes traspor­taban a Camillia, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama-berlina, con los ojos cerrados, orando.
-¡Cuidado! -gritó la señora Wilkes-. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente...
Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pa­saba por allí pudiese ver a Camillia, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo.
-Trae pluma, tinta y papel, muchacho -dijo el  padre-. Tomaré nota de los síntomas y de los re­medios. Los estudiaremos a la noche. Ahora...
Pero ya un hombre entre la multitud contempla­ba a Camillia con mirada penetrante.
-¡Está enferma! -dijo.
-Ah -dijo el señor Wilkes, alegremente-. Ya em­pieza. La pluma, hijo. Listo. ¡Adelante, señor!
-No se siente bien. -El hombre frunció el ceño. -Está decaída...
-No se siente bien... Está decaída... -escribió el señor Wilkes, y de pronto se detuvo-. ¿Señor? -Lo miró con desconfianza.- ¿Es usted médico?
-Sí, señor.
-¡Me pareció haber oído esas palabras! Jamie, to­ma mi bastón, ¡échalo de aquí! ¡Fuera, señor, fuera!
Ya el hombre se alejaba blasfemando, terriblemen­te exasperado.
-No se siente bien, y está decaída... ¡bah! -imitó el señor Wilkes, y se detuvo. Pues ahora una mujer, alta y delgada como un espectro recién salido de la tumba, señalaba con un dedo a Camillia Wilkes.
-Vapores -entonó.
-Vapores -escribió el señor Wilkes, satisfecho.
-Fluido pulmonar -canturreó la mujer.
-¡Fluido pulmonar! -escribió el señor Wilkes, ra­diante-. Bueno, esto está mejor.
-Necesita un remedio para la melancolía -dijo la mujer débilmente-. ¿Hay en esta casa. tierra de momias. para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perej­il, incienso macho...
-Flodden Road, piedra perejil... ¡más despacio, mujer!
-Opobálsamo, valeriana póntica...
-¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se va­ya, Jamie!
Pero la mujer se escabulló, nombrando medica­mentos.
Una muchacha de no más de diecisiete años, se acer­có y observó a Camillia Wilkes.
-Está. . .
-¡Un momento! -El señor Wilkes escribía febril­mente.- Trastornos magnéticos, valeriana póntica. ¡Diantre! Bueno, niña, ya. ¿Qué ves en el rostro de mi hija? La miras fijamente, respiras apenas. ¿Bueno?
-Está... -La extraña joven escudriñó profunda­mente los ojos de Camillia y balbuceó:- Sufre de... de...
-¡Dílo de una vez!
-Sufre de... de... ¡oh!
Y la joven, con una última mirada de honda sim­patía, se perdió en la multitud.
-¡Niña tonta!
-No, papá -murmuró Camillia, con los ojos muy abiertos-. Nada tonta. Veía. Sabía. Oh, Jamie, corre a buscarla, ¡díle que te explique!
-¡No, no ofreció nada! En cambio la gitana, ¡mi­ra su lista!
-Ya sé, papá.
Camillia, más pálida que nunca, cerró los ojos.
Alguien carraspeó.
Un carnicero,. de delantal ensangrentado como un campo de batalla, se atusaba el mostacho fiero.
-He visto vacas con esa mirada -dijo-. Las curé con aguardiente y tres huevos frescos. En invierno yo mismo me curo con este elixir...
-¡Mi hija no es una vaca, señor! -El señor Wilkes dejó caer la pluma.- ¡Tampoco es carnicero, y esta­mos en primavera! ¡Apártese, señor! ¡Hay gente que espera!
Y en verdad, ahora una inmensa multitud, atraída por los otros, clamaba queriendo aconsejar una pó­cima favorita, o recomendar un sitio campestre don­de llovía menos y había más sol que en toda Ingla­terra o el Sur de Francia. Ancianos y ancianas, doctos como todos los viejos, se atropellaban unos a otros en una confusión de bastones, en falanges de muletas y de báculos.
