viernes, julio 15, 2011

DEMONIO A CABALLO por PABLO DE ROKHA




Por entre mundos, entre muertos, entre edades que destilan suerte y vientres de siglos, en verde aceite de eternidad, amontonados, navego, a mil estadios de mí y mí mismo, solo.


No entiendo cómo soy, ni en dónde soy, ni cuándo soy, ni soy, o yo soy otro, distinto, universal, acumulado, absorto con mis águilas;
abajo, un mar vestido de culebra, mordiendo un crucifijo incendiado, un dios de épocas y piedra,
medio a medio, un tubo de llanto, de luto de atardecer, y, encima, una gran estampa de caballero degollado, desde la cual aulla un discurso, con chaleco de temporal, echando los siete relámpagos reglamentarios, por adelantado;
¿qué significa escribir lo que significa escribir, si ignoro si estoy muerto o estoy muerto, o soy un antiguo muerto, vendido como esclavo a una antigua reina de cera?
no, empuño mi cabeza y se la arrojo a los leones;
¿a cuál persona me refiero cuando afirmo que la inmortalidad me rasguña las entrañas con un rifle quebrado?


No me parezco, soy un campo de batalla, un antiguo edificio amarillo, construido en los desiertos de Abraham, un potro de oro, un soldado enormemente romano, gritando adentro del traje de acero, con un gran gusano de fuego en toda la boca,

y a quien le emerge una humareda roja desde el pelo del pecho, formado de peñascos milenarios y una gran costa druida;
me pienso y pienso un volcán de licor extinguido, un lagarto decapitado, besando a una paloma de provincia, un león entre dos banderas,
por adentro de mi ser aullan los monos furiosos y las montañas recién paridas,
un clamor gutural de animales, la bestia de dios, tremenda y alucinada, huyendo de la catástrofe cósmica, y el orangután horriblemente triste, porque deviene hombre.


Me hundiré con el continente que habito, con mi siglo y con mi pueblo, con la tierra entera y sus planetas, con los ejércitos de los ejércitos, rugiendo, en el espantoso océano infinito que soy y del cual soy náufrago, sin haber entendido nunca, comprendido nunca por qué se existe, qué existe y qué no se dispersa, derrama, disgrega, qué es lo que constituye el yo tremendo, qué es lo que constituye la diferencia de lo que difiere, la médula del átomo, mi átomo, tu átomo, qué son los átomos del muerto y no son el muerto, y lo querrían, cómo se gasta el tiempo, si no es un cuchillo ni un zapato en el cuello de un muerto, y qué muere, cuando muere el hombre y muere
en sus pupilas el último atardecer, agonizando con espanto de cataclismo, arrastrando todas las cosas en esa gran caída sin fin, en la cual adentro nos derrumbaríamos;
pero, por algo existo y respiro, existo, como existe un puñal, un sombrero de perro zorrero, un fakir o un caballo,
y no soy el escupo del gusano, ni el pan del militar, que traicionó a un calzoncillo estrellado, y lo fusilan por la espalda, ni el ideal de la puta divina,
ni el moco del tonto, al cual le amarran la banda tricolor en la guata;
porque yo no comienzo aquí y termino ahí, no, yo no comienzo, yo no termino, yo comienzo en la gran época en la cual se forjaron todos los mundos, cuando la nada flotaba

