domingo, marzo 03, 2013

ENCUENTROS CON EL SUICIDIO por E.M. CIORAN




 No se mata uno más que si, por algunos lados, se ha estado siempre fuera de todo. Se trata de una inapropiación original de la que no se puede no ser consciente. Quien está llamado a matarse, no pertenece más que por accidente a este mundo; no depende, en el fondo, de ningún mundo.
 No se está predispuesto, sino predestinado al suicidio, se está abocado a él antes de toda decepción, antes de toda experiencia: la dicha impulsa a él tanto como la desdicha, incluso impulsa más, ya que, amorfa, improbable, exige un esfuerzo de adaptación extenuado, mientras que la desdicha ofrece la seguridad y el rigor de un rito.
 Hay noches en las que el porvenir queda abolido, en las que de todos sus instantes sólo subsiste aquel que elegiremos para dejar de ser.

 «Estoy harto de ser yo», se repite cuando aspira uno a huir de sí mismo; y cuando uno se huye irrevocablemente, la ironía quiere que se cometa un acto en el que se encuentra uno de nuevo, en el que de repente se llega a ser totalmente uno mismo. En esa fatalidad a la que se quiso escapar se cae de nuevo en el instante en que se mata uno, pues el suicidio no es más que el triunfo, más que la fiesta de esa fatalidad.

 Cuanto más avanzo, más veo adelgazarse mis oportunidades de arrastrarme de un día a otro. A decir verdad, siempre ha sido así: no he vivido en lo posible, sino en lo inconcebible. Mi memoria amontona horizontes hundidos.

 Existe en nosotros una tentación, mejor que una voluntad, de morir. Pues si nos fuese dado querer la muerte, ¿quién no se aprovecharía a la primera contrariedad? Aún interviene otro impedimento: la idea de matarse parece increíblemente nueva a quien se ve poseído por ella; se imagina, pues, que ejecuta un acto sin precedentes; esta ilusión le ocupa y le halaga, y le hace perder un tiempo precioso.

 El suicidio es una realización brusca, una liberación fulgurante: es el nirvana por la violencia.

 El hecho tan sencillo de mirar un cuchillo y de comprender que sólo depende de ti hacer cierto uso de él, da una sensación de soberanía que deriva en megalomanía.

 Cuando nos apresa la idea de acabar, un espacio se extiende ante nosotros, una vasta posibilidad fuera del tiempo y de la eternidad misma, una abertura vertiginosa, una esperanza de morir más allá de la muerte.
 Matarse es, de hecho, rivalizar con la muerte, es demostrar que uno lo puede hacer mejor que ella, es hacerle una jugada y, éxito no desdeñable, rehabilitarse ante sus propios ojos. Se tranquiliza uno, se persuade uno de que no se es el último, de que se merece cierto respeto. Uno se dice: Hasta ahora, incapaz de tomar una iniciativa, no tenía ninguna estima por mí mismo; ahora todo cambia: destruyéndome, destruyo del mismo golpe todas las razones que tenía para despreciarme, vuelvo a ganar confianza, soy alguien por siempre jamás...

 Puesto que mi misión es sufrir, no comprendo por qué intento imaginar mi suerte de otro modo, aún menos por qué me encolerizo contra sensaciones. Pues todo sufrimiento no es más que eso, en sus comienzos y, en todo caso, en su fin. En el medio, claro está, es un poco más: un universo.

 Este furor en plena noche, esa necesidad de una última explicación consigo mismo, con los elementos. De golpe, la sangre se anima, se tiembla, uno se levanta, sale, se repite que no hay ninguna razón para tergiversar, para diferir: esta vez va de veras. En cuanto se está fuera, un imperceptible apaciguamiento. Uno avanza penetrado del gesto que va a cumplir, de la misión que se ha arrogado. Un poco de exultación sustituye al furor cuando uno se dice que ha llegado por fin al término, que el futuro se reduce a unos pocos minutos, todo lo más a una hora, y que uno ha decretado, con su propia autoridad, la suspensión del conjunto de los instantes.
 Después viene la impresión tranquilizadora que os inspira la ausencia de prójimo. Todos duermen. ¿Cómo abandonar un mundo en el que aún se puede estar solo? No llega uno a separarse de esta noche que debía ser la última, no se concibe que pueda desvanecerse. Y quisiérase defenderla contra el día que la zapa y pronto la sumerge.

