sábado, junio 04, 2011

CANTO DEL MACHO ANCIANO por PABLO DE ROKHA




Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro, o enarbolando el gran anillo matrimonial herido a la manera de palomas que se deshojan como congojas, escarbo los últimos atardeceres.

Como quien arroja un libro de botellas tristes a la Mar-Océano o una enorme piedra de humo echando sin embargo espanto a los
acantilados de la historia o acaso un pájaro muerto que gotea llanto, voy lanzando los peñascos inexorables del pretérito contra la muralla negra.

Y como ya todo es inútil, como los candados del infinito crujen en goznes mohosos, su actitud llena la tierra de lamentos.

Escucho el regimiento de esqueletos del gran crepúsculo, del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco de los enfurecidos ancianos, la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada, el arriarse descomunal de todas las banderas, el ámbito terriblemente pálido
de los fusilamientos, la angustia
del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas, a quinientas leguas abiertas
del campo de batalla, y sollozo como un pabellón antiguo.

Hay lágrimas de hierro amontonadas, pero por adentro del invierno se levanta el hongo infernal del cataclismo
personal, y catástrofes de ciudades que murieron y son polvo remoto, aullan.


Ha llegado la hora vestida de pánico en la cual todas las vidas carecen de sentido, carecen de destino, carecen de estilo y de espada, carecen de dirección, de voz, carecen
de todo lo rojo y terrible de las empresas o las epopeyas o las vivencias ecuménicas,
que justificarán la existencia como peligro y como suicidio; un mito enorme,
equivocado, rupestre, de rumiante
fue el existir; y restan las chaquetas solas del ágape inexorable, las risas caídas y el arrepentimiento invernal de los excesos, en aquel entonces antiquísimo con rasgos de santo y de demonio, cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía las mujeres que quería
y un revólver de hombre a la cintura.


Fallan las glándulas y el varón genital intimidado por el yo rabioso, se recoje a la medida
del abatimiento o atardecicndo araña la perdida felicidad en los escombros; el amor nos agarró y nos estrujó como a limones desesperados, yo ando lamiendo su ternura,
pero ella se diluye en la eternidad, se confunde en la eternidad, se destruye en la eternidad y aunque existo porque batallo y "mi poesía es mi militancia",
todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando desde la otra orilla.

Busco los musgos, las cosas usadas y estupefactas, lo postpretérito y difícil, arado de pasado e infinitamente de olvido,

polvoso y mohoso como las panoplias de antaño, como las familias de antaño, como las monedas de antaño, con el resplandor de los ataúdes enfurecidos,
el gigante relincho de los sombreros muertos, o aquello únicamente aquello
que se está cayendo en las formas,
el yo público, la figura atronadora del ser
que se ahoga contradiciéndose.

Ahora la hembra domina, envenenada, y el vino se burla de nosotros como un cómplice de nosotros, emborrachándonos, cuando nos llevamos la copa a la boca dolorosa,
acorralándonos y aculatándonos contra nosotros mismos como mitos.

Estamos muy cansados de escribir universos sobre universos y la inmortalidad que otrora tanto amaba el corazón adolescente, se arrastra
como una pobre puta envejeciendo;
sabemos que podemos escalar todas las montañas de la literatura como en la juventud heroica, que nos aguanta el ánimo
el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo yo,
definitivamente viudo, definitivamente solo, definitivamente viejo, y apuñalado de padecimientos,
ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme,
el autoretrato de todo lo heroico de la sociedad y la naturaleza me abruma;
¿qué les sucede a los ancianos con su propia ex-combatiente sombra?
se confunden con ella ardiendo y son fuego rugiendo sueño de sombra hecho de sombra,
lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando sombra sobre sombra.

Viviendo del recuerdo, amamantándome del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar a la gran soledad de la adolescencia,

padre y abuelo, padre de innumerables familias,
rasguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda la desesperación
en la que todos están muertos entre muertos,
y la más amada de las mujeres, retumba en la tumba de truenos y héroes
labrada con palancas universales o como bramando.


¿En qué bosques de fusiles nos enconderemos de aquestos pellejos ardiendo?
porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando lo hicimos todo, lo quisimos todo, lo pudimos todo y se nos quebraron las manos,
las manos y los dientes mordiendo hierro con fuego;
y ahora como se desciende terriblemente de lo cuotidiano a lo infinito, ataúd por ataúd,
desbarrancándonos como peñascos o como caballos mundo abajo,
vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco midiendo el derrumbamiento general,
calculándolo, a la sordina,
y de ahí entonces la prudencia que es la derrota de la ancianidad; vacías restan las botellas,
gastados los zapatos y desaparecidos los amigos más queridos, nuestro viejo tiempo, la época y tú, Winétt, colosal e inexorable.

Todas las cosas van siguiendo mis pisadas, ladrando desesperadamente,
como un acompañamiento fúnebre, mordiendo el siniestro funeral del
mundo, como el entierro nacional de las edades, y yo voy muerto andando.


Infinitamente cansado, desengañado, errado, con la sensación categórica de haberme equivocado en lo ejecutado o desperdiciado o abandonado o atropellado al avatar del destino
en la inutilidad de existir y su gran carrera despedazada; comprendo y admiro a los líderes,
pero soy el coordinador de la angustia del universo, el suicida que
apostó su destino a la baraja de la expresionalidad y lo ganó perdiendo el derecho a perderlo, el hombre que rompe su época y arrasándola, le da categoría y régimen,
pero queda hecho pedazos y a la expectativa; rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo de piedra, anhelo ya la antigua plaza de provincia
y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y la retreta apolillada en los extramuros.

Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo, ¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval
desenfrenado que yo soy íntegro, se asocie a la personalidad popular del huracán!


A la manera de la estación de ferrocarriles, mi situación está poblada de adioses y de ausencia, una gran lágrima enfurecida
derrama tiempo con sueños y águilas tristes;
cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que pudimos,
cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.


El aventurero de los océanos deshabitados, el descubridor, el conquistador, el gobernador de naciones y el fundador de ciudades tentaculares, como un gran capitán frustrado,
rememorando lo soñado como errado y vil o trocando en el escarnio
celestial del vocabulario espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del canto al soñador que arrastraría adentro del pecho universal muerto, el
cadáver de un conductor de pueblos, con su bastón de mariscal tronchado y echando llamas.

El "borracho, bestial, lascivo e iconoclasta" como el cíclope de Eurípides,
queriendo y muriendo de amor, arrasándola
a la amada en temporal de besos, es ya nada ahora más que un león herido y mordido de cóndores.


Caduco en "la República asesinada"
y como el dolor nacional es mío, el dolor popular me horada la palabra, desgarrándome,
como si todos los niños hambrientos de Chile fueran mis parientes;
el trágico y el dionisíaco naufragan en este enorme atado de lujuria en angustia, y la acometida agonal
se estrella la cabeza en las murallas enarboladas de sol caído,
trompetas botadas, botellas quebradas, banderas ajadas, ensangrentadas por el martirio del trabajo mal pagado;
escucho la muerte roncando por debajo del mundo
a la manera de las culebras, a la manera de las escopetas apuntándonos a la cabeza, a la manera
de Dios, que no existió nunca.


Hueso de estatua gritando en antiguos panteones, amarillo y aterido como crucifijo de prostituta,
llorando estoy, botado, con el badajo de la campana del corazón hecho pedazos,
entre cabezas destronadas, trompetas enlutadas y cataclismos, como carreta de ajusticiamiento, como espada de batallas perdidas en montañas, desiertos y desfiladeros, como zapato loco.


Anduve todos los caminos preguntando por el camino, e intuyó mi estupor que una sola ruta, la muerte adentro de la muerte edificaba su ámbito adentro de la muerte, reintegrándose en oleaje oscuro a su epicentro; he llegado adonde partiera, cansado y sudando sangre como el Jesucristo de los olivos, yo que soy su enemigo;

y sé perfectamente que no va a retornar ninguno
de los actos pasados o antepasados, que son el recuerdo de un recuerdo como lloviendo años difuntos del agonizante ciclópeo,
porque yo siendo el mismo soy distinto, soy lo distinto mismo y lo mismo distinto;
todo lo mío ya es irreparable;
y la gran euforia alcohólica en la cual naufragaría el varón conyugal
de entonces, conmemorando los desbordamientos felices,
es hoy por hoy un vino terrible despedazando las vasijas o clavo ardiendo.


Tal como esos molos muertos del atardecer, los deseos y la ambición catastrófica, están rumiando verdad deshecha y humo en los sepulcros de los estupendos panteones extranjeros, que son ríos malditos a la orilla del mar de ceniza que llora abriendo su boca de tromba.


El garañón desenfrenado y atrabiliario, cuyos altos y anchos veinte años meaban las plazas públicas del mundo,
dueño del sexo de las doncellas más hermosas y de los lazos trenzados de doce corriones,da la lástima humillatoria del cazador de leones decrépito y dramático, al cual la tormenta de las pasiones acumuladas como culebras en un torreón hundido, lo azota;
me repugna la sexualidad pornográfica, y el cadáver de Pan enamorado de la niña morena;
pero el viejo es de intuición y ensoñación e imaginación cínica como el niño o el gran poeta a caballo en el espanto,
tremendamente amoral y desesperado, y como es todo un hombre a esas alturas, anda
levantándoles las polleras a las hembras chilenas e internacionales y cayendo de derrota en derrota en la batalla entre los hechos y los sueños;
es mentira la ancianidad agropecuaria y de égloga, porque el anciano
se está vengando, cuando el anciano se está creando su pirámide;
como aquellos vinos añejos, con alcohol reconcentrado en sus errores y ecos de esos que rugen como sables o como calles llenas de suburbio,
desgarraríamos los toneles si pudiese la dinamita adolorida del espíritu arrasar su condensación épica, y sol caído, su concentración trágica,
pero los abuelos sonríen en equivalente frustrados, no porque son gangochos enmohecidos, sino rol marchito, pero con fuego adentro del ánimo.


Sabemos que tenemos el coraje de los asesinados y los crucificados por ideas,
la dignidad antigua y categórica de los guerreros de religión,
pero los huesos síquicos Saquean, el espanto cruje de doliente y se caen
de bruces los ríñones, los pulmones, los cojones de las
médulas categóricas.


Agarrándonos a la tabla de salvación de la poesía, que es una gran máquina negra,
somos los santos cara jos y desocupados de aquella irreligiosidad horrenda que da vergüenza porque desapareció cuando desapareció el último "dios" de la tierra,
y la nacionalidad de la personalidad ilustre, se pudre de eminente y de formidable como divino oro judío;
todo lo miramos en pasado, y el pasado, el pasado, el pasado es el porvenir de los desengañados y los túmulos;
yo, en este instante, soy como un navio
que avanza mar afuera con todo lo remoto en las bodegas
y acordeones de navegaciones;
querríamos arañar la eternidad y a patadas, abofeteándola, agujerear
su acerbo y colosal acero; olorosos a tinajas y a tonelería o a la esposa fiel, a lágrima deshabitada, a lo chileno postpretérito o como ruinoso y relampagueante, nuestros viejos sueños de antaño ya hogaño son delirio, nuestros viejos sueños de antaño, son llanto usado y candelabros de espantajos, valores de orden y categorías sin vivencias.

Envejeciendo con nosotros, la época en desintegración entra en coma, entra en sombra, entra toda
la gran tiniebla de quien rodase periclitando, pero por adentro le sacamos los nuevos estilos contra los viejos estilos arrastrándolos del infierno de los cabellos
restableciendo lo inaudito de la juventud, el ser rebelde, insurgente, silvestre e iconoclasta.

La idolatrábamos, e idolatrándola, nos revolcábamos
en la clandestinidad de la mujer ajena y retornábamos como sudando lo humano, chorreando lo humano, llorando lo humano, o despavoridos
o acaso más humanos que lo más humano entre lo más humano, más bestias humanas, más error, más dolor, más terror,
porque el hombre es precisamente aquello, lo que deviene sublimidad en la gran caída, flor de victorias-derrotas llamando, gritando, llorando por lo desaparecido, como grandes, tremendos mares-océanos degollándose en oleajes,
criatura de aventura contra el destino, voz de los naufragios en los naufragios resplandeciendo, estrella de tinieblas,
ahora no caemos porque no podemos y como no caemos, a la misma altura, morimos, porque el cuero del cuerpo, como los viejos veleros, se prueba en la tormenta;
del dolor del error salió la poesía, del dolor del error
y el hombre enorme, contradictorio, aforme, acumulado, el hombre es el eslabón perdido de una gran cadena de miserias, el hombre expoliado y azotado por el hombre,
y hoy devuelvo a la especie la angustia individual;
adentro del corazón ardiendo nosotros la amamantamos con fracasos que son batallas completamente ganadas en literatura, contra la literatura; la amamos y la amábamos con todo lo hondo del espíritu,
furiosos con nosotros, hipnotizados, horrorizados, idiotizados, con el
ser montañés que eramos, agrario-oceánicos de Chile, ahora es ceniza,
ceniza y convicción materialista, ceniza y desesperación helada, lo trágico enigmático, paloma del mundo e historia del mundo, y aquella belleza inmensa e idolatrada, Luisa Anabalón, entrañas.


