sábado, julio 30, 2011

SATANAS (1927) por PABLO DE ROKHA




YO EXISTO, ¡ah!,
YO EXISTO sobre el día corriendo, AQUI,
pregunto mi dirección a las alondras del infinito más infinito, CANTO, CANTO, CANTO,
agarrándome a los aeroplanos de mi voz, ¡ oh!, de mi voz embanderada y americana, o borneo, monologando, una gran palmera de volcanes, abro los sétimos ojos encima de ese rodaje de láminas y triángulos indiscutibles,
refuto la argumentación desdentada del esqueleto,
y, tocando la canilla despavorida,
inicio el tiempo, amigos, inicio el tiempo,
el tiempo de los vocabularios y los siglos partidos en figuras:
A,
E,
I,
O,
U;
cuando la tarde inmóvil, como un toro, en la derrota del gesto y del signo,
rodea de ciudades agonizantes el acordeón de los últimos sueños, yo escupo, lleno de saliva la guatita de las estrellas, yo escupo, pero yo escupo;
además, los lagartos empapelados me lamen la filosofía; los frutos maduros del sol

lloran en mis teatros de azufre y sangre quemada,
y el problema de luto
me araña las entrañas de celuloide terrible
con los serruchos del jazz-band,
irremediablemente,
ME ARAÑA LAS ENTRAÑAS DE CELULOIDE TERRIBLE, entonces, se me ríen las tripas, se me ríen las tripas,
y se me ríen las muelas lo mismo que a los tontos y a los muertos,
a los parientes de adobe que hacen costumbres,
a la vieja mohosa que cuida los despoblados con su tristeza,
a los ataúdes sin candado,
a las emociones sin candado,
a los emigrantes sin candado,
a las botellas rotas y rojas encima del crepúsculo,
y a los crucifijos empeñados y espantosos
en el desván de los somieres y los colchones de las putas nubladas, entonces, se me ríen las tripas, se me ríen las tripas,
y se me ríen las muelas lo mismo que a los tontos y a los muertos, empuño los látigos metafísicos y me azoto el corazón,
agarro las palabras por la garganta y, aunque me muerdan, las voy domesticando,
y afirmo, Y niego, y afirmo,
entonces, se me ríen las tripas, se me ríen las tripas,
y se me ríen las muelas lo mismo que a los tontos y a los muertos; es la cosa lluviosa y sin título.
la angustia adoquinada, del color del periodismo y del color del cementerio, el limón de las agrias provincias,
la religiosidad colonial y tan española de los tejados enmohecidos como las medallas,
las brujas paridas de la fatalidad,
el petate indemostrable y los mantos usados y las niñas y las lunas
usadas y los finados sin velas constantes, los recuerdos coleccionados en alcancías;
por eso soy como la cuaresma y como la obscenidad AMARILLA; así, altanero y abismado como los cipreses o como los poetas, quebrado a la manera del riel violento, con aburrimiento de termómetro, de epopeya y de oficina, blanco y negro, a planos totales,
lo mismo que la psicología del Buonarotti, o la moral colosal del fue¬go y del hierro, y también, sí, también, ¡oh!, matemático, parecido a una discusión de los terremotos con los terremotos; uno se compara a todo lo aciago, lo oscuro, lo acerbo, se define entre los naufragios,
y le sobra espanto capaz de vestir de herrumbre a toda la alegría hu-mana,
semejante a las águilas contradictorias,
vuelo en tirabuzones entusiastas y ofensivos en la tristeza,
quebrándome en umbrales insospechables,
o hago la caída acuarelada del avión sin desterrados;
agujerear lo absoluto,
dominar la tiniebla endurecida y el mar de azogue, triplicar la voluntad,
y demostrar a "Dios" a carcajadas, como los pájaros, geométrico y maquinal como las catástrofes; meto mi alma en los bolsillos del mundo y saco polillas y mates de verdades muertas, me paro encima de mi esperanza,
aspiro a los rascacielos estrafalarios, al puente tirado de siglo a siglo, y todos los versos se me cuelgan del corazón, entonces, mi cansancio dobla la cabeza,
y un signo inmóvil se remonta encabezando los presidiarios y los vagabundos;
tribulación, horrenda tribulación del camino que quiere hacerse fin; es, también, la acción dispersa y ahuecadora, es tal vez un desequilibrio
que responde a arquitecturas perdidas;
sólo la soledad me acompaña en este ardiente derrumbamiento sin murallas,
destino de ametralladora quebrada, exactamente, de ametralladora
quebrada, o mucho teatro en ruinas; ¡ay!, como perro loco aúllo a orillas de las noches peludas, los gallos huidos cantan en la eternidad,
encima de los árboles serios y negros de las naciones incendiadas,
estiro los brazos de punta a punta de la tierra,
y muchos los ámbitos ciegos,
echan a volar desde mi figura incorruptible,
borneo agrios cantos, altos cantos de ladrones,
rodeado de mujeres agonizantes,
por eso goteo sudores de gente destruida,
sin embargo, mi voz es contentamiento,
