miércoles, octubre 12, 2011

BELLA ÉPOCA por ENRIQUE LIHN



Y los que fuimos tristes, sin saberlo, una vez,
antes de toda historia: un pueblo dividido
—remotamente próximos— entre infancias distintas.
Los que pagamos con la perplejidad nuestra forzada
permanencia
en el jardín cuando cerraban por una hora la casa,
y recibimos
los restos atormentados del amor bajo la especie de
una «santa paciencia»
o la ternura mezclada
al ramo de eucaliptus contra los sueños malsanos.
«Tú eres el único apoyo de tu pobre madre; ya ves
cómo ella se sacrifica por todos».
«Ahora vuelve a soñar con los ángeles». Quienes
pasamos el superfluo verano
de los parientes pobres, en la docilidad, bajo la
perversa mirada protectora
del gran tío y señor; los que asomamos la cara
para verlo
dar la orden de hachar a las bestias enfermas,
y el cabeceo luego
de su sueño asesino perfumado de duraznos.
Frágiles, solitarios, distraídos: «No se me ocurre
qué, doctor», pero obstinados
en esconder las manos en el miedo nocturno, y en
asociarnos al miedo
por la orina y a la culpa por el castigo paterno.
Los que vivimos en la ignorancia de las personas
mayores sumada a nuestra propia ignorancia,
en su temor a la noche y al sexo alimentado de
una vieja amargura
—restos de la comida que se arroja a los gorriones—.
«Tú recuerdas únicamente lo malo, no me
extraña:
es un viejo problema de la familia». Pero no,
los que fuimos
minuciosamente amados en la única y posible
extensión de la palabra
que nadie había dicho en cincuenta años a la redonda,
pequeñas caras impresas sellos de la alianza.
Sí, verdaderamente hijos de la buena voluntad, del
más cálido y riguroso estoicismo. Pero,
¿no es esto una prueba de amor, el
reconocimiento
del dolor silencioso que nos envuelve a todos?
Se transmite, junto a la mecedora y el reloj de
pared, esta inclinación a la mutua
ignorancia,
el hábito del claustro en que cada cual prueba,
solitariamente, una misma amargura. Los
que nos prometíamos
revelarnos el secreto de la generación en el día del
cumpleaños: versión limitada a la duda
sobre el vuelo de la cigüeña y al préstamo
de oscuras palabras sorprendidas en la
cocina, sólo a esto
como regalar un paquete de nísperos, o en casa
del avaro
la alegría del tónico que daban de postre.
«Han-fun-tan-pater-han»
Sí, el mismo pequeño ejemplar rizado según una
antigua costumbre, cabalgando, con gentil
seriedad, las interminables rodillas del
abuelo paterno.
(Y es el momento de recordarlo. Abuelo, abuelo que
según una antigua costumbre infundiste el
respeto temeroso entre tus hijos
por tu sola presencia orgullosa: las botas altas y el
chasquido del látigo para el paseo matinal
bajo los álamos.
Niño de unas tierras nevadas que volvieron por ti
en el secreto de la vejez solitaria
cuando los mayores eran ahora los otros y tú el hombre
que de pronto lloró
pues nadie lo escuchaba volver a sus historias.)
«Han-fun-tan-pater-han»
El mismo jinete de las viejas rodillas. «No hace
más de dos años; entonces se pensaba
que era un niño demasiado sensible».
Los primeros en sorprendernos de nuestros propios
arrebatos de cólera o crueldad
esa vez, cuando el cuchillo de cocina pasó sesgando
una mano sagrada
o la otra en que descuidamos las brasas en el suelo,
en el lugar de los juegos descalzos;
flagrantes victimarios de mariposas embotelladas:
muerte por agua yodurada, aplastamiento de las
larvas sobre la hierba y caza
de la lagartija en complicidad con el autor de la
muerte
por inflación en el balde. Muerte por emparejamiento
de las grandes arañas en el claustro de vidrio, y
repentinamente la violencia
con los juguetes esperados durante el año entero.
«Se necesita una paciencia de santa».
Los que habíamos aprendido a entrar en puntillas
al salón de la abuela materna; a no
movernos demasiado, a guardar un silencio
reverente: supuesta inclinación
a los recuerdos de la Bella Época ofrecidos al cielo
sin una mota de polvo junto al examen de
conciencia y al trabajo infatigable en el
hormiguero vacío
y limpio, limpio, limpio como el interior de un
espejo que se trapeara por dentro: cada
cosa numerada, distinta, solitaria.
Los últimos llamados en el orden del tiempo, pero
los primeros en restablecer la eternidad,
«Dios lo quiera»,
en el desorden del mundo, nada menos que esto;
mientras recortábamos y pegoteábamos
papeles de colores:
estigmas de San Francisco y cabelleras de Santa Clara
—gente descalza en paisajes nevados—,
y se nos colmaba, cada vez, de un regalo diferente:
alegorías de un amor Victoriano:
la máquina de escribir y la vitrola. Los que nos
educamos en esta especie de amor a lo
divino, en el peso de la predestinación y
en el aseo de las uñas;
huéspedes respetuosos y respetados a los seis años;
confidentes de una angustia sutil,
discípulos suyos en teología.
Listos, desde el primer momento, para el cocimiento
en el horno de la fe atizado por Dios y
por el Diablo, bien mezclada la harina
a una dosis quizá excesiva de levadura;
rápidamente inflados al calor del catecismo. Los
que, en lugar de las poluciones nocturnas,
conocimos el éxtasis, la ansiedad por asistir
a la Misa del Gallo, el afán proselitista
de los misioneros, el miedo
a perder en la eternidad a los seres queridos, el
vértigo de la eternidad cogido al borde
del alma: un resfrío abisal, crónico
e inefable;
inocuos remordimientos de conciencia como los
dolores de los dientes de leche; el incipiente
placer de la autotortura
bajo un disfraz crecedor, con las alas hasta el suelo.
En el futuro la brevedad de un Nietzche de
manteca, cocinado en sí mismo; el tránsito
de Weininger perseguido por un fantasma
sin alma. Ahora el lento girar en torno
a la crucifixión,
oprimidos en el corazón, Adelgazados en la sangre.
Caldeados en el aliento.