Ruge la muerte con la cabeza ensangrentada y sonríe pateándonos, y yo estoy solo, terriblemente solo, medio a medio de la multitud que amo y canto, solo y funeral como en la adolescencia, solo, solo entre los grandes murallones de las provincias despavoridas,
solo y vacío, solo y oscuro, solo y remoto, solo y extraño, solo y tremendo,
enfrentándome a la certidumbre de hundirme para siempre en las
tinieblas sin haberla inmortalizado con barro llorado, y extraño como un lobo de mar en las lagunas.


Los años náufragos escarban, arañan, espantan son demoníacos y ardientes como serpientes de azufre, porque son besos rugiendo, pueblos blandiendo la contradicción, gestos mordiendo,
el pan candeal quemado del presente, esta cosa hueca y siniestra de
saberse derrumbándose, cayendo al abismo abierto por nosotros mismos, adentro de nosotros
mismos, con nosotros mismos que nos fuimos cavando y alimentando de visceras.


Así se está rígido, en círculo, como en un ataúd redondo y como de ida y vuelta, aserruchando sombra, hachando sombra, apuñalando sombra, viajando en un tren desorbitado y amargo que anda tronchado en
tres mitades y llora inmóvil, sin itinerario ni línea, ni conductor, ni brújula, y es como si todo se hubiese cortado la lengua entera con un pedazo
de andrajo.

Muertas las personas, las costumbres, las palabras, las ciudades en las que todas las murallas están caídas, como guitarras de desolación, y las hojas profundas, yertas, yo ando tronando, desorientado, y en gran cantidad melancólicamente uncido a antiguas cosas arcaicas que periclitaron, a maneras
de ser que son yerbajos o lagartos de ruinas,
y me parece que las vías públicas son versos añejos y traicionados o cirios llovidos;
la emotividad épica se desgarra universalmente
en el asesinato general del mundo, planificado por los verdugos de los pueblos, a la espalda de los pueblos entre las grandes alcantarillas de dólares,
o cuando miramos al mistificador, ahito de banquetes episcopales
hartarse de condecoraciones y dinero con pelos, hincharse y doparse enmascarándose en una gran causa humana y refocilándose como un gran demonio y un gran podrido y un gran engendro de Judas condecorado
de bienestar burgués sobre el hambre gigante de las masas, relajándolas y humillándolas.

Encima de bancos de palo que resuenan como tabernas, como mítines, como iglesias
o como sepulcros, como acordeones de ladrones de mar en las oceanías de las cárceles o como átomos en desintegración,
sentados los ancianos me aguardan desde cinco siglos hace con los brazos cruzados a la espalda,
a la espalda de las montañas huracanadas que les golpean los testículos, arrojándolos a la sensualidad de la ancianidad, que es terrible, arrojándolos

a patadas de los hogares y de las ciudades, porque estos viejos lesos
son todos trágicos, arrojándolos, como guiñapos o pingajos, a la nada quebrada de los
apátridas a los que nadie quiere porque nadie teme.

Entiendo el infierno universal, y como no estoy viviendo en el techo del cielo, me ofende personalmente la agresión arcangélica de la Iglesia y del Estado, el "nido de ratas", y la clínica metafísica de "el arte por el arte", la puñalada oscuramente aceitada de flor y la cuchillada con serrucho
de los contemporáneos, que son panteón de arañas, el ojo de lobo del culebrón literario, todo amarillo, elaborando con desacatos la bomba cargada de versiones horizontales,
la manzana y la naranja envenenadas; contemplo los incendios lamiendo los penachos muertos, apuñalada la montaña en el estómago y el torreón de los extranjeros derrumbándose,
veo como fuegos de gas formeno, veo como vientos huracanados los fenómenos,
y desde adentro de las tinieblas a las que voy entrando por un portalón con intuición de desesperación y costillares de ataúdes,
la antigua vida se me revuelve en las entrañas.

La miseria social me ofende personalmente, y al resonar en mi corazón las altas y anchas masas humanas, las altas
y anchas masas de hoy, como una gran tormenta me va cruzando, apenas soy yo mismo íntegro porque soy mundo humano, soy el retrato bestial de la sociedad partida en clases, y hoy por hoy trabajo mi estilo arando los descalabros.

Las batallas ganadas son heridas marchitas, pétalos de una gran rosa sangrienta,
por lo tanto combato de acuerdo con mi condición de insurgente, dando al pueblo voz y estilo,
sabiendo que perderé la guerra eterna,
que como el todo me acosa y soy uno entero, mientras más persona
del cosmos asuma, será más integral la última ruina;
parece que encienden lámparas en otro siglo del siglo, en otro
mundo del mundo ya caído, el olvido
echa violetas muertas en las tumbas y todo lo oscuro
se reúne en torno a mi sombra,
mi sombra, mi sombra a edad remota comparable o a batea de aldea
en la montaña, y el porvenir es un sable de sangre.

No atardeciendo paz, sino el sino furioso de los crepúsculos guillotinados, la batalla campal de los agonizantes, y la guerra oscura del sol contra sí mismo, la matanza que ejecuta la naturaleza inmortal y asesina, como comadrona de fusilamientos.

Esculpí el mito del mundo en las metáforas, la imagen de los explotados y los azotados de mi época y di vocabulario
al ser corriente sometido al infinito,
multitudes y muchedumbres al reflejar mi voz su poesía, la poesía se sublimó en expresión de todos los pueblos,
el anónimo y el decrépito y el expósito hablaron su lengua
y emergió desde las bases la mitología general de Chile y el dolor colonial enarbolando su ametralladora;
militante del lenguaje nuevo, contra el lenguaje viejo enfilo mi caballo;
ahora las formas épicas que entraron en conflicto con los monstruos
usados como zapatos de tiburón muerto, o dieron batalla a los sirvientes de los verdugos de los sirvientes, transforman las derrotas en victorias, que son derrotas victoriosas y son victorias derrotosas, el palo de llanto del fracaso en una rosa negra,pero yo estoy ansioso a la ribera del suceder dialéctico, que es instantáneamente pretérito,
sollozando entre vinos viejos, otoños viejos, ritos viejos de las viejas maletas de la apostasía universal, protestando y pateando,
y el pabellón de la juventud resplandece de huracanes
despedazados, su canción vecinal y trágica como aquella paloma enferma, como un puñal de león enfurecido, como una sepultura viuda
o un antiguo difunto herido que se pusiera a llorar a gritos.


Ya no se trilla a yegua ni se traduce a Heráclito, y Demócrito es desconocido del gran artista, nadie ahora lee a Teognis de Megara, ni topea en la ramada coral, amamantado con la guañaca rural de la República,
el subterráneo familiar es la sub-conciencia o la in-conciencia que alumbran pálidas o negras lámparas,
y todos los viajeros de la edad estamos como acuchillados y andamos como ensangrentados de fantasmas y catástrofes,
quemados, chorreados, apaleados del barro con llanto de la vida,
con la muleta de la soledad huracanando las veredas y las escuelas.


Avanza el temporal de los reumatismos y las arterias endurecidas son látigos que azotan el musgoso y mohoso y lúgubre
caminar del sesentón, su cara de cadáver apaleado, porque se van haciendo los viejos piedras de sepulcros, tumba y respetuosidad, es decir: la hoja caída y la lástima,
el sexo del muerto que está boca-arriba adentro de la tierra, como vasija definitivamente vacía.


Como si fuera otro volveré a las aldeas de la adolescencia, y besaré la huella difunta de su pie florido y divino como el vuelo de
un picaflor o un prendedor de brillantes, pero su cintura de espiga melancólica ya no estará en mis brazos.

No bajando, sino subiendo al final secular, gravita la senectud despavorida,
son los dientes caídos como antiguos acantilados a la orilla del mar
innumerable que deviene un panteón ardiendo, la calavera erosionada y la pelambrera
como de choclo abandonado en las muertas bodegas, esas están heladas y telarañosas en las que el tiempo aulla como perro solo, y el velámen de los barcos sonando a antaño está botado en las alcantarillas del gusano;
es inútil ensillar la cabalgadura
de otrora, y galopar por el camino real llorando y corcoveando con
caballo y todo o disparar un grito de revólver,
los aperos crujen porque sufren como el costillar del jinete que no es la bestia chilena y desenfrenada
con mujeres sentadas al anca, estremeciendo los potreros de sus capitanías.

La gran quimera de la vida humana como un lobo crucificado o aquella dulce estrella a la cual mataran todos los hijos
yace como yacen yaciendo los muertos adentro del universo.

"Caín, Caín, ¿qué hiciste de tu hermano?",
dice el héroe de la senectud cavando con ensangrentado estupor su sepulcro, la historia
le patea la cabeza como una vaca rubia derrumbándolo barranca abajo,
pero es leyenda él, categoría, sueño del viento acariciando los naranjos atrabiliarios de su juventud,
don melancólico, y la última cana del alma
se le derrama como la última hoja del álamo o la última gota de luz estremeciendo los desiertos.

Parten los trenes del destino, sin sentido, como navios de fantasmas.

Los victoriosos están muertos, los derrotados están muertos, cuando la ancianidad apunta la escopeta negra, estupenda, en los órganos desesperados como caballo de soldado desertor, todos, no nosotros en lo agonal agonizantes, todos están agonizando, todos pero el agonizante soy yo, yo soy el agonizante entre batallas, entre congojas, entre banderas y fusiles, solo, completamente solo, y lúgubre, sin editor, plagiado y abandonado en el abismo, peleando con escombros azotados,
peleando con el pretérito, por el pretérito, adentro del pretérito, en
pretericiones horribles, peleando con el futuro, completamente desnudo hasta la cintura, peleando y peleando con todos vosotros, por la grandeza y la certeza de la pelea,
peleando y contra-peleando a la siga maldita de la inmortalidad ajusticiada.


Entre colchones que ladran y buques náufragos con dentadura de prostitutas enfurecidas o sapos borrachos, ladrones y cabrones empapelados con pedazos de escarnio, agarrándose a una muralla por la cual se arrastran enormes arañas con ojo viscoso o hermafroditas con cierto talento de caracol haciendo un arte mínimo con pedacitos de atardecer amarillo, nos batimos a espada con el oficio del estilo,
cuando en los andamios de los transatlánticos como pequeños simios con chaleco despavorido, juegan a la ruleta los grandes poetas de ahora.


Cien puñales de mar me apuñalaron y la patada estrangulada
de lo imponderable, fue la ley provincial del hombre pobre que se
opone al pobre hombre y es maldito, vi morir, refluir a la materia enloquecida, llorando a la más amada de las mujeres, tronchado, funerario, estupefacto,
mordido de abismos, baleado y pateado por los fusileros del horror, y en tales instantes espero los acerbos días de la calavera que adviene cruzando los relámpagos con la cuchilla entre los dientes.


Voy a estallar adentro del sepulcro suicidándome en cadáver.


Como si rugiera desde todo lo hondo de los departamentos y las provincias
de pétalos y jergones de aldea o mediaguas
descomunales, o por debajo de los barrios sobados como látigos de triste jinete, embadurnados con estiércol de ánimas
o siúticos ajusticiados, con sinuosidades y bellaquerías de una gran mala persona,
acomodado a las penumbras y las culebras, clínico, el complejo de inferioridad y resentimiento
se asoma roncando en las amistosidades añejas,
con el gran puñal-amistad chorreado de vino, chorreado de adulaciones, chorreado de sebo comunal,
y al agarrar la misericordia, y azotar con afecto al fantasma,
sonríe el diente de oro de la envidia, la joroba social, lo inhibidísimo, la discordia total, subterránea, en la problemática del fracasado,
escupiéndonos los zapatos abandonados en las heroicas bravuras antiguas.


Todos los ofidios hacen los estilos disminuidos de las alcobas e invaden la basura de la literatura, de la literatura universal, que es la pequeña cabeza tremenda del jíbaro de la época, agarrándose del cogote del mundo, agarrándose de los calzoncillos de "Dios", agarrándose de los estropajos del sol, de la literatura del éxito,
el aguardiente pálido y pornográfico de los académicos o formalistas
u onanistas o figuristas o asesinos descabezados o pervertidos
sexuales con el vientre rugiente como una catedral o una diagonal entre Sodoma y Gomorra, la cama de baba con las orejas negras como un huevo de difunto
o un veneno letal administrado por carajos eclesiásticos,
y el Arte Grande y Popular les araña la guata de murciélagos del infierno con fierros ardiendo, el abdomen
de rana o de ramera para el día domingo.

Aquestas personas horrendas, revolcándose en el pantano de los desclazados del idealismo o masturbándose o suicidándose a patadas ellos contra ellos, mientras el denominador común humano total se muere de hambre en las cavernas de la civilización, y "la cultura capitalista" desgarra a dentelladas la desgracia de la infancia proletaria con
el Imperialismo, o la tuberculosis es una gran señora que se divierte fotografiando los moribundos estimulándose las hormonas con la caridad sádico-metafísica, especie
de brebaje de degolladores, y la clase rectora, tan idiota como habilísima e imbécil, nos alarga un litro de vino envenenado o un gobierno de carabinas...