en la nada, es decir, yo comienzo en donde el principio es el principio del principio,
yo termino en el tiempo del ojo del muerto, en el espanto de la muchacha asesinada por un fantasma, a la orilla en que el hombre se cae al vacío, en el alarido del aterrado frente a frente al infierno,
en la cuchara abandonada por sus antepasados, en los extramuros de la ciudad maldita, entre cerdos, niños, perros y mujeres, que en grande hambre emputecieron, en la aldea abandonada, en la vasija abandonada por el antiguo soldado de Pompeya, en el santo de palo santo, que posee un sexo de cuero de pecho de trueno, y un ojo de oro,
en el ideal que la señora apasionada tiene metido debajo del ombligo, como la espada de las matanzas,
sí, en los degüellos históricos, en los cataclismos de la guerras tremendas de religión y sus batallas, sí, en las masacres de clases, sí, en los fusilamientos del Ródano y en la hoz amarilla de la guillotina, sí, en la bandera negra que los corsarios enarbolaban, medio a medio de su hombría de varones de sangre;
he ahí cómo y cuándo los antiguos dioses perdidos, rodeados de apostasía, musgo de muros muertos, infinitamente solitarios, gritan en mi interior el resplandor de las religiones perdidas,
sí, Jehová y Thor pelean un hueso de perro en mis entrañas, moviendo los hierros del trueno, que aterró al antepasado, y la tempestad desgarradora, que engendró la oración y el poema.


Mi ser consciente ruge cuando piensa, brama cuando habla, gime cuando crea, cargado de instinto, discontinuidad y síntesis,
el lenguaje me desgarra el ser, llenándome de sangre bramante, me parte en diez mitades, rompiendo y uniéndome, con su gran pasada de monstruos, y el mar y el funeral del mar claman su aliento grande y convulso en mis pretéritos,

sin embargo de ser mudo, con relación a la verdad del mundo;
soy yo y no soy yo quien hablo, porque habla la bestia en celo; habla la vida y todas las formas de la vida; habla la cópula brutal de la naturaleza animal, mineral, vegetal, todo y uno y todo, acoplándose y desgarrándose en la gran orgía del amor, y habla el mundo, relacionado y encadenado a su límite;
expresión de unidad y estilo, imagen de origen, mito magno y substancial, hombre, afirmo lo que ignoro y lo que ignoro afirmo, y afirmo porque afirmo,
creciendo, tronando, cayendo, con todas las rodillas del espíritu, desgarradas en la espantosa crucifixión, levanto
mi existencia, y azoto a la naturaleza, y la naturaleza me responde con su tremendo de pellejo hocico, entreabriéndose al sol de dios, cuando mi poema la cornea y la monta, engendrándole una gran cría.


Si me atropello y me aflijo y me atraganto, atorándome de sangre tremante, es que me atracan la garganta los viejos pueblos, las razas ancianas y sus tribus, los añejos clanes que inquieren, que exigen expresión en mi palabra.
y aquel clamor mundial que irradio es la voz abandonada de los viejos cultos, las antiguas creencias, los viejos mitos y las culturas deshabitadas; el culto del sol y del falo y del triste hímen de las vírgenes, el culto de los muertos y los sueños, el culto de la antropofagia sangrienta y del SACRIFICIO de la Misa, masoquismo, mística del asesinato, gran orgía sexual, el culto de la vaca, del andrógino, de la luna y de la culebra, el culto de las cocinerías de Esculapio, a cuya gran cebolla, tremendamente, convergía la defecadera de Júpiter, el culto de los números y el fuego, el culto animal de la comida y el acoplamiento, y el terror infantil de los pretéritos dólmenes druidas, la religión acuchillada
del sacerdote eunuco, legislador sagrado, divinoide, y ejemplar tabú de aquella gran casta macabra;

