jueves, octubre 31, 2013

LOS GATOS DE ULTHAR por H. P. LOVECRAFT





Se dice que en Ulthar es un pueblo situado más allá del río Skai, nadie puede matar un solo gato; cosa que creo firmemente cuando contemplo el que tengo ronroneando ante el fuego. Pues el gato es enigmático, y está familiarizado con las cosas extrañas que los hombres no pueden ver. Es el alma del antiguo Egipto, y depositario de las leyendas de las ciudades olvidadas de Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la vieja y siniestra África. La Esfinge es su prima, y recuerda lo que ella ha olvidado.
En Ulthar, antes de que sus diputados prohibiesen matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa que disfrutaban poniendo trampas a los gatos del vecindario para matarlos. No sé por qué lo hacían; hay quienes detestan los maullidos por la noche, y no les gusta que los gatos anden furtivamente por patios y jardines al anochecer. Sea cual sea el motivo, este viejo matrimonio gozaba atrapando y matando todo gato que se acercaba a su casucha miserable; y por lo que se oía después en la noche, muchos de los lugareños sospechaban que tenían un modo de matarlos de lo más singular. Sin embargo, no hablaban de esto con el viejo matrimonio, debido a la habitual expresión de sus rostros arrugados, y a que su choza era muy pequeña y estaba oculta y oscurecida bajo unos olmos corpulentos, en el fondo de un patio abandonado. En verdad, aunque los dueños de los gatos odiaban a estos viejos, los temían aún más; y en vez de tacharles de brutales asesinos, se limitaban a cuidar que ninguno de sus adorados gatos se aproximara impensadamente a la apartada casucha oculta bajo los árboles sombríos. Cuando por un descuido inevitable se perdía alguno, y se oían los maullidos por la noche, su dueño lloraba con impotencia, o se consolaba dando gracias al Destino por no haber sido uno de sus hijos el desaparecido de este modo. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía de donde vinieron los gatos al principio.
Un día entró por las estrechas y empedradas calles de Ulthar una caravana de extraños vagabundos que procedían del sur. Eran trotamundos atezados, distintos de aquellas gentes ambulantes que pasaban por el pueblo dos veces al año. Decían la buenaventura a cambio de plata en los mercados, y compraban alegres abalorios a los mercaderes. Nadie sabía de que país venían estos vagabundos; pero observaron que eran dados a rezar extrañas plegarias, y que a los lados de sus carromatos llevaban pintadas extrañas figuras con cuerpo humano y cabeza de gato, de halcón, de león o de carnero. Y el jefe de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos y un curioso disco entremedias.
Iba en esta singular caravana un niño que no te padre ni madre, sino sólo un gatito pequeño y negro al que cuidaba. La peste no había sido amable con él, aunque le había dejado este ser diminuto y peludo que dulcificaba su dolor; cuando se es muy joven, uno puede encontrar gran alivio en las vivarachas travesuras de un gatito negro. Así, el niño a quien las atezadas gentes llamaban Menes sonreía cada vez más, y llora cada vez menos, cuando se sentaba a jugar con su gracioso gatito en las escaleras de un carromato decorado de singular manera.
A la mañana del tercer día de estancia en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; al verle sollozando en el mercado, los lugareños le hablaron del viejo y de su esposa, y de lo que se oía por la noche. Al escuchar todo aquello sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la plegaria. Extendió los brazos hacia el sol y rezó en una lengua que los lugareños no entendieron; aunque no pusieron mucho empeño en entender, ya que les acaparaban la atención el cielo y las formas curiosas que adoptaban las nubes. Era muy extraño, pero tan pronto como el niño hubo terminado su oración, parecieron formarse en lo alto las figuras brumosas y oscuras de unos seres exóticos, criaturas híbridas coronadas con los cuernos y el disco entremedias. La Naturaleza está llena de tales ilusiones para sugestionar a quienes son imaginativos.
Esa noche, los trotamundos se fueron de Ulthar, y no se les volvió a ver. Y los habitantes se sintieron consternados al darse cuenta de que no había un solo gato en todo el pueblo. De cada uno de los hogares había desaparecido el gato familiar; los grandes y los pequeños, los negros, los grises, los rayados, los amarillos y los blancos. El viejo Kranon, que era el burgomaestre, juró que habían sido las gentes atezadas quienes se los habían llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes; y maldijo a la caravana y al niño. Pero Nith, el flaco notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran más sospechosos aun, ya que su odio a los gatos era conocido por todos, y más atrevido cada vez. Sin embargo, nadie se atrevió a acusar al siniestro matrimonio, aun cuando el hijo del posadero, el pequeño Atal, aseguraba haber visto a todos los gatos en aquel patio maldito, bajo los árboles, avanzando con paso medido, lenta y ceremoniosamente, y describiendo un círculo alrededor de la choza en fila de a dos, como si ejecutasen algún inaudito ritual. Los lugareños no sabían si creer al chico; y aunque temían que el malvado matrimonio hubiese hechizado y exterminado a todos los gatos, preferían no enfrentarse con el viejo campesino mientras no saliese de su patio tenebroso y repugnante.
Así que el pueblo de Ulthar se acostó embargado por la ira y la impotencia; y he aquí que al despertar por la madrugada, ¡cada gato había regresado a su hogar respectivo! Los grandes, los pequeños, los negros, los grises, los rayados, los amarillos y los blancos; no faltaba ninguno. Todos aparecieron gordos y lustrosos, emitiendo sonoros ronroneos de satisfacción. Los ciudadanos hablaban maravillados del caso. El viejo Kranon insistió una vez más en que había sido el pueblo atezado quien se los había llevado, puesto que los gatos jamás regresaban vivos de la choza del viejo matrimonio. Pero todos coincidieron en una cosa: que la negativa de los gatos a probar sus respectivas raciones de comida y su plato de leche era sumamente singular. Y durante dos días enteros, los lustrosos y perezosos gatos de Ulthar no tocaron alimento alguno, y se limitaron a dormitar junto al fuego o al sol. Una semana transcurrió, hasta que los lugareños observaron que no había luz, por la noche, en las ventanas de la choza oculta bajo los árboles. Luego, el flaco Nith comentó que nadie había visto al viejo ni a la vieja desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana después, el burgomaestre decidió vencer su temor y visitar la vivienda extrañamente silenciosa; como era su deber, aunque tuvo el cuidado de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el cantero como testigos. Y cuando echaron abajo la frágil puerta no encontraron otra cosa que dos esqueletos humanos limpios y mondos en el suelo de tierra, y un montón de cucarachas que corrían por los rincones oscuros.
Mucho se habló después entre los habitantes de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largamente con Nith, el flaco notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados a preguntas. En cuanto al pequeño Atal, el hijo del posadero, fue interrogado a fondo, y se le dio un caramelo en recompensa. Hablaron del viejo campesino y su mujer, de la caravana de atezados vagabundos, del pequeño Menes, de su gatito negro, de la plegaria de Menes y el cambio del cielo, de la acción de los gatos la noche en que se fue la caravana, así como de lo que encontraron mas tarde en la choza que hay bajo los árboles sombríos del patio repugnante.

Al final, los diputados aprobaron esa famosa ley de que hablan los mercaderes en Hatheg, y que discuten los viajeros de Nir; a saber: que en Ulthar, nadie puede matar un solo gato.