Medio a medio de este billete con heliotropos agusanados o demagogos de material plástico o borrachos anti-dionisíacos simoníacos o demoníacos, nuestra heroicidad vieja de labriegos
se afirma en los estribos huracanados y afila la cuchilla, pero pelea
con la propia, terrible sombra enfrentándose al cosmopolita
desde todo lo hondo de la nacionalidad a la universalidad lanzada y estrujándose el corazón, se extrae el lenguaje.

La soledad heroica nos confronta con la ametralladora y el ajenjo del inadaptado y nos enfrenta a la bohemia del piojo sublime del romanticismo, entonces, o ejecutamos como ejecutamos, la faena de la creación oscura y definitiva en el anonimato universal arrinconándonos, o caemos de rodillas en el éxito por el éxito, aclamados y coronados por picaros y escandalosos, vivientes y sirvientes del banquete civil, acomodados a la naipada, comedores en panteones de panoplias y botellas metafísicas, porque el hombre ama la belleza y la mujer retratándolas y retratándose como proceso y como complejo, en ese vórtice que sublima lo cuotidiano en lo infinito.


Completamente ahitos como queridos de antiguos monarcas más o menos pelados, desintegrados y rabones,
caminan por encima de la realidad gesticulando,
creyendo que el sueño es el hecho, que disminuyendo se logran síntesis y categorías, que la manea es la grandeza
y aplaudidos por enemigos nos insultan,
como cadáveres de certámenes enloquecidos que se pusiesen de pie de repente, rajando los pesados gangochos en los que estaban forrados y amortajados a la manera de antaño,
llorando y pataleando, gritando y pataleando en mares de sangre inexorable,
dopados con salarios robados en expoliaciones milenarias y cavernarias ejecuciones de cómplices.

El aullido general de la miseria imperialista da la tónica a mi rebelión, escribo con cuchillo y pólvora, a la sombra de las pataguas de Curicó, anchas como vacas, los padecimientos de mi corazón y del corazón de mi pueblo, adentro del pueblo y los pueblos del mundo y el relincho de los caballos desensillados o las bestias chucaras.


Y como yo ando buscando los pasos perdidos de lo que no existió nunca,
o el origen del hombre en el vocabulario, la raíz animal de la Belleza

con estupor y errores labrada, y la tónica de las altas y anchas muchedumbres en las altas y anchas multitudes del país secular de Chile,
el ser heroico está rugiendo en nuestra épica nueva, condicionado por el espanto nacional del contenido;
como seguramente lloro durmiendo a lágrimas piramidales que estallan, las escrituras que son sueño sujeto a una cadena inexorable e imagen que nadie deshace ni comprendió jamás, arrastran las napas de sangre
que corren por debajo de la Humanidad y al autodegollarse en el lenguaje, organizándolo, el lenguaje mío
me supera, y mi cabeza es un montón de escombros que se incendian, una guitarra muerta, una gran casa de dolor abandonada;
el junio o julio helado me abrigan de sollozos
y aunque estos viejos huesos de acero vegetal se oponen a la invasión de la nada que avanza con su matraca espeluznante,
comprendo que transformo fuerzas por aniquilamiento y devengo otro suceso en la naturaleza.

Oh! antiguo esplendor perdido entre monedas y maletas de cementerio, oh! pathos clásico, oh! atrabiliario corazón enamorado de una gran bandera despedazada, la desgracia total, definitiva está acechándonos con su bandeja de cabezas degolladas en el desfiladero.

Retornan los vacunos del crepúsculo tranco a tranco, a los establos lugareños, con heno tremendo, porque los asesinarán
a la madrugada, y rumiando se creen felices al aguardar la caricia de la cuchilla, el hombre, como el toro o como el lobo se derrumba en su lecho que
es acaso su sepulcro, contento como jumento de panadería.

Si todos los muertos se alzasen de adentro de todos los viejos, entre matanzas y campanas,se embanderaría de luz negra la tierra, e iría
como un ataúd cruzando lo oceánico con las alas quebradas de las arboladuras.


A la agonía de la burguesía, le corresponde esta gran protesta social de la poesía revolucionaria, y los ímpetus dionisíacos tronchados o como bramando por la victoria universal del comunismo,
o relampagueando a la manera de una gran espada o cantando como el pan en la casa modesta
emergen de la sociedad en desintegración que reflejo
en acusaciones públicas, levantadas como barricadas en las encrucijadas del arte;
mis poemas son banderas y ametralladoras,
salen del hambre nacional hacia la entraña de la explotación humana, y como rebota en Latinoamérica
el impacto mundial de la infinita energía socialista que asoma en las
auroras del proletariado rugiente, saludo desde adentro del anocheciendo la calandria madrugadora; y aunque me atore de adioses que son espigas y vendimias de otoños
muy maduros,
el levantamiento general de las colonias, los azotados y los fusilados de la tierra encima del ocaso de los explotadores y la caída de la esclavitud contra los propios escombros de sus verdugos,
una gran euforia auroral satura mis padecimientos
y resuena la trompeta de la victoria en los quillayes y los maitenes del sol licantenino.


Parezco un general caído en las trincheras, ajusticiado y sin embargo acometedor en grande coraje: capaz de matar por la libertad o la justicia, dolorido y convencido de todo lo heroico del Arte Grande, bañando de recuerdos tu sepulcro que se parece a una inmensa religión atea,

a plena conciencia de la inutilidad de todos los lamentos, porque ya queda apenas de la divina, peregrina, grecolatina flor, la voz de las generaciones.

Indiscutiblemente soy pueblo ardiendo, entraña de roto y de huaso, y la masa humana me duele, me arde, me ruge
en la médula envejecida como montura de inquilino del Mataquito, por eso comprendo al proletariado no como pingajo de oportunidades bárbaras,
sino como hijo y padre de esa gran fuerza concreta de todos los pueblos,
que empuja la historia con sudor heroico y terrible sacando del arcano universal la felicidad del hombre, sacando del andrajo espigas y panales.


Los demonios enfurecidos con un pedazo de escopeta en el hocico, o el antiguo y eximio caimán de terror desensillándose, revolcándose, refocilándose, entre escobas de fuego y muelas de piedra y auroras de hierro gasificado piden que me fusilen,
y mis plagiarios que me ahorquen con un sapo de santo en el cogote.


Luchando con endriagos y profetas emboscados en grandes verdades, con mártires de títeres hechos con zapatos viejos
en material peligrosísimo y de pólvora, usados por debajo del cinturón reglamentario,
enfermó mi estupor cordillerano de civilización urbana;
en tristes, terribles sucesos, no siembro trigo como los abuelos,
siembro gritos de rebelión en los pueblos hambrientos,
la hospitalidad provincial empina la calabaza y nos emborrachamos
como dioses que devienen pobres, se convierten en atardeceres públicos y echan la pena afuera dramáticamente, caballos de antaño,
y emerge el jinete de la épica social americana todo creando solo; recuerdo al amigo Rabelais y al compadre
Miguel de Cervantes, tomando mi cacho labrado en los mesones de las tabernas antiquísimas, las bodegas y las chinganas flor de invierno, y agarro
de la solapa de la chaqueta a la retórico-poética del siútico edificado con escupitajos de cadáver,
comparto con proletarios, con marineros, con empleados, con campesinos de "3a clase", mi causeo y mi botella,
bebo con arrieros y desprecio a la intelectualidad podrida.



A la aldea departamental llegaron los desaforados, y un sigilo de alpargatas se agarró del caserón de los tatarabuelos,
entre las monturas y las coyundas sacratísimas del polvoso antepasado remoto,
la culebra en muletas del clandestina je habita,
el tinterillo y el asesino legal hacen sonar sus bastones de ladrones y de camaleones de la gran chancleta
y la mala persona arrojó a las mandíbulas del can aventurero
la heredad desgarradoramente familiar de las montañas de Licantén y las vegas nativas de los costinos en donde impera la lenteja real de Jacob y Esaú y la pregunta blanca de la gaviota.



Como billete sucio en los bolsillos del pantalón del alma el tiempo inútil va dejando su borra de toneles desocupados, y echando claveles de acaeceres marchitos a la laguna de la amargura; buscamos lo rancio en las despensas y en la tristeza: el queso viviendo muerto en los múltiplos de las oxidaciones que estallan como palancas, las canciones arcaicas y la penicilina de los hongos remotos, con sombrero de catástrofes.

El nombre rugiente va botado, encadenado, ardiendo como revólver rojo a la cintura del olvido, como ramo de llanto, como hueso de viento, como saco de cantos o consigna ineluctable,
como biblioteca sin bibliotecario, como gran botella
oceánica, como bandera de quijadas de oro, y dicen las gentes por debajo del poncho:
"renovó con "Los Gemidos" la literatura castellana",
como quien hablara de un muerto ilustre a la orilla del mar desapa¬recido.


Contra la garra bárbara de Yanquilandia que origina la poesía del colonialismo en los esclavos y los cipayos ensangrentados, contra la guerra, contra la bestia imperial, yo levanto
el realismo popular constructivo, la epopeya embanderada de dolor insular, heroica y remota en las generaciones,
sirvo al pueblo en poemas y si mis cantos son amargos y acumulados de horrores ácidos y trágicos o atrabiliarios como océanos en libertad,
yo doy la forma épica al pantano de sangre caliente clamando por debajo en los temarios americanos;
la caída fatal de los imperios económicos refleja en mí su panfleto de cuatrero vil, yo lo escupo transformándolo en imprecación y en acusación poética, que emplaza las masas en la batalla por la liberación humana, y tallando
el escarnio bestial del imperialismo
lo arrojo a la cara de la canalla explotadora, a la cara de la oligarquía mundial, a la cara de la aristocracia feudal de la República
y de los poetas encadenados con hocico de rufianes intelectuales; gente de fuerte envergadura, opongo la bayoneta de la insurgencia
colonial a la retórica capitalista, el canto del macho anciano, popular y autocrítico tanto al masturbador artepurista, como al embaucador populachista,

que entretiene a las muchedumbres y frena las masas obreras,
y al anunciar la sociedad nueva, al poema enrojecido de dolor nacional, le emergen
por adentro de las rojas pólvoras, grandes guitarras dulces, y la sandía colosal de la alegría


No ingresaremos al huracán de silencio con huesos de las jubilaciones públicas, a conquistar criadas y a calumniar los
polvorosos ámbitos jamás, el corazón sabrá rajarse en el instante preciso y definitivo como la castaña muy madura haciendo retumbar los extramuros, haciendo
rodar, bramando, llorar la tierra inmensa de las sepulturas


Si no fui más que un gran poeta con los brazos quebrados
y el acordeón del Emperador de los aventureros o el espanto del mar me llamaban al alma,
soy un guerrero del estilo como destino, apenas,
un soñador acongojado de haber soñado y estar soñando, un "expósito" y un "apátrida"
de mi época, y el arrepentimiento
de lo que no hicimos, corazón, nos taladra las entrañas
como polilla del espíritu, aserruchándonos.

A la luz secular de una niña muerta, madre de hombres y mujeres, voy andando y agonizando.


El cadáver del sol y mi cadáver con la materia horriblemente eterna, me azotan la cara desde todo, lo
hondo de los siglos, y escucho aquí, llorando, así, la espantosa clarinada migratoria.

No fui dueño de fundo, ni marino, ni atorrante, ni contrabandista o arriero cordillerano, mi voluntad no tuvo caballos ni mujeres en la edad madura y a mi amor lo arrasó la muerte azotándolo con su aldabón tronchado, despedazado e inútil y su huracán oliendo a manzana asesinada.


Contemplándome o estrellándome en todos los espejos rotos de la nada, polvoso y ultrarremoto desde el origen.


El callejón de los ancianos muere donde mueren las últimas águilas...


Soy el abuelo y tú una inmensa sombra, el gran lenguaje de imágenes inexorables, nacional-internacional, inaudito
y extraído del subterráneo universal, engendra
la calumnia, la difamación, la mentira, rodeándome de chacales ensangrentados que me golpean la espalda,
y cuando yo hablo ofendo el rencor anormal del pequeño;
he llegado a esa altura irreparable en la que todos estamos solos, Luisa Anabalón,
y como yo emerjo acumulando toda la soledad que me dejaste derrumbándote, destrozándote, desgarrándote contra la nada en un
clamor de horror, me rodea la soledad definitiva; sé perfectamente que la opinión pública de Chile y todo lo humano están conmigo, que el pulso del mundo es mi pulso y por adentro de mi condición fatal galopa el potro del siglo la carretera de la existencia,
que la desgarrada telaraña literaria
está levantando un monumento a nuestra antigua heroicidad, pero no puedo superar lo insuperable.

Como los troncos añosos de la vieja alameda muerta, lleno de nidos y panales, voy amontonando inviernos sobre inviernos
en las palabras ya cansadas con el peso tremendo de la eternidad ...


Tranqueo los pueblos rugiendo libros, sudando libros, mordiendo libros y terrores
contra un régimen que asesina niños, mujeres, viejos con macabro trabajo esclavo, arrinconando en su ataúd a la pequeña madre obrera en la flor de su ternura,
ando y hablo entre mártires tristes y héroes de la espoliación, sacando mi clarinada a la vanguardia de las épocas, oscura e imprecatoria
de adentro del espanto local que levanta su muralla de puñales y de fusiles.