 Si se pudiera cambiar de naturaleza, transformarse en cualquiera, se formaría parte, de golpe, de los elegidos. Como la metamorfosis es irrealizable, se agarra uno a la Predestinación, vocablo mágico si los hay. Nada más pronunciarlo, se tiene la sensación de haber superado el estadio de las interrogaciones y las perplejidades, y encontrado finalmente la llave de todo callejón sin salida.

 Cuando se sienten ganas de acabar, sean débiles o fuertes, se siente uno llevado a reflexionar, a explicarlo, a explicárselo. Se siente uno llevado a esto mucho más cuando son débiles, porque si son demasiado intensas, invaden el espíritu y no le dejan ni espacio ni tiempo libre para considerarlas o esquivarlas.

 Esperar la muerte es sufrirla, degradarla al rango de un proceso, resignarse a un desenlace del que se ignora la fecha, el modo y el decorado. Se está lejos del acto absoluto. No hay nada de común entre la obsesión del suicidio y el sentimiento de la muerte ‑entiendo por esto ese sentimiento profundo, constante, de un fin en sí, de una fatalidad de perecer como tal, inseparable de un trasfondo cósmico e independiente de ese drama del yo que está en el centro de toda forma de autodestrucción‑. La muerte no es necesariamente sentida como liberación; el suicidio libera siempre; es el sumum, es el paroxismo de la salvación.
 Se debería por decencia elegir uno mismo el momento de desaparecer. Es envilecedor extinguirse como se extingue uno; es intolerable verse expuesto a un fin sobre el que nada se puede, que te acecha, te abate, te precipita en lo innombrable. Quizá llegue el momento en que la muerte natural esté totalmente desacreditada, en el que se enriquecerán los catecismos con una fórmula nueva: «Dispénsanos, Señor, el favor y la fuerza de acabar, la gracia de borrarnos del tiempo.»
 La conspiración milenaria contra el suicidio es causa del abarrotamiento y de la esclerosis de las sociedades. Nos toca aprender a destruirnos en el momento oportuno, a correr alegremente hacia nuestro espectro. En tanto que no nos decidamos a ello, mereceremos nuestras humillaciones. Cuando uno ha agotado su razón de ser, es odioso obstinarse. Pero es la indignidad de la muerte natural lo que vemos, se mire adonde se mire.
 «Volviendo a encontrar, tras varios años, a una persona a la que se conoció de niño, la primera mirada hace casi siempre suponer que alguna gran desdicha ha debido aquejarle», (Leopardi). Durar es disminuirse: la existencia es pérdida de ser. Puesto que nadie desaparece cuando sería preciso, se debería amonestar a quien se sobrevive, animarle y, si fuera necesario, ayudarle a acortar sus días. A partir de un momento dado, perseverar es consentir decaer. Pero ¿cómo estar cierto de su declinar? ¿Acaso no puede uno equivocarse respecto a los síntomas? ¿Acaso la conciencia de decaer no implica una superioridad sobre la decadencia? Y, en este caso, ¿aún se está decaído? ¿Cómo, una vez más, saber que uno ha comenzado a derrumbarse, cómo determinar ese momento? El error es inevitable, pero poco importa, puesto que, de todas maneras nunca se muere a tiempo. Se va a la deriva y sólo cuando uno se hunde se confiesa residuo desechable. Y entonces ya es demasiado tarde para naufragar de propio grado.