RAHUTIA LA BAILARINA por ROBERTO ARLT


En el arrabal morisco de Tetuán, en la callejuela de Dar Vomba, precisamente junto a los arcos que la techan dándole la apariencia de un subterráneo azulado, vivía hasta hace pocos años Ibu Abucab, comerciante y fabricante de babuchas.
Algunos niños, de nueve y diez años, respectivamente, trabajaban para él. El babuchero era un hombre de baja estatura, morrudo, con ojos como manchados de leche y tupida barba sobre el pecho.
Ibu Abucab había repudiado a su esposa, Rahutia, cuando ésta cumplía dieciséis años. Sospechaba que ella, desde la terraza de su finca, le engañaba con su vecino Gannan, el platero.
Sin embargo, no había tenido oportunidad de olvidarla. Mientras los niños moros recortaban las sandalias, Ibu recordaba pensativamente el compacto cariño de Rahutia y sus caricias espesas. Ciertas imágenes le roían la conciencia como los agudos dientes de un ratón. Era aquélla una sensación de fuego y enloquecimiento que le cubría los ojos de blancas llamaradas de odio.
Rahutia, después de refugiarse en Fez, se dedicó a la danza. En pocos años se hizo famosa en todos los bebederos de té que se encuentran yendo de Uxda a Rabbat y de Tremecen hasta Taza, la vieja ciudadela de los bandidos.
Las danzas de esta mujer fea eran un temblor de rodillas y crótalos que exaltaban a los espectadores. Presagiaban la muerte y el zarpazo de la fiera.
Ibu Abucab odiaba a su mujer, pero la odiaba consultando sus intereses, y, precisamente, fueron sus intereses los que le impidieron cortarle la cabeza cuando sospechó de ella.
Ahora Ibu Abucab prosperaba. Dentro de algunos anos, con ayuda de Alá, se enriquecería, y podría, como otros vecinos, mantener un harén. También la humillaría a Rahutia.
Pero una noche, a las diez, en el mismo momento que se disponía a cerrar su tienda, entró a ella un joven. Ibu Abucab comprendió que su visitante pertenecía a la aristocracia indígena, pues su chilaba era de muy fina lana, y de su espalda colgaba una capa con capucha revestida de seda. Una barba fina sombreaba el rostro del desconocido, que, llevándose las manos a los labios, saludó:
—La paz en ti.
—La paz.
El joven dijo:
—Tú no me conoces a mí, pero yo te conozco a ti. Soy hermano de El Mokri.
Ibu Abucab barruntó que tendría que tratar un asunto grave, y se excusó:
—Permíteme que cierre mi tienda, y estaré contigo.
Y acompañó a su visitante a la trastienda.
El joven dejó sus babuchas a la entrada, y avanzando descalzo por el suelo esterillado, se sentó en cuclillas en un cojín. Luego encendió un cigarrillo, y su mirada dura se paseó por la habitación revestida de tapices hasta la altura de sus hombros.
Nuevamente entró Ibu, y también descalzo, fue a sentarse frente al hermano de El Mokri. No sabía quién era El Mokri, pero su instinto le advertía que aquel joven sentado frente a él y fumando un cigarrillo egipcio podía tener influencia en su vida.
El comerciante inclinó la cabeza sobre el pecho y reposó las manos sobre el vientre. El otro dijo:
—Yo no imitaré a los gatos que rodean un pedazo de pescado y maúllan inútilmente. . . ¿Conoces a El Mokri?
Ibu Abucab tuvo que convenir que no conocía a El Mokri.
El joven, cruzado de brazos, reconsideró al comerciante. Por más que se esforzaba por ocultar el desprecio que le inspiraba ese hombre, la hostilidad traslucía de él. Finalmente exclamó:
—El Mokri murió por culpa de tu mujer Rahutia.
El babuchero repuso, fríamente:
—Rahutia no es mi mujer. Hace tiempo que la repudié a causa de su mala conducta.
El joven aclaró su posición en Tetuán:
—Mi hermana Fátima es "mulett ettal" del Califa. Habla con sinceridad: ¿Por qué no le cortaste la cabeza a tu mujer?
Ibu Abucab se mesó, pensativamente, la barba. De modo que el desconocido era hermano de una favorita del Califa. Aquel hombre podía hacerle mucho daño. Respondió con dignidad:
—Un humilde babuchero no puede manchar con sangre las esteras de su tienda.
El joven encendió otro cigarrillo, y continuó, obcecado:
—Por culpa de Rahutia, mi hermano ha muerto. Esa sepulturera ha hecho daño a muchos hombres.
El joven decía la verdad, aunque la cólera lo cegaba. Prosiguió:
—Allí tienes al hijo de Ber, enjuto como un perro, y loco como un camello cuando llega la primavera. Y también Alí, que ha despilfarrado en el Tremecen la hacienda de su padre... Tú no me conoces a mí, pero yo te conozco a ti.
El comerciante pensó que podía responderle a ese energúmeno que él no era Rahutia, pero las palabras del joven, en vez de ofenderle, despertaban el odio doloroso enterrado en el fondo de su pecho. En verdad que lamentaba ahora haber dejado con vida a aquella mujer, cuando un pocillo de veneno lo hubiera simplificado todo. El joven, pálido de ira, continuaba:
—¿No es una iniquidad que tales abominaciones ocurran y que la responsable sea la mujer de un babuchero?
Ibu Abucab miró el rostro del joven atormentado, y experimentó piedad por él. Repuso:
—¡Qué puedo hacer yo!. . . ¿No la he repudiado acaso por su mala conducta?
El joven insistió:
—Debiste haberle cortado la cabeza...
Melancólico, repuso el babuchero:
—Sí; pero no se la corté.
El joven insistió:
—¿Por qué no tomaste ejemplo del piadoso Mohamet, que mató a su mujer a palos cuando supo que le era infiel? Dogmático, repuso el babuchero: —El Profeta ha dicho que no debe golpearse a una mujer ni con una rosa.
El hermano de El Mokri repuso rápidamente:
—Cortarle la cabeza es diferente.
Ibu Abucab intentó la suprema defensa:
—Estaba escrito.
El visitante no se dejó apabullar por la respuesta:
—¿Puedes jactarte tú de haber amarrado al camello a una buena estaca?
Con esta frase de Mahoma el joven le quebraba las patas a la fementida teoría de la Fatalidad. En efecto, el Profeta ha escrito que el creyente no debe abandonarlo todo en las manos de Alá sino después de asegurarse que ha cumplido minuciosamente con todas las precauciones que un hombre precavido debe observar.
El babuchero comprendió que la Fatalidad marchaba a su encuentro. Entornó los ojos hacia los tapices del muro, y finalmente, descargando su pecho en un suspiro, preguntó :
—¿Que puedo hacer yo por tu hermano muerto y el honor de tu familia ?
El visitante se puso de pie, aderezó la capa sobre su espalda, y con los ojos dilatados, acercando el rostro al pálido semblante del comerciante, dijo :
—Invítala a tu mujer que venga a tu tienda mañana a la noche... Dile que un hombre de Taza te ha ofrecido un collar de perlas. Ella es conocedora de piedras preciosas, y querrá verlo...
Salió el hermano de El Mokri... El comerciante se prosternó en dirección a La Meca, y comenzó devotamente su oración :
"En nombre del Clemente, del Misericordioso..."
Rahutia, la bailarina, había corrido a través de las decepciones con el mismo gesto doloroso de un guerrero que tiene las sienes atravesadas por una saeta.
Su corazón estaba empapado de odio a los hombres.
Era una mujer pequeña, sombría y delgada, de manos ardientes y labios fríos. Su rostro, endurecido por la adversidad, inspiraba respeto, pero cuando sonreía, súbitamente su alargado semblante se llenaba de tanta luz e ingenuidad que hasta a los granujas más recios les temblaban las manos. Había bailado en Taza, la ciudad de los bandidos ; conocía todos los bebedores de té, desde Uxda a Rabbat, en Tremecen. Un cadí enloqueció al perderla. Aunque su carrera de bailarina había comenzado en los tugurios de Tánger, que están arrimados a las murallas de la época de la dominación portuguesa, su sensibilidad la había convertido en una danzarina que hacía aullar a las masas cuando se presentaba en los tabladillos.
¿Qué era lo que atraía de esa mujer fea ? ¿Acaso su corazón, más seco que la arena, y un tedio cargado de versatilidad, o su enorme desprecio por el dinero, que la tornaba tan grande e inconquistable como el mismo Califa, que todos los viernes acudía a la mezquita, seguido de un escuadrón y un descabalgado caballo de guerra ?
Esta era la mujer por quien se había perdido El Mokri. El Mokri había ido a Fez, encargado de una misión oscura acerca del Sultán. Conoció a Rahutia en un cabaret, y perdió la cabeza. Un mes después se ahorcaba en la casa de la bailarina.
Rahutia se encogió de hombros. Los hombres eran locos. Sufrían cuando eran felices por miedo a perder la felicidad. Ella no se encadenaría jamás a nadie.
Pero después de siete años volvió a Tetuán, a vivir en la entrada de la plazuela de la calle de Attarin del Suk el Fuki. ¿Qué era lo que la atraía de aquel espacio empedrado con guija de río? . . . Durante todo el día se oía disputar allí a las campesinas del Borch con los esclavos negros, cuyas motas estaban cubiertas por redecillas de conchas marinas. Las parras sombreaban con sus pámpanos las paredes encaladas y las piedras manchadas de aceite.
Rahutia vivía allí, a la entrada de un túnel, donde constantemente flotaba una crepuscular luz azul; en una casa cuya puerta de cedro estaba defendida por agudas puntas de hierro como la carlanca de un mastín. Frente a la casa, de las vigas que abovedaban la calle, colgaba un inmenso farolón de bronce, tallado al modo morisco. Servía a la bailarina una criada de color de chocolate, con la luna y las estrellas tatuadas en la frente, en las mejillas, en el dorso de las manos y en los talones.
¿Por qué Rahutia había vuelto a Tetuán? Ella misma no hubiera podido contestarse a esta pregunta. La atraía el arrabal moruno, el batir de los tamboriles durante las noches de esponsales y la tristeza de la vida de todos aquellos esclavos, mientras que ella no era una esclava, sino que estaba libre, definitivamente libre...
El ex marido, el babuchero, no le inspiraba curiosidad ni odio. Era el hombre que acumula dinero, mueve parsimoniosamente la cabeza y trata de estar bien con todo el mundo porque así conviene a sus intereses. Sin embargo, Ibu Abucab debía despreciarla. Jamás había intentado comunicarse con ella. Bajo ese silencio, probablemente se consumía un amor humillado y cargado de rencor. Quizá la hubiera olvidado, pero cuando pensaba que a ese hombre de ojos lechosos le había regalado dos años de matrimonio, su sensibilidad se crispaba de soberbia y frialdad. No; Ibu Abucab no la olvidaría nunca.
De manera que aquella mañana soleada no se extrañó cuando después de muchos años, vio entrar a su casa a la vieja Menana, nodriza de su ex marido. La anciana, después de saludarla e informarse de un montón de bagatelas, fue al asunto:
—Ibu Abucab desea verte. . . Un hombre de Taza ha dejado en su tienda un collar de perlas, y quiere mostrártelo, pues sabe que tú entiendes de piedras preciosas, y él en cambio no conoce sino pellejos y babuchas.
Rahutia miró una mancha de luz sobre el alto muro encalado, luego fijó la mirada en su esclava, que derramaba un odre de agua en un ánfora de bordes dorados, y respondió, calmosa:
—Dile que iré esta noche.. .
Cuando Rahutia, en compañía de Ibu Abucab, pasó a la trastienda del comercio comprendió que no tendría que examinar ningún collar.
Un negro, con bombachas anaranjadas y chaleco verde, custodiaba la puerta por donde había entrado. Soportaba una alfombra arrollada bajo el brazo. Del centro de la alfombra salía la punta de una espada. En un cojín permanecía sentado el hermano de El Mokri. El joven no se dignó responder el saludo de la mujer, pero, dirigiéndose al babuchero, le dijo:
—Tú puedes aguardar afuera.
El babuchero salió sin pronunciar una palabra.
Rahutia miró en derredor. Estaba en presencia de misteriosos enemigos. El negro corrió la cortina de la entrada, y Rahutia, después de examinarle despectivamente, le preguntó:
—¿No eres tú el aguatero que chilla como una mujerzuela todas las mañanas frente a la tienda de Alí?
El negro no respondió una palabra. Bajo el sobaco soportaba la alfombra arrollada, de cuyo centro salía la punta de la espada.
El hermano de El Mokri intervino:
—¿Tú eres Rahutia, la bailarina?
Rahutia miró fríamente al joven:
—No has respondido a mi saludo ni me has ofrecido asiento. Tu apariencia es la de un señor, pero tu conducta es más grosera que la de un esclavo.
El joven se levantó, las mejillas ruborizadas de furor:
—Yo soy hermano de El Mokri, el hombre que por tu culpa se mató en Fez. Te he condenado, y he venido a cortarte la cabeza.
Rahutia avanzó serenamente hasta un cojín, se dejó caer allí, levantó los ojos hasta el pálido semblante del joven:
—¿De modo que tú eres hermano de El Mokri? ¿No has sido tú quien, en Tremecen, mandó echar veneno en mi baño?...
—Soy yo...
Rahutia hizo jugar los alambres de oro que se arrollaban a sus muñecas; luego, cruzándose de piernas y mostrando sus pantalones de seda recamada de plata, apoyó el mentón en el puente de las manos entrelazadas. Reflexionó un instante:
—Hace mucho tiempo que me persigues. ¿Qué puedo hacer yo por ti?
—¡Hacer por mí!...
—Naturalmente. Tu hermano ha muerto de muerte que se dio con sus propias manos, y tú me persigues queriéndote cobrar con mi vida. ¿Qué calidad de hombre eres tú?
Rahutia hablaba sin cólera, con la triste lentitud de una mujer que ha presenciado demasiados sucesos para ignorar que el Destino los resuelve casi siempre de un modo inesperado y en un minuto muy breve.
El hermano de El Mokri estalló:
—Yo soy un señor y tú eres una hiena de sepulcros. ¿Cómo te permites hablarme en ese tono? No estoy aquí para cambiar contigo palabras inútiles. He venido a cobrarme con tu vida la vida de mi noble hermano. .
Una ola de sangre subió hasta las sienes de Rahutia. Dominó su cólera, y dijo:
—Haz salir a ese esclavo, y te diré muchas cosas.
El joven vaciló. Rahutia sonrió:
—Tienes miedo de una bailarina.
El joven hizo una señal al negro, y el aguatero salió con su alfombra y su espada.
—¿Qué tienes que decirme?
Rahutia se levantó y fue a sentarse junto a su enemigo. El capuchón de su capa blanca se le había caído sobre la espalda, y su cabello enmarcaba con finas ondas su rostro largo y fino, encendido por una llama de madura gravedad. Con firmeza puso la mano sobre la espalda del joven:
—Yo no lo empujé a la muerte a tu hermano. Tu hermano traicionaba por igual al Califa y al Sultán. Tu hermano me encontró cuando el hacha del verdugo estaba muy cerca de su cabeza. Se comunicaba con Alí, el negro de Taza, agente de Abd-el-Krim. Quería huir del Magrebh y llevarme consigo. Yo no le amaba. . . ¿Por qué iba a seguir a un hombre que ya estaba muerto? Tu hermano se había enredado con extranjeros terribles. Tu padre lo supo, y antes que el Califa le cubriese de vergüenza, vino a Fez y visitó a El Mokri, amenazándole matarle con sus propias manos si él no lo hacía. Y cuando tu hermano, borracho de kif, se ahorcó en mi casa, todos los lavadores de escudillas de Fez dijeron: "La culpable es Rahutia".
El joven reflexionó:
—Tus palabras son graves e increíbles. ¿Qué pruebas tienes? Mi padre ha muerto. Mi hermano también. Los franceses han fusilado al negro Alí. ¿Cómo creerte?
Rahutia frunció el ceño.
—Yo ignoraba, cuando venía hacia aquí, que encontraría al enemigo de mi vida.
Hablaba, pero sus manos continuaban jugando con las ajorcas de oro.
El hermano de El Mokri se sintió afectado por esa calma. La bailarina le dominaba a su pesar con aquella infinita serenidad.
—Estás mintiendo.
—Mírame a los ojos.
El hombre apartó los ojos de un versículo que en oro culebreaba en el tapiz, y los fijó en la mujer.
Aquel rostro largo, fino, que había besado apasionadamente su hermano lo perturbaba. ¿Mentiría ella o no?. . . Iría a caer entre sus garras. Lo atraía. A través de la tela de su chilaba sentía que la temperatura de aquella mano tan ardiente se iba filtrando a lo largo de su ser como un filtro de aborrecida y ansiadísima debilidad.
Apelando a su voluntad, estranguló la ola de emoción que se le subía a los ojos, y, entristecido, fatigadísimo, habló como a través de un sueño, con palabras muy pesadas:
—Que Alá me condene si eres inocente...
Rahutia comprendió que no debía esperar más, y una ajorca de oro cayó de su mano y rodó por el esterillado. El hombre se levantó y corrió hasta la ajorca, se la entregó a la bailarina, y Rahutia, más angustiada que nunca, bajó la voz:
—Te diré algo terrible. Algo que te convencerá. Tu hermana puede dar testimonio.
Y su cabeza se inclinó hacia el oído de su enemigo, que también acercó la cabeza a los labios de la bailarina.
El brazo de la mujer cortó el aire como la correa de un látigo, y el mozo tuvo en el corazón la sensación de la cornada de un becerro. El puñal de Rahutia se había clavado en su pecho, quiso gritar, pero únicamente pudo morder la palma de aquella mano ardiente y perfumada que le amordazaba. Y mientras las sombras de la muerte llenaban sus ojos, alcanzó a escuchar aún aquella dulce voz femenina que le decía:
—Te he dicho la verdad..., toda la verdad...
El cuerpo del moribundo se desplomó sobre los cojines, y Rahutia retiró su mano ensangrentada por la cruel mordedura. Miró en derredor.
Levantó una cortinilla y entró a una pequeña habitación donde había un operario dormido. De allí pasó al jardín: un escalerilla de ladrillo, sin pasamano, conducía a la casa de Gannan, el platero. Las estrellas lucían como faroles en el alto cielo; las palmeras recortaban el espacio semejante a fatigados abanicos.
Rahutia corría a través de las terrazas como un fantasma; las mujeres de otros harenes la veían pasar, pero con esa solidaridad cómplice que liga a todas las musulmanas, fingían no verla...
Finalmente llegó a un jardín cuyos "parterres" desbordaban sobre las antiguas murallas, saltó un parapeto, bajó por una escalerilla, pasó frente a un soldado español, y se encontró en la calle negra que conduce a los montes. Con rápido paso se internó en la sombra de África.
Y así como Rahutia, la bailarina, desapareció de Tetuán.