El Díaz y el Loyola de los arcaicos genes ibero-vascos están muriendo en mí como murieron cuando agonizaba tu perfil colosal, marino, grecolatino, vikingo,
las antiguas diosas mediterráneas de los Anabalones del Egeo y las walkirias de Winétt-hidromiel,
adiós! ... cae la noche herida en todo lo eterno por los balazos del sol decapitado que se derrumba gritando cielo abajo...

POLARIS por HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT




El resplandor de la Estrella Polar penetra por la ventana norte de mi cámara. Allí brilla durante todas las horas espantosas de negrura. Y durante el otoño, cuando los vientos del norte gimen y maldicen, y los árboles del pantano, con las hojas rojizas, susurran cosas en las primeras horas de la madrugada bajo la luna menguante y cornuda, me siento junto a la ventana y contemplo esa estrella. En lo alto tiembla reluciente Casiopea, hora tras hora, mientras la Osa Mayor se eleva pesadamente por detrás de esos árboles empapados de vapor que el viento de la noche balancea. Antes de romper el día, Arcturus parpadea rojizo por encima del cementerio de la loma, y la Cabellera de Berenice resplandece espectral allá, en el oriente misterioso; pero la Estrella Polar sigue mirando con recelo, fija en el mismo punto de la negra bóveda, parpadeando espantosamente como un ojo insensato y vigilante que pugna por transmitir algún extraño mensaje, aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir. Sin embargo, cuando el cielo se nubla, consigo conciliar el sueño.

Nunca olvidaré la noche de la gran aurora, cuando jugaban sobre el pantano los horribles centelleos de la luz demoníaca. Después de los destellos llegaron las nubes, y luego el sueño.

Y bajo una luna menguante y cornuda, vi la ciudad por primera vez. Se asentaba, callada y soñolienta, sobre una meseta que se alzaba en una depresión entre extraños picos. Sus murallas eran de horrible mármol, al igual que sus torres, columnas, cúpulas y pavimentos.

En las calles había columnas de mármol en cuya parte superior se alzaban esculpidas
imágenes de hombres graves y barbados. El aire era cálido y manso. Y en lo alto, apenas a diez grados del cénit, brillaba vigilante esa Estrella Polar.
Mucho tiempo estuve contemplando la ciudad sin que llegara el día.

Cuando el rojo Aldebarán, que parpadea a baja altura sin ponerse, llevaba ya hecho un
cuarto de su camino por el horizonte, vi luz y movimiento en las casas y las calles. Formas extrañamente vestidas, a un tiempo nobles y familiares, deambulaban bajo la luna menguante y cornuda; los hombres hablaban sabiamente en una lengua que yo entendía, si bien era distinta de la que conocía. Y cuando el rojo Aldebarán hubo recorrido más de la mitad de su trayecto, volvió el silencio y la oscuridad.

Al despertar ya no fui el de antes. Había quedado grabada en mi memoria la visión de la ciudad, y en mi alma había despertado un recuerdo brumoso, de cuya naturaleza no estaba entonces seguro. Después, en las noches de cielo nublado en que podía dormir, vi con frecuencia la ciudad; unas veces bajo los rayos cálidos y dorados de un sol que nunca se ponía y giraba alrededor del horizonte. Y en las noches claras, la Estrella Polar miraba de soslayo como no lo había hecho nunca.

Gradualmente, empecé a preguntarme cuál podía ser mi sitio en aquella ciudad de la
extraña meseta entre extraños picos. Contento al principio de contemplar el paisaje como una presencia incorpórea que todo lo obsevaba, deseé luego definir mi relación con ella, y hablar con los hombres graves que a diario discutían en las plazas. Me dije a mí mismo: "Esto no es un sueño; pues, ¿por qué medio puedo probar que es más real esa otra vida de las casas de piedra y ladrillo, al sur del siniestro pantano y del cementerio de la loma, donde cada noche la Estrella Polar atisba furtiva por mi ventana?".

Una noche, mientras escuchaba el discurso en la gran plaza de numerosas estatuas,
experimenté un cambio, y noté que al fin tenia forma corporal.

Pero no era un extraño en las calles de Olathoe, la ciudad de la meseta de Sarkia, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su discurso era grato a mi alma, ya que era el discurso del hombre sincero y del patriota. Esa noche tuve noticia de la caída de Daikos y del avance de los inutos, demonios achaparrados, amarillos y horribles que cinco años antes habían surgido del desconocido occidente para asolar los confines de nuestro reino y sitiar muchas de nuestras ciudades. Una vez tomadas las plazas fortificadas al pie de las montañas, su camino quedaba ahora expedito hacia la meseta, a menos que cada ciudadano resistiese con la fuerza de diez hombres. Pues las rechonchas criaturas eran poderosas en las artes de la guerra, y no conocían aquellos escrúpulos de honor que impedían a nuestros hombres altos y de ojos grises, habitantes de Lomar, emprender una conquista despiadada.

Mi amigo Alos mandaba todas las fuerzas de la meseta, y en él se cifraba la última
esperanza de nuestro país. En este momento, hablaba de los peligros que había que afrontar, y exhortaba a los hombres de Olathoe, los más bravos de los lomarianos, a perpetuar la tradición de sus antepasados, quienes al verse obligados a abandonar Zobna y desplazarse hacia el sur ante el avance de los hielos (incluso nuestros descendientes tendrán que dejar un día las tierras de Lomar), barrieron gallarda y victoriosamente a los gnophkehs, caníbales belludos y de largos brazos que se oponían a su paso. Alos me había rechazado como guerrero, ya que era débil y propenso a extraños desmayos cuando me sometía a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad, a pesar de las largas horas que yo dedicaba cada día al estudio de los manuscritos Pnakóticos y del saber de los Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me concedió el penúltimo deber en importancia: me envió a la atalaya de Thapnen para hacer allá de ojos de nuestro ejercito. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay detrás del pico de Noth, y sorprender por allí a la guarnición, yo debía encender la señal de fuego que advertía a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucción.

Subí solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los
desfiladeros. Tenía el cerebro dolorosamente embotado por la excitación y el cansancio, ya que no había dormido desde hacía muchos días; pero mi resolución era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la marmórea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek.

Pero cuando estaba en la camara más alta de la torre, percibí la luna roja, siniestra, menguante, cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof.

Y a través de su abertura del techo brilló la pálida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva como un demonio de tentación. Creo que su espíritu me susurró consejos malvados, sumiéndome en traidora somnolencia con una rítmica y
condenable promesa que repetía una y otra vez: "Duerme, vigía, hasta que las esferas Giren veintiséis mil años Y yo regrese Al lugar donde ahora ardo.

Después, otros astros surgirán En el eje de los cielos Atros que sosieguen, astros que bendigan Sólo cuando mi órbita concluya Turbará el pasado tu puerta".

En vano traté de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extrañas palabras
con alguno de los saberes celestes que yo había aprendido en los manuscritos Pnakóticos. Mi cabeza, pesada y vacilante, se dobló sobre mi pecho; y cuando volví a mirar, fue en un sueño, y la Estrella Polar sonreía burlonamente a través de una ventana, por encima de los horribles y agitados árboles de un pantano soñado. Y aún continúo soñando.

En mi vergüenza y desesperación, grito a veces frenéticamente, suplicando a las criaturas soñadas de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detrás del pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se ríen de mí y me dicen que no sueño. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos achaparrados y amarillos se estén acercando a nosotros con sigilo.

He faltado a mi deber y he traicionado a la marmórea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capitán. Sin embargo, estas sombras de mis sueños se burlan de mí.

Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar, salvo en mis nocturnos desvaríos; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y donde el rojo Aldebarán se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el frío, que se llaman "esquimales".

Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra bóveda y parpadea horriblemente como un ojo insensato que pugna por transmitir algún mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir.

AZATHOTH por HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT



Cuando el mundo se sumió en la vejez, y la maravilla rehuyó la muerte de los hombres;
cuando ciudades grises elevaron hacia cielos velados por el humo torres altas, temibles y feas,a cuya sombra nadie podía soñar el sol ni las praderas floridas de la primavera; cuando elconocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza, y los poetas no cantaron sino a distorsionados fantasmas, vistos a través de ojos cansados e introspectivos; cuando talescosas tuvieron lugar y los anhelos infantiles se hubieron esfumado para siempre, hubo un hombre que empleó su vida, en la búsqueda de los espacios hacia los que habían huido los sueños del mundo.

Poco hay consignado sobre el nombre y procedencia de este hombre, ya que eso
correspondía exclusivamente al mundo despierto, aunque se dice que ambos eran oscuros.

Baste saber que vivía en una ciudad de altos muros donde reinaba un estéril crepúsculo; y que se afanaba todo el día entre sombras y alborotos, volviendo a casa por la tarde, a una habitación cuya ventana no daba a campos y arboledas, sino a un penumbroso patio hacia el que muchas otras ventanas se abrían en lúgubre desesperación.

Desde ese alféizar no se divisaba sino muros y ventanas, a no ser que uno se inclinara mucho para escudriñar hacia lo alto, hacia las pequeñas estrellas que pasaban. Y dado que los muros desnudos y las ventanas conducen pronto a la locura al hombre que sueña y lee demasiado, el inquilino de este cuarto solía asomarse noche tras noche, escrutando a lo alto para vislumbrar alguna fracción de cosas que estaban más allá del mundo despierto y de la grisura de la elevada ciudad. Con el paso de los años, fue conociendo a las estrellas de curso lento por su nombre, y a seguirlas con la fantasía cuando, con pesar, se deslizaban fuera de su vista; hasta que al fin su mirada se abrió a la multitud de paisajes secretos cuya existencia
no llega a sospechar el ojo mundano. Y una noche salvó un tremendo abismo, y los cielos repletos de sueños se abalanzaron hacia la ventana del solitario observador para mezclarse con el aire viciado de su alcoba y hacerle partícipe de sus fabulosa maravilla.

A ese cuarto llegaron extrañas corrientes de violeta medianoche resplandeciendo con
polvo de oro; torbellinos de oro y fuego aremolinándose desde los más lejanos espacios, cuajados con perfumes de más allá de los mundos. Océanos opiáceos se derramaron allí,alumbrados por soles que los ojos jamás han contemplado, albergando entre sus remolinos extraños delfines y ninfas marinas, de profundidades olvidadas.

La infinitud silenciosa giraba en torno al soñador, arrebatándole sin tocar siquiera elcuerpo que se asomaba con rigidez a la solitaria ventana; y durante días no consignados porlos calendarios del hombre, las mareas de las lejanas esferas lo transportaron gentiles reunirse con los sueños por los que tanto había porfiado, los sueños que el hombre habíaperdido. Y en el transcurso de multitud de ciclos, tiernamente, lo dejaron durmiendo sobreuna verde playa al amanecer; una ribera de verdor, fragante por los capullos de lotos y sembrado de rojas calamitas...

POSESION DEL FANTASMA por MAHFUD MASSIS



Una mano se abre lentamente en el muro,
y viene tan suave
como pisando sobre higos nocturnos o prepucios
de ángeles.
Aquí está: yo surto un sueño negro
como un pacto de gallinas infernales.
Es el fantasma que vuelve cada noche a mirarse en mis ojos,
y cada noche olvida
que el cristal no devuelve la cara de los muertos.


Su rostro es fino, de té simple y triste;
su voz muere en el ámbar
cogido en las sombrías mareas de Letonia.
Me dicen que en los cementerios hay muy poca tristeza,
se roban las falanges y las flores.
Y a las pobres
niñas que se mueren de amor
les hacen cosquillas en el pubis.
Y se asoma hasta el fondo de mis ojos
y arranca la raíz de mi último pensamiento.
Yo le miro en el fondo de los ojos,
y el fantasma no tiene pensamiento.


-Hermano, vete en blando camino a tu morada
y vigila al pie de los nogales
que emergen de los ojos caídos en las tumbas.
Espera la llegada de sus nueces azules,
y aceitaremos juntos al ángel de los muertos.
Tu vestido de blanco,
Yo vestido de negro.
Tu subiendo la cuesta de escarcha,
yo montado en las bestias del duelo.

EL CHORRO DE SANGRE.por ANTONIN ARTAUD.




EL JOVEN. –Te amo y todo es bello.

LA JOVEN, con un trémolo intensificado en la voz. –Tú me amas y todo es bello.

EL JOVEN, en un tono más quedo. –Te amo y todo es bello.

LA JOVEN, en un tono aún más quedo que el suyo. –Tú me amas y todo es bello.

EL JOVEN, dejándola bruscamente. –Te amo. Un silencio. Ponte delante de mí.

LA JOVEN, siguiendo el juego, se ubica frente a él. –Ya está.

EL JOVEN, con un tono exaltado, sobreagudo. –Te amo, soy grande, soy limpio, soy pleno, soy denso.

LA JOVEN, en el mismo tono sobreagudo. – Nos amamos.