congoja a electricidad, actitud patetico-dinàmica, con piedras azules, violoncelo sin violetas,
emoción de máquina y de máscara, caricatura en bronces fatales,
mi gramática es alegremente lúgubre,
sí, lo mismo que el asesinato en las batallas,
pólvora con alcohol morado y polvoso,
opresión al espíritu de aquel que viviese al pie de la más alta cantina, o se asomase al pensamiento, desde el borde del mundo, sobre los abismos, temblando, a la orilla, bien a la orilla, y se resbalase de repente, sí, sí, además, el dolor es durable como la mala comida, dínamo a millones de actividades por segundo, con la inminencia y lo espantoso de las revoluciones astronómicas, mi corazón está ahí, girando,
porque yo soy el que espera el tren que no existió nunca, y el que escucha todas las horas del cielo, el condenado a la gotera que cae encima del cerebro, una a una, sin embargo, querría, ¡ ah !, querría que todos los pescados del sol sonoro,
la nave inmóvil anclada encima de los sepulcros desaparecidos, y el timón de las estrellas oceánicas,
para tocar la campana del genio,
en esc instante cuadrado y declamatorio de la poesía,
o ando vendiendo mi corazón de pobre enorme,
y mis espectáculos de girasoles, ¡ay!, con negros tremendos,
además, la llamarada vegetal del porvenir, además,
y el ejercicio en patines de alambre o de aceite circulatorio,
la guitarra apolillada del aviador, tirada sobre los crepúsculos y los
telégrafos, impunemente, avizorando los últimos; entonces, cacarean las gallinas trascendentales; pero yo no comprendo, yo no comprendo
cómo el diamante del día no corta aún el vidrio inútil e impresionante; timoneo mis buques piratas, y tus cielos tenaces y rubios, FILOSOFIA, levanto las compuertas imaginarias,
y los cien tranques iguales avasallan la curva siniestra, persiguiéndose, luego las ideas asesinadas,
la intuición escalonada en escalonado, verde-podrido, granate, tuerta,
negra, ciega, con ocasos guillotinados, el ademán de tempestad innumerable,
la conciencia aulladora, la clínica, lo polvoroso, lo derrengado, y la voluntad del mueble durable, el animal no usado, no,
la abulia, la inercia, la descomposición ilimitada y abarcadora;
ya viene llegando, la noche, ¡ay!, la noche, la noche con su ramo de
violetas; sí, eso es todo;
aquella gran honorabilidad de cordero clavada al alma; palanca del suceso en la mano demente y gris, PALANCA, PALANCA, sobre los gestos cóncavos, LA NADA, la camisa incomprendida que me ciñe entonces, siempre, corona de arañas, el día quebrado, sin literatura, el hombre sublime,
y un pantalón de fuego y de llanto encima,
"Dios" llorando,
no vendo caminos ni ciudades,
y es el instante exclusivo y asombroso que apunta la carabina del des¬tino,
por eso comprendo lo apenado, y el color de la ley violenta,
las piedras llagadas, sin sombra, la enfermedad del acero y del andrajo, las osamentas, las espesuras de mástiles,
la orquesta despernancada del terremoto, tan sincero y tan soberbio, la risa judía del automóvil, levantándole los vestidos a las montañas;
recuerdo el estilo de la vieja que vendía pescado con ojos profundos, y el chofer variable como la temperatura,
las baladas diplomáticas de la motocicleta enamorada, bien enamo¬rada;
ahora soy quien define las madreselvas, también los edificios, las tonadas definitivas, y el gesto en agua inmóvil;
lo mismo desembarcan del recuerdo aquellas enfermeras violetas; o ando buscando a Pablo de Rokha desde las alturas desprestigiadas, y, aunque me encuentro en sus obras de sueño, en las estampillas y en
las sepulturas, soy lo errante, lo inencontrado, lo ausente,
no el viajero, el viaje, ¡oh!, ¡oh!, el viaje, la rueda andariega, extran¬jera, untada de países invulnerables, la sirena patológica del transatlántico, arrinconada en las distancias desmejoradas del pretérito, con las cejas llovidas de acordeones; aterrizó el minuto de la canilla despellejada,
el minuto del costillar y las cuencas abstractas, adentro del invierno, y el minuto del hueso inútil y abandonado; agarro mi sombrero, y es dolor, agarro mi palabra,
y es dolor —y ES DOLOR mi sombrero y mi palabra—, dolor, dolor caído de las bocas de los mundos, dolor, dolor, trizado de verdades continentales; camino, yo camino,
y mis huesos ignoran cómo se anda andando,

tiempo sin canciones,
y la culebra literaria y española, automóvil de ceniza, árbol con gusanos en el cerebro, y frutos calientes,
sol de herrumbre, empavesado, en la caída estrafalaria, cosas de solos,
oficinas con mucha sucia, mucha,
y un paraguas incontestable,
goteado de siglos y gestos de maquinarias,
sol urbano,
manada de tribulaciones


GRIS,

manada de tribulaciones,
recuerdo que hubo épocas
en que pedí prestada la congoja al astrónomo.