GEHENNA por MASSIS MAHFUD



¿Hacia dónde caváis, desventurados mineros?
Ya no queda más luz
y las vacas han parido tres veces sobre vuestras tumbas.


Un lejano galeón viene sonando
y en subsuelo arrastra su cruel ferretería,
calvando siempre, calvando en mi corazón,
como a un sarcófago que se abriera en medio de la tempestad de la noche.


Quizá habéis perdido el lugar, yo vivo solo,
solo con mis ojos abiertos como dos gotas de coñac en la niebla:
marchaos, por piedad, hay otra vecindad más pura,
otras casas más grandes
con sótanos huecos para vuestra angustia.


Yo vivo solo.
No bebo otra agua que el sudor que cae de mi velludo pecho,
de esta húmeda soledad,
más oscura que una entente de sombras.
Pero no os vayáis, acaso vuestro paso
no sea sino el llamado remoto de mis huesos,
la restauración de mi heredad en otra patria,
en otra altura,

donde el corazón duela menos.

EL PANTANO DE LA LUNA por H. P. LOVECRAFT


Denys Barry se ha ido a alguna región remota y es­pantosa que desconozco. Estuve con él la última noche que pasó entre los hombres, y ol sus gritos cuando ocurrió; pero los campesinos y la policía del condado de Meath no llegaron a encontrarle a él ni a los demás, aunque batieron el terreno hasta muy lejos. Y ahora me estremezco cuando oigo cantar las ranas en los panta­nos, o veo la luna en parajes solitarios.
Conocí bastante bien a Denys Barry en América, donde se había hecho rico, y le felicité cuando compró nueva­mente el viejo castillo junto al pantano del soñoliento pueblo de Kilderry. Su padre procedía de Kilderry, y allí era donde deseaba disfrutar de su riqueza, en medio de escenarios ancestrales. Los hombres de su sangre ha­bían gobernado en otro tiempo Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero esos tiempos quedaban ya muy atrás, de modo que durante genera­ciones, el castillo permaneció vacío y en ruinas. Des­pués de su regreso a Irlanda, Barry me escribió a me­nudo, contándome cómo iba levantándose el castillo gris, torres tras torre, bajo sus cuidados, y recobrando su antiguo esplendor, cómo la hiedra comenzaba a tre­par lentamente por las restauradas murallas igual que había trepado hacia muchos siglos, y cómo los campe­sinos le bendecían por rememorar los viejos tiempos con el oro procedente del otro lado del océano. Pero pasado un tiempo, surgieron los problemas, los campe­sinos dejaron de bendecirle, y le rehuyeron como a la desgracia. Y fue entonces cuando me escribió pidién­dome que le visitara, ya que se había quedado solo en el castillo, y no tenía con quien hablar, salvo los nuevos criados y braceros que había contratado en el norte.
La causa de dichos problemas estaba en el pantano, como Barry me contó la noche en que llegué al castillo. Fue un atardecer de verano cuando puse los pies en Kilderry, momento en que el oro del cielo iluminaba el verde de los montes y arboledas y el azul del pantano, donde en un lejano islote resplandecían espectralmente unas ruinas antiguas y extrañas. El crepúsculo era muy hermoso, pero los campesinos de Ballylough me previ­nieron contra él, y dijeron que Kilderry se había con­vertido en un lugar maldito, de modo que casi me es­tremecí al ver los altos torreones del castillo dorados como el fuego. El automóvil de Barry me esperaba en la estación, ya que Kilderry quedaba lejos del ferroca­rril. Los lugareños se habían apartado del coche y de su conductor, que era un hombre del norte; pero habla­ron conmigo en voz baja y con cara pálida cuando vie­ron que iba a ir a Kilderry. Y esa noche, después de nuestra reunión, Barry me dijo por qué.
Los campesinos se habían ido de Kilderry porque Denys Barry iba a desecar el gran pantano. A pesar de todo su amor por Irlanda, América no había dejado de influir en él, y detestaba ver desaprovechado el her­moso y vasto lugar, cuando podía sacarse turba y rotu­rar su tierra. Las leyendas y supersticiones de Kilderry no le conmovieron, y se rió al principio cuando los campesinos se negaron a ayudarle; luego le maldijeron, recogieron sus escasas pertenencias, al ver su determi­nación, y se marcharon a Ballylough. Barry mandó traer braceros del norte para que ocuparan sus puestos; y cuando le dejaron sus criados, los sustituyó del mismo modo. Pero estaba solo entre extraños, y esa era la razón por la que Barry me había pedido que fuese con él.
Cuando me enteré de cuáles eran los temores que habían movido a la gente a abandonar Kilderry, me reí como se había reído mi amigo, porque estos temores eran de lo más vagos, disparatados y absurdos. Se refe­rían a cierta leyenda ridícula acerca del pantano, y de un siniestro espíritu guardián que moraba en las extra­ñas y antiguas ruinas del lejano islote que yo había visto en el crepúsculo. Corrían historias sobre luces que danzaban en la oscuridad cuando no había luna, y vientos fríos que soplaban cuando la noche era cálida; sobre espectros blancos que revoloteaban por encima de las aguas, y de una imaginada ciudad de piedra que había debajo de la pantanosa superficie. Pero por en­cima de todas estas espectrales fantasías, y única en su absoluta unanimidad, estaba la que hacía referencia a una maldición que aguardaba a quien se atreviese a tocar o desecar el inmenso marjal rojizo. Había secre­tos decían los campesinos, que no debían desvelarse; secretos que permanecían ocultos desde aquella peste que sobrevino a los niños de Partholan, en los fabulo­sos tiempos anteriores a la historia. En el Libro de los Invasores se cuenta que estos hijos de los griegos fueron enterrados todos en Tallaght, pero los ancianos de Kil­derry decían que una ciudad fue salvada por su patrona la diosa-luna, de suerte que los montes boscosos la ocultaron cuando las hordas de Nemed llegaron a Scythia en sus treinta barcos.
Esas eran las fantásticas historias que habían impul­sado a los lugareños a abandonar Kilderry; y al oírlas, no me extrañó que Denys Barry se hubiese negado a escucharlas. No obstante, él sentía un enorme interés por las antigüedades, y propuso que explorásemos en­teramente el pantano tan pronto como lo hubiesen de­secado. Había visitado con frecuencia las blancas ruinas del islote; pero si bien era evidente que su antigüedad era muy remota y su trazado muy distinto de los de la mayo­ría de las ruinas irlandesas, estaba demasiado avanzado su deterioro para poder dar una idea de sus tiempos de esplendor. Ahora, el trabajo de desecación estaba a punto de empezar, y los braceros del norte estaban dis­puestos a despojar al pantano prohibido de su musgo verde y de su brezal rojizo, y a matar los minúsculos arroyuelos y las plácidas charcas azules bordeadas de juncos.
Me sentía ya muy soñoliento cuando Barry terminó de contarme estas cosas; los viajes del día habían sido agotadores, y mi anfitrión estuvo hablando hasta bien avanzada la noche. Un criado me condujo a mi apo­sento, situado en una torre apartada que dominaba el pueblo, la llanura que se extiende al borde del pantano, y el pantano mismo; así que desde mi ventana podía contemplar, a la luz de la luna, los mudos tejados de los que habían huido los campesinos, y que ahora cobi­jaban a los braceros del norte, y también la iglesia pa­rroquial con su antiguo campanario; y allá lejos, en medio de las aguas melancólicas, las ruinas antiguas y remotas del islote brillando blancas y espectrales. Justo cuando me tumbé en la cama para dormir, me pareció oír débiles sonidos a lo lejos; sonidos frenéticos, se­mimusicales, que provocaron en mi extrañas agitacio­nes que tiñeron mis sueños. Sin embargo, al despertar a la mañana siguiente, comprendí que no había sido más que un sueño, ya que mis visiones fueron mucho más prodigiosas que el frenético sonido de flautas de la noche. Influido por las leyendas que Barry me había contado, mi mente había vagado en sueños por una majestuosa ciudad enclavada en un verde valle, donde las calles y las estatuas de mármol, las villas y los tem­plos, los relieves y las inscripciones, proclamaban en distintos tonos el esplendor de Grecia. Cuando le conté mi sueño a Barry, nos reímos los dos. Pero aún me reí más al ver lo perplejo que tenían a Barry los braceros del norte: era la sexta vez que se levantaban tarde; se habían despertado con gran torpeza y lentitud, y andaban como si no hubiesen descansado, aunque sabíamos que se habían acostado temprano la noche anterior.
Esa mañana y esa tarde vagué a solas por el dorado pueblo, deteniéndome a hablar de vez en cuando con los abúlicos labriegos, ya que Barry estaba ocupado con los proyectos finales para acometer la obra de drenaje. Y comprobé que los labriegos no eran todo lo felices que podían ser, ya que la mayoría se sentían desasose­gados por alguna pesadilla que habían tenido, aunque no conseguían recordarla. Yo les conté mi sueño; aun­que no se mostraron interesados, hasta que les hablé de los sonidos espectrales que había creído oír. Enton­ces me miraron de manera especial, y dijeron que les parecía recordar sonidos espectrales también.
Al anochecer, Barry cenó y me anunció que empeza­ría el drenaje dos días después. Me alegré; porque aunque sentía que desapareciese el musgo y el brezo y los pequeños arroyos y lagos, sentía un creciente deseo de conocer los antiguos secretos que el espeso manto de turba pudiera ocultar. Y esa noche, mis sueños so­bre sonidos de flautas y peristilos de mármol termina­ron de forma súbita e inquietante; porque vi descender sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego una avalancha espantosa de laderas boscosas que cubrió los cadáveres de las calles, dejando sin sepultar tan sólo el templo de Artemisa, en lo alto de un pico, donde Cleis, la vieja sacerdotisa de la luna, yacía fría y muda con una corona de marfil en su cabeza plateada.
He dicho que desperté de repente y alarmado. Du­rante un rato, no supe si dormía o estaba despierto, ya que aún resonaba estridente en mis oídos el sonido de las flautas; pero cuando vi en el suelo el frío resplandor de la luna y los contornos de una ventana gótica enre­jada, supuse y comprendí que estaba despierto, y en el castillo de Kilderry. A continuación oí que un reloj, en algún remoto rellano de abajo, daba las dos, y ya no me cupo ninguna duda. Sin embargo, seguían llegándome aquellos aires distantes y monótonos de flautas; aires salvajes que me hacían pensar en alguna danza de fau­nos en la lejana Maenalus. No me dejaban dormir; así que no pudiendo más de impaciencia, salté de la cama y di unos pasos. Sólo por casualidad me acerqué a la ventana norte a contemplar el pueblo silencioso y la llanura que llega al borde del pantano. No me apetecía contemplar el paisaje, ya que quería dormir; pero las flautas me atormentaban, y necesitaba mirar o hacer algo. ¿Cómo podía sospechar que existiese lo que iba a ver?