 Sienta bien pensar que uno va a matarse. No hay tema más tranquilizador: en cuanto se le aborda, respira uno. Meditar sobre él hace casi tan libre el acto mismo.
 Cuanto más al margen de los instantes estoy, más me reincorpora a la existencia la perspectiva de abstraerme para siempre de ellos, me pone a la misma altura que los vivos, me confiere una especie de honorabilidad. Esta perspectiva, de la que no puedo prescindir, me ha sacado de todos mis sentimientos, me ha permitido sobre todo atravesar esas épocas en las que no tenía ningún agravio contra nadie, en las que estaba colmado. Sin su socorro, sin la esperanza que dispensa, el paraíso me parecería el peor de los suplicios. ¡Cuántas veces no me habré dicho que, sin la idea del suicidio, se mataría uno de inmediato! El espíritu del que ella se apodera la mima, la idolatra, espera milagros de ella. Tal como un hombre a punto de ahogarse que se agarrase a la idea de naufragio.

 Hay tantas razones de suprimirse como razones de continuar, con esta diferencia empero: que estas últimas tienen más antigüedad y solidez; pesan más que las otras porque se confunden con nuestros orígenes, mientras que las primeras, frutos de la experiencia, siendo por ello necesariamente más recientes, son a la vez más acuciantes y más inciertas.

 El mismo que dice: «No tengo el valor de matarme», tachará, un momento después, de cobardía una hazaña ante la cual retroceden los más valientes. Se mata uno, no dejan de repetir, por debilidad, para no tener que afrontar el dolor o la vergüenza. Tan sólo no se ve que son los débiles precisamente los que, lejos de intentar escapar, se acomodan a ello por el contrario y que se precisa vigor para arrancarse de todo de una manera decisiva. En verdad, es más fácil matarse que vencer un prejuicio tan antiguo como el hombre, o por lo menos como las religiones, tan tristemente impermeables al gesto supremo. En tanto que la Iglesia hacía estragos, sólo el alienado gozaba de un régimen de favor, sólo él tenía el derecho de atentar contra sus ideas: su cadáver no era profanado ni ahorcado. Entre el estoicismo antiguo y el «librepensamiento» moderno, entre, pongamos, Séneca y Hume, el suicidio sufre, poniendo aparte el intermedio cátaro, un largo eclipse ‑edad sombría, en efecto, para todos los que, queriendo morir, no se atrevían a infringir la interdicción de darse la muerte.

 Los achaques que han sido observados y analizados pierden algo de su gravedad y de su fuerza; una vez escrutados, se les soporta mejor. Exceptuada la tristeza. Está exenta de la parte de juego que entra en la melancolía; intransigente, intratable, ignora la fantasía y el capricho. Con ella no hay escapatoria ni coquetería. Y es inútil hablar y comentarla, pues ni disminuye ni aumenta. Es.

 El que no ha pensado nunca en matarse se decidirá a ello mucho más prontamente que quien no cesa de pensar en ello. Como todo acto crucial es más fácil de cumplir por irreflexión que por examen, el espíritu virgen de suicidio, una vez que se sienta impulsado a él, no tendrá defensa alguna contra este impulso súbito; se verá cegado y sacudido por la revelación de una salida definitiva, que no había considerado antes; en tanto que el otro podrá siempre retrasar un gesto que ha pesado y vuelto a pesar indefinidamente, que conoce a fondo y al que se resolverá sin pasión, si es que alguna vez se resuelve a ello.

 Los horrores de que el universo rebosa forman parte integrante de su sustancia; sin ellos, cesaría físicamente de existir. Sacar las últimas consecuencias de esto no es cometer un «hermoso» suicidio. Sólo merece el epíteto el que surge de nada, sin motivo aparente, «sin razón»: el suicidio puro. Es él ‑desafío a todas las mayúsculas- el que humilla, el que aplasta a Dios, a la Providencia y hasta al Destino.

 Nadie se mata, como se piensa comúnmente, en un acceso de demencia, sino más bien en un acceso de insoportable lucidez, en un paroxismo que puede, si se empeña uno, ser asimilado a la locura, pues una clarividencia excesiva, llevada hasta su límite y de la que quisiera uno desembarazarse a cualquier precio rebasa el cuadro de la razón. El momento culminante de la decisión no testimonia, pese a todo, ningún embotamiento: los idiotas no se matan prácticamente nunca; pero puede uno matarse por miedo, por presentimiento de la idiotez. El acto mismo se confunde entonces con el último sobresalto del espíritu que se recoge, que reúne todos sus poderes y todas sus facultades antes de anularse. En el umbral de la última derrota se prueba a sí mismo que no está completamente perdido. Y se pierde, en plena posesión instantánea de todos sus medios.