EL JOVEN. –Somos intensos. Ah, qué bien establecido está el mundo.

Un silencio. Se oye como el ruido de una inmensa rueda que gira provocando viento. Un huracán los separa. En ese momento se ven dos astros que se entrechocan y una serie de piernas de carne viva que caen con pies, manos, cabelleras, máscaras, columnas, pórticos, templos, alambiques, que caen, pero cada vez más lentamente, como si cayeran en el vacío, luego tres escorpiones uno tras otro, y finalmente una rana, y un escarabajo que cae con una lentitud desesperante, una lentitud que hace vomitar.

EL JOVEN, gritando con todas sus fuerzas. El cielo se ha enloquecido.

Mira al cielo.

Salgamos corriendo.

Empuja a la joven delante suyo. Y entra un Caballero de la Edad Media con una enorme rmadura y seguido por una nodriza que sostiene sus pechos con ambas manos y resopla porque tiene los senos muy inflados.

EL CABALLERO. –Deja tus tetas. Dame mis papeles.

LA NODRIZA, con un grito sobreagudo. ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

EL CABALLERO. –Mierda, ¿qué es lo que pasa?

LA NODRIZA. –Nuestra hija, allá, con él.

EL CABALLERO. –No hay hija, silencio.

LA NODRIZA. –Te digo que se están besando.

EL CABALLERO. –Qué carajo crees que me hace que se estén besando.

LA NODRIZA. –Incesto.

EL CABALLERO. –Matrona.

LA NODRIZA, hundiendo las manos en sus bolsillos que son tan grandes como sus senos. – ¡Mantenido!

Ella le desparrama sus papeles, rápidamente.

EL CABALLERO. –Basta, déjame comer.

La Nodriza desaparece. Entonces él se levanta y del interior de cada papel saca una norme porción de gruyère. Repentinamente tose y se ahoga.

EL CABALLERO, la boca llena. –Ehp, ehp. Muéstrame tus senos. ¿Dónde se ha ido?

Se va corriendo.
El Joven vuelve.

EL JOVEN. –He visto, he conocido, he comprendido. Aquí la plaza pública, el prelado, el remendón, las cuatro estaciones, el umbral de la iglesia, el farol del prostíbulo, la balanza de la justicia. ¡No puedo más!

Un sacerdote, un zapatero, un bedel, una ramera, un juez, una vendedora de hortalizas, llegan a la escena como sombras.

EL JOVEN. –La he perdido, devuélvemela.

TODOS, en un tono diferente. –Quién, quién, quién, quién.

EL JOVEN. –Mi mujer.

EL BEDEL, con tono lacrimógeno. –¡Su mujer, psuif, farsante!

EL JOVEN. – ¡Farsante! ¡Podría ser la tuya!

EL BEDEL, golpeándose la frente. –Quizás sea cierto.

Se va corriendo.
El sacerdote se aleja del grupo a su vez y pone su brazo alrededor del cuello del
joven.

EL SACERDOTE, como en confesión. – ¿A qué parte de su cuerpo hacía usted más
frecuentemente alusión?

EL JOVEN. –A Dios.

El sacerdote desconcertado por la respuesta toma inmediatamente acento suizo.

EL SACERDOTE, con acento suizo. –Pero no se hace más eso. Así no lo entendemos. Hay que preguntar esto a los volcanes, a los terremotos. Nosotros vivimos de las pequeñas suciedades de los hombres en la confesión. Y eso es todo, es la vida.

EL JOVEN, atónito. –¡Ah, así es la vida!
Entonces, todo se va al carajo.

EL SACERDOTE, siempre con el acento suizo. –¡Pero claro!

En ese momento, repentinamente, la noche cae sobre el escenario. La tierra tiembla. El trueno hace estragos, con relámpagos que zigzaguean en todo sentido, y en el zigzagueo de los relámpagos se ve a todos los personajes echándose a correr, y enredándose los unos on los otros, caen, se levantan y corren como locos.
En un momento dado una mano enorme toma la cabellera de la prostituta que se inflama y crece visiblemente.

UNA VOZ GIGANTESCA. – ¡Perra, mira tu cuerpo!

El cuerpo de la prostituta aparece absolutamente desnudo y horrendo, bajo el corpiño y la enagua que se vuelven como de vidrio.

LA PROSTITUTA. –Déjame, Dios.

Ella muerde a Dios en el puño. Un inmenso chorro de sangre desgarra la escena y se ve en medio de un relámpago más grande que los otros al sacerdote que se persigna. Cuando vuelve la luz todos los personajes han muerto y sus cadáveres yacen por todas partes en el suelo. Sólo quedan el Joven y la Prostituta que se devoran con los ojos. La Prostituta cae en brazos del Joven.

LA PROSTITUTA, suspirando y como en el extremo de un orgasmo. –Cuéntame cómo ha ocurrido esto.

El Joven esconde la cabeza entre las manos.
La Nodriza vuelve llevando a la Joven bajo el brazo como un paquete. La Joven está muerta. La deja caer al suelo y ésta se aplasta y achata como una torta. La Nodriza no tiene más senos. Su pecho es completamente chato. En ese momento regresa el Caballero que se echa sobre la Nodriza y la sacude con vehemencia.

EL CABALLERO, con voz terrible. –¿Dónde lo has puesto? Dame mi gruyère.

LA NODRIZA, atrevidamente. –Aquí está.

Se levanta las polleras.
El Joven desea irse corriendo pero se queda como un títere petrificado.

EL JOVEN, como suspendido en el aire y con voz de ventrílocuo. –No le hagas mal a mamá.

EL CABALLERO. –Maldita.

Se cubre el rostro con horror.
Una multitud de escorpiones sale en ese momento de las polleras de la Nodriza y comienzan a pulular en su sexo que se hincha y se resquebraja, haciéndose vidrioso, y reverbera como un sol.
El Joven y la Prostituta huyen como trepanados.

LA JOVEN, se levanta deslumbrada. – ¡La virgen! ah, eso era lo que él buscaba.


Telón

FIN

MANIFIESTO DEL SEÑOR AA EL ANTIFILÓSOFO por TRISTAN TZARA



sin la búsqueda de yo te adoro
que es un boxeador francés
valores marítimos irregulares como
la depresión de Dadá en la sangre del bicéfalo
resbalo entre la muerte y los fosfatos
indecisos que raspan un poco el cerebro
común de los poetas dadaístas
afortunadamente
pues
oro
mina
las tarifas y la vida cara me han decidido a
abandonar las D
no es cierto que los falsos dadás me
las hayan quitado ya que
el reembolso comenzará en cuanto
es como para llorar la nada que se llama
nada
y he barrido la enfermedad en la aduana
yo caparazón y paraguas del cerebro
de mediodía a las dos de abono
supersticioso desencadenando los engranajes
del ballet espermatozoico que hallarán
ustedes en ensayo general en todos
los corazones de individuos sospechosos
yo les comeré un poco los dedos de ustedes
yo les pago la renovación del abono del
amor en celuloide que rechina como
puertas de metal
y ustedes son unos idiotas
yo volveré una vez como su
orina renaciente a la joie de vivre el
viento partero
y establezco un pensionado de mantenedores
de poetas
y vengo una vez más para comenzar
de nuevo
y son ustedes unos idiotas
y la llave del selfcleptómano no
funciona más que con aceite crepuscular
en cada nudo de cada máquina
está la nariz del recién nacido
y todos somos idiotas
y muy sospechosos de una nueva forma
de inteligencia y de nueva lógica
a la manera de nosotros mismos
que no es Dadá de manera alguna
y ustedes se dejan llevar por el
Aaísmo
y todos ustedes son idiotas
cataplasmas
en alcohol de sueño purificado
vendajes
idiotas
vírgenes

CONFIANZA EN EL ANTEOJO, NÓ EN EL OJO; por CESAR VALLEJO



en la escalera, nunca en el peldaño;
en el ala, nó en el ave
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.
Confianza en la maldad, nó en el malvado;
en el vaso, mas nunca en el licor;
en el cadáver, no en el hombre
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.
Confianza en muchos, pero ya no en uno;
en el cauce, jamás en la corriente;
en los calzones, no en las piernas
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.
Confianza en la ventana, no en la puerta;
en la madre, mas no en los nueve meses;
en el destino, no en el dado de oro,
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

POEMA PARA SER LEIDO Y CANTADO por CESAR VALLEJO



Sé que hay una persona
que me busca en su mano, día y noche,
encontrándome, a cada minuto, en su calzado.
¿Ignora que la noche está enterrada
con espuelas detrás de la cocina?
Sé que hay una persona compuesta de mis partes,
a la que integro cuando va mi talle
cabalgando en su exacta piedrecilla.
¿Ignora que a su cofre
no volverá moneda que salió con su retrato?
Sé el día,
pero el sol se me ha escapado;
sé el acto universal que hizo en su cama
con ajeno valor y esa agua tibia, cuya
superficial frecuencia es una mina.
¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,
que hasta sus propios pies así la pisan?
Un gato es el lindero entre ella y yo,
al lado mismo de su tasa de agua.
La veo en las esquinas, se abre y cierra
su veste, antes palmera interrogante...
¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?
Pero me busca y busca. ¡Es una historia!
7 Sep. 1937
El acento me pende del zapato;
le oigo perfectamente
sucumbir, lucir, doblarse en forma de ámbar
y colgar, colorante, mala sombra.
Me sobra así el tamaño,
me ven jueces desde un árbol,
me ven con sus espaldas ir de frente,
entrar a mi martillo,
pararme a ver a una niña
y, al pie de un urinario, alzar los hombros.
Seguramente nadie está a mi lado,
me importa poco, no lo necesito;
seguramente han dicho que me vaya:
lo siento claramente.
¡Cruelísimo tamaño el de rezar!
¡Humillación, fulgor, profunda selva!
Me sobra ya tamaño, bruma elástica,
rapidez por encima y desde y junto.
¡Imperturbable! ¡Imperturbable! Suenan
luego, después, fatídicos teléfonos.
Es el acento; es él.
12 Set 1937
La punta del hombre,
el ludibrio pequeño de encojerse
tras de fumar su universal ceniza;
punta al darse en secretos caracoles,
punta donde se agarra uno con guantes,
punta el lunes sujeto por seis frenos,
punta saliendo de escuchar a su alma.
De otra manera,
fueran lluvia menuda los soldados
y ni cuadrada pólvora, al volver de los bravos desatinos,
y ni letales plátanos; tan sólo
un poco de patilla en la silueta.
De otra manera, caminantes suegros,
cuñados en misión sonora,
yernos por la vía ingratísima del jebe,
toda la gracia caballar andando
puede fulgir esplendorosamente!
¡Oh pensar geométrico al trasluz!
i Oh no morir bajamente
de majestad tan rauda y tan fragante!
¡Oh no cantar; apenas
escribir y escribir con un palito
o con el filo de la oreja inquieta!
Acorde de lápiz, tímpano sordísimo,
dondoneo en mitades robustas
y comer de memoria buena carne,
jamón, si falta carne,
y un pedazo de queso con gusanos hembras,
gusanos machos y gusanos muertos.

jueves, junio 02, 2011

EJECTION SEAT por DANIEL ROJAS PACHAS




I hate myself & want to die
Nirvana





no faltará quien lea esto como una crítica a los medios
y haga en su blog
o web de turno
una lectura sobre la reificación de los cuerpos
una aproximación desde la trivia de la violencia
en un mundo postmoderno.
que la hipertextualidad y la fragmentación de la reconchasumadre.
Quizá tenga suerte
y algún periodista cagón.
seudo poeta jugando a ser editor
se interese en poner algo en su columna de 2500 caracteres
esa prensa de capital / un pobre diario de provincia.
métanse sus mecanismos de legitimación por el orto.
ESTO ES UN DISPOSITIVO DE SEGURIDAD
una salida a los posers
y lectores atorrantes / M.A.S.C..A.N.D.O.A.D.J.E.T.I.V.O.S.E.N.O.R.M.E.S.
la única aprobación requerida
es
la de muertos
bien podridos como celine o dostoievsky.
Esto no es un poemario.
o un librito como tantos
esos...
que se la chupen a nicanor,
a la etnia mal parida o al pablo a la mode.
es sólo vómito.
mucha rabia, carne y letras atropellándose.

ABDUCCION por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE




No podía contener la risa.

Se había vuelto estruendosa.

Su amigo observaba el mesón y el modo en que la cerveza provocaba debajo de los vasos un movimiento grácil, casi como si el vidrio flotara sobre la cubierta.

Y así como el hipo. La risa cesó.

Ambos hombres en aquel tugurio cruzaron las miradas.

- Así que te abdujo el pico!

Volvió con su risotada que colmaba las paredes. El otro apuró el trago, se armó de paciencia.

Luego de un respiro elucubró:

- Siempre supe que Giovanna no era de este mundo.

ESPEJEO por JUAN PODESTA BARNAO




I

Mientras él seguía la huella de un
párrafo huidizo
El otro salla del pais con pasaporte
falso
y varios pecados inconfesables.