Allí, a la luz que la luna derramaba en la amplia llanura, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal podría olvidar después de presenciado. Al son de unas flautas de caña que resonaban por todo el pan­tano, evolucionaba en silencio, misteriosamente, una multitud confusa de figuras balanceantes, girando con el mismo frenesí que danzarían en otro tiempo los sici­lianos en honor a Deméter, bajo la luna de la cosecha, junto a Cyane. La ancha llanura, la dorada luz de la luna, las oscuras sombras agitándose y, sobre todo, el sonido monótono de las flautas, me produjeron un efecto casi paralizador; sin embargo, en medio de mi temor, observé que la mitad de todos estos maquinales e infatigables danzarines eran los braceros a quienes yo creía dormidos, mientras que la otra mitad eran seres extraños y etéreos de blanca e indeterminada natura­leza, aunque sugerían pálidas y melancólicas náyades de las fuentes encantadas del pantano. No sé cuánto tiempo estuve contemplando el espectáculo desde la ventana de mi solitario torreón, antes de caer en un vacío sopor del que me despertó el sol de la mañana, ya muy alto.
Mi primer impulso, al despertar, fue contarle todos mis temores y observaciones a Denys Barry; pero viendo que el sol entraba ya por la enrejada ventana este, tuve el convencimiento que carecía de realidad todo lo que creía haber visto. Soy propenso a ver ex­trañas fantasías, aunque jamás he sido lo bastante débil como para creer en ellas. Así que en esta ocasión me limité a preguntar a los braceros; pero se habían des­pertado muy tarde, y no recordaban nada de la noche anterior, salvo que habían tenido sueños brumosos de sones estridentes. Este asunto de la música de flautas espectrales me atormentaba enormemente, y me pre­gunté silos grillos habrían empezado a turbar la noche antes de tiempo, y a embrujar las visiones de los hom­bres. Más tarde, ese mismo día, vi a Barry en la biblio­teca estudiando los proyectos para la gran obra que debía empezar al día siguiente, y por primera vez sentí vagamente aquel temor que había impulsado a mar­charse a los campesinos. Por alguna razón desconocida, me produjo miedo la idea de turbar el antiguo pantano y sus oscuros secretos, y me representé visiones terri­bles bajo las tenebrosas profundidades de la turba in­memorial. Me parecía una imprudencia sacar a la luz estos secretos, y empecé a desear tener algún pretexto para abandonar el pueblo y el castillo. Llegué incluso a hablarle a Barry de este tema; pero cuando se echó a reír no me atreví a continuar. De modo que guardé silencio cuando el sol se ocultó con todo su esplendor tras los montes lejanos, y Kilderry resplandeció, com­pletamente rojo y dorado, en una llamarada porten­tosa.
Nunca sabré con seguridad si los sucesos de esa no­che ocurrieron en realidad o fueron una ilusión. Cier­tamente, trasciende cuanto soñemos sobre la natura­leza y el universo; sin embargo, no me es posible ex­plicar de forma normal la desaparición que todos sa­bemos, cuando aquello terminó. Yo me había retira­do temprano, lleno de temor, y durante bastante rato no pude conciliar el sueño en el inusitado silencio de la torre. Reinaba una gran oscuridad; pues aunque el cielo estaba claro, la luna, muy menguada, no aparecería hasta altas horas de la noche. Tumbado en la cama, pensé en Denys Barry y en lo que pasaría con ese pantano cuando amaneciera, y sentí un deseo casi fre­nético de salir a la oscuridad de la noche, coger el coche de Barry, huir corriendo a Ballylough y dejar esas tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores cristalizasen en una acción, me había quedado dor­mido, y contemplaba en sueños la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras tenebrosas.
Probablemente fue el estridente sonido de las flautas lo que me despertó, aunque no fueron las flautas lo primero que advertí al abrir los ojos. Estaba tendido de espaldas a la ventana este que dominaba el pantano, por donde se elevaría la luna menguante, de modo que esperaba ver proyectarse una claridad en la pared que tenía enfrente; pero no la que efectivamente se reflejó. Un resplandor incidió en los cristales de enfrente, aun­que no era el resplandor de la luna. Fue un haz rojizo, penetrante, terrible, el que penetró por la gótica ven­tana, e inundó toda la cámara de un esplendor intenso y ultraterreno. Mi inmediata reacción fue extraña en semejante momento, pero sólo en la ficción se com­porta el hombre de manera dramática y previsible. En vez de asomarme al pantano para averiguar cuál era la fuente de esta nueva luz, mantuve apartados los ojos de la ventana, completamente dominado por el pánico, y me vestí atropelladamente con la vaga idea de esca­par. Recuerdo que cogí el revólver y el sombrero; pero antes de que todo terminase había perdido el uno sin haberlo disparado, y el otro sin habérmelo puesto. Poco después, la fascinación del resplandor rojo se im­puso a mis terrores, me acerqué a la ventana este y me asomé, mientras el sonido incesante y enloquecedor de las flautas gemía, y se propagaba por el castillo y por el pueblo.
Sobre el pantano había una riada de luz resplande­ciente, escarlata y siniestra, que brotaba de las extrañas y antiguas ruinas del islote. No me es posible describir el aspecto de dichas ruinas: debí de volverme loco, porque me pareció que se levantaban incólumes, ma­jestuosas, rodeadas de columnas, con todo su esplen­dor, y el mármol de su entablamento reflejaba las lla­mas y traspasaba el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Sonaron las flautas estri­dentes, y comenzó un batir de tambores; y mientras observaba aterrado, me pareció distinguir oscuras for­mas saltando, grotescamente recortadas contra un fondo de resplandores y de mármoles. El efecto era tremendo, absolutamente inconcebible; y allí habría seguido, contemplando indefinidamente el espectáculo, de no haber sido porque la música de las flautas, a mi izquierda, aumentaba cada vez más. Presa de un terror no exento de un extraño sentimiento de éxtasis, cruce la habitación circular y me asomé a la ventana norte, desde la que podía verse el pueblo y la llanura inme­diata al pantano. Allí mis ojos se volvieron a dilatar ante un prodigio insensato, como si no acabase de apar­tarme de una visión que superaba la pálida naturaleza; pues en la llanura espectralmente iluminada por el res­plandor rojizo desfilaba una procesión de seres cuyas figuras no había visto más que en las pesadillas.
Medio deslizándose, medio flotando en el aire, los blancos espectros del pantano se retiraban lentamente hacia las quietas aguas y las ruinas de la isla en fantásti­cas formaciones que sugerían alguna antigua y solemne danza ceremonial. Sus brazos balanceantes y traslúci­dos, guiados por los sones detestables de las flautas invisibles, llamaban con ritmo misterioso a una multi­tud de campesinos que oscilaban y les seguían dócil­mente con paso ciego, insensatos y pesados, como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe aunque irresistible. Cuando las náyades llegaron al pantano, sin alterar su dirección, una nueva fila de rezagados tamba­leantes como borrachos, salió del castillo por alguna puerta al pie de mi ventana, cruzó a ciegas el patio y la parte del pueblo que se interponía, y se unió a la ser­peante columna de labriegos que andaban ya por la llanura. A pesar de la altura que me separaba, en se­guida me di cuenta de que eran los criados traídos del norte, ya que reconocí la fea y voluminosa figura de la cocinera, cuya misma absurdidad resultaba ahora inde­ciblemente trágica. Las flautas sonaban de manera es­pantosa, y otra vez oí el batir de los tambores en las ruinas de la isla. Luego, silenciosa, graciosamente, las náyades se adentraron en el agua y se disolvieron, una tras otra, en el pantano inmemorial; entretanto, los se­guidores, sin detener su marcha, siguieron tras ellas chapoteando pesadamente, y desapareciendo en un pe­queño remolino de burbujas malsanas apenas visible bajo la luz escarlata. Y cuando el último y más patético de los rezagados, la cocinera, se hundió pesadamente y desapareció en las aguas tenebrosas, enmudecieron las flautas y los tambores, y la cegadora luz rojiza de las ruinas se apagó instantáneamente, dejando el pueblo vacío y desolado bajo el resplandor escuálido de la luna, que acababa de salir.
Mi estado era ahora indescriptiblemente caótico. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvó un piadoso embotamiento. Creo que hice co­sas ridículas, como elevar plegarias a Artemisa, a La­tona, a Deméter y a Plutón. Todo cuanto recordaba de los estudios clásicos de mi juventud me vino a los la­bios, mientras el horror de la situación despertaba mis más hondas supersticiones. Me daba cuenta de que acababa de presenciar la muerte de todo un pueblo, y sabía que me había quedado solo en el castillo con Denys Barry, cuya temeridad había acarreado este des­tino. Y al pensar en él, me embargaron nuevos terrores y me desplomé al suelo; aunque no perdí el conoci­miento, me sentí físicamente imposibilitado. Entonces noté una ráfaga helada que entró por la ventana este, por donde había salido la luna, y empecé a oir alaridos abajo en el castillo. No tardaron estos gritos en alcan­zar una magnitud y calidad imposibles de describir, y que aún me produjo un desvanecimiento cuando pienso en ellos. Todo lo que puedo decir es que procedían de alguien que había sido amigo mío.
En determinado momento de esos instantes espanto­sos, el viento frío y los alaridos me hicieron reaccionar, porque lo que recuerdo a continuación es que corría por las negras estancias y corredores, cruzaba el patio y salía a la oscuridad de la noche. Me encontraron al amanecer, vagando insensatamente cerca de BalI­ylough; pero lo que a mi me trastornó completamente no fue ninguno de los horrores que había visto y oído. De lo que hablaba, cuando salí lentamente de las som­bras de la inconsciencia, era de un par de fantásticos incidentes que ocurrieron en mi huida; incidentes que carecen de importancia, aunque me obsesionan ince­santemente cuando estoy a solas en lugares pantanosos o a la luz de la luna.
Mientras huía de aquel castillo maldito, bordeando el pantano, oí un alboroto; un alboroto corriente, aunque distinto a cuanto había oído en Kilderry. Las aguas es­tancadas, hasta entonces desprovistas por completo de vida animal, hervían ahora de ranas enormes y viscosas que cantaban sin cesar en unos tonos que no guardaban relación con su tamaño. Brillaban, hinchadas y verdes, a la luz de la luna, y parecían mirar fijamente hacia la fuente del resplandor. Seguí la mirada de una de ellas, muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder la razón.
Extendiéndose directamente de las extrañas y anti­guas ruinas del islote lejano a la luna menguante, per­cibí un rayo de débil y temblorosa luz que no se refle­jaba en las aguas del pantano. Y ascendiendo por el pálido sendero, mi enfebrecida imaginación se repre­sentó una sombra delgada que iba disminuyendo len­tamente; una sombra vaga que se contorsionaba y deba­tía como si fuese arrastrada por demonios invisibles. En mi locura, vi en esa sombra espantosa un momentáneo parecido — como una caricatura increíble y repug­nante— , una imagen blasfema del que había sido De­nys Barry.