 Hemos desaprendido el arte de matarnos en frío. Los antiguos fueron los últimos que destacaron en ello. Nosotros no concebimos más que el suicidio apasionado, febril, el suicidio como estado inspirado; en lo tocante al desapego, pensamos en él como convulsivos. Aquellos sabios de antes de la Cruz sabían romper con este mundo o resignarse a él, sin drama ni lirismo. Se ha perdido su estilo, así como la base de su imperturbabilidad: una Providencia usurpadora vino a desalojar al Fatum de todos sitios. Y corremos a volver a encontrarle, para buscar un sostén en él, cuando ningún otro podría ayudarnos ni seducirnos.

 No hay nada más profundo ni más incomprensible que el Deseo. Por eso sólo se siente uno vivir cuando se desespera de destruirlo.

 Se suprima uno o no, todo permanece sin cambios. Pero la decisión de suprimirse parece la más importante que jamás haya sido tomada. No debería ser así. Y, sin embargo, así es, y nada podrá prevalecer contra esta aberración o este misterio.

 Dado que nunca he coincidido más que con el intervalo que me separa de los seres y de las cosas, más que con el vacío que se abre en el centro de cada una de mis sensaciones, ¿cómo no iba a asombrarme de verme suscribir lo que sea, respaldar mis afirmaciones, aliarme a mis fluctuaciones, o sea, a mis convicciones? Tanta ingenuidad me aflige y me tranquiliza.

 Hay que estar ávido de absoluto para afrontar el suicidio. Pero también se le puede afrontar dudando de todo. Se comprende: cuanto más se busca lo absoluto, más, por despecho de no poder alcanzarlo, se hunde uno en la duda, la cual debe ser el reverso de una búsqueda, la conclusión negativa de una gran empresa, de una gran pasión. El absoluto es prosecución; la duda, retroceso. Ese retroceso, prosecución al revés, choca, cuando no sabe detenerse, con extremos inaccesibles para un proceso racional. Al principio no era más que un procedimiento; helo aquí vértigo, como todo lo que camina más allá de sí mismo. Avanzar o retroceder hacia los límites, sondear el fondo de cualquier cosa, es encontrar necesariamente la tentación de la autodestrucción. En esta pequeña isla del Mediterráneo, mucho antes de clarear el día, hacía yo, en el camino que me conducía al acantilado más abrupto, reflexiones de portera en vacaciones: tendré esta villa, la pintaré de ocre, haré poner otra cerca, etc. Pese a mi idea, me agarraba a la menor pamplina: contemplaba las pistas, remoloneaba, escamoteaba por medio de digresiones la urgencia de mi propósito. Un perro se puso a ladrar, después me hizo fiestas y me siguió. No se puede imaginar, si no se le ha sentido, el confortamiento que te da un animal cuando los dioses te han vuelto la espalda.

 Ante un paisaje aniquilado por la luz, permanecer sereno supone una fibra que no tengo. El sol es mi proveedor de ideas negras, y el verano, la estación en que siempre he considerado mis relaciones con el mundo y conmigo mismo con mayor condena de uno y otro.

 Cuando se ha comprendido que nada es, que las cosas no merecen ni siquiera el estatuto de apariencias, ya no se necesita ser salvado, se está salvado y desdichado para siempre.