II

Mientras lo buscaba en las peores
poblaciones y callamperios
El otro escribía lo suyo en un
confortable departamento.
Me ve cómo la miro
mientras corrijo el cuento
desato conflictos
afino detalles
perfilo sujetos
Me ve cómo la miro
mientras busco finales
imagino tragedias
rehago diálogos
Me espia desde su ventana
del edifico del frente
y esconde su cabeza en un florero de
la terraza
Sabe que la miro
y que conozco su presencia
Me ve cómo la miro
y traga saliva cuando me ve moverme
en la silla
Suda cuando me paro a buscar un vaso
de agua
Deja a mano el celular
para llamar a emergencias
cuando me vea dejar definitivamente
el computador
para ir a aburrirme
con los capítulos finales
de una serie infame de un canal
regional
en el que un italiano
tiene la mala costumbre
de agarrar a batazos
al que le ponga las cosas difíciles.

ALICIA por PABLO ESPINOZA BARDI




"Sweet child, I wish you were dead
Sweet child, I wish you were dead
Dry your eyes now, little one
Shut up and listen, hear the screams in the night!"
(Rage of Fire; Dismal Euphony).




Hoy te mostraré algo muy entretenido - el show acaba de
comenzar - y ves un cuerpo hinchado sobre la mesa de
disección - rajado desde los genitales hasta la garganta - las
luces de los halógenos apuntan hacia el centro - mientras que
la música se resume en un triste adagio - el tiempo corre - y la
mesa de disección juega con la puesta en escena de una
veintena de pájaros muertos que penden tiesos de los hilos - los
matices sepias y oscuros dominan la sala - el resultado es
sublime - desde el techo es bajado con un cordel un pequeño
conejo muerto - mientras que una voz en off narra la historia al
ritmo de unos acordeones - "ya es tarde... muy tarde...
demasiado tarde" - chilla la voz que interpreta al conejo - pero
ahora viene la mejor parte - ¡fíjate bien! - mira a la pequeña
niña que traen de la mano - Ella es la actriz principal - ¿acaso
no es una dulzura? - se parece a Shirley Temple con ese vestido
y esos ricitos - ¿ves como ese pervertido la introduce a la fuerza
en el voluminoso estómago? - algo desagradable de ver - debo
admitirlo - Él es el sombrerero - y con aguja e hilo se dispone a
coser la abertura del cadáver - mira como lo hace - es
enfermizo ¿no? - mira como cose apresurado aquella zanja
mientras que con la mano restante sujeta a la niña para que no
escape - introduciéndola a la fuerza dentro de los pútridos
intestinos - ¡pero mira te dicen! ¡no quites la vista por nada del
mundo! - pobre - la niña grita y patalea dentro del cuerpo -
hasta que la asfixia finalmente acaba con su vida.
FIN del primer acto
se cierran las cortinas
ahora habrá que esperar
"después de un tiempo, estará todo listo para la escena del
gusano... "

MonalisaK por JAIME CORTES



me
los ojos de encima
deja de no reírte
con esa luminosidad
de cabaret de media vida
desciende sobre nos
monalisaK

me
los choros del canasto
déjame en el suelo
lleno de tu tierra
y las pocas monedas que me quedan

monalisak
las uñas de mi pecho
derrámate sobre mis subterfugios
mi falsa razón
con la vesania de tu semirrisa
empalagosa.

Monalisak
Me
Una vida del bolsillo
Un suspiro
Otra piscola
Mientras vueltas das y vueltas
Tres sesenta ycinco veces mi aliento
En tu nota roja

MonalisaK
Lo que pueda parecerme coherente
En tu movimiento perpetuo
Por la alcoba de la inconciencia
Tuya
MonalisaK
¿puedes oírme?
Entre tanto grito
De Callas, Jazz y un Gosspell
Perpetuo para tu cuerpo en llamas
Y risa

MonalisaK
Me
La moral
Las enubias
Los girasoles
La cresta
Con violencia

MonalisaK
Sin piedad
girando
Big bang crunch crash
MonalisaK
De mi cuerpo muerto
Tu propia visa.

SOMOS UNA MANIOBRA DEL EJERCITO DEL COSMOS por SEÑOR QUIROFANO




Debía temer después de descubrir la clase de piel que caía sobre tu pantano, Regina, los árboles, aéreos, frecuentan tu luminosidad cuando despiertas mirando hacia Santiago hecha de vértices, vas tejiendo con palabras simples la historia de una década en decadencia y sobre los rieles de la muerte dejas una moneda que ya perdió su cara.



Bajo la tormenta que todavía no existe, un pájaro espera la rutina de las nubes menores, Andrés recorre sus bolsillos con los dedos ciegos mientras su corazoncito de plástico lo sitúa a tres metros del radar de unas ratas que mastican vidrio, caminar es una opción que permite la distancia y también el sueño, los niños de la calle recogen papas fritas del basurero y estas rebotan en el fondo de sus estómagos como las sonrisas en el metro, beber es complicado si se hace con paciencia, la línea que acaricia la realidad no es recta y la realidad misma parece estar moviéndose, incluso en algunos casos yo diría que saluda y luego escapa sin que alcancemos a preguntarle nada.



-Adiós- es una palabra poco frecuente en mi vocabulario social, generalmente uso un vaso de tamaño regular para vomitar el día a día.



atte.

esse erre Quirófano

SAYONARA por ALVARO LOPEZ BUSTAMANTE




casi puedo decir que nadie leerá esto
he logrado contenerme
no comunicar mis preciosos pensamientos
por amor al arte
el arte de callar
como las geishas
como las maracas de los topless

CATEQUESIS por JUAN LUIS CASTILLO



La señora Rosa ha decorado su casa con elegancia. Cuando aparece la señora María sonríe amablemente y la invita a pasar. Después llegan la señora Ema y la señora Ana. La reunión sobre la catequesis y su aplicación en los grupos de jóvenes comienza exactamente a las seis.

La primera en intervenir es la señora María quien piensa que el método utilizado es muy anticuado y que debería actualizarse. “Debemos hacer latir al Cristo Vivo que los jóvenes llevan dormido en sus corazones”, dice.

La señora Ema, mientras la señora María habla, asiente con su cabeza. La señora Ana la escucha absorta. La señora Rosa mira el cielo y aprieta su cara. Cada cierto tiempo hace sonar un lápiz en la mesa que está cubierta con un hermoso mantel bordado que compró en su último viaje a Europa.

Luego, la señora Ana replica que ella ha tenido la misma sensación que la señora María. “Los jóvenes se aburren porque los libros guías son muy densos y no hay ejercicios prácticos”, explica.

La señora Ema remata con la aprobación de esa sentencia agregando que podrían realizar clases más lúdicas y participativas.

La señora Rosa, quien ha mantenido un silencio tenso, por fin habla abrochando sus manos y mostrando una sonrisa que afirma con la cabeza un tanto ladeada hacia la derecha.

“Si los libros están hechos así, es porque la iglesia ha querido que sea así, nosotras somos sus servidoras”, sentencia. “Pero si no vamos a cambiar los contenidos, lo que propongo es programar ejercicios prácticos de apoyo”, replica la señora María.

“Es que Marita –continúa la señora Rosa- sé que tus cursos de emprendimiento han tenido éxito en señoras de población, pero los asuntos espirituales tienen otro signo, y ese signo lo ha establecido nuestra iglesia que cuenta con la sabiduría de dios”.

La señora Ema mira a la señora Ana. La señora María replica que nada tienen que ver sus cursos, más bien lo que propone es que la naturaleza del espíritu de dios encarnada en Jesús salga a la superficie de los pocos jóvenes que logran congregar para catequesis. “Eso se puede hacer rescatando al niño que llevan dentro, jugando, aprendiendo”, plantea.

La señora Ema asiente otra vez con la cabeza. La señora Ana propone una votación. La señora Rosa se niega y contrargumenta que visitarán al párroco de su jurisdicción para que él zanje el tema. En el instante en que termina su propuesta llega Don Manuel, su marido. “Hola Rosa, señora Ema, señora Ana, Mari, tanto tiempo, que gusto de verte”. Y la abraza como si se conocieran de toda la vida.

COMENTARIO por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE




es el poema un simple comentario?
o como se dio en un sueño
esa frase que decía:
"observa detrás de esa tempestad
y descubrirás
un mundo"
o es un comentario?
viví en una población
de Antofagasta
por 23 años
respirando plomo
y bebiendo agua con arsénico
jugaba de pequeño en una plaza
ya no juego
ya nadie juega en esa plaza
es un poema un comentario
o son las plumas negras de un ángel
que uno
va calándose en los brazos?
qué es?
qué es?

AVECITAS por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



A las aves pequeñas se les mata presionando
El pecho donde se ubica el corazón
Allí, justo donde presionas ahora, lenta pero
pesadamente, siente como los latidos van disminuyendo
Se aquietan las alas
Se opaca el brillo de los ojos
Mira el tercer párpado…

Ahora aprisiona este corazón

miércoles, junio 01, 2011

LA PROBABLE E IMPROBABLE DESAPARICIÓN DE UN GATO POR EXTRAVIO DE SU PROPIA PORCELANA a R.I.* por JUAN LUIS MARTINEZ




Ubicado sobre la repisa de la habitación
el gato no tiene ni ha tenido otra tarea
que vigilar día y noche su propia porcelana.

El gato supone que su imagen fue atrapada
y no le importa si por Neurosis o Esquizofrenia
observado desde la porcelana el mundo sólo sea
una Pequeña Cosmogonía de representaciones malignas
y el Sentido de la Vida se encuentre reducido ahora
a vigilar día y noche la propia porcelana.

A través de su gato
la porcelana observa y vigila también
el inmaculado color blanco de sí misma,
sabiendo que para él ese color es el símbolo pavoroso
de infinitas reencarnaciones futuras.

Pero la porcelana piensa lo que el gato no piensa
y cree que pudiendo haber atrapado también en ella
la imagen de una Virgen o la imagen de un Buddha
fue ella atrapada por la forma de un gato.

En tanto el gato piensa que si él y la porcelana
no se hubieran atrapado simultáneamente
él no tendría que vigilarla ahora
y ella creería ser La Virgen en la imagen de La Virgen
o alcanzar el Nirvana en la imagen del Buddha.

Y es así como gato y porcelana
se vigilan el uno al otro desde hace mucho tiempo
sabiendo que bastaría la distracción más mínima
para que desaparecieran habitación, repisa, gato y porcelana.





* (La casa de R.I. en Chartres de Francia, tiene las paredes, cielo raso, piso
y muebles cubiertos con fragmentos de porcelana rota).

The 8 rules of Fight Club - Kinetic Typography

Fight Club - Chemical Burn - Kinetic Typography

POEMA APOCALÍPTICO FINAL por ALEXIS FIGUEROA



En la escena aparece
una palabra no muy grande.
Es verde claro y arranca por
la selva tropical

La selva es verde oscura,
está llena de ruidos.
En las alturas los pájaros
se refugian en sus nidos.
Aparece otra palabra aún más grande.
"Didascalia"puede ser, o "calipigia".


(También es verde clara y
contra el fondo
se distingue con gran
dificultad).

Lianas, enredaderas,
árboles y arbustos,
orquídeas, aborígenes,
animales que dan susto.

La palabra chica arranca
de la palabra grande.

Ruidos de persecución,
chillido y grito.
Cae la noche lentamente en
el abismo tropical.

La palabra grande atrapa a
la pequeña por la pata.
La palabra grande se solaza
como gato entre las ratas.

La palabra grande engulle
una vocal con parsimonia,
mientras descansa echada
en un tronco milenario.

La palabra grande se sienta
en un escaño,
mientras mira por la tarde
la TV.

(Y usa una servilleta
cuadrillé).

Su digestión tiene la forma
de un soneto,
derivado de las artes del
panfleto.

Con un palito escarba en el
cadáver de la palabra chica,
yacen letras aplastadas
bajo la gigantesca pata.

Ella, indiferente, se baña en
los géiseres de luna,
después se envuelve en una
albina bata.

"Corten" dice el director,
"todo está malo".
"No saben actuar" les
asegura.

Ahora las palabras caminan
abrazadas,
buscando un bar para
olvidar.

Penetran en un tugurio
miserable. Piden vino.
"Trae trago" dice una, "trae
trago Marcelino".

Les traen un pequeño
monosílabo crocante,
que la mayor coge
delicadamente, con sus
guantes.

(Comen en silencio:
caníbales degustando
un canapé).

Piden pan, más vino y
ensaladas:
se sienta entre los dos una
palabra con pestañas
encrespadas.

Pide fuego. Las palabras
sacan fósforos.
La palabra saborea
lentamente una chupada.

Más tarde las palabras
sentadas a la mesa,
ríen dando muestras de
embriaguez.

Han olvidado su fracaso
como actores.
Y regresan muy contentas al
laberinto circular.