-¡Atrás! ¡Atrás! -gritó, alarmada, la señora Wil­kes-. ¡Aplastarán a mi hija como una cereza tierna!
-¡Fuera de aquí!
Jamie tomó los báculos y muletas y los lanzó por encima de la multitud, que se alejó en busca de los miembros perdidos.
-Padre, me desmayo, me desmayo -musitó Ca­millia.
-¡Padre! -exclamó Jamie-. Sólo hay un medio de impedir este tumulto. ¡Cobrarles! ¡Que paguen por opinar sobre esta dolencia!
-Jamie, ¡tú sí que eres mi hijo!  Pronto, mucha­cho, ¡pinta un letrero! ¡Escuchen, señoras y señores! ¡Dos peniques! ¡A la cola, por favor, formen fila! Dos peniques por cada consejo. Muestren el dinero, ¡así! Eso es. Usted, señor. Usted, señora. Y usted, se­ñor. ¡Y ahora la pluma! ¡Comencemos!
El gentío bullía como un mar encrespado. Camillia abrió un ojo y volvió a desmayarse.  

Crepúsculo, las calles casi desiertas, sólo algunos vagabundos. Se oyó un tintineo familiar y los párpa­dos de Camillia temblaron como alas de mariposa.
-¡Trescientos noventa y nueve, cuatrocientos pe­niques!
El señor Wilkes echó en la alforja la última mo­neda de plata.
-¡Listo!
-Tendré un coche fúnebre hermoso y negro -dijo la joven pálida.
-¡Cállate! ¿Quién pudo imaginar, oh familia mía, que tanta gente, doscientos, pagaría por darnos su opinión?
-Sí -dijo la señora Wilkes-. Esposas, maridos, hi­jos, todos hacen oídos sordos, nadie escucha a nadie. Por eso pagan de buen grado a quien los escucha. Pobrecitos, todos creyeron hoy que ellos y sólo ellos conocían la angina, la hidropesía, el muermo, sabían distinguir la baba de la urticaria. Y así hoy somos ricos, y doscientas personas se sienten felices, luego de haber descargado frente a nuestra puerta toda su ciencia médica.
-Cielos, costó trabajo alejarlos. Al fin se fueron, mordisqueando como cachorros.
-Lee la lista, padre -dijo Jamie-. De las doscien­tas medicinas, ¿cuál será la verdadera?
-No importa -murmuró Camillia, suspirando-. Oscurece ya, y esos nombres me revuelven el estóma­go. Quisiera ir arriba.
-Sí, querida. ¡Jamie, ayúdame!
-Por favor -dijo una voz.
Los hombres, que ya se encorvaban, se irguieron para mirar.
El que había hablado era un barrendero de apa­riencia y estatura ordinarias, de cara de hollín, y en medio de la cara dos ojos azules y traslúcidos y la hendedura blanca de una sonrisa de marfil. De las mangas, de los pantalones, cada vez que se movía, o hablaba con voz serena, o gesticulaba, brotaba una nube de polvo.
-No pude llegar antes a causa del gentío -dijo el hombre, que tenía en las manos una gorra sucia-. Iba ya para casa, y decidí venir. ¿He de pagar?
-No, barrendero, no es necesario -dijo Camillia.
-Espera... -protestó el señor Wilkes.
Pero Camillia lo miró dulcemente y el señor Wil­kes calló.
-Gracias, señora. -La sonrisa del barrendero res­plandeció como un rayo de sol en el crepúsculo. -Tengo un solo consejo.
Miraba a Camillia. Camillia lo miraba.
-¿No es hoy la noche de. San Bosco, señor, señora?
-¿Quién lo sabe? ¡Yo no, señor! -dijo el señor Wilkes.
-Yo creo que es la noche de San Bosco, señor. Y además, es noche de plenilunio. Pues bien -prosi­guió el barrendero humildemente, sin poder apartar la mirada de la hermosa joven enferma-, tienen que dejar a la hija de ustedes a la luz de esta luna cre­ciente.