las anchas oscuras masas sociales atropellan mi vocabulario, el resentimiento, el rencor esencial de los oprimidos y los explotados del mundo, lo echa mi lengua, expresándolo, afuera, y el pecho de negro de los esclavos, lo hablo, plantando una rosa blanca en el poema;
seguramente no soy yo, sino un anciano rey vikingo, quien empuña la palabra, como quien empuña la espada, en aquel potro de hierro, que escribí entonces a una herida,
acaso es un imperio sepultado quien se levanta en estos verbos con ojo tremendo, o un país extinguido o vagabundo, o el mar de los sargazos y su enorme caos de barcos fantasmas, de saguinarios esqueletos desterrados, empuñando sus pantalones, solos, en la soledad de los tiempos, o el amante que asesinó a la esposa de dios y se colgó del sol, o el filibustero, o el negrero
que hizo degollar toda la población de la ciudad, y se ahorcó cuando se ahogó el ruiseñor de su querida en un botijo de aguardiente,
o la Tercera Persona de la Santísima Trinidad en el instante de meterse a la cama de la Virgen María, o Sócrates filosofando en el Mercado, o el Crucificado del Gólgota después de habérsele caído los calzoncillos,
o el toro de oro, a quien adoraron los israelitas, durante el ciclo de siglos, en que Moisés escalaba los relámpagos dramáticos del Sinaí, con la historia del mundo en el pecho,
o el mismísimo Javé, con la tremenda barba de culebra, azotando con gusanos quemados a sus tribus, por haberse robado la fruta del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal y haberse entregado a la sodomía en Sodoma, a la gomorría en Gomorra, a la adamía en Adama, a la seboinomía en Seboím y a la segoromía en Segor, y haberse embriagado y haberse acostado con los tres ángeles del Señor, borrachos, o las trompetas tremendas
de Jericó, cuando lloraban las murallas del mundo, y el último ratón de la ciudad se mató de un balazo en la sien, frente a frente al crepúsculo;

uno y todos, gravito, desbordándome, empuño mi ser guerrero, mi ser que existe, como todo lo que existe porque existe, y no pregunta, sino que contesta lo que no pregunta, la interrogación perentoria, absoluta, dolorosa y trascendental, que son los fenómenos, como aquellos dioses inmensos de la antigüedad, que degeneraron en cacharros, porque ya los pueblos no creyeron en ellos,
la unidad es mi estilo, pero mi estilo es la expresión de lo que nadie conoce, por ejemplo, un león imperial que discute a Kant y usa revólver, un potro en las tinieblas, un tigre furioso porque el asno de la vecindad se le arrancó con su querida,
mi estilo es el caos con ojos, o el cosmos con manos de alacrán de fuego y dientes de demente iluminado, o un emperador con la cabeza cortada, es la matemática esotérica de lo discontinuo, es el incoherente trascendental de la mecánica psicológica, automáticamente gritada ella misma por ella misma, sin perseguir un objetivo que ignora, desde un punto de partida que ignora, hacia un punto de llegada que ignora, ignorando todos los caminos e ignorándose, y UNIENDO lo antagónico,
y yo soy un callejón de aldea, por el cual camina el velorio del vecino asesinado, completamente lleno de muertos, porque todos son muertos que conducen muertos, en caballos muertos, en carretas muertas, en avíos muertos, por chilenos muertos, por muertos, entre muertos muertos, muertos;
seguramente, si alguien destapa mi voz, un aliento tan tremendo a antigüedades le salta a la garganta, que aquel se iría de espaldas contra el infinito, como si un dios rabioso le cogiese del gaznate con su puño de material de siglos, o la rana peluda de la divinidad le pegase un garrotazo con la Santa Custodia, que es un sexo de niña y el sol con todos sus rayos;
son los números de Pitágoras, el fuego inmóvil de Heráclito y Demócrito y las matemáticas, los Sábados Negros del walpurgis, las danzas báquicas de Dionysos, rajando las épocas

pánicas y la Catedral Gótica, el Carnaval con todos los demonios rojos,
enarbolando las matanzas desesperadas de la San Bartolomé, y los degüellos de aborígenes, a la salida del sol, entre canelos y trutrucas, o los ahorcamientos de millares de millares de inocentes, engendrados por los conquistadores heroicos o por los piratas heroicos, y enormemente malditos, como todo lo heroico, o lo santo sagrado, y los pogroms siniestros, con los cabellos ensangrentados y enormes hachas de luto, y los degollamientos de las vírgenes desnudas, sobre las olorosas, poderosas, resinosas piras de pinos, madera de vasija y edificación, acrisolada de sacrificios, y la pasada a cuchilla de las niñas cristianas y los herejes, entre tambores amarillos, los ahorcamientos de embarazadas, de ancianos, de niños, de enfermos, por los iluminados y los degenerados sociales de Hitler,
o las horrendas masacres obreras, en las que los caballos de los verdugos hundían las pezuñas en los sesos y los sexos de los varones y en el vientre de sus mujeres, y la policía asomaba el hocico entre las verijas de sus yeguas o sus mulas,
los que aullan, rujen, protestan, bramando y tragando sangre y abominación por todos los heridos, los lisiados, los malditos, los vagabundos, los extranjeros, los perseguidos, los expósitos, los desterrados, los humillados, los presidiarios, los explotados, los aventureros, los poetas, los artistas, los desventurados, los "finadores", los descubridores, los inventores, los fracasados y los humillados de todos los siglos, en estos poemas serios, que parecen cuchillas o fantasmas.