 Intento ‑sin éxito‑ no sentir vanidad por nada. Cuando, empero, lo logro, siento que ya no pertenezco al bando de los mortales. Estoy entonces por encima de todo, incluso de los mismos dioses. Quizá eso es la muerte: una sensación de grande, de extrema superioridad.
 Juan Pablo llama la tarde más importante de su vida a aquella en que descubrió que no había diferencia entre morir al día siguiente o dentro de treinta años. Revelación tan capital como inútil; si de vez en cuando se llega a captar lo bien fundado de ella, repugna, por el contrario, sacar las consecuencias, pues en lo inmediato la diferencia en cuestión le parece a cada cual irreductible, incluso absoluta: existir es probar que no se ha comprendido hasta qué punto es lo mismo morir ahora o cuando sea.
 En vano sé que no soy nada; aún tengo que persuadirme verdaderamente. Algo, dentro, rechaza esta verdad de la que estoy tan seguro. Este rechazo indica que me escapo en parte; y lo que en mí se escamotea a mi jurisdicción y mi control hace que nunca esté seguro de poder disponer plenamente de mí mismo. De este modo, al rumiar el pro y el contra del único gesto que importa, se llega a tener mala conciencia de estar todavía vivo.

 La obsesión del suicidio es propia de quien no puede ni vivir ni morir, y cuya atención nunca se aparta de esta doble imposibilidad.
 Mientras actúo, creo que lo que hago comporta un «sentido», de otro modo no podría hacerlo. En cuanto dejo de actuar, y de agente me convierto en juez, ya no encuentro el sentido en cuestión. Al lado del yo que sigue mis ejercicios, hay otro (el yo del yo) que les es superior: para él, lo que hago, incluso lo que soy, no implica ni significación ni realidad: es como si se tratase de sucesos lejanos, por siempre superados, cuyas razones aparentes dilucidamos sin percibir su necesidad intrínseca. Podrían sencillamente no ser, hasta tal punto nos son exteriores. Esta misma perspectiva, aplicada al conjunto de una existencia, lleva en derechura a la rumia sobre la extravagancia de haber nacido.
 De la misma forma, si uno se preguntase a propósito de cualquier gesto lo que resultará de él dentro de un año, de diez, de cien o de mil, sería imposible llevarlo a cabo, ni siquiera esbozarlo. Todo acto supone una visión limitada, salvo el de matarse, pues procede de una visión vasta, tan vasta, que hace vanos e irrealizables todos los demás actos. A su lado, todo es futilidad e irrisión. Sólo él propone una salida, quiero decir un abismo ‑un abismo liberador.

 Contar con algo, sea lo que sea, aquí o en otra parte, es dar prueba de que aún se arrastran cadenas. El réprobo aspira al paraíso; esta aspiración le rebasa, le compromete. Ser libre es desembarazarse para siempre de la idea de recompensa, es no esperar nada ni de los hombres ni de los dioses, es renunciar no solamente a este mundo y a todos los mundos, sino a la misma salvación, es romper hasta la idea de ella, esa cadena entre las cadenas.

 El instinto de conservación ‑pura cabezonería y nada más‑ debe ser combatido y sus estragos denunciados. Esto se logrará tanto mejor cuando se rehabilite el suicidio, cuando se subraye su excelencia y cuando se le haga alegre y accesible a todos. Acto nada negativo; es él, por el contrario, el que rescata, el que transfigura todos los actos cometidos antes de él.
 Por el más inexplicable de los malentendidos, la existencia ha sido declarada sagrada; no solamente no lo es, sino que no vale más que en la medida en que se trabaja para deshacerse de ella. Es, en el mejor de los casos, un accidente ‑un accidente que poco a poco se convierte en fatalidad. Cuando sabe uno a qué atenerse a su respecto, se enrojece de apegarse a ella y, sin embargo, se apega uno, por un largo e insensible proceso que compromete incluso a los más advertidos a tomarla en serio. Se debería, por un proceso inverso, reducirla a su estado de origen, a su insignificancia primitiva. Sería necesario para ello un esfuerzo próximo al prodigio: el que lo hiciese dejaría de ser esclavo; dueño de sus días, detendría su sucesión cuando le pareciese oportuno; existiría a su discreción; es que habría alcanzado su punto de partida, su estatuto verdadero: el de accidente, justamente.

 ¡Vivir completamente sin meta! He vislumbrado este estado, lo he alcanzado a menudo, sin lograr permanecer en él: soy demasiado débil para tal dicha.