y a "Dios" lo absurdo,
hoy vendo la capa morada por treinta silencios,
y este jumento de añil, de oro, de carbón,
que se pasa comiendo estrellas y asuntos,
y bebiéndose, a cada jornada,
todas las bodegas de LA POESIA;
inventar un mundo, o un mundo,
echárselo a la espalda, en vértice, solo, sin grandeza,
y sentirse como las mantas mojadas;
voy a degollar mi canto con mi burla;
asumo toda la desgracia distribuida;
por eso escribo, desde las plataformas, los varios estados trascenden¬tales,
en la carátula extasiada, más adecuada;
mandato de existir y devenir testarudo;
he ahí que yo corono las glorias antiguas, francamente;
además, digo: CANTO, digo: TIEMPO, digo: MUNDO,
y la verdad colosal levanta la cabeza desde los sepulcros y los aeroplanos,
como si se le hubiesen roto las arterias a la conciencia;
mi sueño define, UNO, sin bayonetas, sin heliotropos, en la eternidad
honorable u honorable; soy, y sollozan las atmósferas, porque se le perdieron los estilos matemáticos; me voy haciendo,
y mi tranco talla la estatua innominada,
MOVIMIENTO ABSOLUTO;
ignoro los cuerpos diversos que me ciñen,
pero no comprendo, y sé todas las cosas, aún las hipotéticas,
con aquella dual astronomía del subconsciente;
tuerzo mi cordura de avión indispensable
hacia la palabra de los objetos,
y oscilo a una altura subterránea y muy difícil;
anecdotario de los sepultureros eternos;
naturalmente, yo concibo el sol, el mar y el cielo artista,
entiendo la fruta preñada,
y entiendo el carácter romano del bronce,
la oración moral de la piedra,
la gritada entusiasmada del eucalipto encima del colegio de esmeralda, la voz latina de la abeja vendimiadora,
y, sin embargo, mi corazón se parece a un antiguo Dios abandonado; todavía la poesía,
el umbral invisible e inminente, en donde nos partiremos la cabeza,
el abismo, el abismo, el abismo;
enrollo mi acción al malestar único, al ademán único,
y mis venas se arrancan de la tierra soberbia como grandes ríos de
angustia, planeo sobre la metafísica, evoluciono arriba del tiempo amóvil, agarro los caballos maleducados, y se me destruyen los puntales del universo, o la jarcia morada;
sistema de lamentos, oficina de cantos y llantos, y las tías echadas entre los membrillos y las caobas, adentro del portamonedas, sí, las oscuras uvas de polvo,
los murciélagos colgados del mes de agosto, de la tos pulmonar de
junio y julio, y la matemática de platino del poema,
el fantasma duro y vago, a la vez, construido y destruido de símbolos, la arquitectura, el álgebra, el émbolo de tracciones imprescindibles; es la bruma, la niebla de diamante, tan arbitraria, el bulto inhábil que se sumerge, la función infantil, abismada, abstraída y adivinatoria, lo contradictorio que coincide con lo contradictorio por todo aquello, y se adapta y se acopla al imprevisto ecuacionable, el ciego que intuye las formas eternas, iluminadas por todas las sombras,
la libertad mecánica y frenética del individuo; mismamente la encina azul amamanta sus hijos artificiales, y la estupenda guagua amarilla eructa de leche celeste la gran negrura filosófica; porque la soledad, como el invierno, requiere mantas de agua; pero jamás, jamás, jamás salió el sol por el occidente, a pesar de que todas las noches más noche no son, apenas, sino días olvidados;
con la hijita muerta encima del pecho de fiera,
sí, agujereó la muralla de metal polvoroso y girante,
arrasó los puentes y las torres acumuladas;
la espada y el amor, señora, son materias indiscutibles;
ahora la tarde con tres tetas, principalmente, la tarde con tres tetas
sin importancia, y los pájaros matemáticos,
el ave de cartón o de latón con porcelana y aún de vidrio de botella de botica,
cantando en la astronomía del hemisferio y del esqueleto, la tonada argumentada de resortes; y después, los astros quebrados,
la bandera del cielo enlutada, amarrada a las astillas del mundo,
el acordeón de la muerte sonando
encima de la oscuridad amedrentada, ¡ah!,
dominando el drama mugriento,
la gran seriedad sin triunfos de estrella ni de abismo,
y el aire de metales tuberculosos,
yo, egregio, enderezando fatigas sin dinero,
apuntalando mis debilidades de héroe,
llenando la tinaja desventurada
con el llanto de las historias viudas
al sol mojado,
acumulando caras de mundos en la dinamita del estilo; amontono, yo amontono tu actitud encima del oriente, a la manera de grandes ciudades de otoño, de grandes ciudades de invierno,
tu actitud semejante a los últimos frutos del castaño, del manzano, del naranjo,
tu actitud semejante a los recuerdos de la tía soltera, tu actitud semejante a los versos honestos de las guitarras y las pro¬vincias,
¡oh!, tu actitud olorosa a cedrones y a limones pretéritos,
atraco leños, grandes leños a las hojas caducas,
y tus hogueras innumerables
van alegrando la antigüedad parada del crepúsculo
lo mismo que el aroma útil de las panaderías;
¡ay!, la inmensa tos de sangre que viene del poniente;
deshojados pantalones asesinos;
en fin, un sol maricón que parece vidrio muy grande;
sobreviene la rosa lluviosa y pobre;
pero yo veo la sombra partida en colores emocionantes;
los pájaros blancos del Mediterráneo y aquella gran vela moderna,
corrigiendo, porque la nada agranda; la risa nerviosa del automóvil del hospicio quiebra las botellas del día, y las escuelas huelen a rosas maduras; recuerdo los mercados, las bodegas y las cocinerías, las caletas mariscadoras,
el corazón de los vinos honrados y polvorientos,
la cara de tinaja o de guitarra de la malaya asesinada en rubíes,