UNION LIBRE por ANDRE BRETON


Mi mujer con cabellera de llamaradas de leño
con pensamientos de centellas de calor
con talle de reloj de arena
mi mujer con talle de nutria entre los dientes de un tigre
mi mujer con boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última magnitud
con dientes de huella de ratón blanco sobre la tierra blanca
con lengua de ámbar y vidrio frotados
mi mujer con lengua de hostia apuñalada
con lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
con lengua de piedra increíble
mi mujer con pestañas de palotes escritos por un niño
con cejas de borde de nido de golondrina
mi mujer con sienes de pizarra de techo de invernadero y de cristales empañados
mi mujer con hombros de champaña
y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo
mi mujer con muñecas de cerillas
mi mujer con dedos de azar y de as de corazón
con dedos de heno segado
mi mujer con axilas de marta y de bellotas
de noche de San Juan
de ligustro y de nido de escalarias
con brazos de espuma de mar y de esclusa
y de combinación de trigo y molino
mi mujer con piernas de cohete
con movimientos de relojería y desesperación
mi mujer con pantorrillas de médula de saúco
mi mujer con pies de iniciales
con pies de manojos de llaves con pies de pájaros en el momento de beber
mi mujer con cuello de cebada sin pulir
mi mujer con garganta de Valle de Oro
de cita en el lecho mismo del torrente
con senos nocturnos
mi mujer con senos de montículo marino
mi mujer con senos de crisol de rubíes
con senos de espectro de la rosa bajo el rocío
mi mujer con vientre de apertura de abanico de los días
con vientre de garra gigante
mi mujer con espalda de pájaro que huye en vuelo vertical
con espalda de azogue
con espalda de luz
con nuca de canto rodado y de tiza mojada
y de caída de un vaso en el que acaban de beber
mi mujer con caderas de barquilla
con caderas de lustro y de plumas de flecha
y de canutos de pluma de pavo real blanco
de balanza insensible
mi mujer con nalgas de greda y amianto
mi mujer con nalgas de lomo de cisne
mi mujer con nalgas de primavera
con sexo de gladiolo
mi mujer con sexo de yacimiento aurífero y de ornitorrinco
mi mujer con sexo de alga y de viejos bombones
mi mujer con sexo de espejo
mi mujer con ojos llenos de lágrimas
con ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
mi mujer con ojos de pradera
mi mujer con ojos de agua para beber en prisión
mi mujer con ojos de bosque eternamente bajo el hacha
con ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego



CAPRICHO 25 por FRANCISCO JOSE DE GOYA Y LUCIENTES


LA VOZ DEL CUERPO I por MARTIN ACOSTA


Ven, cuerpo heredero
y robusto, ven eficiente,
ven claro y sin miedo,
copiloto de mis ganas ven
y vayamos de una vez por todas
a escalar esta montaña de sucesos
que nos esperan y claman;
ven y no te muevas ni un segundo
de mí.
Imitémonos y seamos el mono mayor
el uno del otro.
Acompáñame que sin ti simplemente
no puedo. Estoy con toda la disposición
de mis nervios, estoy con toda la amplitud
de mis poros recibiéndote, mis huesos
firmes confabulando a nuestro favor,
la sangre como cascada convergiendo
al embudo que canaliza este impulso,
ven que te necesito de principio a fin.
Hagamos un pacto y dejémonos ser.
Dame un poco más de auspicio como hasta ahora.
Dame calcio, dame tejidos, dame la densidad
cruda de las partículas, que sin ti soy nada,
que sin ti simplemente no hay ninguna cabida.
Ven y no te muevas de donde estás.