 Si este mundo emanase de un dios honorable, matarse sería una audacia, una provocación sin nombre. Pero como hay todos los motivos para pensar que se trata de la obra de un infra‑dios, no ve uno por qué tendría que preocuparse. ¿Con quién tener miramientos? Gran beneficiario de la desaparición de la fe, el suicidio será cada vez más fácil y, por eso mismo, menos misterioso, porque habrá gastado su prestigio de anatema. Picante y meritorio antaño, entra ahora a formar parte de las costumbres, gana terreno y, si bien cesa de ser insólito, su futuro, por contrapartida, parece seguro. En el interior del universo religioso aparece como una insania y una traición, como la fechoría por excelencia. ¿Cómo se puede creer y aniquilarse? Insistamos en la hipótesis del infra‑dios, que tiene la ventaja de permitir los gestos extremos, la victoria radical sobre un mundo tarado.
 Puede uno figurarse a ese creador, consciente al fin de su desvarío, declarándose culpable: desiste, se retira y, por un último prurito de elegancia, se hace justicia. Desaparece así con su obra, sin que el hombre intervenga en ello para nada. Tal sería una versión mejorada del Juicio Final.

 Los suicidas prefiguran los destinos lejanos de la humanidad. Son anunciadores y, como tales, se les debe respetar; llegará su hora; se les celebrará, se les hará un homenaje público y se dirá que sólo ellos, en el pasado, lo habían entrevisto y adivinado todo. Se dirá también que habían tomado la delantera, que se habían sacrificado para indicar el camino, que fueron mártires a su manera: ¿acaso no se mataron cuando nadie estaba obligado a ello, y cuando la muerte natural alcanzaba su pleno apogeo? Supieron antes que los otros que la imposibilidad pura y simple sería un día el patrimonio de todos, en lugar de ser una maldición, un privilegio.
 Se les llamará precursores; y lo fueron, igual que quienes, sensibles a la soberanía del mal, han incriminado a la Creación: los maniqueos en el comienzo de la era cristiana y, singularmente, sus discípulos tardíos, los cátaros. Lo admirable es que esta incriminación era entre estos últimos más frecuente entre las gentes del pueblo que entre los letrados. Para convencerse de ello, no hay más que consultar el Manual del Inquisidor de Bernard Gui o cualquier informe de la época sobre las ideas y las actuaciones de los «heréticos». Allí puede verse ‑detalle reconfortante‑ a tal mujer de un curtidor o de un comerciante de maderas teniéndoselas con Lucifer o denunciando a nuestros primeros ancestros culpables «del acto más satánico que hay». Estos sectarios, mejor estos visionarios, tan curiosamente desengañados en medio de su fervor, investidos del don de descubrir trampas diabólicas tras todos nuestros actos importantes, sabían, si era preciso, dejarse morir de hambre y esta hazaña, nada inhabitual entre ellos, señalaba la cumbre de su doctrina. Ponerse en endura, ayunar hasta el completo agotamiento, era una práctica, consecutiva a la iniciación, y que tenía por misión preservar al «consolado», por medio de una muerte rápida, del peligro de apostasía o de todas clases de tentaciones.
 El asco por el lado útil de la sexualidad, el horror a procrear, forman parte de la impugnación de la Creación: ¿para qué multiplicar los monstruos? Si hubiera triunfado y hubiese permanecido fiel a sí mismo, el catarismo hubiese tenido como desenlace un suicidio colectivo. Tal éxito no era posible: por avanzados que estuviesen, los espíritus no estaban lo suficientemente maduros. Incluso hoy mismo están todavía lejos de estarlo y será preciso esperar largo tiempo aún antes de que la humanidad se ponga en endura. Y esto admitiendo que se ponga alguna vez.

 En el concilio de 1211 contra los Bogomilos se anatematizó a aquellos de entre ellos que sostenían que «la mujer concibe en su vientre con la cooperación de Satán, que Satán permanece allí sin retirarse hasta el nacimiento del niño».
 No me atrevo a suponer que el demonio pueda interesarse en nosotros hasta el punto de hacernos compañía durante meses; pero no podría dudar de que hayamos sido concebidos bajo su mirada y de que haya efectivamente asistido a nuestros queridos progenitores.