EL ANTI-LÁZARO por NICANOR PARRA



Muerto no te levantes de la tumba
qué ganarías con resucitar
una hazaña
.................y después
..................................la rutina de siempre
no te conviene viejo no te conviene
el orgullo la sangre la avaricia
la tiranía del deseo venéreo
los dolores que causa la mujer
el enigma del tiempo
las arbitrariedades del espacio
recapacita muerto recapacita
que no recuerdas cómo era la cosa?
a la menor dificultad explotabas
en improperios a diestra y siniestra
todo te molestaba
no resistías ya
ni la presencia de tu propia sombra
mala memoria viejo ¡mala memoria!
tu corazón era un montón de escombros
-estoy citando tus propios escritos-
y de tu alma no quedaba nada
a qué volver entonces al infierno del Dante
¿para que se repita la comedia?
qué divina comedia ni qué 8/4
voladores de luces - espejismos
cebo para cazar lauchas golosas
ese sí que sería disparate
eres feliz cadáver eres feliz
en tu sepulcro no te falta nada
ríete de los peces de colores
aló - aló me estás escuchando?
quién no va a preferir
el amor de la tierra
a las caricias de una lóbrega prostituta
nadie que esté en sus 5 sentidos
salvo que tenga pacto con el diablo
sigue durmiendo hombre sigue durmiendo
sin los aguijonazos de la duda
amo y señor de tu propio ataúd
en la quietud de la noche perfecta
libre de pelo y paja
como si nunca hubieras estado despierto
no resucites por ningún motivo
no tienes para qué ponerte nervioso
como dijo el poeta
tienes toda la muerte por delante

sábado, octubre 08, 2011

Dead Can Dance - Toward the Within - "Rakim"



Favored son
Turn in the garden
Shades of one
Sins forgotten

Favored signs to find hope
In the rounds of life
Favored rhymes to find hope
In the sands of life

Favored son
Fence in your heart
Saviored son
Sins forgotten


Hijo preferido
Activar en el jardín
Sombra de
Pecados olvidados

Signos favorecidos para encontrar esperanza
En las rondas de la vida
Rimas favorecidas para encontrar esperanza
En las arenas de la vida

Hijo preferido
Una valla en su corazón
Hijo salvado
Pecados olvidados

BARATO, SE LIQUIDA por VLADIMIR MAIAKOVSKI




A ti, mujer que pasas y te busco,
o a ti, transeúnte, a quien miro simplemente.
Todos pasáis temerosos apretando los bolsillos.
¡Ridículos!
¡A los pobres,
qué pueden robarles!
Pasarán los años,
lo sabrán ustedes,
tal vez, yo,
candidato a dos metros de la morgue municipal,
soy infinitamente más rico
que cualquier Pierpont Morgan.
Al cabo de muchos años,
ya no vivire,
moriré de hambre
o un tiro me pegaré.
A mí,
al de fuego,
me estudiarán los profesores,
hasta los puntos y las comas,
y hablarán de dónde y cómo,
y cuándo vivió y nació...
Y desde la cátedra,
un idiota de frente saliente,
recordará a Dios o al demonio.
Se inclinará la muchedumbre,
adorándome inquieta,
y no me reconocerán.
Dibujarán una cabeza colgante,
con cuerpos o con aureola.
Y todas las estudiantes,
antes de dormirse,
soñarán acostadas sobre mis versos.
Soy pesimista -dicen-
¡Ya lo sé!
¡Siempre habrá aprendices en la tierra!
Pero al fin,
escuchadme.
Todo lo que posee mi alma,
todo,
¿a ver quién se atreve a medir esta hondura?
Toda la maravilla,
que en la eternidad adornará mi paso,
y aun mi propia inmortalidad,
que tronando por todos los siglos,
juntará a mis admiradores de rodillas,
en el mundo y siempre.
¿Todo eso, quieren?
Lo doy en seguida
por una sola palabra,
cariñosa,
humana.
¡Gente!
¡Venid, levantando polvo por las avenidas,
aplastando cuerpos, pisando rostros.
Venid de toda la tierra,
hoy,
en San Petersburgo,
en la calle Nadiezda
por menos de un kopek
se liquida una valiosísima corona,
por una palabra humana.
¿Barato, verdad?
¡Anda,
prueba encontrarla!