(CAPITULO 8 DE POP) TOTORO FORNICANDOSE A BARNEY por RODRIGO RAMOS BAÑADOS


El protagonista de esto dedicó dos minutos a pensar en
la posibilidad de que Totoro se fornique a Barney.
Totoro es uno mezcla rara de oso y coipo. Barney es un
dinosaurio violeta gringo con marcada tendencia
homosexual. Dibujos animados. Ambos pueden sudar
pedofilia, si se les quiere mirar de otro modo. El
protagonista de esto los mira de otro modo. Mira la
existencia de otro modo, tal vez con demasiada
urgencia, tal vez en tiempo cibernético como el
pequeño cocainómano de Timmy Turner.
El protagonista de esto prefiere disfrazarse de Barney,
que Totoro, pero en invierno. No soportaría 30 kilos de
basura en verano. Barney surgió de un tubo -un
engendro in vitro-. Totoro es el hijo de Hayao Miyazaki.
Miyazaki es japonés. El protagonista de esto ha visto
varia basura japonesa que circula en internet como
competencias de orín o lunáticos que logran placer
introduciéndose peces -tipo sanguijuelas- por los
orificios del cuerpo. Por ese mismo orificio, claro. El
protagonista está medio enfermo de la cabeza, según
Perdita Durango y Tati. El responde que todos estamos
enfermos. Cita a todos. Se escuda en varios.
Siempre fueron raros los japoneses. En Iwo Jima de
Eastwood, los tipos preferían reventarse con un
granada que entregarse a los gringos. Kamikazes los
gueones. Enfermos. Más bien sabios. Gringos
madafaca. Los chilenos recibieron a los gringos con
empanaditas -el protagonista recuerda una canción de
Electrodomésticos de los años 80-. El protagonista de
esto podrá ser catalogado como kamikaze o como
imbécil. Así juzgan a los suicidas. En Chile, los suicidas
se van al infierno a juntarse con al diablo. Chile es un
país católico, de moralina aspiracional y atrasado
socialmente en comparación con Japón. A Chile le faltó
una bomba atómica aunque estuvo Pinochet, - lo de a
continuación como el resto, es un razonamiento
incomprehensible- pues a los japoneses le hizo bien la
bomba atómica. Se desarrollaron. El costo o el precio
del desarrollo. Recuerdo Hiroshima Mon Amour de
Resnais. La urgencia del amor en plena desintegración
de la carne. El sexo como respuesta de supervivencia y
el nuevo Japón---------------------------------------------
-------------------------------------------------Tati
recorrió el Larco Mar de Miraflores vestida Saylor Moon.
Andaba caliente. Me llamó desde el WC del baño
público del mall. Primero llegó Montesinos vestido de
Totoro. El traje de Barney me pesó demasiado.

REVELACIONES PRIVADAS por VICTOR MUNITA FRITIS


Maryam
las mariofanías de la humanidad
no se harán esperar
pero
al final de cuentas
yo soy de los pocos
que conoce
el color de tus ojos
yo soy de los pocos
que sabe
cuando medita tu corazón
yo soy de los pocos
que te ve
con los ojos cerrados.

C.S.O = 25 AÑOS por DANILO PEDAMONTE


Ábreme las piernas, hunde en mí tu hombría, tu ser entero
hazlo mío
Deja a la noche impávida, estremece mi piel con tus labios y
manos
Seduce mis poros
Ondula tu lengua en caderas y labios
Entrega eso que tanto anhelo
Hazme mujer en el sendero de locura,
Hazme hembra en el calvario de tus rodillas.
Aquí en mi pecho, donde he acariciado tus cabellos
Has dejado en mí la semilla de tu esencia
El calor de lo maravilloso…
Te vas, te vas y me hundes en un dolor perpetuo
En un dolor salvaje
Voy en tu búsqueda y ya no existes en la tierra
Te ha devorado la misma existencia
Maldito ser
Maldito ser, tu sonrisa fue jubilo de mi inocencia
Y aquí en mí
En este vientre, ánima
Yace lo que eres tú
Aborrezco tu olor
Y lo que hay dentro
Hace frío, ha transcurrido la gestación que se supone
maravillosa
Mis piernas, mi cuerpo entero para dar vida
Y aquello que no puedo distinguir
Me observa
Y ahí estas, el que tanto busqué
Entonces: arde animal, arde, arde, que fueron vosotros
quienes me han destruido
Quienes han hecho extinguir la alegría de ser madre.
Y aquel el inocente, carbonizado
Lleno de lágrimas que no dieron luz
Se ahoga en el humo de la furia
Se ahoga sin saber quién era él en esta vida.

FILM por MAURO GATICA


madre no quita maquillaje de cara / insiste en los colores /
insiste en la sombra en el rubor / insiste en la boca roja –
madre no quita maquillaje de cara –
– no quita mirada –
– no quita –
……..no quita vestido no quita zapatos no quita mirada /
espejo / insiste gira insiste – espejo – gira – choca no quita
vestido – madre choca no quita choca… mancha el piso –
no para – gira – no para
– no quita mirada –
– no quita mirada –
– por momentos no recuerda –

PEEPSHOW por PABLO ESPINOZA BARDI


Voluptuosa. Cerda. Divina. Un verdadero coro de ángeles.
Placer mórbido y chapoteo rollizo de vírgenes devotas. Entonas
excitada un Signum Crucis in extremo [In nomine Patris / et
fillii / et spiritus sancti] ahogando tu pasión entre suspiros
entre-cortados, con sonoros y guturales Aménes. Tus piernas de
jamón (grasiento jamón) se abren y se despliegan mostrándome
una multiplicidad de marranos pliegues que rayan en lo
celestial, dejando entre-ver esa áspera oscuridad ocasionada
por el constante roce de aquellos rosados perniles. Los
orgásmicos Amenes vibran en la habitación, mientras que mis
jadeos se pierden tras el agujero de la pared [Per signum
crucis / de inimicis nostris / libera nos / Deus noster] Su
enorme bulbo formado por un mar de estrías me coquetea
gelatinoso, al tiempo que mis ojos se clavan en un trémulo y
velludo ¿¿¿ombligo??? ¡¡¡qué sé yo!!! El “Altísimo” lo puso allí
para ser contemplado... oh, mon aimée, mon cochón
immortelle, tratas (en vano) de arrancarte una cruz rezagada (y
encarnada) bajo el mefítico pantano de tu aureolada axila;
rojiza, sebosa. Placer de Santos, Obispos y Papas. Hedor
santificado in nomine Patris. Aceite pringoso de cirios
Pascuales inmaculados encendidos desde la era de Constantino
[In nomine Patris / et fillii / et spiritus sancti / Amén].

VAYA , SE ME ACABA DE CORTAR LA LECHE por MARKOS QUISBERT


Uno conoce el cariño en brazos musculosos y
bronceados de vez en cuando,
sean de hombre o de mujer, o ambos EN UNO.
Uno se refriega a menudo con otro cuerpo bajo un poste
de alumbrado:
su luz ilumina el sexo que se deja entrever de las
cremalleras semi-abiertas,
su luz remarca el sexo que apunta al cielo o al infierno.
Es común, uno conoce a un muchacho con gorra de
béisbol en una plaza;
uno como yo, por ejemplo, que había advertido hace
horas su presencia entre los árboles meados.
Allí está, con sus manos cruzadas sobre las piernas, blue
jean ajustado,
sin distinguirse bien el sexo.
Allí está, pequeñas sorpresas que el amor dispone en lo
privado de la sed nocturna.
Un muchacho con gorra de béisbol es tan común, se
sienta sobre mis rodillas,
como alguna vez yo me senté en las suyas… vaya. se me
acaba de cortar la leche.
En fin, un contacto por chat me distrajo: veía a la vez
las fotos de Alicia que Lewis Carroll le había tomado con
distintos trajes.
En una aparece toda una tigresa.
Me tengo que ir. Besos a ti, seas quien seas. Te
recomiendo las fotos de Carroll.

ALGUIEN (NO SÉ QUIÉN) ME QUIERE EXILIAR por GONZALO DAVID


No prender la TV
No prender la TV
No prender la TV
No prender la TV
No prender la TV
No prender la TV
Definitivamente, no prender la TV.
(No soy poeta. No me interesa serlo.
Sólo soy ese pendejo saltando de noche la muralla
del cementerio)

escrito en chacalluta o [a unas negras colombianas no las dejaron subir al bus por llevar demasiado equipaje… aún así, los pacos hicieron todo lo que estaba en sus manos por ayudarlas / so sad] por DANIEL ROJAS PACHAS


The only Good Bug is a Dead Bug!!!”
(Civil de Buenos Aires, Starship Troopers)


un bisturí y manos adecuadas / poli se abre camino con la shotgun / piel de niña, un lindo disfraz para el parade / los ancianos desfilan con máscaras de ex presidentes / y maestras rebotan sus tetas a un costado del camino / lo circular de la carretera nos insulta / la circularidad del baile, un foxtrot con máscaras de gas / pasolini estaría orgulloso, hijo!!! / so cute / un rostro deforme arrastra a su hermano por el desierto / las quemaduras del bajo cráneo, el viento en las dunas / risas quiebran el silencio del lugar / maybe, love won´t tear us apart / just maybe / el martirio post punk / post rock / post this – jode a los artistas del llanto, so trendy, so seattle… los noventa pasaron / ser un loser ya no es lo mismo / a ti, en todo caso, te calienta jean grey / wolverine de mierda / cíclope se tira a las mejores minas, la bruja blanca, las pelirrojas son una debilidad / pregúntale al fist of the north star / cayendo directo al despeñadero, so sad / como trepanar una cabeza y echar agua hirviendo con jeringa para crear un zombie artesa y no pasar otra noche solo / me gusta bailar lentos / love hurts, nazareth style / dahmer le llora a papá / so lonely / pero usa el sniper conchetumare, que te dije… puta la huea / revolver ocelot es un viejo cabrón, igual que saint of killers / malas copias de jack palance o bronson en un paisaje cotidiano / gris lleno de balas y cuerpos / el pellejo de esas gordas / pure gold / buffallo bill style / norman bates style / ed gein syle / tobe hooper es dios / él tendría que hacer una peli de lee wuornos versus green river killer / un hit gore porno style / para tanto viejo de mierda, pajeándose con hueas muertas / i feel pretty… oh so pretty / has visto el vídeo de… manda link…


http://www.youtube.com/watch?v=faFuaYA-daw


Pd: te amo, mamá.