Sentís, ahora, rugir la religión de los caldeos, ladrar las esfinges acorraladas y las gárgolas de Bizancio, roer a Job el sol del estercolero, bramar a Zenón de Elea, por el descubrimiento del átomo, llorar a Aben Gavirón y Maimónides,

tranquear los coturnos de Esquilo, pisando catafalcos sellados, aullar las águilas de espíritu de Juan de Patmoos, dirigiendo los dos océanos enganchados al carro santo, pelear los mármoles de Laotzé, azotar a Dios, a Protágoras, mientras Plotino golpea las tinieblas con un gran martillo de sombra, comiendo únicamente vestiglos, matarse a Nietzsche, ahorcándose con su culebra, envenenarse a Hoelderlin, a Arthur Rimbaud, a Dostoiewsky o a Lautreamont, cociendo un veneno en cocimiento funeral de imágenes, pelos de tiempo o siglos podridos, entre los cuales circulan los gusanos, como en la ley burguesa,
emborracharse de vino y de mito a Rabelais, dialogar en piedra muerta al Alighieri y al Tintoretto, sentados en cuatro anchos bancos de humo y eternidad, precisamente, tranquear el jamelgo de arriendo de don Miguel de Cervantes Saavcdra, los despoblados castellanos.


Yo estoy cantando mis costumbres, las costumbres del pueblo, sus costumbres, la historia social, y la leyenda, su drama trágico y, desconociendo su origen, reflejo y ordeno mis himnos, que son mi pueblo y la materia vital de mi pueblo,
hago anchos cantos furiosos, de negros belfos espumantes, como el caballo de Atila,
y no hago retratos de mi país, sino mi país, sencillamente construyo mi país, lo construyo con una gran vaca lechera bramando en la melena del Continente, con Caupolicán crucificado entre Atahualpa y Moctezuma, con un rotito lipiriento y fabuloso, vagabundo y amarillo, atravesado por una gran tempestad de relámpagos, que se derrumba desde el otro mundo, con la guitarra y el puñal y la tinaja de espanto del arriero, del soldado, del minero, del peón nacional, todo eternamente solo, con un finado, que está pitando un cigarro de tabaco ensangrentado, en el atardecer de todas las cosas, mientras clarea la estrella de sangre en su pecho;

adentro del sueño tremendo, hablo sueño, canto sueño y el sueño del mundo gotea desde mi fuente incendiada de infinito, sueño,
y desde él emergen los pálidos antepasados, atropellándose,
al aullido de los cementerios, a su gran manada de elefantes innumerables, al fantasma negro de ellos, contesta una gran luna degollada, rugiendo encima de los suburbios y los escombros, y todos los muertos, de todos los tiempos, de todos los pueblos del universo, se levantan de la eternidad, lloviendo, al viento los crecidos pelos, rotos los pontros remotos, en los que brama el gusano final, retumbando, perdido el sentido de los huesos,
relampaguea entre sus rifles la faz cornuda del europeo conquistador, el rostro de ladrido quebrado del asiático, la cara cruzada de maldición y enormidad, de religión y antigüedad del africano, el ojo de alga del océano, el lomo de toro elemental del americano, enorme de azotes y águilas simultáneamente,
entonces, desde el vértice del huracán, toda la historia del hombre estalla, en ese instante, brillando, respirando, mostrando su omnipotencia a la naturaleza;
de repente una calle sola se me arranca desde la lengua, o un acordeón pega un grito porque le clavaron el puñal en las entrañas o un lagar de vino suspira tristemente, sí, la libertad de lo determinado es lo determinado, el poder de caer al abismo, la grandeza específica de morir uno, el uno que es uno, abandonando las cosas, afuera,
porque el polvo de los caminos es grande cuando lo pisamos, y es nosotros, mientras nosotros somos, y no somos toda cosa,
en el minuto en el que el universo nos invade y no podemos imprimirle ese espontáneo orden del yo y la personalidad, porque murió lo que éramos, tremendamente, abandonados por habernos abandonado;
echando llamas nos morimos, no habiendo reencontrado nuestros viejos orígenes,
ni aún en la magia sagrada de la poesía, que es la boca de la tierra, ni en el terror del horror del amor y su alucinado caballo,