EL SHAPSUI TRISTE DE LA ABUELITA SONIA por RODRIGO RAMOS BAÑADOS

Las cocineras tuvieron compasión con la señora Sonia Tamayo y su nieta. Conocían la historia de la niña. Mientras la gente hacia una larga fila para comer shapsui, la señora Sonia esperó a un costado. Su nieta de 3 años y 9 meses compartía espacio al interior de un coche roído con tres kilos de papa en una bolsa. La niña tenía un pie enyesado.
Había shapsui para mil, pero llegaron dos mil a la Feria de San Bernardo.
Para cocinar el shapsui más grande de Chile y del universo, dijeron por ahí con el pecho henchido, se ocuparon 61 kilos de pollo, 60 brócolis y 3 cajas de zapallo italiano entre otros productos. Los ingredientes bien picados a lo largo se lanzaron con otros menjunjes, para darle sabor al cuento, a cinco ollas grandes. Doce mujeres vestidas de blanco revolvieron la olla, todas comerciantes de la feria. “Esto es un regalo para nuestros caseros. A todos nos gusta la comida china que es más sana que la comida chilena”, afirmó Patricia Poblete, con 30 años como chacarera.
“Nosotros queremos implementar una alimentación sana aquí en la comuna. Por esto hicimos este plato con puras verduras. No importa que sea comida china. Si sacaramos la cuenta, cada una de las mil porciones que estamos regalando a la gente tiene un costo de mil pesos para nosotros. Los chinos aquí venden el shapsui a casi dos mil pesos. Es harta la diferencia”, afirmó Mario Cornejo, presidente de los feriantes.
“Está bueno el shapsui” afirmó una joven de la municipalidad que comía junto a otros funcionarios, tras bambilinas mientras más allá la fila para comer se multiplicaba. Eran las 13 horas y todos tenían hambre en el barrio.
La señora Sonia Tamayo pasó por delante. Esperó junto a su nieta. “Me parece muy bien la iniciativa y que Dios los bendiga”, afirmó. “Vengo con mi nieta, enyesada y abusada sexualmente por su padre. Venimos del juez. Lo terrible es que este hombre no está preso”, afirmó la abuela materna.

ALTAZOR VII por VICENTE HUIDOBRO


CANTO VII


Al aia aia
ia ia ia aia ui
Tralalí
Lali lalá
Aruaru
urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario
lalilá
Monlutrella monluztrella
lalolú
Montresol y mandotrina
Ai ai
Montesur en lasurido
Montesol
Lusponsedo solinario
Aururaro ulisamento lalilá
Ylarca murllonía
Hormajauma marijauda
Mitradente
Mitrapausa
Mitralonga
Matrisola
matriola
Olamina olasica lalilá
Isonauta
Olandera uruaro
Ia ia campanuso compasedo
Tralalá
Aí ai mareciente y eternauta
Redontella tallerendo lucenario
Ia ia
Laribamba
Larimbambamplanerella
Laribambamositerella
Leiramombaririlanla
lirilam
Ai i a
Temporía
Ai ai aia
Ululayu
lulayu
layu yu
Ululayu
ulayu
ayu yu
Lunatando
Sensorida e infimento
Ululayo ululamento
Plegasuena
Cantasorio ululaciente
Oraneva yu yu yo
Tempovío
Infilero e infinauta zurrosía
Jaurinario ururayú
Montañendo oraranía
Arorasía ululacente
Semperiva
ivarisa tarirá
Campanudio lalalí
Auriciento auronida
Lalalí
Io ia
iiio
Ai a i a a i i i i o ia