los morrones entusiastas y anarquistas como el pescado,
y, a la izquierda del mundo,
el sol falsificado de los cementerios; las carretas huracanadas
vinieron a alojar en las lluviosas y enmohecidas canciones de entonces, con aquel copioso aroma a vacas perdidas;
ahora yo me acuerdo de Licantén, orillas del Mataquito,
me acuerdo de la casa aquella, como de polvo, con duraznos, con membrillos, con naranjos, con un farol, sí, con un farol en la esquina de la noche y con palomas
llorando más arriba del pueblo del sueño,
me acuerdo de la tía Clorinda, oliendo a chicha florida, y de don Cus-todio y de la Rosa y de la Flora Farías y de la beata doña Rosario y del Oficial Civil y del cura don Liborio,
me acuerdo de los chicharrones y de los pigüelos y los causeos de don Vicho, y del poruña Abdón Madrid y de la tonta Martina y del compadre Anacleto y del borracho Juan de Dios Pizarro y Juan de Dios Chaparro,
me acuerdo de las piaras costinas, tan olorosas a cochayuyos y a sentimientos de Iloca,
y me acuerdo de los lagares, ciertamente, de los lagares de buey, arrumados en los graneros, llenos de huevos y herramientas, "entre junio y julio",
y me acuerdo de las botas y las mantas españolas de mi abuelo,
me acuerdo de la media rayada del silabario y de las enredaderas polvorientas de la escuela,
y después, Talca, la ácida, la árida Talca,
la lluviosa ciudad negra, seria, fea y atribulada, de santos de sombra
y de aceitunas la vieja escuela cluequeando entre los tamarindos, la vieja escuela primaria, la vieja escuela primaria, y don Tomás, el
preceptor don Tomás, sí, don Tomás, el amigo de Dios,
y las bolitas,
y el volantín azul arriba de la provincia enmohecida, aquella gran bronconeumonía y los anchos armarios de carretillas y la vida de Colón, la vida de Edison, la vida de Washington con monitos, y los lacrimatorios del mapamundi, y las matitas de poroto y de zapallo creciendo, ardiendo en los extramuros del alma,
los caminos de estatuas, apuntalando un sol cuadrado y polvoso, y los himnos escritos en la piedra, por la oscura mano que nadie conoce,
y después, el Seminario de las polillas, catres de chinches meados de perros y muertos, el Seminario de las arañas y el gran invierno
abandonando su huevo enorme en los soberados de la infancia,
la yegua cristiana y difícil,
la cola peluda y colonial del catolicismo
enlazándome, envolviéndome, amarrándome,
la humedad filosófica, la humedad matemática, de aquel animal aceitoso y amarillo con lo aceitoso y lo amarillo del mausoleo,
entelequia espantosa creciendo del adolescente, abismado como la llama ambigua del aguardiente,
la llaga cristiana o la desgarradura, anidada de murciélagos,
y el pecado, el pecado madurando una gran callampa negra, entre las sabandijas y las brujerías,
y después, después, las niñas Pinochet
y las cacerías y las borracheras en la montaña, adentro del espíritu irreparable,
y los versos honestos entre los sembrados, los espinales, los viñedos y
las islas profundas de Pocoa, que era lo mismo que un causeo de invierno, que era, y después, el niño inhábil, el confundido, el planetario, a patadas con los manicomios,
y las cartas lluviosas: "estudia, hijo, estudia, las cosechas van malitas,
a la bodega vieja se le cayó el cielo y a la Chepita un diente, ¿qué te sucede? ...
cobra un giro y reza por nosotros, el año inútil, hijo, sí, el año inútil, tu mamá te manda un pavito, abrazos, hojuelas y charqui de la gui¬tarra,
aquí, ya hay violetas, cuídate, van aceitunas, patitas de chancho, miel, quesitos de cabra, murió el rucio Caroca, tu padre, Ignacio",
y yo dentro de la vida tremenda, llorando con los finados, en cami¬seta, marchando, marchando, muy contento y muy bohemio, marchando, marchando así:

Pedro Sienna, el Tonto Barella, Jorge Hübner, Vicente Huidobro, Daniel de la Vega, Mariano Latorre, la Wini, Angel Cruchaga S. M., Gabry Rivas, Fray Apenta, marchando, marchando,
y después, la caída hacia Talca, ¡ ay!, hacia Talca,
solo y loco,
los días terribles con cabeza de zapallo,
las aranas degolladas de la literatura, andando la noche difícil,
el amigo Jara y las putas, y el amigo Jara y Mejías,
y las botellas y las colillas sin esperanza y los gallos de la adolescencia llorando en las camas amargas,
el espíritu esquinado y triangulado, trizándose en acciones intermitentes, y el joven que quiere matarse,
sucediendo el pan filosófico a riberas del eucalipto militar de Pelarco,
el hombre salvaje y titánico, el hombre sublime y dinámico que le aprieta el cogote a la desesperación y se lava la cara con salmuera y con vinagre, y come carnero,
y después, LA LUISITA, más bonita que un continente,
las palomas florecidas de "Juana Inés de la Cruz",
la cuchillada en la garganta del espíritu, la cuchillada,
yo gozoso como un tomate,
la niñita linda que pisa alfombras de ternura derrumbada y dolorosa
y uno que lo encuentra todo bueno y nuevo, lo mismo que en los Evangelios, y anda alegre como una luna o un caballo,
el círculo de pólvora y a la vez de tarde llorante y de musculatura y de filosofía de océano,
la tal tristeza de miel de los enamorados,
la moneda melancólica sonando en la oscuridad del hombre,
y después, ¡ay!, después, después el Coronel,
el CORONEL, el CORONEL, el CORONEL y el cine,
la perilla dominadora de los aeroplanos,
y el Coronel enseñándole urbanidad a mi heroísmo,
como un elefante que le tirase la barba al mundo,
la suegra peluda y metafórica como el patíbulo,
y Carlitos tan cumplido, tan caballerito... —eche la patita mi hijito! ...