atravesando la tempestad de cadenas quebradas y símbolos, que establece su arco iris de fuego, desde el Oriente hasta el Poniente del mundo, ni en la religión, que regresa, por el asombro, la antropofagia sacratísima de Caín y Abel y el dolmen, santo entre lo santo,
ni en la sangre, ni en la muerte, originarias del pensamiento, que posee un zapato de espanto y una gran trompeta;
porque el régimen capitalista da la materia en descomposición, el caos con gusano sacro, subversivo, magro y terrible, todo lo cósmico de la historia, y nosotros, enormemente,
nosotros, o sacamos el orden del desorden, o morimos, morimos en la inmortalidad fallida de lo que no fue estilo, así morimos,
siempre para siempre, soñando caballos macabros, que exhiben una gran peineta de ramera en el esqueleto, terriblemente extranjero a sus entrañas, tremendamente agorero, como los trágicos, pálidos, álgidos pájaros máximos, que croan en los barcos náufragos, sobre los muertos, y los muertos océanos;
es inútil querer hacer una gran máquina con humo, con discontinuidad o incoherencia, con eco, con material perforado, atravesado, cruzado de larvas, que hierven, gimientes;
no, hagamos sangre, saquemos del horror de la substancia social el horror de la belleza total, creemos el hombre, forjemos el arte con lo mágico, lo adivinatorio, lo trágico y elemental en la unidad abismal de la persona metafórica,
que naufraguen los que no naufragan, porque naufragan, no los héroes, no LOS NAUFRAGOS, no los mártires del naufragio,
ordenad el instinto según el instinto, y, cuando las masas obreras por lo bello rujan, dad a las masas obreras el estupor de las masas obreras, ardiendo como complejo tremendo, que emerge, sumergiéndose en el inconsciente, y asomando la cabeza feroz del arte;
naturalmente, es el instante en que estalle el yo, es el instante de agarrar la inmortalidad por el cogote y sumergirse, brutalmente, en las tinieblas.

Resuena aquí la circulación de la sangre de los sepulcros, de la sangre de los osarios y las espadas, y el clamor del fusil del soldado N.° 13, el corazón del hierro y del musgo, el mito de vino de la piedra, cuyo pulmón de carbón de horror es resonante como las norias antiguas del pueblo, el infinito alarido de las hojas caídas,
y aullan los gritazos desesperados de los zapatos que abandonamos, cuando nos matamos.


Brama el sol en los corrales del arte, su lomo de rojo fenómeno sólo enriquece mi poema, adentro del cual menea la cola rabiosa,
sin embargo, la naturaleza está afuera, arañando, gritando, escarbando mis imágenes,
porque mi mundo lo sufro más allá del tiempo y del espacio, en el cual relampaguean los sentidos, como aperos de chileno.


Os corroyó a dentelladas las entrañas desesperadas el poema, porque le pisasteis la tremenda cabeza de víbora, y os mordió la lengua con sus dientes de arcángel, os partió la boca de la cara con un bofetón del espíritu, os asesinó mi lenguaje, degollándoos, como a vacadas de matanza, que no entienden lo que no entienden.