viernes, octubre 07, 2011

EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD por ANTONIN ARTAUD



Me apasionó durante largo tiempo la pintura lineal pura, hasta que descubrí a Van Gogh. Enlugar de líneas y formas, él pintaba cosas de la naturaleza inerte que parecían movidas porconvulsiones. E inerte. Como bajo el espantoso ataque de ese impulso de inercia al que todos hacen alusión con medias palabras, y que jamás ha sido tan turbia como desde que la totalidad de la tierra y de la
vida actual se confabularon para aclararla. Pero son mazazos, verdaderos mazazos los que sin cesardispensa Van Gogh a todas las formas de la naturaleza y a los objetos.
Los paisajes cardados por el punzón de Van Gogh, exponen a la vista su carne hostil, el rencor desus entrañas reventadas, que, por lo demás, no se sabe qué insólita fuerza está metamorfoseando. Unaexposición de pinturas de Van Gogh siempre es un acontecimiento relevante en la historia, no en la historia de las cosas pintadas sino en la historia misma histórica.
Ya que no hay epidemia, terremoto, hambre, irrupción volcánica, guerra, que separen las nómadas de la atmósfera, que tuerzan el pescuezo a la torva cara de fama fatum, el destino neurótico de las cosas,como un cuadro de Van Gogh -expuesto a la luz del día, puesto directamente anta la vista, el oído, el aroma, el tacto, en las paredes de una exposición-, disparada por fin como novedosa en la actualidad cotidiana, puesta en circulación otra vez.
En el palacio de L'Orangerie durante la última exposición no se exhibieron todas las telas de mayor formato del desdichado pintor. Pero entre las que figuraban había suficientes desfiles dando vueltas, salpicados con penachos de plantas de carmín, senderos desiertos coronados por un tejo, soles azulinos
girando sobre parvas de trigo de oro puro, y también el "Tío Tranquilo", y autorretratos de Van Gogh, para no olvidar de qué sencillez elemental de objetos, elementos, personas, materiales, obtuvo Van Gogh esas calidades de acordes de órgano, esos fuegos de artificio, esos climas de epifanías, esa "Gran Obra", en fin, de una constante e intempestiva transformación.
Los cuervos pintados dos días antes de morir no le abrieron, más que sus otras pinturas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero a la pintura pintada, o más precisamente a la naturaleza no pintada, le abren la puerta secreta de un más allá posible, de una constante realidad posible, a través de la puerta
abierta por Van Gogh hacia un misterioso y temerario más allá.
No es algo que suceda a menudo que un hombre, con la bala del fusil que lo mató en el vientre, pinte cuervos negros y una especie de llanura debajo de ellos, posiblemente lívida, vacía de todos modos, en la que la tonalidad de borra de vino de la tierra se contrasta furiosamente con el amarillo sucio del trigo.
Pero, aparte de Van Gogh, ningún otro pintor hubiera podido encontrar, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "banquete fastuoso" y al mismo tiempo excremencial, de las alas de los cuervos asustados por los fulgores declinantes del crepúsculo. ¿Y la tierra, allí, de qué se queja, bajo las
alas de los dichosos cuervos, dichosos sin duda sólo para Van Gogh, y ostentoso presagio, además, de un mal que ya no ha de incumbirle?
Ya que hasta entonces nadie como él había transformado la tierra en ese trapo mugriento
empapado en sangre y retorcido hasta extraer vino. En la tela hay un cielo muy bajo, aplanado, violáceo como los bordes del rayo. La inusitada franja tétrica del vacío se eleva en relámpago.
A escasos centímetros de la parte alta y como viniendo de la parte baja de la tela. Van Gogh soltó los cuervos como si soltara los microbios negros de su bazo de suicida, siguiendo la grieta negra del trazo donde el aletear de su suntuoso plumaje hace pesar la amenaza de una sofocación desde lo alto sobre los preparativos de la tormenta terrestre.
Sin embargo, toda la pintura es espléndida. Pintura espléndida, suntuosa y serena.
Acompañamiento digno para aquél que, mientras vivió, hizo girar tantos soles embriagados sobre tantas parvas resistentes al exilio y que, con una bala en el vientre, desesperado, no pudo dejar de ahogar con sangre y vino un paisaje, inundando la tierra con una última emulsión resplandeciente y tétrica a la vez, que tiene gusto a vinagre pasado y vino agrio. Por eso la tonalidad de la última pintura de Van Gogh, quien nunca sobrepasó los límites de la pintura, evoca la entonación bárbara y
abrupta del drama isabelino más tenebroso, apasionado y pasional.
Lo que más me asombra en Van Gogh, el pintor de todos los pintores, es que, sin escapar de lo que se llama y, es pintura, sin dejar de lado el tubo, el pincel, el encuadre del motivo y de la tela, sin apelar a la anécdota, a la narración, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza propia del tema y
del objeto, logró infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal grado que cualquier cuento fantástico de Edgar Allan Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim Von Arnim o de Hoffmann, no aventajan en nada, dentro del terreno psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos, sus telas, por otro lado, casi todas de dimensiones sobrias, como respondiendo a un fin predeterminado.
Una vela sobre una silla, un sillón de paja verde trenzada, un libro sobre el sillón, y el drama se esclarece. ¿Quién está por llegar?
¿Tal vez Gauguin o algún fantasma?
Sobre el sillón de paja verde, la vela encendida pareciera delinear el límite luminoso que separa las dos individualidades antagónicas de Van Gogh y Gauguin.
El motivo estético de su controversia perdería interés si fuera relatado, pero resultaría útil para mostrar una básica escisión humana entre las personalidades de Van Gogh y Gauguin.
En mi opinión, Gauguin creía que le artista debía buscar el origen, el símbolo, elevar las cosas de la vida hasta la dimensión del mito, en tanto que Van Gogh creía que hay que partir del mito y deducir de él las cosas más pedestres de la vida, y en mi opinión, carajo que tenía razón.
Pues la realidad es sobradamente superior a cualquier relato, a cualquier fábula, a cualquier divinidad, a cualquier suprarrealidad.