y la tía Zoila y la tía Julia

y Adardio y las muelas casadas y la tía Clarisa, y el Coronel, el Coronel, ¡atención: firm! ... y ahora, solos,
arrinconados contra la montaña, solos,
o domando bestias de hierro,
arrojándoles huevos de águila a esa trinchera,
el tren lluvioso o nublado de acordeones, crujiendo mundo a mundo, Buin, Maipo, Barrancas, San Felipe, Concepción, Valparaíso, Santiago de Chile,
y los hoteles y las pensiones con telarañas, sin solución divina, en donde devienen solteronas, usureros y comida triste, y las patronas empapeladas con diarios leídos y moscas, el bastón imperial azotando fieras de cemento; ¡ ah!, traía la muerte adentro, la guagua,
sí, sí, como un fruto de azufre, anidado en la rosa de las entrañas, sí,
por eso era tan vieja y tan soberbia su actitud de vidrio trizado,
¡ay!, de vidrio trizado, ¡ay!,
y su alma imponente de ciego o de muerto,
y su carita triste y grande y fuerte,
y su belleza como el mar o como el sol, o como todas las montañas
del mundo, o lo mismo que un verso de fuego, ¡ay!, un Dios miserable la seguía desde lo infinito, las frutas profundas de la tierra
no alegraron, no, no alegraron su juventud equivocada,
el huevo de ceniza de la tristeza,
valía más que todas las cosas ella, yo lo juro;
edifico la impresionante soledad, edifico
el cinturón de gozo y de llanto, la vida parida de huesos,
el círculo girante y variable alrededor del ideal,
la gran muralla de latigazos,
la perspectiva de triángulos y láminas y vértices atrabiliarios, hacia la última voz humana;
he ahí, el hombre que tiene un ojo, sólo un ojo de diamante serio, y setenta manos sin causa,
cuerpo de piedra, pies de bronce errante y circulatorio como un planeta, o como las jaivas ancianas,
y rostro movible, andariego y errabundo, semejante al calendario, y está cruzado de naciones y de verdades, y vestido de una gran man¬ta pintada con crepúsculos, empuñando el bastón de los sucesos, los destinos y las palabras, he ahí
y he ahí, que saca la lengua ardida,
en lo negrazo,
y se ríe con la dentadura;
despernancado y despavorido,
yo vengo viviendo a zancadas incoherentes,
solo,
mundo abajo, ¡ay!, siglo abajo, desgarrándome las entrañas imagi¬narias
en los espejos despedazados del instante;
historia del espanto;
parece un dolor cerebral, amiga,
y son, apenas, los instintos adoloridos,
la carne maltratada y vagabunda,
la estatua atribulada que llora adentro del hombre forzudo, en verdad, soy amargo como la salmuera, pero lo soy combatiendo, lo soy peleando contra la amargura, tengo la fe tremenda del que no cree en nada,
por eso, sí, por eso mi corazón guerrero y soberbio camina con la espada desenvainada, bramando, como un toro notable, por la vía férrea de las batallas, es la voluntad adivinatoria,
la certidumbre ensangrentada de los viejos, humanos huesos,
la lámpara negra de las intuiciones formidables;
ahora, la niña sólita con los muertos,
¡Dios mío!, viviendo la vida dispersa de las sepulturas,
adentro de la tierra,
untada de olvido, como los años usados,
llena de mundos en desorden,
cavada de eternidad como un poema, así lo digo,
y rodeada, sólo rodeada de sí misma;
canta el día parado medio a medio del mundo,
y la vida madura como una gran manzana;
la Luisita tiene los ojos lo mismo que las aceitunas,
además, es pequeña y tranquila,
y anda mirando, así, como apartada, así, como extranjera por lo ab-soluto,
con su actitud de abeja tan abeja,
yo la quiero a la Luisita, yo la quiero,
Winétt de RoKha, la ultramarina,
y es difícil ser indispensable, como el alma,
yo la quiero,
siempre se me distingue, principalmente cuando lloro o ando lejano, además, soy casado con ella;
hoy no tengo dinero, generalmente no tengo dinero afanoso, y el mercader de agosto llora encima del paraguas olvidado, pero son cuatro los atados de alegría,
como los horizontes, como los Evangelios, como los continentes, si hubiese un continente muerto,
van con sombrero, con zapatos y abrigo impresionante,
y hay bastantes porotos, bastantes papas, bastantes garbanzos y bas¬tante trigo,
hay uvas antiguas en la despensa,
hay 7 gallinas, 2 pavos, 2 patos y un cerdo alegre y religioso,
la lluvia aumenta la soledad y pide causeo y vihuelas,
¡ja!, ¡ja!, ¡ja! ... ;
me gusta la tierra chilena,
soy chileno,
me da tristeza la verdad nacional contra el gobierno y el estado;
amo la bandera tan engreída, tan orgullosa, enarbolada,
y odio al animal del tiempo, tan oficinista, tan,
pero yo hubiera sido soldado, bien soldado como Pedro de Valdivia,
así, borracho, aventurero, así, así,
así, mujeriego y sinvergüenza y pendenciero, católico y ladrón, así,
ladrón, antiguo monstruo agrario,
rebrindo mi raza de bandidos y de piojentos jugando a LA REPUBLICA;
fondeó el día peludo y deshabitado,
duración sin duración, que emerge, triplicándose, la hora de la bala rotunda,
yo estaba edificando, no, deificando la ciudad vertical, sin cielo arriba ni abajo,
el horizonte de metales irrevocables,
cuando los pájaros de aluminio llegaron a discutir conmigo, entonces la culebra automática
se me enroscó al corazón, en figura de remordimientos sin escamas, y los perros de la plaza pública
me confundieron, ¡ay!, me confundieron con un astro variable, y le ladraron