El cadáver de Dios, furioso, aulla en mis entrañas.


Son los germanos acuchillándose, gritando Rhin abajo, entre jaurías,
los soldados alucinados, sudados del conquistador, y las tripulaciones de los barcos negreros del pirata, tremendamente borrachos de sangre, azotando de escupos y botellazos al ahorcado en el palo mayor, el antepasado mapuche, bramando los cantos de guerra, a la paz del gran canelo,

la manada emputecida de los cosacos, a caballo en la muerte, los endemoniados del desierto y los místicos antropófagos, que se comen al jefe de la tribu y a su madre, asada,
los cazadores de leones, haciendo estallar los mazazos contra la aurora de la humanidad y los orígenes, y escuchando los sonidos de un sol adolescente, los sacerdotes y los matarifes divinos, degollando a la doncella desnuda, entre las hogueras y los cuchillos...


La teja caldea y el ladrillo fundamental de la Mesopotamia^ cuando humean las chimeneas de mis huesos, suspiran.


Sobre la gran cebolla incendiada de los difuntos de Chile, sobre las parrillas y las cazuelas, que empuñan su guitarra de agosto,
UN chacolí del siglo aletea en las tinajas que yo comprendo, y a las que les pregunto y les arranco a puntapiés el sentido de la naturaleza.


Aulla la lluvia, como una gran bestia preñada, a la cual le partieron el vientre,
el asno en celo del ventarrón le responde con rebuznos tenebrosos, y el río bala tremendamente a la vaca de la noche, en la que la última
águila pare dos perritos blancos; yo no entiendo la naturaleza,
el horrendo y esencial misterio de la brutalidad desencadenada, el corazón inocente y asesino del mundo, el átomo de sangre, en sangre concebido y en cuchillas y gargantas,
los ancianos propietarios abriendo su hocico de panteras
y agarrándose a los toneles, que son las raíces de las escrituras, y las carabinas de la ley, ellos, los perros tremendos,
con chaleco de lana, fornicando en los excusados a las hermosas señoras católicas,
que poseen un sexo de rosa, enormemente florido de marisco divino,

con el misterio de la reencarnación entre las piernas de la lengua,
o los soldados que le desgarran a mordiscos los testículos al enemigo;
el sol corrompe a las azucenas, las mea y las ordeña, como a viejas rameras un fraile obeso,
la luna arrasa con los iluminados, envenenándolos, y alucinándolos, con su leche de cobre oxidado, en la cual cien monedas de humo se suicidaron, ahorcándose.


Un caballo se saca los zapatos y dice misa ante el altar del Señor, una joven muía le está mostrando sus calzones, y el león de los magos y los santos le pasa la lengua por el trasero, mientras el Altísimo, desde lo altísimo, se hace agarrar las barbas sagradas por el más homosexual de sus arcángeles.


Adentro del yo subterráneo, entre terribles sangres sublevadas, aullan, gravitan, pelean dragones y volcanes y leones muertos,
orangutanes y pitecántropos con difuntos dioses que son vacas, cebollas, piedras, espíritus de idiotas en deshonra, vasijas, historias, tonadas, palomas, crucifijos, vientres de mujeres, fenómenos, visceras, relámpagos, sapos con zapatos de pescado, gusanos, estropajos, marranos, ídolos que mean fuego, iconos acoplándose a perras sangrientas y a sacerdotes celestiales, por el ano,
polleras de religión y chanchas, santas, tremendas, inmensas rameras divinas, preñadas por monos sagrados, eunucos de palo de tonto, representantes de Dios, que parecen putas locas, maricones con cabeza de angelito,
serpientes que devienen jueces o escualos o sardinas o mujeres de ona-nista o de sodomita o sandías o bandidos u obispos mas-turbadores o notarios amancebados con conejos sabatistas, pederastas, anarquistas, borrachos con apio de maricón, calientes, hediondos, feroces, como todos los cobardes,