MONOLOGO DEL VIEJO CON LA MUERTE por ENRIQUE LIHN



Y bien, eso era todo.
Aquí tiene la vida, mírese en ella como en un espejo,
empáñela con su último suspiro.
Este es Ud. de niño, entre otros niños de su edad;
¿se reconocería a simple vista?
Le han pegado en la cara, llora a lágrima viva,
le han pegado en la cara.
Allí está varios añoa después, con su abuelo
frente al primer cadáver de su vida.
Llora al viejo, parece que lo llora
pero es más bien el miedo a lo desconocido.
El vuelo de una mosca lo distrae.
Y aquí vienen sus vicios, las pequeñas alegrías de un cuerpo
reducido a su mínima expresión,
quince años de carne miserable;
y las virtudes, ciertamente, que luchan
con gestos más vacíos que ellas mismas.
Un gran amor, la perla de su barrio
le roba el corazón alegremente
pora jugar con él a la pelota.
El seminario, entonces,
le han pegado en la cara. Ud. pone la otra;
pero Dios dura poco, los tiempos han cambiado
y helo aquí cometiendo una herejía.
Véase en ese trance, eso era todo:
asesinar a un muerto que le grita: no existo.
Existen Marx y el diablo.
Recuerde, ese es Ud. a los treinta años;
no ha podido casarse
con su mujer, con la mujer de otro.
Vive en un subterráneo, en una cripta
de lo que se le ofrece, sin oficio,
esqueléticamente, como un santo.
Defotro mundo viene ciertas noches
a visitarlo el padre de su padre:
—Vuelve sobre tus pasos, hijo mío, renuncia
al paraíso rojo que te chupa la sangre.
Total, si el mundo cambia a cañonazos,
antes que nada morirán los muertos.
Piensa en ti mismo, instala tu pequeño negocio.
Todo empieza por casa.
Mírese bien, es Ud. ese hombre
que remienda eu única camisa
llorando secamente en la penumbra.
Viene de la estación, se ha ido alguien,
pero no era el amor, sólo una enferma
de cierta edad, sin hijos, decidida a olvidarlo
en el momento mismo de ponerse en marcha.
Ud. se pone en su lugar. No sufre.
¿Eso era el amor? Y bien, sí, era eso.
Tranquilo. Una mujer de cierta edad. Tranquilo.
Mírela bien, ¿quién era? Ya no Ja reconoce,
es ella, la que odia sus calcetines rotos,
la que le exige y le rechaza un hijo,
la que finge dormir cuando Ud. llega a casa,
la que le espanta el sueño para pedirle cuentas,
la que se ríe de sus libros viejos,
la que le sirve un plato vacío, con sarcasmo,
la que amenaza con entrar de monja,
la que se eclipsa al fin entre la muchedumbre.
Y bien, eso era todo. Véase Ud. de viejo
entre otros viejos de su edad, sentado
profundamente en una plaza pública.
Agita Ud. los pies, le tiembla un ojo,
lo evitan las palomas que comen a sus pies
el pan que Ud. Ies da para atraérselas.
Nadie lo reconoce, ni Ud. mismo
se reconoce cuando ve su sombra.
Lo hace llorar la música que nada le recuerda.
Vive de sus olvidos
en el abismo de una vieja casa.
¿Por qué pues no morir tranquilamente?
¿A qué viene todo esto?
Basta, cierre los ojos;
no se agite, tranquilo, basta, basta.
Basta, hasta, tranquilo, aquí tiene la muerte.

PENSAR CONTRA SI MISMO por EMIL MICHEL CIORAN



Debemos la casi totalidad de nuestros conocimientos a nuestras violencias, a la exacerbación de nuestro desequilibrio. Incluso Dios, por mucho que nos intrigue, no es en lo más íntimo de nosotros donde le discernimos, sino justo en el límite exterior de nuestra fiebre, en el punto preciso en el que, al afrontar nuestro furor al suyo, resulta un choque, un encuentro tan ruinoso para El como para nosotros. Alcanzado por la maldición que los actos conllevan, el violento no fuerza su naturaleza, no va más allá de sí mismo, más que para volver de nuevo a sí enfurecido, como agresor, seguido de sus empresas, que vienen a castigarle por haberlas suscitado. No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera que, respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposarse en el ser. Si aspiro a una carrera metafísica, no puedo a ningún precio guardar mi identidad; debo liquidar hasta el menor residuo que me quede de ella; mas si, por el contrario, me aventuro en un papel histórico, la tarea que me incumbe es exasperar mis facultades hasta que estalle con ellas. Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.
Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso mas que a los secretos del desgarramiento.
En lugar de dejar al tiempo triturarnos lentamente, hemos creído oportuno sobreabundar en él, añadir a sus instantes los nuestros. Ese tiempo reciente, injertado en el antiguo, ese tiempo elaborado y proyectado debía pronto revelar su virulencia; objetivándose, iba a convertirse en historia, monstruo urdido por nosotros contra nosotros mismos, fatalidad a la que no podríamos escapar, ni aun recurriendo a las fórmulas dc la pasividad, a las recetas de la sabiduría.
Intentar una cura de ineficacia; meditar sobre los padres taoístas, su doctrina del abandono, del dejarse llevar, de la soberanía de la ausencia; seguir, según su ejemplo, el recorrido de la conciencia cuando deja de tenérselas con el mundo y se moldea sobre todas las cosas, como el agua, elemento al que son afectos, eso ya podemos esforzarnos en lograrlo, que no lo conseguiremos jamás. Ellos condenan juntamente nuestra curiosidad y nuestra sed de dolores; y en esto se diferencian de los místicos, y singularmente de los de la edad media, hábiles en recomendarnos las virtudes de la camisa de cerdas, de la piel de erizo, del insomnio, de la inanición y del gemido.
«La vida intensa es contraria al Tao», enseña Lao-Tse, el hombre más normal que hubiere. Pero el virus cristiano nos recome: legatarios de los flagelantes sólo refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos. ¿Qué la religión declina? Perpetuaremos sus extravagancias, como perpetuamos las maceraciones y los gritos de las celdas de antaño, ya que nuestra voluntad de sufrir iguala a la de los conventos en la época de su florecimiento. Si bien la Iglesia no goza ya del monopolio del infierno, no por eso nos tendrá menos anclados a una cadena de suspiros, al culto del padecimiento, de la alegría fulminada y de la tristeza jubilosa.
El espíritu, tanto como el cuerpo, paga los gastos de la «vida intensa». Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser. Y lo que a los ojos del gran chino era símbolo de decadencia, ejercicio de imperfección, constituye para nosotros la única modalidad de poseernos, de entrar en contacto con nosotros mismos.
«Que el hombre no ame nada y será invulnerable». («Chuang tzé»). Máxima profunda como inoperante. ¿Cómo alcanzar el apogeo de la indiferencia, cuando nuestra misma apatía es tensión, conflicto, agresividad? No hay ningún sabio entre nuestros antecesores, sino insatisfechos, veleidosos, frenéticos, cuyas decepciones y desbordamientos nos será preciso prolongar.
Siempre según nuestros chinos, sólo el espíritu desapegado penetra en la esencia del Tao; el apasionado no percibe más que los efectos: el descenso a las profundidades exige el silencio, la suspensión de nuestras vibraciones, léase de nuestras facultades. Pero ¿no es ya revelador que nuestra aspiración a lo absoluto se exprese en términos de actividad, de combate, que un Kierkegaard se titule «caballero de la fe», y que Pascal. no sea nada más que un panfletario? Atacamos y nos debatimos; no conocemos, pues, más que los efectos del Tao. Por lo demás, la quiebra del quietismo, equivalente europeo del taoísmo, dice mucho sobre nuestras posibilidades y nuestras perspectivas.
No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad. (La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero.) Si elaboramos tiempo, si lo producimos, es por repugnancia a la hegemonía de la esencia y a la sumisión contemplativa que supone. El taoísmo me parece la primera y última palabra de la sabiduría: soy; sin embargo, refractario a él, mis instintos lo rechazan, como rechazan doblegarse a lo que sea, hasta tal punto pesa sobre nosotros la herencia de la rebelión. ¿Nuestro mal? Siglos de atención al tiempo, de idolatría del futuro. ¿Nos libraremos de él por algún recurso de la China o de la india?
Hay formas de sabiduría y liberación que no podemos ni aprehender desde dentro, ni transformarlas en nuestra sustancia cotidiana, ni siquiera encerrarlas en una teoría. La liberación, si efectivamente uno se empeña en ella, debe proceder de nosotros: no hay que buscarla en otra parte, en un sistema completamente acabado o en alguna doctrina oriental. Empero esto es lo que ocurre en numerosos espíritus ávidos, como suele decirse, de absoluto. Pero su sabiduría es un plagio, su liberación un engaño. No incrimino aquí solamente a la teosofía y sus adeptos, sino a todos los que se equipan con verdades incompatibles con su naturaleza. Más de uno tiene la India fácil, se imagina haber desenmarañado sus secretos, cuando nada le dispone a ello ni su carácter, ni su formación, ni sus inquietudes. ¡Qué pulular de falsos «liberados» que nos miran desde lo alto de su salvación! Tienen buena conciencia; ¿acaso no pretenden situarse por encima de sus actos? Superchería intolerable. Apuntan, además, tan alto que toda religión convencional les parece un prejuicio de familia, con la que su «espíritu metafísico» no sabría contentarse. Reclamarse de la India suena indudablemente mejor. Pero olvidan que ésta postula acuerdo entre la idea y el acto, identidad de la salvación y de la renuncia. Cuando se posee «el espíritu metafísico»», esas son bagatelas de las que uno no se preocupa.
Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle... ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberado vivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.

Cuando hace un momento nos oponíais lo «absoluto», afectabais un airecillo profundo, inaccesible, como si os debatieseis en un mundo lejano, con una luz, con unas tinieblas que os pertenecen, dueños de un reino al que nadie fuera de vosotros podría abordar. Nos dispensáis, a nosotros los mortales, unas pocas briznas de los grandes descubrimientos que acabáis de efectuar, algunos restos de vuestras prospecciones. Pero todas nuestras penas sólo logran haceros soltar ese pobre vocablo fruto de vuestras lecturas, de vuestra docta frivolidad, dc vuestra nada libresca y de vuestras angustias de prestado.
Lo absoluto: todos nuestros esfuerzos se reducen a minar la sensibilidad que conduce a ello. Nuestra sabiduría o, más bien, nuestra no sabiduría lo repudia; relativista, nos propone un equilibrio, no en la eternidad, sino en el tiempo. El absoluto que evoluciona, esa herejía de Hegel, se ha convertido en nuestro dogma, nuestra trágica ortodoxia, la filosofía de nuestros reflejos. Quien cree poder hurtarse a ella, da prueba de fanfarronería o ceguera. Arrinconados en la apariencia, a veces nos ocurre que abrazamos una sabiduría incompleta, mezcla de sueño e imitación. Si la India, para citar de nuevo a Hegel, representa «el sueño del espíritu infinito», el sesgo de nuestro intelecto, así como el de nuestra sensibilidad, nos obliga a concebir el espíritu encarnado, limitado a encaminamientos históricos, el espíritu sin más, que no abarca el mundo, sino los momentos del mundo, tiempo despedazado al que no escapamos más que a tirones, y cuando traicionamos nuestras apariencias.
Como la esfera de la conciencia se encoge en la acción, nadie que actúe puede aspirar a lo universal, pues actuar es aferrarse a las propiedades del ser en detrimento del ser, a una forma de realidad en perjuicio de la realidad. El grado de nuestra liberación se mide por la cantidad de empresas de las que nos hemos emancipado, tanto como por nuestra capacidad de convertir todo objeto en un no objeto. Pero nada significa hablar de liberación a partir de una humanidad apresurada que ha olvidado que no se podría reconquistar la vida ni gozar de ella sin haberla antes abolido.
Respiramos demasiado pronto para poder aprehender las cosas en sí mismas o para denunciar su fragilidad. Nuestro jadeo las postula y las deforma, las crea y las desfigura, y nos encadena a ellas. Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.
Ahítos de sensaciones y de su corolario, el devenir, somos no liberados por inclinación y por principio, condenados selectos, presa de la fiebre de lo risible, husmeadores en esos enigmas superficiales a la medida de nuestro agobio y nuestra trepidación.
Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Sólo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con seres u objetos, se ejerce en su vacuidad.
Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez y, preferentemente, allí dónde no está, y la proyectaréis ahí pues, sin ella, todo os parecería inútil y sin brillo. Se encuentre donde se encuentre, expulsa el misterio y lo torna luminoso. Sabor y llave de las cosas, accidente y obsesión, capricho y necesidad, os hará amar la apariencia en lo que tiene de más potente, de más duradero y de más cierto, y os atará a ella para siempre pues, «intensa» por naturaleza, es, como toda «intensidad», servidumbre, sujeción. ¿Cómo alzarse hasta el alma indiferente y nula, hasta el alma desligada? Y ¿cómo conquistar la ausencia, la libertad de la ausencia? Nunca figurará esta libertad entre nuestras costumbres, como tampoco «el sueño del espíritu infinito».
Para identificarse con una doctrina venida de lejos, habría que adoptarla sin restricciones: ¿Cómo se compagina consentir en las verdades del budismo y rechazar la trasmigración, base misma de la idea de renunciamiento? ¿Y suscribir a los Vedas, aceptar la concepción de la irrealidad de las cosas y comportarse como si existieran? Inconsecuencia inevitable para todo espíritu educado en el culto de los fenómenos. Porque debemos confesarlo: tenemos el fenómeno en la sangre. Podemos despreciarlo o aborrecerlo, no por ello dejará de ser nuestro patrimonio, nuestro capital de muecas, el símbolo de nuestra crispación en este mundo. Raza de convulsivos, en el centro mismo de una broma de proporciones cósmicas, hemos impreso en el universo los estigmas de nuestra historia, y de esa iluminación que invita a perecer tranquilamente nunca seremos capaces. Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero, sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el Sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? «Soy la herida y el puñal» : tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad.
En cuanto a nuestros redentores, venidos entre nosotros para nuestro mayor oprobio, amamos la nocividad de sus esperanzas y de sus remedios, la diligencia que ponen en favorecer y exaltar nuestros males, el veneno que nos inoculan sus palabras de vida. Les debemos el ser expertos en el sufrimiento sin remedio. ¡A qué tentación, a qué extremos nos conduce la lucidez! ¿Vamos a desertar de ella para refugiarnos en la inconsciencia? Cualquiera puede salvarse por medio del sueño, cualquiera tiene genio mientras duerme: no hay diferencias entre los sueños de un carnicero y los de un poeta. Pero nuestra clarividencia no podría tolerar que tal maravilla durase, ni que la inspiración fuese puesta al alcance de todos; el día nos quita los dones que la noche nos dispensa. Sólo el loco posee el privilegio de pasar sin roces de la existencia nocturna a la diurna: no hay distinción alguna entre sus sueños y sus vigilias. Ha renunciado a nuestra razón como el pordiosero a nuestros bienes. Los dos han encontrado la vía que lleva fuera del sufrimiento y han resuelto todos nuestros problemas; y de este modo permanecen como modelos que no podemos seguir, como salvadores sin adeptos.
Mientras hurgamos en nuestros males los de los otros no nos requieren menos. En la época de las biografías, nadie oculta sus llagas sin que intentemos destaparlas a la luz pública; si no lo logramos, nos apartamos de ellos plenamente decepcionados. E incluso aquel que acabó en la cruz, no cuenta aún ante nuestros ojos en modo alguno por haber sufrido por nosotros, sino por haber sufrido sin más y lanzado unos cuantos gritos tan profundos como gratuitos. Pues lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.