-¡A la intemperie y a la luz de la luna! -excla­mó la señora Wilkes.
-¿No vuelve lunáticos a los hombres? -preguntó Jamie.
-Perdón, señor. -El barrendero hizo una reveren­cia.- Pero la luna llena cura a todos los animales enfermos, ya sean humanos o simples bestias del cam­po. El plenilunio es un color sereno, una caricia re­posada, y modela delicadamente el espíritu, y tam­bién el cuerpo.
-Pero, ¿y si llueve? -dijo la madre, inquieta.
-Lo juro -prosiguió rápidamente el barrendero-. Mi hermana padecía de esta misma desmayada pali­dez. Una noche de primavera la dejamos como una maceta de lirios, a la luz de la luna. Ahora vive en Sussex, verdadero espejo de salud recobrada.
-¡Salud recobrada! ¡Plenilunio! Y no nos costará un solo penique de los cuatrocientos que nos dieron hoy, madre, Jamie, Camillia.         
 -¡No! -dijo la señora Wilkes-. No lo permitiré.
-Madre -dijo Camillia, mirando ansiosamente al barrendero.
El barrendero de cara tiznada contemplaba a Ca­millia, y su sonrisa era como una cimitarra en la os­curidad.
-Madre -dijo Camillia-. Es un presentimiento. La luna me curará, sí, sí.
La madre suspiró.
-Este no es mi día, ni mi noche. Déjame besarte por última vez, entonces. Así.
Y la madre entró en la casa.
El barrendero se alejaba ahora, haciendo corteses reverencias.
-Toda la noche, entonces, recuérdenlo, a la luz de la luna, y que nadie la moleste hasta el alba. Que duerma usted bien, señorita. Sueñe, y sueñe lo mej­or. Buenas noches.
El hollín se desvaneció en el hollín; el hombre desapareció.
El señor Wilkes y Jamie besaron la frente de Ca­millia.
-Padre, Jamie -dijo la joven-. No hay por qué preocuparse.
Camillia quedó sola, mirando fijamente a lo lejos.
Allá, en la oscuridad, parecía que una sonrisa titi­laba, se apagaba, y se encendía otra vez, y luego se perdía en una esquina.
Camillia aguardó a que saliera la luna.

La noche en Londres, voces soñolientas en las ta­bernas, portazos, despedidas de borrachos, tañidos de relojes. Camillia vio una gata que se deslizaba co­mo una mujer envuelta en pieles; vio a una mujer que se deslizaba como una gata, sabias las dos, silen­ciosas, egipcias, oliendo a especias. Cada cuarto de hora llegaba desde la casa una voz:
-¿Estás bien, hija?
-Sí, padre.
-¿Camillia?
-Madre, Jamie, estoy muy bien.
Y al fin:
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Se apagaron las últimas luces. La ciudad dormía.
La luna se asomó.
Y a medida que la luna subía, los ojos de Camillia se agrandaban y miraban las alamedas, los patios, las calles, hasta que por fin, a media noche, la luna ilu­minó a Camillia, y la muchacha fue como una figura de mármol sobre una tumba antigua.
Un movimiento en la oscuridad. Camillia aguzó el oído.
Una suave melodía brotaba del aire.
Un hombre esperaba en la calle sombría.
Camillia contuvo el aliento.
El hombre avanzó hacia la luz de la luna, tañen­do suavemente un laúd. Era un hombre bien vestido, de rostro hermoso, y, al menos ahora, solemne.
-Un trovador -dijo en voz alta Camillia.
El hombre, con un dedo sobre los labios, se acercó silenciosamente, y se detuvo pronto junto al lecho.
-¿Qué hace aquí, señor, a estas horas? -preguntó la joven. No sabía por qué, pero no tenía miedo.
-Un amigo me envió a ayudarte.
El hombre rozó las cuerdas del laúd, que cantu­rrearon dulcemente. Era hermoso, en verdad, envuel­to en aquella luz de plata.