 Esta sensación de estar bloqueado para toda la eternidad, de haber pasado de moda antes de nacer, de haber caído demasiado bajo como para tener de quién apiadarse, esta certidumbre de que, matándose, no se mata a nadie; es la tentación del mal suicidio, la que surge no de la tristeza según Dios, sino según el diablo, para conservar la distinción del Apóstol. Es también el desconsuelo en su grado más alto y que parece tan irremediable, que permanecería intacto, inalterado, aunque hubiera que aprestar otro universo.
 ¿Cuál es esta oración «breve y vehemente» que la Filocalia recomienda contra los desfallecimientos y los terrores?

 ¿Por qué no me mato? Si supiese exactamente lo que me lo impide, no tendría ya más preguntas que hacerme puesto que habría respondido a todas.

 Para no atormentarse más hay que dejarse arrastrar a un profundo desinterés, dejar de estar intrigado por este mundo o por el otro, caer en el nada‑me‑importa de los muertos. ¿Cómo mirar a un vivo sin imaginarlo cadáver, cómo contemplar a un cadáver sin ponerse en su lugar? Ser supera al entendimiento, ser da miedo.

 Alguien completamente bueno nunca se resolverá a quitarse la vida. Esta proeza exige un fondo ‑o restos de crueldad. El que se mata hubiera podido, en ciertas condiciones, matar: suicidio y asesinato son de la misma familia. Pero el suicidio es más refinado, en razón de que la crueldad hacia uno mismo es más rara, más compleja, sin contar que se le añade la embriaguez de sentirse triturado por su propia conciencia.
 El hombre de instintos comprometidos por la bondad no interviene en su destino ni desea crearse otro; sufre el suyo, se resigna y continúa, lejos de la exasperación, de la arrogancia, de la malignidad que, en conjunto, invitan a la autodestrucción y la facilitan. La idea de apresurar su fin no le roza en manera alguna, tan modesto es. Se precisa, en efecto, una modestia enfermiza para aceptar morir de otra forma que por la propia mano.

 ¿Cómo concebir que una oración sea otra cosa que un monólogo, que un éxtasis tenga un valor más allá de sí mismo, que nuestra salvación o nuestra pérdida importen a un dios?
 Y, sin embargo, es lo que habría que poder admitir, aunque no fuese más que un segundo por día.

 El futuro, ese precipicio, me aterra hasta tal punto que me gustaría ver desaparecer hasta la idea de él. Pues es en el fondo ella, mucho más que el deslizamiento hacia el abismo que encubre, lo que me angustia y me impide saborear el presente. Mi razón se tambalea ante todo lo que llega, ante todo lo que debe llegar. No es lo que me espera, es la espera en sí, es la inminencia como tal, lo que me roe y me espanta. Para hallar un simulacro de paz necesito aferrarme a un tiempo sin mañana, a un tiempo decapitado.

 En vano repito la fórmula de la triple renuncia: «Rechazo este mundo; rechazo el mundo de los antepasados, rechazo el mundo de los dioses», cuando mido el espacio que me separa del sayal y del desierto, me hago el efecto de un sanyasin de feria.

 ¿No será la nostalgia un signo de envejecimiento precoz? Si esto es cierto, yo soy senil de nacimiento.

 No se ha escrutado el fondo de una cosa si no se la ha afrontado a la luz del anonadamiento.

 Los únicos que cuentan son esos instantes en que el deseo de quedarse con uno mismo es tan potente, que preferiría uno saltarse los sesos a cruzar una palabra con nadie.

 Lo difícil para quien ha renunciado a medias es hacer lo demás. La existencia le pesa, sin duda, pero no ha agotado su sorpresa de existir. De aquí vienen sus irresoluciones, y el arrepentirse de haber detenido a medio camino, sin esperanza alguna de llevar a buen término un designio concebido largo tiempo atrás. Un fracasado de la renuncia.