a la gran bandera que salía de mi boca; colgaba del tiempo en el tiempo,
tal como las peras hermosas en los silabarios de la infancia,
con esa molicie apostólica de los cueros vineros,
y era modesto y soberbio como los preceptores, y crecía
como la niebla que viene saliendo de adentro;
todas las desgracias son lo mismo,
por eso los cielos modernos demuestran la permanencia del ahorcado,
y la naturaleza de piedra muerta
no requiere la patología inaudita de la poesía,
ni el chupete del hombre mediocre,
la trizadura de vidrio ordinario del cotidiano,
la costumbre mellada y capciosa,
el impermeable descompuesto, eme huele a gruta podrida, y es igual que revienten días de vitriolo o tiempos floridos de calendarios con limoneros; por lo tanto, he venido a derramar geometría en los muebles y en los hombres,
pues aunque anoche manoteaban los niños enfermos y yo los cuidaba
humildemente, yo iba cavando fórmulas, tallando líneas absolutas, corrigiendo y dirigiendo las montañas, los destinos, las palabras del
universo,
conduciendo la máquina matemática;
ahora, voy a escribir las congojas del sexo,
la bestia quemada, como de fruta inútil y poderosa,
abriendo las piernas del mundo, lo mismo que esa gran boca peluda,
la inquietud desgarrada y furibunda, como las razas malditas, o los crucifijos,
el mineral de fuego con la lengua afuera, la noche inútil, sonando,
los cuerpos torcidos, que parecen escarabajos feroces, batallando en la pelea alucinada,
el beso que hiere y que muerde, enyugando los elementos, las camas eternas, llorando,
y la faz desparramada y patibularia de caricatura terrible, las lenguas pegadas a los sexos,
lamiendo, chupando, mordiendo, lo mismo que moluscos azotados, y el corazón en ventolera, semejante a la motocicleta rodando año abajo, crucificado en la trepidación violenta y amedrentada, y el lamido de oveja de la caricia agradecida y postuma, como adolescencia de empleado, la sonrisa dominadora anudando los astros amargos, el gesto de pantano y de sembrado o de leones universales; perdido en la farmacia cosmopolita,
arrinconado a la vecindad de las estufas, doblado en siete dobleces, apuro los tragos urbanos, bien contento,
porque el pájaro montañés aletea en la infancia de las guitarras, y un son agrario se difunde en la química psicológica; deriva el país, arbolado de banderas mojadas, arrastrando cielos arruinados,
lo mismo que un buque, nublado de eclipses, invierno adentro, y un sol lluvioso cuelga del romadiso agreste,
leo los diarios futuros o recuerdo a Raimundo Martínez, el despachero-asesino de Maipo, y a Pancho Lobos, el preceptor y el maricón del pueblo, y a la Matilde García, la solterona, y a Carlos Muñoz, el tonto patas de palo, y a la Honoria, también a don César, picoteado de canciones, y recuerdo la iglesia anacrónica y el cura borracho y apolillado;
de repente me reviento, y se rehunde conmigo la cosa redonda con
hombrecitos, de cabeza en lo abandonado; son los techos malsanos, ruinosos, velludos, y el alacrán de los suelos baldíos,
el alambre eléctrico que le rebana el corazón al transeúnte,
la rata y la araña viudas del antetecho,
la cité deshonesta, pendenciera y sin esperanza,
la gata rabona que salta desde el trasnochador variable,
y el sol, partido de locura, apareciendo, de noche, en lo espantoso,
con la cara barbuda de adioses,
la grúa ramplona del consuetudinario,
a patadas con los sueños,
en el límite patológico y geométrico,
ese olor grande y falso de la gran magnolia de papel entusiasta,
el bandoneón de las breas navieras,
el charleston que uno empuña destripándose, mi hijita,
un hombre errando en los tranvías que nunca partieron,
allá o ahí o aquí,
en la juntura alucinada, sin dirección explicatoria, en donde emergen, peleando,
7 candelabros por el Asia y 7 candelabros por el Africa, y concluyen todos los caminos,
y la bandera enlutada acumula lo oscuro, que es luz contraria, los vientos hablando y dirigiéndose,
la gran locomotora, sin calzado, arañándose el vientre demente, los rascacielos tan bien grandazos, tirando torres al vacío,
—ah! ... a... a... tirando puentes al vacío,
la garra cósmica de las grúas rajando los estómagos de las toneladas,
y el avión que se estrella contra lo infinito,
como un escarabajo enorme, partiendo los hierros eternos,
la tristeza astronómica de las chimeneas
escupiendo hacia los acuarios estrellados, que parecen grandes copas,
el corazón socialista y asesino de las fábricas;
semejante a esa manzana de azufre de los cementerios anulados,
parecido al gallinero que se llenó de huevos de pólvora, a la estufa,
o al sembrado irresponsable, envenenador del vecindario que puebla las botellas pulmonares,
nació y creció y murió esto, esta gran frecuencia dramática,
ahora va tendida sobre mis terrazas municipales;
por eso parezco un hombre cargado con bultos oscuros o atados anti-cipados,
y un anunciador de túneles;
los barrios hediondos a pescaderías y a crepúsculos, la bestia obrera, tan mosqueada,
el amor desmuelado y cuchillero, que parece escabeche podrido,
es otra gran vida caída, sin afeitarse nunca,
y siempre oliendo a cebolla, a chupilca, a puta obesa,
la canallada épica y patética del invierno,
asomando el juanete amarillo entre el ramaje ensangrentado de las agonías,
y borneando su cola de toses-adioses,