-Eso no puede ser -dijo Camillia-. Me dijeron que la luna me curaría.
-Y lo hará, doncella.
-¿Qué canciones canta usted?
-Canciones de noches de primavera, de dolores y males sin nombre. ¿Quieres que nombre tu mal, don­cella?
-Si lo sabe...
-Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de có­lera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te to­can así, nada más...
El hombre rozó la muñeca de Camillia, que cayó en un delicioso abandono.
-Depresiones, arrebatos -prosiguió el hombre-. Sueños...
-¡Basta! -exclamó Camillia, fascinada-. Me cono­ce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora!
-Lo haré. -El hombre apoyó los labios en la pal­ma de la mano de Camillia, y la joven se estremeció violentamente.- Tu mal se llama Camillia Wilkes.
-Qué extraño. -Camillia tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas.- ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón.
-Lo siento, sí.
-Los brazos, las piernas, arden con el calor del verano.
-Sí. Me queman los dedos.
-Y ahora, al viento nocturno, mire cómo tiemblo, ¡de frío! Me muero, me muero, ¡lo juro!
-No dejaré que te mueras -dijo el hombre en voz baja.
-¿Es usted un doctor, entonces?
-No, soy sólo tu médico, tu médico vulgar y co­mún, como esa otra persona que hoy adivinó tu mal. La muchacha que iba a nombrarlo y se perdió en la multitud.
-Sí. Vi en sus ojos que ella sabía. Pero ahora me castañetean los dientes. Y no tengo manta con que cubrirme.
-Déjame sitio, por favor. Así. Así. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y cuerpo. ¡Estoy todo aquí!
-Pero, señor...
-Para sacarte el frío de la noche, claro está.
-Oh, ¡si es como un hogar! Pero señor, señor, ¿no lo conozco? ¿Cómo se llama usted?
La cabeza del hombre se alzó rápidamente y echó una sombra sobre la cabeza de la joven. En el rostro del hombre resplandecían los ojos azules y .cristalinos y la hendidura de marfil de la sonrisa.
-Bueno, Bosco, por supuesto --dijo.
-¿No es ése el nombre de un santo?
-Dentro de una hora me llamarás así, sin duda.
Acercó la cabeza. Y entonces, en el hollín de la sombra, Camillia, llorando de alegría, reconoció al barrendero.
-Oh, ¡el mundo da vueltas! ¡Me siento morir! ¡El remedio, dulce doctor, o todo se habrá perdido!
-El remedio -dijo el hombre-. Y el remedio es este...
En alguna parte, los gallos cantaban. Un zapato, lanzado desde una ventana, pasó por encima de ellos y golpeó una cerca. Después todo fue silencio, y luna…

-Chist...
El alba. El señor y la señora Wilkes bajaron en .puntillas las escaleras y espiaron la calle.             -Muerta de frío, después de una noche terrible, ¡estoy segura!
-¡No, mujer, mira! ¡Vive¡ Tiene rosas en las me­jillas. No, más que rosas. Duraznos, ¡cerezas! Mírala cómo resplandece, ¡toda blanca y rosada! Nuestra dulce Camillia, viva y hermosa, sana una vez más.
Padre y madre se inclinaron junto al lecho de la joven dormida.
-Sonríe, está soñando. ¿Qué dice?
-El remedio -suspiró la joven-, el remedio so­berano.
-¿Cómo, cómo?
La joven volvió a sonreír, en sueños, con una blan­ca sonrisa.
-Un remedio -murmuró-, ¡un remedio para la melancolía!
Camillia abrió los ojos.
-Oh, ¡madre! ¡Padre!
-¡Hija! ¡Niña! ¡Ven arriba!
-No. -Camillia les tomó las manos, tiernamente.-­¿Madre? ¿Padre?
-¿Sí?
-Nadie nos verá. El sol asoma apenas. Por favor, bailemos juntos.
Resistiéndose, celebrando no sabían qué, los padres bailaron.




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