sí, en el océano hermético del instinto, en el pantano del instinto, en el socavón, en el arcano del instinto, en el estiercolcro fenomenal e incendiado,
gritan las ruinas de todas las cosas, las ruinas de los siglos malditos y las ciudades acuchilladas por los guerreros a caballo, las ruinas de los barcos anclados en el mar vacío,
los esqueletos de los cementerios de todos los pueblos y los tiempos,
las esperanzas despedazadas de los náufragos, sobre los cuales se levanta la soledad oceánica y sus siete columnas, el grito de piedra de luto de los expatríados y los procesados, el alarido inhibido de los calabozos, en los que lo lóbrego es eternamente lóbrego en el arenal de los presidiarios,
el sollozo final de los últimos pájaros de las islas,
el canto de guerra de los aborígenes y su tam-tam lúgubre, de pellejo de difunto, a cuyo son tremendo están danzando los adolescentes,
la mirada infinitamente macabra del buey al cual degüellan, en sus pajares natales,
el aullido de los esclavos y los parias sociales, los explotados, los ofendidos, los humillados por la ley de Dios, y los hombres, las prostitutas y los vagabundos, los niños perdidos en los abismos de la sociedad burguesa,
el ladrido de los ladrillos de las tumbas,
el infinito clamor extraído del infinito horror, de los que mueren jóvenes,
el sollozo de los tronos y los templos que quedan vacíos,
el lamento, enormemente tremendo, de todos los hombres de todas
las razas de todos los pueblos de todas las lenguas, agonizando entre bramidos y crujidos de historia,
el gritazo de la ceniza del Dios único


Horror de pensar, horror de vivir, horror de crear, horror de morir, horror de engendrar, horror de amar y de todas las cosas,
horror de escribir y no escribir, horror de la naturaleza, horror del ser humano, horror como individuo, horror como sociedad,

horror como universo, horror de la verdad, la bondad y la belleza,
horror de horrores todo, porque todo pasa y nada subsiste, sino el horror del horror y la nada vacía,
horror de la felicidad, horror de la inmortalidad, horror de la celebridad, horror de la tristeza y horror de la grandeza y la miseria social y la miseria psicológica y la miseria moral, horror del pasado, horror del futuro, y horror de todos los pobres del mundo, horror de LOS EXPLOTADOS y horror de LOS HUMILLADOS de la tierra,
horror de los que no nacieron y murieron, horror de los muertos y los hijos de los muertos, y los hijos de los hijos de los muertos, y los hijos de los hijos de los hijos de los muertos,
horror de los niños, horror de las mujeres, horror de los viejos, horror de las naciones, los pueblos, los países, que son engendrados en el horror y vegetan en el horror y son destruidos en el horror y encima del horror perecen, gritando, a caballo en sus intestinos;
horror de estos horrendos hechos del horror que, horrizado, yo formulo ...


Ruge la muerte, galopa su sombrío caballo, por adentro de la memoria del mundo,
y nosotros nos vamos rodando, aproximando a su gran órbita indescriptible, en la cual aulla el abismo, girando sobre el abismo, y llueve para siempre,
no, agarrémonos a la sangre social, a la suerte, que es el bramido del principio,
agarrémonos a la voluntad y su gran espada desenvainada, aunque nos cortemos los dedos, tremendamente erizados,
agarrémonos a los propios ladridos de la derrota;
soldados sangrientos, sudando, o como llorando, encima del desfiladero del espanto, conquistadores cabalgando su esqueleto, piratas de la más tremenda carnicería sin enemigos,
nuestros crujen hierros de inútil configuración guerrera,
y los cascos sagrados reposan sobre cráneos tristes de burgueses;

salud, ¡oh! viejos carajos de la utopía,
revienta la hora en la cual tienen los dientes la primacía de la calavera, y el pasado es un andrajo de borracho,
y la naturaleza está caída e inexpresable, como un rostro milenario, y las cosas aprietan las mandíbulas.


Desde el oriente, el sol empuña su garrote de idiota, yo estoy mirando mis ojos, en torno a la naturaleza, ulular como dos demonios,
y el espanto está parado frente a frente

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