Sólo se necesita el genio de saber interpretarla. Lo que ningún pintor había logrado, antes del pobre Van Gogh, lo que ningún pintor después de él volverá a hacer, pues creo que esta vez ahora mismo, hoy, en este mes de febrero de 1947, es la realidad misma, el mito de la pura realidad, la realidad mítica misma, la que está en camino de incluirse.
Es así que, después de Van Gogh, nadie ha sabido agitar el gran címbalo, el timbre suprahumano, eternamente suprahumano de acuerdo al orden rechazado que hace vibrar los objetos de la vida real, cuando se ha aprendido a afinar el oído lo necesario como para advertir la hinchazón de su macareo. De esta manera la luz de la vela se hace oír, la luz de la vela encendida sobre el sillón de paja verde se hace
oír como la respiración de un cuerpo apasionado frente al cuerpo de un enfermo dormido.
Resuena como una extraña crítica, un juicio concienzudo y asombroso, del cual es probable que Van Gogh, más adelante, nos permita presumir el fallo, mucho más adelante, el día en que la luz violeta del sillón de paja haya logrado teñir totalmente la tela. Y no es posible dejar de notar esa rajadura
de la luz lila que ciñe los travesaños del gran sillón torvo, del vetusto sillón esparrancado de paja verde, aunque no se lo advierta a la primera mirada. Ya que el foco está situado en otro ángulo, y su fuente es extrañamente sombría, como si fuese un secreto del cual sólo Van Gogh habría conservado la clave. No necesito acudir a la Gran Plañidera para que me revele de qué supremas obras maestras
se hubiera enriquecido la pintura si Van Gogh no hubiese muerto a los 37 años, ya que no puedo decidirme a creer que Van Gogh hubiese pintado un cuadro más, después de "Los cuervos".
Pienso que murió a los 37 años porque, ay, había llegado a la culminación de su luctuosa y penosa historia de oprimido por un espíritu maléfico. Pues Van Gogh no abandonó la vida por sí mismo, por efecto de su propia locura. Fue por la coacción, dos días antes de su muerte, de ese espíritu maléfico conocido como Dr. Gachet, psiquiatra profano, causa eficiente, directa y suficiente de esa muerte.
Después de leer las cartas de Van Gogh a su hermano, he llegado a la franca y segura certeza de que el doctor Gachet, "psiquiatra", aborrecía, en verdad, a Van Gogh, pintor, y que lo aborrecía como pintor, pero sobre todo como genio. Es inútil intentar ser a la vez médico y hombre honrado, pero es humillantemente imposible ser psiquiatra sin estar a la vez marcado a fuego por la más incuestionable insania: la de no poder oponerse a ese antiguo reflejo atávico de la turba que hace que cualquier hombre de ciencia, atrapado en la turba, se convierta en una especie de enemigo nato e innato de todo genio.
El origen de la medicina es el mal, si es que no se ha originado de la enfermedad, y por tanto, ha causado y creado toda la enfermedad para procurarse una razón de ser; pero la psiquiatría ha tenido como origen la turba plebeya de los seres que han querido preservar el mal en la fuente de la enfermedad, y que han extirpado así de su propia nada una especie de guardia suizo para arrancar de raíz el impulso de rebelión reivindicatorio que está en el germen de todo genio. Hay en el alienado un genio incomprendido que resguarda en su mente una idea que causa pavor, y que sólo el
delirio le permite encontrar una salida a las opresiones que la vida le depara. El doctor Gachet no le decía a Van Gogh que estaba allí para modificar su pintura (como le oí decir al doctor Gastón Perdiere, médico jefe del asilo de Rodez, que estaba allí para modificar mi poesía), pero lo mandaba a pintar del natural, a sumergirse en un paisaje para evitarle el tormento de pensar.
Pero ni bien Van Gogh giraba la cabeza, el doctor Gachet le apagaba el conmutador del
pensamiento. Como quien no quiere la cosa, pero usando uno de esos desdeñosos y fútiles
fruncimientos de nariz en los que todo el inconsciente burgués de la tierra ha dejado la huella de la antigua fuerza mágica de un pensamiento cien veces reprimido. Al hacer esto, el doctor Gachet no impedía solamente los perjuicios del problema, sino el cultivo azufrado, el martirio del punzón que da vueltas en la garganta del único paso, con el que Van Gogh tetanizado. Van Gogh detenido en el abismo del aliento, pintaba.
Ya que Van Gogh era una sensibilidad pavorosa. Para persuadirse es suficiente con dedicar una mirada a su rostro siempre jadeante, y desde cierto punto, también hechizante, de carnicero. Como el de un viejo carnicero sosegado, retirado ahora del comercio, ese rostro en penumbras me persigue. Van Gogh se mostró a sí mismo en un buen número de telas, y a pesar de estar tan bien iluminadas,
tuve siempre la lamentable impresión de que lo obligaron a mentir acerca de la luz, que arrebataron a Van Gogh una luz imprescindible para cavar y marcar su camino dentro de sí.
Y el doctor Gachet no era, sin lugar a dudas, el más dotado para indicarle ese camino. Y no ignoro que el doctor Gachet, que atendía a Van Gogh, y que terminó por suicidarse en su casa, ha dejado en la historia la impresión de haber sido su último amigo en la tierra, una especie de consolador providencial.
Sin embargo estoy convencido de que es al doctor Gachet, de Auvers-sur-Oise, a quien Van Gogh debe, el día que se suicidó en Auvers-sur-Oise, debe, insisto, el haber abandonado la vida; ya que Van Gogh era una de esas naturalezas dotadas de una lucidez especial, que les permite, en cualquier situación, ver más allá, infinita y peligrosamente más allá de la apariencia real e inmediata de los
hechos.
Es decir, más allá de la conciencia que la conciencia conserva comúnmente de los hechos.
En la profundidad de sus ojos, como rasurados, de carnicero, Van Gogh se entregaba sin pausa a una de esas maniobras de oscura alquimia que toman a la naturaleza como objeto y al cuerpo humano por olla o vasija. Y sé que el doctor Gachet decía que esas cosas fatigaban a Van Gogh. Lo que no significaba el resultado de una llana preocupación médica, sino la manifestación de celos tan conscientes como negados.
Porque Van Gogh había llegado a ese estado de iluminación durante el cual el pensamiento en caos fluye renovado ante las descargas invasoras de la materia, donde pensar ya no es consumirse y ni siquiera es, donde no queda más que juntar cuerpos, mejor dicho, acumular cuerpos.