la cara macabra de las agencias, que hieden a sepultura y a prestamista,
"casa honorable, sin pensionista, da pensión a caballeros honorables,
prefiriéndose extranjeros honorables, comida de familia honorable, con o sin muebles, se arriendan piezas honorables, se arriendan, y se hacen zurcidos", o aquel aroma a zorra, que es fuerte como la espada, ese que tiene un sur de océanos occidentales, lo mismo que niñas sin
medias,
y voz de heléchos en deporte,
el animal de lo mecánico sucesivo y la melodía
abrochándose el chaleco de la locura,
y todavía el Dios borracho,
que llora meando en todas las esquinas del universo,
y se rasca los murciélagos
por la izquierda,
y se rasca los murciélagos
con la pata trasera del día,
en aquel almacén desvergonzado que vende laureles y verdades falsificadas,
la calavera de los difuntos viejos, goteada de cerotes de astros,
la melena supersticiosa de los pueblos solteros y mal comidos de Chile,
los hongos pelados que le salen a la melancolía,
y los ciclos nerviosos, enlutados de ramajes deshojados,
arriba de la caja urbana,
tremolando sus países rotos,
la vela de los desvelos,
y la viuda con flores moradas,
que cruza, llorando,
el callejón de la noche tremenda,
escoltada de asesinos,
las sillas ahorcadas y las mesas degolladas como mujeres; es lo mismo que si yo grito: ¡ socorro! ... y se quiebran todos los vidrios del cementerio, calendario de dinamita,
olla de llanto, clausurada con términos geométricos,
llena de fréjoles continentales,
capaz de calentar el fuego y la muerte,
un guiso valiente, caramba,
para estómagos de conquistadores o de bandidos o de guerreros,
sí, sí, a mi corazón no lo tuercen los cantos,
cultivo de espadas en terrenos de piedra y de hierro,
un mono salvaje y leído,
y un gran animal sensual, comilón, dormilón y borracho,
esto me define:
un cuero de vinos calientes,
eso,
un cuero de vinos calientes revolcándose en las mañanas asfaltadas del siglo debajo del sonido del cielo, árbol con músculos de planetas equivocados, tierra de muertos, en donde madura la uva, y ondula, como un mar, el universo temible del hombre, golondrina de acero que sabe canciones automáticas, toro de ébano, potro de ébano, galopado de campanas y ladridos; o estoy contento porque me gusta decir zapallo, comba, verano, sin causa;
unos tocan la trutruca apolillada en el rincón invernal y extranjero, otros encanallan la esperanza manoseándola, como a una ingenua an¬tes de casarse, y no la montan renunca, contrarrenunca, otros desembocan con los huesos comidos de larvas, otros se ponen brillantes de trajines, lo mismo que las putas y las monedas,
otros atornillan el universo con el esqueleto,
unos están parados, otros están tendidos y otros oscilan navegando
entre universos, todos son los mismo,
detrás del hombre subsiste la nada que proyecta la nada, y el viaje ausente y sin cabeza; otra vez, otra vez su recuerdo invulnerable, pobrecita la Carmencita, tan inmensa,
sin embargo, nos veremos, carita de nido entre los choclos soberbios, mi hijita, ¡ ay!, hermosa como los toros egipcios, alma sin cuerpo bajo los altos castaños,
¡ay!, la misma tristeza me la va quitando, me la va arrebatando del
corazón errante, parece que fuese más del mundo y del tiempo, así como el sol ardiendo sin propietarios,
pero yo encuentro su actitud de pollito acurrucada en todas las cosas;
todavía me acuerdo del instante espeluznante,
yo iba adentro de la noche, ¡ oh!, adentro de la noche llena de gallos;
arriba del techo parían todas las estrellas republicanas,
los gatos inmensos de la oscuridad rasguñaban las murallas del mundo,
y un pájaro, estrellándose, volaba contra la tiniebla,
gemían las esquinas atribuladas de asesinos y muertos que meaban
avergonzados, de repente, Pablo de Rokha me dio su mano podrida, sí, desde la última puerta de las últimas puertas, y como yo soy yo, Pablo de Rokha, me asusté mucho, pero mucho, desde entonces siempre llevo toda la barba crecida, como los murciélagos elegantes;
hoy no quiero encender mi cigarro porque puedo incendiar el mundo; una gran bandada de llantos, comedores de dolores,
enluta los cielos erguidos y sin telarañas, la tierra abierta como las sandías,
yo conozco el grito inmóvil de abajo,
la planta tiznada que puja saliendo de la boca,
la columna resonadora del alarido,
conozco la muerte y la muerte con los pelos crecidos c infinitos,
conozco toda la congoja del sexo;
los gerentes imperialistas del Wall Street
tenían su razón animal diciendo
(acariciándose el estómago del espíritu):
"el tiempo es oro", oro del tiempo, ¡ ay!, oro del tiempo sin moneda, porque la vida práctica está llena de piojos de plata; sol honrado como un gran poeta,
sol hermoso como un caballo, sol antiguo como un proverbio, sol sonador y que seca las ropas mojadas; visionario, lujurioso, carnicero, valiente y cobarde, amigos,
tomador de vinos, comedor de quesos trascendentales, glotón, andariego, bribón, tonto y flojo como la belleza, vicioso del alma,
voy a decirlo, una gran tinaja fermentadora, en donde deviene toda la literatura, Dios hecho trofeo,
ambición de la tierra parida de chancros y tumbas; por eso adentro del hombre hay vacíos irremediables, la tristeza que choca sonando contra las baldosas del año, la ahuecadura parchada de razones sentimentales; ¿de dónde me agarro para no caerme muerto? ... arrinconado allí en donde mean las viejas, entre los letreros abandonados de LA VIDA,