Abocados a formas degradadas de sabiduría, enfermos de duración (durée, T.), en lucha con esa tara que nos repele tanto como nos seduce, en lucha con el tiempo, estamos constituidos de elementos todos los cuales concurren en hacer de nosotros rebeldes divididos entre una mística llamada que no tiene ningún lazo con la historia y un sueño sanguinario que es su símbolo y su nimbo. Si tuviéramos un mundo nuestro, ¡poco importaría que fuese el de la piedad o el de la risotada! nunca lo tendremos, ya que nuestra posición en la existencia se sitúa en el cruce de nuestras súplicas y de nuestros sarcasmos, zona de impureza en la que se mezclan suspiros y provocaciones. Quien es demasiado lúcido para adorar lo será igualmente para demoler, o no demolerá más que sus... rebeliones; pues ¿de qué sirve rebelarse para encontrar de inmediato el universo intacto? Monólogo irrisorio. Se subleva uno contra la justicia y contra la injusticia, contra la paz y la guerra, contra sus semejantes y contra los dioses. Después, se llega a pensar que el último viejo chocho es quizá más sabio que Prometeo. Sin embargo, no se llega a ahogar en uno mismo un grito de insurrección, y se continúa tronando a propósito de todo y de nada: automatismo lastimoso que explica por qué somos todos Luciferes de estadística.
Contaminados por la superstición dcl acto, creemos que nuestras ideas deben realizarse. ¿Qué hay más contrario a la consideración pasiva del mundo? Pero tal es nuestro destino: ser incurables que protestan, panfletarios en un camastro.
Nuestros conocimientos, como nuestras experiencias, deberían paralizarnos y hacernos indulgentes incluso para con la tiranía, desde el momento en que representa una constante. Somos lo suficientemente clarividentes como para sentirnos tentados de deponer las armas; el reflejo de la rebelión triunfa empero sobre nuestras dudas; y aunque podríamos ser unos perfectos estoicos, el anarquista vela en nosotros y se opone a nuestras resignaciones.
«Jamás aceptaremos la Historia»: tal me parece ser el adagio de nuestra impotencia para ser verdaderos sabios o verdaderos locos. ¿Seremos figurones de la sabiduría y de la locura? Hagamos lo que hagamos, respecto a nuestros actos estamos obligados a una profunda insinceridad.
Evidentemente, un creyente se identifica hasta un cierto punto con lo que hace y con lo que cree; no hay en él una divergencia importante entre su lucidez, por una parte, y sus acciones y pensamientos por otra. Tal divergencia se ensancha desmesuradamente en el falso creyente, en quien manifiesta convicciones sin adherirse a ellas. El objeto de su fe es un sucedáneo. Digámoslo sin ambages: mi rebelión es una fe que suscribo sin creer en ella. Pero no puedo dejar de suscribirla. Nunca se meditará bastante la frase de Kirilov sobre Stavroguin: »Cuando cree no cree que cree, y cuando no cree no cree que no cree».
Más aún que el estilo, el ritmo mismo de nuestra vida está fundado sobre la honorabilidad de la rebelión. Como nos repugna admitir la identidad universal, ponemos la individuación, la heterogeneidad, como un fenómeno primordial. Pues bien, rebelarse es postular esa heterogeneidad, es concebirla de algún modo como anterior origen de los seres y de los objetos. Si opongo la Unidad, la única verídica, a la multiplicidad, necesariamente engañosa, si, en otros términos, asimilo lo otro a un fantasma, mi rebelión se vacía de sentido, ya que, para existir, debe partir de la irreductibilidad de los individuos, de su condición de mónadas, de esencias circunscritas. Todo acto instituye y rehabilita la pluralidad, y, confiriendo a la persona realidad y autonomía, reconoce implícitamente la degradación, el despedazamiento de lo absoluto. Y es de éste, del acto, y del culto que le es anejo, de donde procede la tensión de nuestro espíritu, y esa necesidad de estallar y de destruirnos en el corazón de la duración (durée, T.). La filosofía moderna, instaurando la superstición del yo., ha hecho de ella el resorte de nuestros dramas y el pivote de nuestras inquietudes. Añorar el reposo en la indistinción, el sueño neutro de la existencia sin cualidades, no sirve de nada; nos hemos querido sujetos, y todo sujeto es ruptura con la quietud de la Unidad. Quien se ataree en atenuar nuestra soledad o nuestros desgarramientos va contra nuestros intereses y nuestra vocación. Medimos el valor del individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto. Y de aquí la descalificación de la idea de Bien, de aquí la boga del Diablo.
Mientras vivíamos rodeados dc terrores elegantes, nos acomodábamos muy bien a Dios. Cuando otros, más sórdidos, porque más profundos, se apoderaron de nosotros, precisamos de otro sistema de referencias, de otro patrón. El Diablo era la figura pintiparada. Todo en él concuerda con la naturaleza de los acontecimientos de los que es agente y principio regulador: sus atributos coinciden con los del tiempo. Implorémosle, pues, ya que, lejos de ser un producto de nuestra subjetividad, una creación de nuestra necesidad de blasfemia o soledad, es el maestro de nuestras interrogaciones y de nuestros pánicos, el instigador de nuestros desvaríos. Sus protestas, sus violencias, no carecen de equívocos: ese «gran Triste» es un rebelde que duda. Si fuera simple, de una sola pieza, no nos atañería; pero sus paradojas, sus contradicciones, son nuestras: acumula nuestras imposibilidades, sirve de modelo a nuestras rebeliones contra nosotros mismos, al odio de nosotros mismos. ¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación dc ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del «yo», de ese «yo» por el que comienza nuestro fin...
De todas las ficciones, la de la Edad de Oro es la que más nos pasma: ¿cómo ha podido rozar las imaginaciones? Y es para denunciarla y por hostilidad contra ella por lo que la historia, agresión del hombre contra sí mismo, ha cobrado empuje y forma; de tal suerte que entregarse a la historia es aprender a sublevarse, a imitar al Diablo. Nunca lo imitamos tan bien como cuando, a expensas de nuestro ser, emitimos tiempo, lo proyectamos fuera y lo dejamos convertirse en sucesos. «A partir de ahora, ya no habrá tiempo»: ese metafísico improvisado que es el Ángel del Apocalipsis anuncia de este modo el fin del Diablo, el fin de la Historia. De este modo, los místicos tienen razón de buscar a Dios en sí mismos o en otra parte, salvo en este mundo del que hacen tabla rasa, sin por ello rebajarse a la rebelión. Saltan fuera del siglo: locura de la que nosotros, cautivos de la duración, somos raramente capaces. ¡Si al menos fuésemos tan dignos del Diablo como ellos lo son de Dios!

Para persuadirse de que la rebelión goza de una honorabilidad indebida basta reflexionar sobre la manera en que se califica a los espíritus ineptos para ella. Se les llama blandengues. Es casi cierto que estamos cerrados a toda forma de sabiduría porque no vemos en ella mas que una blandenguería transfigurada. Por injusta que sea una reacción semejante, no puedo impedir sentirla para con el mismo taoísmo. Aun sabiendo que recomienda el alejamiento y el abandono en nombre del absoluto y no de la cobardía, lo rechazo en el momento mismo en que creo haberlo adoptado; y si doy mil veces razón a Lao-tsé, sin embargo, comprendo mejor a un asesino. Entre la serenidad y la sangre, lo natural es inclinarse hacia la sangre. El asesinato supone y corona la rebelión: quien ignora el deseo de matar, por mucho que profese opiniones subversivas, siempre será un conformista.
Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría. Para nosotros, la misma percepción es sublevación, comienzo de trance o de apoplejía. Perdida de energía, voluntad de gastar nuestras disponibilidades. Rebelarse con cualquier motivo comporta una irreverencia contra uno mismo, contra nuestras fuerzas. ¿De dónde sacaríamos para la contemplación ese derroche estático, esa concentración en la inmovilidad? Dejar las cosas tal como están, mirarlas sin querer morderlas, percibir su esencia, nada más hostil a la dirección de nuestro pensamiento; aspiramos, por el contrario, a zarandearlas, a torturarlas, a prestarles nuestros furores. Así debe ser: idólatras del gesto del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Tao te kin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Lao tsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Sólo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas.

No hay salida para quien juntamente rebasa el tiempo y se hunde en el para quien accede sobresaltadamente a su última soledad y se ahínca, sin embargo, en la apariencia. Indeciso, tironeado, se arrastrará como un enfermo de la duración, expuesto juntamente a la atracción del futuro y de lo intemporal. Si creyendo al Maestro Eckhart, el tiempo tiene un «olor», con mayor razón aún debe tener uno la historia. ¿Cómo permanecer insensible a él? En un plano más inmediato, distingo la ilusión, la nulidad, la podredumbre de la «civilización»; empero, me siento solidario de esa podredumbre: soy el fanático de una carroña. Guardo rencor a nuestro siglo por habernos subyugado hasta el punto de acosarnos incluso en el momento en que nos separamos de él. Nada viable puede salir de una meditación de circunstancias, de una reflexión sobre el acontecimiento. En otras edades más felices, los espíritus podían desvariar libremente, como si no perteneciesen a ninguna época, emancipados como estaban del terror de la cronología, abismados en un momento del mundo el cual, para ellos, se confundía con el mundo mismo. Sin inquietarse por la relatividad de su obra, se consagraban a ella enteramente. Estupidez genial irremisiblemente pasada, exaltación fecunda, en nada comprometida por la conciencia descoyuntada. Adivinar todavía lo intemporal y saber, sin embargo, que nosotros somos tiempo, que producimos tiempo, concebir la idea de eternidad y mimar nuestra nada; irrisión de la que emergen no sólo nuestras rebeliones, sino también las dudas que tenemos a su respecto.
Buscar el sufrimiento para evitar el rescate, seguir en dirección contraria el camino de la liberación, tal es nuestra aportación en materia de religión: iluminados biliosos, Budas y Cristos hostiles a la salvación, predicando a los miserables el encanto de su desdicha. Raza superficial, si se quiere. No por ello es menos indudable que nuestro primer antepasado nos ha dejado, por toda herencia, el horror al paraíso. Dando un nombre a las cosas, preparaba su decadencia y la nuestra. Si quisiéramos remediarla, nos haría falta comenzar por desbautizar el universo, por quitar la etiqueta que, superpuesta sobre cada apariencia, la realza y le presta un simulacro de sentido. Mientras, hasta nuestras células nerviosas, todo en nosotros aborrece el paraíso. Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, «el instante vale diez mil años».

Puesto que el absoluto corresponde a un sentido que no hemos sabido cultivar, entreguémonos a todas las rebeliones: acabarán indudablemente por volverse contra sí mismas, contra nosotros mismos... Quizá entonces reconquistaremos nuestra supremacía sobre el tiempo; a menos que, muy por el contrario, queriendo escapar a la calamidad de la conciencia, no nos reunamos con las bestias, las plantas y los objetos, con esa estupidez primordial de la que, por culpa de la historia, hemos perdido hasta el recuerdo.
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