ACUMULAR CUERPOS
El mundo que de este modo se recupera, no es el astral sino el de la creación directa, más allá de la conciencia y del cerebro. Y nunca vi que un cuerpo sin cerebro fatigara por lienzos inertes. Esos puentes, esos girasoles, esas cosechas de olivas, esas siegas de heno son lienzos de lo inerte. Ya no se mueven. Están congelados. Pero quién podría soñarlos más férreos bajo la incisión seca que descubre su impenetrable estremecimiento.
No, doctor Gachet, un lienzo nunca ha fatigado a nadie. Son furiosas energías en reposo, que no producen agitación. Yo también, como el pobre Van Gogh, he dejado de pensar, pero organizo, cada día, extraordinarias ebulliciones internas, y sería interesante ver que un médico cualquiera viniera a reprocharme que me fatigara. Alguien adeudaba cierta suma de dinero a Van Gogh, la historia nos
dice que Van Gogh se preocupaba desde hacía varios días.
Las naturalezas superiores-situadas siempre un peldaño por encima de lo real- tienen la tendencia a
interpretar todo por el influjo de una conciencia maléfica, a creer que nada está librado al azar, y que todo lo malo que ocurre se debe a una voluntad maléfica, inteligente, consciente y predeterminada. Cuestión en la que los psiquiatras no creen jamás. Cuestión en la que los genios creen
siempre. Cuando me enfermo, es porque me hechizaron, y no puedo considerarme enfermo, si no admito, por otro lado, que alguien tiene interés en quitarme la salud y obtener de eso algún beneficio. Van Gogh también creía estar hechizado y lo manifestaba.
En mi opinión creo fuertemente que lo estuvo, y un día diré cómo y dónde ocurrió. El doctor Gachet fue el ridículo cancerbero, el sanioso y pustulento cancerbero, de camisa azul y tela almidonada, colocado ante el pobre Van Gogh para robarle sus sanas ideas. Pues si tal punto de vista, que es sano, se propagara universalmente, la sociedad ya no podría vivir, pero yo sé cuáles héroes de la tierra lograrían su libertad.
Van Gogh no pudo sacarse a tiempo de encima esa suerte de vampirismo de la familia, que
prefería que el genio de Van Gogh pintor se restringiera a pintar, sin reclamar, al mismo tiempo, la revolución necesaria para el desarrollo corporal y físico de su carácter de iluminado. Y entre el doctor Gachet y Theo, el hermano de Van Gogh, se produjeron muchos de esos malolientes conciliábulos entre la familia y los médicos jefes de los asilos de alienados, referidas al enfermo que tienen entre manos.
"Téngalo vigilado para que no se le ocurran esa clase de ideas". "Te das cuenta, lo ha dicho el doctor, tienes que librarte de esa clase de ideas". "No te hace bien pensar siempre en lo mismo; estarás internado toda la vida". "Pero, señor Van Gogh, sólo se trata de casualidades, tiene que convencerse; además no es algo bueno querer indagar así los secretos de la providencia. Yo conozco al señor fulano de tal, es una persona excelente; su ideas persecutorias los llevan a creer que él practica la magia clandestinamente". "Prometieron devolverle esa suma y se la devolverán. No
puede mantenerse en esa obstinación de atribuir ese retraso a mala voluntad".
Todas ésas son tiernas charlas de psiquiatra bonachón, aparentemente inofensivas, pero que trazan
en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra anodina de una salamandra venenosa. Y algunas veces eso es suficiente para inducir a un genio a suicidarse.
Se suceden días en que el corazón sufre tanto la falta de salida, que lo desconcierta, como un mazazo en la cabeza, la certeza de que ya no podrá seguir adelante.
Justamente fue después de una conversación con el doctor Gachet que Van Gogh, como si nada ocurriera, entró en su habitación y se suicidó. Yo mismo permanecí en un asilo de alienados durante nueve años y nunca tuve la idea del suicidio, pero sé que cada entrevista con un psiquiatra por la mañana, me despertaba el deseo de ahorcarme, al darme cuenta de que no podría acogotarlo.
Theo desde el punto de vista material tal vez era muy bueno con su hermano, pero de todos modos lo consideraba un delirante, un alucinado, un iluminado, y en lugar de acompañarlo en su delirio se empecinaba en apaciguarlo. Que después haya muerto de pesar, no cambia en nada los hechos. Lo que más le importaba a Van Gogh en el mundo era su idea de pintor, su idea terrible, fanática, apocalíptica de iluminado.
El mundo debía responder al mandato de su propia matriz; recuperar su ritmo apretado,
antipsíquico de festival clandestino en lugar público, y delante de todos, ser puesto otra vez en la vasija recalentada. Es decir que el apocalipsis, la consumación de un apocalipsis se incuba ahora en las pinturas del viejo Van Gogh sacrificado, y que la tierra lo necesita para dar patadas con pies y
cabeza.
Cualquiera que haya escrito, pintado, esculpido, construido, modelado, inventado, lo ha hecho sólo para escapar del infierno. Y para escapar del infierno elijo las naturalezas de ese convulsionario afable, y no las inquietantes composiciones de Brueghel el Viejo o de Jerónimo Bosch que son sólo artistas frente a Van Gogh, allí donde él no es más que un pobre ignorante empecinado en no engañarse.
Pero cómo hacer para que un sabio comprenda que en el cálculo diferencial hay algo
decididamente desordenado, la teoría de los quanta o las impúdicas y tan torpemente litúrgicas ordalías del cortejo de los equinoccios, frente a ese cobertor de un tono rosado de camarones que Van Gogh hace bullir tan levemente en un sitio elegido de su cama, ante la mínima sublevación de un verde veronés o de un azul que salpica esa barca ante la cual una lavandera de Auvers-Sur-Oise se eleva después del trabajo, también frente a ese sol amurado detrás del ángulo gris del campanario del
pueblo, en ángulo, allá en el fondo de esa inmensa masa de tierra que, en el primer plano de la melodía, va detrás de la ola donde congelarse.
O VIO PROFE
O VIO PROTO
O VIO LOTO
O THETHE.