 Son nuestros sufrimientos los que dan cierto peso a nuestros pensamientos y les impiden convertirse en piruetas; también son ellos los que nos hacen proclamar que no hay realidad en ninguna parte, que ni ellos son reales. De este modo, nos sugieren una estratagema de defensa: triunfamos sobre ellos declarándolos irreales, refiriéndolos a la engañifa general. Si fuesen soportables, ¿qué necesidad habría de disminuirlos y de desenmascararlos? Como no tenemos otra salida que asimilarlos, sea a la pesadilla, sea al capricho, lo más cómodo es optar por este último.
 Pensándolo bien, más vale que no haya nada. Si hubiese algo, se viviría en la aprensión de no poder hacerse con ello. Puesto que no hay nada, todos los instantes son perfectos y nulos, y es indiferente gozar de ellos o no.

 En lo más profundo del asco a mí mismo, me digo que quizá me calumnio, que no veo a nadie que, presa de las mismas obsesiones, hubiera podido adoptar una apariencia de viviente durante tantos años.

 La única manera de apartar a alguien del suicidio es empujarlo a él. Nunca te perdonará tu gesto, abandonará su proyecto o retrasará su ejecución, te tendrá por un enemigo, por un traidor. Si creías volar en su ayuda, salvarle, él no ve en tu solicitud más que hostilidad y desprecio. Lo más extraño es que inquiría por tu aprobación, mendigaba tu complicidad. ¿Qué esperaba exactamente? ¿No te habrás engañado sobre la naturaleza de su zozobra? ¡Qué error por su parte el dirigirse a ti! En ese estadio de su soledad, lo que hubiera debido chocarle es la imposibilidad de entenderse con otro que no fuera Dios.

 Todos estamos afectados, tomamos por real lo que no lo es. El viviente, en tanto que tal, es un insensato, ciego por añadidura: incapaz de discernir el lado ilusorio de las cosas, advierte por todas partes lo sólido, lo lleno. En cuanto, por milagro, ve claro, se abre a la vacuidad y se expande en ella. Más rica que la realidad a la que reemplaza, ésta nace de todo sin el todo, es fundamento y ausencia, variante abismal del ser. Pero quiere la desdicha que la tengamos por una deficiencia; de dónde provienen nuestros temores y nuestros fracasos. ¿Qué es, pues, para nosotros? Todo lo más, un diáfano callejón sin salida, un infierno impalpable.

 Empeñado en extenuar, en reducir a la nada sus apetitos, no ha logrado más que estropearlos, despojándolos de todo lo que tenían de sano, de estimulante: un animal de presa contrariado, minado, añorando sus instintos de antaño. Como sus garras se han embotado, pero no el deseo de servirse de ellas, toda su violencia se ha convertido en desolación (pues la desolación no es más que la agresividad rota, humillada, impotente para hacerse valer).
 Ha comenzado por sabotear sus pasiones; después les tocó el turno a las creencias. El proceso era inexorable. Esta revelación que ha presidido sus días: adherirse a cualquier casa participa del infantilismo o del delirio; quizá fuese legítima; puede que la suscriba todavía; no por ello deja de ser atroz, intolerable. Permite durar, pero no existir; forma parte de las certezas de las que no se levanta uno jamás.
 Batallador y polemista por naturaleza, ya no batalla ni polemiza; por lo menos, con los demás. Los golpes que les estaban destinados se los asesta a sí mismo y es él mismo quien los encaja. Su yo es diana. ¿Su yo? ¿Qué yo? Ya no hay a quien golpear: ya no hay víctima ni sujeto, nada más que una sucesión de actos sin agente, un desfile anónimo de sensaciones...
 ¿Un liberado? ¿Un fantasma? ¿Un pingajo?

 «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?»
 ¡Ganar el mundo, perder el alma! He logrado algo mejor: he perdido ambos.

 Intente lo que intente, nunca será más que la manifestación de una decadencia, patente o camuflada. Durante mucho tiempo he teorizado sobre el hombre‑fuera-de‑todo. Ese hombre es lo que he llegado a ser, lo que ahora encarno. Mis dudas han llegado a algo, mis negaciones han tomado cuerpo. Vivo lo que antes creía vivir. Por fin me he encontrado un discípulo.

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