entre los huesos urbanos, entre las copas trizadas, entre los tarros llovidos,
yo hago pájaros sin ilusiones,
la fina víbora del suceder, tan metafísica,
y también la rata pelada
que roe la soledad trascendental de los sepulcros
con el colmillo de los anuarios, el animal de palo de los pueblos,
la eterna vaca de greda con tetas como los ríos antiguos,
el ave temible y prudente que tiene barba,
la carcoma, hueso de perro, preñada de faraones de alcaloides,
la bruja peluda que parece feto de muerta;
entonces, sin embargo, ahora,
el soberbio horizonte de puñales sublevados,
los cinco símbolos muertos de la estación radiotelegráfica del univer¬so constante,
aplaudiendo a esa manzana de pólvora, fragante de noche enorme;
la yegua rayada del peligro, a la orilla, en ese límite;
cartero de bronce,
golpeo las ventanas de la muerte
con mi atado de violetas,
las galerías del canto salvaje
atraviesan la esfera llena de ojos azules,
enarbolo todas las banderas,
remezco el almendro del verso,
y la ceniza encantadora
me va cubriendo las viejas espaldas de árbol,
entonces, mi brazo
cruza la sombra
cantando, como los obreros;
un viento agreste
le roba, jugando, los pétalos de su delantal feliz como un gallo,
besándole la poesía integral del talle,
la policía sabe que adentro del corpiño, adentro,
se lleva robados dos jarritos de plata,
y no se atreve a quitárselos,
ayer le abrió el vestido,
un cardo insolente y vagabundo, como un poeta,
y fue lo mismo que desnudar a una flor,
unos creen que es un insecto de las huertas antiguas,
otros creen que tiene derecho a perfumar los años como las abejas o
como las cigarras, yo le corto manojos de besos para las banderas dionisíacas;

es nerviosa y coqueta la locomotora,
así, como las colegialas imaginarias, con su risa de hierros
encima del poniente, cruzado de animales analfabetos, parece que fuese a agujerear el horizonte, pero el peso del cielo y del tiempo cansa la audacia,
y se tiende, suspirando de alegría, morena entre los sembrados; sinceramente, no comprendo
¿cómo es posible que un ovillo de lana amarilla, de lana, cante como las victrolas?,
uno cree, pues, uno cree que habría que dar vueltas a una figura de oro
para que aquel carretel automático sonase, no, canta solo lo solo, el canario,
esa tal música de geografía agreste como las ovejas,
parado en la hoja de lechuga de la mañana
es una gran mentira de lujo
y un cesto de verduras recién llovidas;
la tarde se parece a las peras maduras,
el eucalipto se empina sobre el crepúsculo, todo lo nervioso,
y se envuelve en los choapinos violetas,
levanta la tonada sola y roja,
con hierros mohosos, el portalón de antaño,
y cantan las altas tonadas del polvo,
arriba, camarada, arriba
las uvas sonoras del contentamiento,
es la hora del sapo y del canto,
y el día herido
tiene la resonancia gris de las campanas rotas,
y un ancho sol trizado,
feas estrellas negras del murciélago,
arañando la luna chilena
con aquel escalofrío de lo peludo,

sin embargo, todavía
va sobrando, entre el cielo y el mundo, apenas, el horizonte necesario para levantar la copa; parientes de mujeres,
las frutas curiosas se asoman, hablando o hablando, al balcón de los viajeros,
cuando yo paso andando, lo mismo que un día profundo, circula el sueño
en el horario de mis ojos, llenos de semillas,
y mi poncho de luz,
rayado de paisajes inabordables,
mi poncho de luz,
cubriendo los lomos doblados del viaje y del hombre; abarca las perspectivas, como una gran patagua blanca; ignoro dónde comienzo e
ignoro dónde concluyo,
y, sin embargo, yo estoy solo, yo estoy solo,
sí,
yo estoy solo, como la altura, que es la voluntad del abismo,
además, yo viajo conmigo, que también es otro,
pero yo hago el círculo de mi angustia,
alrededor de mi vacío,
y la soledad sale de mí y me envuelve
como la muerte, que sale del hombre,
o como la sombra, que va a la rastra, y agranda el mundo;
aquí, yo sólo coloco a Igor, el pirata, ceñido de corsarios normandos y escrito de puñaladas,
al capitán Kragh, arado de inscripciones rúnicas,
y a Gog, el innumerable y sus vikingos, Rhin adentro, tan rubio, tan cristiano, tan justo, asesinado sin malicia,
ahora, la borrachera atravesada de campanarios, la escoba de la bruja Karungia y San Vito,
el viaje hacia la infancia, remontando la Edad Media y la abracadabra y los sábados negros en los navios del whisky,

y el árbol de lágrimas, teñido con vinos marinos y adivinanzas amarillas como calaveras,
aquel trigal, ¡oh!, aquel trigal alucinado y dionisíaco,
y toda la tierra empapelada de días domingo, que parecen viejos pueblos muertos;
...¡ay!
por cuanto asoma un viento prudente,
por lo tanto, agarro mi tristeza y voy a tocarla a la otra esquina del cielo,
para que Dios me perdone la manera y el grito; el hueso endonde,
yo parado en la perpendicular de mi lamento, hora del pájaro sin comedia,
no comprendo, verdaderamente, ayer, todavía, después, atribulado, arrinconado,
como un bobo, o lo mismo que un capitán de piratas oceánicos atribuyo mis pasiones a la naturaleza ...

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