¡Para qué describir una pintura de Van Gogh! Ninguna descripción que quienquiera que sea haya intentado se podrá equiparar al sencillo orden de objetos naturales y de tintas en las que se entrega el mismo Van Gogh, tan grandioso escritor como pintor y que en relación a la obra que describe transmite el impacto de la más desconcertante autenticidad.
23 de julio de 1890
"Tal vez veas ese boceto del jardinero de Daubigny -es una de las telas en las que trabajé con más empeño-, y agrego un boceto de viejas chozas, y los bocetos de dos telas de 30 que representan grandes extensiones de trigo después de la lluvia... "El jardín de Daubigny con hierbas verde y rosa en primer plano. Un matorral verde y lila y una cepa de planta con follaje blanquecino a la izquierda. Un macizo de rosas en el centro, un vallado a la derecha, un muro y por sobre e1 muro un nogal de follaje violeta. Después una mata de lilas, una hilera de redondeados tilos amarillos, la casa
rosada en el fondo, con tejados azulinos. Tres sillas y un banco, una silueta negra con sombrero amarillo, y un gato negro en el primer plano. Cielo verde pálido.
8 de septiembre de 1888
"En mi pintura "Café por la noche", intenté mostrar que el café es un lugar donde uno puede arruinarse, cometer crímenes, enloquecer. Busqué, en síntesis, por medio de contrastes de rosa suave y rojo sangre y excreciones de vino, de verde tenue Luis XV y Veronés en contraste con verdes amarillentos y verdes blancuzcos duros, todo reunido en un clima de horno infernal de azufre lavado, mostrar algo así como la energía tenebrosa de una taberna. Y no obstante todo eso, adoptando una apariencia de jolgorio japonés unido a la inocencia de un Tartarín... ¿Qué significa dibujar? ¿Cómo
se llega a hacer? Es el movimiento de abrirse camino a través de un muro de hierro invisible que parece interponerse entre lo que se siente y lo que es posible hacer. De qué manera atravesar ese muro, ya que de nada sirve golpear con fuerza contra él; para conseguirlo hay que corroerlo despacio y pacientemente con una lima, eso es lo que pienso”.
Qué fácil parece escribir de ese modo. ¡Y bien! Prueben, entonces, y díganme si no siendo el autor de una pintura de Van Gogh, podrían describirla de forma tan simple, tan sucintamente, durablemente, objetivamente, sólidamente, válidamente, masivamente, opacamente, auténticamente y milagrosamente, como en esa mínima carta
suya. (Pues la pauta del punzón disociador no depende de la vastedad ni del crispamiento sino del mero ímpetu personal del puño.)
Por tanto, no voy a describir un cuadro de Van Gogh después de haberlo hecho él, pero afirmaré que Van Gogh es pintor porque cosechó la naturaleza, porque la sudó y la hizo transpirar, porque desparramó en sus telas, en haces, en impresionantes brazadas de color, la secular pulverización de elementos; la espantosa presión básica de los apostrofes, estrías, vírgulas, barras que nadie, después de él, podrá
discutir que formen parte de la apariencia normal de las cosas. Y el muro de cuántos codeos retenidos, impactos oculares tomados del natural, parpadeos surgidos del tema, torrentes luminosos de las fuerzas que trabajan la realidad, han tenido que hacer caer antes de ser por fin contenidos y como elevados hasta el lienzo y aceptados.
En los cuadros de Van Gogh no hay fantasmas, ni alucinaciones ni visiones. Solo la sofocante verdad de un sol de las dos de la tarde. La despaciosa pesadilla genésica pausadamente elucidada. Sin pesadilla y sin efectos. Pero allí se encuentra el sufrimiento fetal. Es el brillo húmedo de una brizna de hierba, del tallo en un recorte de trigo que está allí listo para la extradición. Y del que un día la naturaleza rendirá cuentas. Y también la sociedad rendirá cuentas de su muerte prematura.
Un recorte de trigo doblado bajo el viento, sobre el trigo las alas de un sólo pájaro dispuesto en vírgula; qué pintor que no fuera rigurosamente pintor, podría haber tenido la osadía de Van Gogh de aplicarse a un motivo de tan desbaratante sencillez. No, en las pinturas de Van Gogh no hay fantasmas, no hay sujeto ni hay drama y yo diría que ni siquiera hay objeto, ya que el motivo mismo, ¿qué es? Salvo que sea algo así como la sombra de hierro del motete de una indiscernible música antigua, algo como el disparador de un tema que desespera en sí mismo. Es naturaleza pura y
descarnada, tal como se revela al ser vista cuando uno sabe situarse en su máxima cercanía.
Prueba de ello es ese paisaje de oro fundido, de bronce cocido en el antiguo Egipto, donde un enorme sol descansa sobre los techos tan sofocados por la luz que parecen en estado de descomposición. No he visto ninguna pintura jeroglífica, fantasmagórica, patética o apocalíptica que me produzca esa sensación de oculta extrañeza, de cadáver de inútil hermetismo, que entrega su
secreto con la cabeza abierta sobre el madero de la ejecución. No pienso, al decir esto, en el "Tío Tranquilo", ni en esa funambulesca avenida de otoño por donde pasa, en último término, un anciano encorvado con un paraguas colgado del brazo como el gancho de un trapero. Pienso otra vez en los cuervos de alas negras de trufas brillantes. Pienso otra vez en el campo de trigo: espigas y más espigas,
y nada más hay para decir, con algunas pequeñas yemas de amapolas sembradas discretamente adelante, acre y agitadamente sembradas allí, furiosa y deliberadamente punteadas y rasgadas.
Sólo la vida puede brindar denudaciones epidérmicas semejantes que hablan bajo una camisa desabotonada; y no se sabe la razón de que la mirada se incline más a la izquierda que a la derecha, hacia el montón de carne rizada. Pero el hecho es que es así. El hecho es que está hecho así. Su dormitorio también escondido, tan encantadoramente campesino y saturado de un aroma capaz de encurtir los trigos que se estremecen en el paisaje, a la distancia, detrás de la ventana que los oculta.
El color del gastado cobertor, también campesino, de un rojo de langostinos, de erizo de mar, de mújol del Mediterráneo, de un rojo de pimiento asado.