VIDA Y MUERTE EN EL PABELLON DE CARIDAD por CHARLES BUKOWSKI


La ambulancia estaba llena pero me encontraron un sitio arriba de todo y allá nos fuimos.
Había estado vomitando sangre en grandes cantidades y me preocupaba el que pudiese
vomitar sobre la gente que iba abajo. Viajábamos oyendo la sirena. Sonaba como muy lejos,
como si el sonido no lo produjese nuestra propia ambulancia. Íbamos camino al hospital del
condado, todos nosotros, los pobres. Los casos de beneficencia. Teníamos todos males
distintos y muchos no volverían. Lo único que teníamos en común era el ser pobres y el no
haber tenido grandes oportunidades. Allí estábamos hacinados. Nunca había pensado que en
una ambulancia pudiese caber tanta gente.
-Dios mío, oh Dios mío -oí decir a una mujer negra debajo-, ¡Jamás pensé que pudiera
sucederme esto a MI! ¡Jamás creí que pudiese pasar algo así, señor...!
Yo no compartía tales sentimientos. Llevaba cierto tiempo jugando con la muerte. No
puedo decir que fuésemos grandes amigos, pero nos conocíamos bien. Aquella noche se me
había acercado un poco mas y un poco mas deprisa. Había habido advertencias: dolores como
espadas aguijoneándome el estomago, que yo había ignorado. Me consideraba un tipo duro y
el dolor era para mí sólo como la mala suerte: lo ignoraba. Simplemente, bañaba el dolor con
whisky y seguía entregado a lo mío. Lo mío era beber y emborracharme. La culpa era del
whisky; debería haber seguido fiel al vino.
La sangre de vomito no es del color rojo brillante de la que sale, por ejemplo, de un corte
en el dedo. La sangre de vomito es oscura, de un púrpura casi negro, y apestosa, huele peor
que la Mierda. Aquel fluido vivificante olía peor que una mierda de cerveza.
Sentí que llegaba otro espasmo de vómito. Era la misma sensación que cuando se vómito
comida, y después de echar la sangre uno se sentía mejor, pero era simple ilusión... cada
vomitada te acercaba cada vez mas a Papá Muerte.
-Oh Dios mío, nunca pensé...
Vino la sangre y la retuve en la boca. No sabía qué hacer. Desde allá arriba, desde la
hilera superior, habría regado a todos los compañeros que iban abajo. Retuve la sangre en la
boca e intenté pensar lo que podía hacer. La ambulancia dobló una esquina y la sangre
empezó a escapárseme por las comisuras de la boca. En fin, un hombre a de mantener el
decoro hasta cuando agoniza. Procuré serenarme, cerré los ojos y tragué otra vez la sangre.
Era repugnante. Pero había resuelto el problema. Mi única esperanza era llegar pronto a algún
sitio donde pudiera liberarme de la próxima.
En realidad, no pensaba en absoluto en morir; mi único pensamiento era: qué terrible
inconveniente, ya no controlo lo que pasa. Te reducen las posibilidades y te arrastran de un
lado a otro. Por fin llego la ambulancia a su destino y allí me vi en una mesa donde me hacían
preguntas: ¿cuál era mi religión? ¿dónde había nacido? ¿debía dinero al condado por
anteriores viajes a su hospital? ¿vivían mis padres? ¿casado? En fin, todo lo que sabéis.
Hablan a un hombre como si dispusiese de todas sus facultades. Ni siquiera se les ocurre que
puedas estar agonizando. Y no se dan, ni mucho menos, prisa. Esto produce un efecto
calmante, pero no es ése su motivo: simplemente están aburridos y no le preocupa si tu te
mueres, vuelas o tiras pedo. No, mas bien prefieren que no te tires un pedo.
Luego me vi en un ascensor y se abrió la puerta a lo que parecía una bodega oscura. Allí
me llevaron. Me metieron en una cama y se fueron. E inmediatamente apareció un ayudante
brotado de la nada que me dio una pildorita blanca.
-Tome esto -dijo. Tragué la píldora, me entregó un vaso de agua y desapareció. Era lo
mas amable que me había sucedido en bastante tiempo. Me recosté y examiné los alrededores.
Había ocho o diez camas, ocupadas todas por norteamericanos varones. Todos teníamos una
jarrita metálica de agua y un vaso en la mesilla de noche. Las sabanas parecían limpias.
Estaba muy oscuro aquello y hacia frió, y la sensación era la del sótano de una casa de
apartamentos. Había una bombillita sin pantalla. Junto a mi había un hombre corpulento,
viejo, de cincuenta y tantos. Miraba fijamente hacia arriba, hablaba hacia el techo.
-... y era tan buen chico, un chico tan limpio y tan agradable, necesitaba el trabajo, decía
que necesitaba el trabajo, y dije: "me agradas mucho, muchacho. Necesitamos un buen
cocinero, un cocinero honrado, y sé distinguir una cara honrada, muchacho, sé conocer a la
gente, trabajaras conmigo y con mi mujer y tendrás aquí un buen puesto para toda la vida,
muchacho...". y el dijo: "De acuerdo, señor", y parecía feliz de conseguir aquel trabajo y yo
dije: "Martha, tenemos ahora un buen chico, un chico listo y limpio, no hará como los otros
sucios hijos de puta". En fin, salí e hice una buena compra de pollos, una compra excelente.
Martha puede hacer grandes cosas con un pollo, tiene toques mágicos con los pollos. Salí y
compré veinte pollos para el fin de semana. Íbamos a tener un fin de semana excelente.
Íbamos a echar al Col. Sanders del negocio. Un buen fin de semana como aquel puedes sacar
doscientos billetes de beneficio limpio. El muchacho nos ayudo incluso a preparar y cortar los
pollos. Lo hizo en sus horas libres. Martha y yo no teníamos hijos. Estábamos tomándole
cariño al muchacho. En fin, Martha preparó los pollos en la parte de atrás, los preparó todos...
teníamos pollos preparados de diecinueve maneras distintas, nos salian pollos hasta por el
culo. Lo unico que tenia que hacer el muchacho era cocinar el otro material, las
hamburguesas, los filetes, etc. Los pollos estaban listos. Y tuvimos un gran fin de semana,
desde luego. Noche del viernes, sábado y domingo. El muchacho era buen trabajador, y muy
simpático, además. Daba gusto tenerle allí. Y hacia aquellas bromas tan divertidas. A mí me
llamaba Col. Sanders y yo le llamaba hijo. Col. Sanders e Hijo, eso éramos. Cuando cerramos
el sábado por la noche, estábamos muy cansados pero muy contentos. Habíamos vendido
todos los pollos. El local se había llenado, la gente esperando, nunca había pasado una cosa
así. Cerré las puertas y saqué una botella de whisky y nos sentamos allí, cansados y felices, a
echar un buen trago. El chico lavó todos los platos y fregó el suelo. "bien, Col. Sanders, ¿a
que hora vengo mañana?" dijo, sonriendo. Le dije que a las seis y media y cogió su gorra y se
fue. "es un chico magnifico, Martha", dije, y luego fui a la caja a contar las ganancias. ¡La
caja estaba VACIA! Sí, lo que dije: " ¡La caja estaba VACIA!". Y la caja de puros con el
beneficio de los otros dos días, también la había encontrado, un chico tan majo y tan limpio...
no lo entiendo...le dije que podría tener puesto de trabajo para toda la vida, eso le dije... veinte
pollos... Martha realmente sabe lo que es un pollo... y aquel muchacho, aquel cabron de
mierda, se escapo con todo el dinero, aquel muchacho...
Luego se puso a gemir. He oído llorar a mucha gente, pero no había oído llorar a nadie
así. Se incorporó forzando las ligaduras que le ataban a la cama y empezó a gritar. Parecía que
iba a lograr romper las ligaduras. Toda la cama rechinaba, la pared nos lanzaba de rebote el
chillido. El hombre sufría terriblemente. No era un grito breve. Era un grito largo, largo y
seguía y seguía. Por fin cesó. Los ochos o diez norteamericanos varones, enfermos, tumbados
en nuestras camas, saboreamos el silencio.
Luego empezó a hablar otra vez.
-Era tan buen muchacho, me gustaba su aspecto. Le dije que podría tener un puesto de
trabajo para toda la vida. Hacia aquellas bromas tan divertidas, era agradable tenerle allí. Salí
y compré aquellos veinte pollos. Veinte pollos. Un fin de semana bueno puedes sacar
doscientos. Teníamos veinte pollos. El chico me llamaba Col. Sanders...
Me incliné hacia un lado y vomité en el suelo una bocanada de sangre...
Al día siguiente apareció una enfermera que me cogió y me acompaño hasta una litera de
ruedas. Yo aún vomitaba sangre y estaba muy débil. Me llevó en la litera al ascensor.
El técnico se situó detrás de su maquina. Me punzaron en el vientre y me dijeron que
esperase allí. Me sentía muy débil.
-estoy demasiado débil para aguantarme de pie -dije.
-Vamos, vamos, estese ahí -dijo el técnico.
-No creo que pueda -dije.
-Aguante.
Poco a poco, fui dándome cuenta que empezaba a caerme de espaldas.
-Me caigo -dije.
-No se caiga -dijo él.
-Estese quieto -dijo la enfermera.
Me caí de espaldas.
Tenía la sensación de estar hecho de goma. No sentí nada la tocar el suelo. Me sentía muy
ligero. Probablemente lo estuviese.
-¡Maldita sea! -dijo el técnico.
La enfermera me ayudó a levantarme y me aguantó contra la maquina con aquella aguja
en la barriga.
-No puedo sostenerme -dije-, creo que estoy agonizando. No puedo sostenerme, lo siento
pero no puedo sostenerme.
-Aguante firme -dijo el técnico-. Aguante usted ahí.
-Aguante ahí -dijo la enfermera.
Sentí de nuevo que caía. Caí.
-Lo siento -dije.
-¡Hombre, por dios, qué hace usted! -gritó el técnico-. ¡Ya he estropeado dos películas!
¡Y esas malditas películas cuestan dinero!
-Lo siento -dije.
.Llévatelo de aquí -dijo el técnico.
La enfermera me ayudó a levantarme y me colocó otra vez en la litera. Tarareando me
arrastró otra vez hasta el ascensor.
Me sacaron de aquel sótano y me pusieron en una sala grande, muy grande. Había allí
unas cuarenta personas agonizando. Los cables de los timbres estaban desconectados y había
grande puertas de madera, unas puertas muy gruesas de madera, reforzadas con tiras metalizas
a ambos lados, que nos separaban de las enfermeras y de los médicos. Habían puesto biombos
alrededor de mi cama y me pidieron que utilizase la chata pero a mi no me gustaba la chata, ni
para vomitar sangre ni, menos aún, para cagar. Si alguien inventase alguna vez una chata
cómoda y practica, enfermeras y médicos le odiarían por toda la eternidad y hasta después.
Llevaba tiempo con ganas de cagar, pero sin suerte. Por supuesto, lo único que me daban
era leche y tenía el estómago destrozado, tanto que apenas podía mandar nada al ojo del culo.
Una enfermera me había ofrecido un poco de carne asada de buey, con zanahorias
semicocidas y patatas semimachacadas. Lo rechacé. Sabía que lo único que querían era
disponer de otra cama libre. De todos modos, aún seguía con ganas de cagar. Extraño. Era mi
segunda o tercera noche allí. Estaba muy débil. Conseguí descorrer una cortina y salir de la
cama. Llegué hasta el cagadero y me senté. Hice fuerzas allí sentado, descansé, volví a hacer
fuerza. Por fin me levanté. Nada. Solo un remolinito de sangre. Entonces se inició un tiovivo
en mi cabeza y me apoyé contra la pared con una mano y vomité una bocanada de sangre.
Tiré la cadena y salí. Cuando iba por la mitad del camino tuve otra arcada. Caí. Luego, en el
suelo, vomité otra bocanada de sangre. No sabía que hubiese tanta sangre dentro de la gente.
Solté otra bocanada.
-Oye hijo de la gran puta -aulló un viejo desde su cama-, cállate de una vez, aquí no hay
quien duerma.
-Perdona, compadre -dije, y luego me desmayé...
la enfermera se puso furiosa.
-Pedazo de cabrón -decía-, te dije que no descorrieras las cortinas. ¡Este mierda me va a
joder la noche!
-Oye, coño apestosa -le dije-, tu tenias que estar en una casa de putas en Tijuana.
Me alzó la cabeza, cogiéndome del pelo y me abofeteó.
-¡Retira eso! -dijo-. ¡Retira eso!
-Florence Nightingale -dije-, te amo.
Me soltó la cabeza y salió de la habitación. Era una dama con auténtico espíritu y
auténtico fuego; eso me gustó. Me revolqué en mi propia sangre, manchando la bata. Eso la
enseñaría.
Florence Nightingale volvió con otra sádica y me pusieron en una silla y la arrastraron
hacia mi cama.
-¡Basta ya de ruidos! -dijo el viejo. Tenía razón.
Volvieron a meterme en la cama y Florence volvió a cerrar la cortinilla.
-Ahora, hijoputa -dijo-, no salgas de ahí porque si no la próxima vez te joderé.
-Chúpamela -dije-, chúpamela antes de irte.
Se apoyó en la cabecera y me miró a la cara. Tengo una cara muy trágica. Atrae a algunas
mujeres.
La enfermera tenía unos ojos grandes y apasionados y los clavó en los míos. Levanté la
sábana y me alcé la bata. Me escupió en la cara. Luego se fue...
Luego apareció la enfermera jefe.
-Señor Bukowsky -dijo-, no podemos darle a usted sangre. No tiene usted crédito de
sangre. -Sonrió. Venía a comunicarme que iban a dejar que me muriera.
-De acuerdo -dije.
-¿Quiere usted ver al sacerdote?
-¿Para qué?
-En su ficha de ingreso dice que es usted católico.
-Lo puse por poner algo.
-¿Por qué?
-Lo fui. Si pongo "ninguna religión" siempre hacen un montón de preguntas.
-Está usted ingresado como católico, señor Bukowsky.
-Oiga, me resulta difícil hablar. Me estoy muriendo. De acuerdo, de acuerdo. Soy
católico, si ése es su gusto.
-No podemos administrarle nada de sangre, señor Bukowsky.
-Escuche, mi padre trabaja para el condado. Creo que tienen un programa de sangre.
Museo del Condado de Los Ángeles. Se llama señor Henry Bukowsky. Me odia.
-Comprobaremos eso...
algo pasó con mis papeles mientras yo estaba arriba. No vi a un medico hasta el cuarto
dia, y por entonces descubrieron que mi padre, que me odiaba, era un buen tipo que tenía un
trabajo y que tenía un hijo borracho agonizante sin trabajo y el buen tipo habia dado sangre
para el programa de sangre, así que congieron una botella y me la sirvieron. Trece pintas de
sangre y trece de glucosa sin parar. La enfermera se quedó sin sitio donde clavar la aguja...
Cuando desperté estaba a mí lado el sacerdote.
-Padre -dije-, váyase, por favor. Puedo morir sin esto.
-¿Quieres que me vaya, hijo mío?
-Sí, padre.
-¿Has perdido la fe?
-Sí, he perdido la fe.
-el que fue católico siempre es católico, hijo mío.
-Cuentos, padre.
Un viejo de la cama de al lado dijo:
-Padre, yo hablaré con usted. Hable usted conmigo, padre.
El sacerdote se acercó a él. Yo esperaba la muerte, sabes perfectamente que no fallecí
entonces, porque si no no estaría contándote esto...

ODA A LA ALEGRIA por FRIEDRICH VON SCHILLER


¡Alegría, hermosa chispa de los dioses
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.

Quien haya alcanzado la fortuna
de poseer la amistad de un amigo, quien
haya conquistado a una mujer deleitable
una su júbilo al nuestro.
Sí, quien pueda llamar suya aunque
sólo sea a un alma sobre la faz de la Tierra.
Y quien no pueda hacerlo,
que se aleje llorando de esta hermandad.

Todos los seres beben la alegría
en el seno de la naturaleza,
todos, los buenos y los malos,
siguen su camino de rosas.
Nos dio ósculos y pámpanos
y un fiel amigo hasta la muerte.
Al gusano se le concedió placer
y al querubín estar ante Dios.

Gozosos, como los astros que recorren
los grandiosos espacios celestes,
transitad, hermanos,
por vuestro camino, alegremente,
como el héroe hacia la victoria.

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.

¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.

¿No vislumbras, oh mundo, a tu Creador?
Búscalo sobre la bóveda estrellada.
Allí, sobre las estrellas, debe vivir.

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¿Os prostráis, criaturas innumerables?
¿No vislumbras, oh mundo, a tu Creador?
¡Búscalo sobre la bóveda estrellada!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.

¡Alegría, hija del Elíseo!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.

¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses!

miércoles, octubre 30, 2013

LEIDA BLUES DE UGO MALATESTA



Un recorrido a través de las profundidades más recónditas del ser humano que ahonda en los
instintos sexuales y de muerte que nos persiguen, a lo largo de las interminables noches de nuestra
existencia.

Sueños desiertos con Leida Blues

Ugo Malatesta nos presenta un poemario incisivo y afilado, que ahonda en las profundidades más turbias del ser humano y el instinto sexual. Con una poesía minimalista – heredera del realismo sucio – , se caracteriza por la sobriedad y la precisión. Mediante una escritura punzante, el lector queda
completamente atrapado con unos versos descarnados, repletos de vida y, también de una muerte anunciada , cuya aparición hace huella en cada uno de los poemas que conforman Leida Blues. Prostitutas (incluyendo a Leida, la camarera que da nombre al libro) y poetas son los personajes principales en torno a los cuales gira toda esta reflexión de despedida; una declaración de
desazón, mientras agonizamos abandonados por los rastros de noches de alcohol y amores perdidos.

Ugo Malatesta (México, 1962) vivió su infancia en el barrio de Santa María la Redonda, entre
mariachis, catadoras y la tilichera de su abuela. A los cuatro años, se mudó al barrio
iztapasalsa, a orillas de la ciudad de Tenochtitián, donde cursó la primaria en la escuela. Sin embargo, no fue hasta la adolescencia, en que Ugo Malatesta descubrió la poesía y la literatura, gracias a una maestra de Español. Su andadura comenzaría escribiendo canciones que entonaba en festivales populares y escuelas de bachilleres.
Unos años más tarde, se decidiría a empezar a escribir.

Extracto autobiográfico del autor

“En mi casa nunca hubo tantos libros; una maleta con algunos de historia universal que eran de mi padre, de los cuales, sólo me importaban las hermosas laminas que los ilustraban.
Luego, a santos de sabe qué, apareció un volumen de Los Hijos de Sánchez de Oscar Lewis. Y confieso que me embrujaron sus escenas de caldito detrás de esos zaguanes herrumbrosos. Más después, me encontré una biografía que escribió Irving Stone: Anhelo de vivir, que discurría sobre la vida de Vincent Van gogh. Creo que eso desacomodó algunos cajones de mi interior.
Pasó el tiempo, y casi me olvidé de esa posible fiebre (letraria) cuando, un medio día jugando futbol con otros niños en un terreno baldío donde tiraban basura y muertos, me encontré un pedazo grande de Crónica de los Chorrocientosmil días en el barrio de Tepito de Armando Ramírez, y ahí fue que
me enfermé… bueno, ni tanto.”

Ugo Malatesta

PARA MAS INFORMACION: prensa@editorialfoc.com
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