Ciertamente es culpa de van Gogh que el color del cobertor de su cama lograra ese grado de realidad, y no conozco al tejedor capaz de reproducir el irrepetible tinte de la manera como Van Gogh supo reproducir, desde lo profundo de su mente hasta el lienzo, el rojo de ese inimitable revestimiento. No sé cuántos curas criminales que sueñan con la cabeza de su así llamado Espíritu
Santo, en el oro ocre, el azul eterno de unos vitrales a su joven "María", han sabido apartar en el aire, obtener de los nichos sarcásticos del aire esos colores sorpresivos que son todo un acontecimiento, y donde cada pincelada de Van Gogh sobre el lienzo es peor que un acontecimiento.
Por momentos impresiona como una habitación bastante prolija, pero con un dejo balsámico o un perfume que ningún benedictino podría descubrir nuevamente para alcanzar el punto óptimo de sus licores salutíferos. (Esta habitación lleva a evocar la "Gran Obra" con su pared blanca de perlas cristalinas, de la que cuelga una toalla rugosa cómo un antiguo amuleto campesino intocable pero consolador).
En otros momentos produce la impresión de una simple parva abochornada por un enorme sol. Hay unos suaves blancos de tiza peores que esos ancestrales suplicios, y en ninguna tela como en ésta se presenta la clásica escrupulosidad operativa del pobre y grande Van Gogh. Pues todo eso es incuestionablemente Van Gogh; la minuciosidad única del toque, patética y sórdidamente aplicado. El color vasallo de las cosas, pero tan justo, tan amorosamente justo que no hay gema que pueda igualar su excentricidad. Pues Van Gogh fue el pintor más auténtico de todos los pintores, el único que no
quiso exceder la pintura como recurso estricto de su obra, y como referente estricto de sus medios.
Por otro lado el único, absolutamente el único, que haya excedido absolutamente la pintura, el acto inerte de representar la naturaleza para hacer salir, de esa representación única de la naturaleza, una energía giratoria, un elemento extraído directamente del corazón. Ha hecho surgir, bajo la representación, un aspecto y encerrar en ella un nervio que no se encuentra en la naturaleza, que
son de una naturaleza y un aspecto más auténtico que el aspecto y el nervio de la naturaleza auténtica.
En el instante en que escribo estas líneas veo el rojo rostro ensangrentado del pintor acercarse a mí, en un muro de girasoles aplastados, en una fantástica combustión de rescoldos de jacinto apagado y de hierbas lapislázuli. En medio de todo esto un bombardeo meteórico de átomos en el que sobresale cada grano, testimonio de que Van Gogh concibió sus telas como pintor, y sólo como pintor, pero que sería por la misma razón un músico formidable. Organista de un temporal detenido que ríe en la diáfana naturaleza, apaciguada entre dos tempestades, aunque, semejante a Van Gogh, esa naturaleza manifiesta claramente que está lista para partir.
Después de mirarla, se puede dar la espalda a cualquier clase de lienzo pintado, pues ninguno tiene ya nada qué decirnos. La turbulenta luz de la pintura de Van Gogh comienza sus sombríos dictados en el mismo instante en que se la deja de mirar. Sólo pintor, Van Gogh, y sólo eso; nada de mística, de filosofía, de rito, de fiscurgia, ni de liturgia, nada de historia, ni poesía ni literatura; esos girasoles de
oro bronce están pintados; están pintados como girasoles y sólo eso; pero para entender un girasol en la realidad, será imposible, en adelante, prescindir de Van Gogh, igual que para entender una tormenta real, un cielo encrespado, una pradera real; no se podrá prescindir de Van Gogh.
El mismo clima tormentoso había en Egipto o sobre las honduras de la Judea semita, tal vez las mismas sombras cubrían Caldea, Mongolia o los montes del Tíbet, y nadie me ha dicho que se hayan mudado. Sin embargo, al mirar esa extensión de trigo o de piedras blancas como un osario en la tierra, sobre la que se apoya un viejo cielo violáceo, ya no se puede creer en los montes del Tíbet.
Pintor, ninguna otra cosa que pintor, Van Gogh incorporó los medios de la pura pintura y no los excedió. Quiero decir que para pintar, no hizo más que valerse de los medios que la pintura le ofrecía.
Un cielo encrespado, una pradera blanca de tiza, las telas, los pinceles, su cabello rojo, los tubos, su mano amarilla, su caballete, pero todos los lamas juntos del Tíbet pueden sacudirse el apocalipsis que hayan planeado bajo sus ropas, Van Gogh se habrá adelantado a hacernos presentir el peróxido de ázoe en
una pintura que contiene un grado suficiente de catástrofe para obligarnos a que nos ubiquemos.
Un día cualquiera se le ocurrió no exceder el motivo, pero después de haber visto un Van Gogh, ya no se puede creer que haya menos excedible que el motivo. El sencillo motivo de una vela encendida en un sillón de paja con armazón violáceo, expresa más, gracias a la mano de Van Gogh, que todo el conjunto de tragedias griegas, o de dramas de Cyril Turner, de Webster o de Ford, que por otro lado, hasta el momento, han permanecido sin inrepresentados. Sin caer en la literatura, he visto el rostro de
Van Gogh, ensangrentado en las irrupciones de sus paisajes, acercarse a mí.
KHOAN
TAVER
TINSUR
Sin embargo, es un bombardeo, es un incendio, es un estallido, justiciero de esa piedra de moler que el pobre Van Gogh, el loco cargó al cuello toda su vida. La piedra de pintar sin saber para dónde ni por qué. Ya que para este mundo, no es, no es nunca para esta tierra que todos hemos trabajado, peleado, rugido por el horror de hambre, de pobreza, de odio, de escándalo y de nausea, que todos fuimos envenenados, aunque todo eso nos haya hechizado, hasta que por fin nos hemos suicidado, ¡como el
mísero Van Gogh, no somos todos, acaso, suicidados por la sociedad!
Van Gogh renunció, al pintar, a narrar historias; pero lo extraordinario es que, este pintor que no es nada más que pintor, y que es más pintor que cualquier otro pintor, por ser en quien el material, la pintura misma, tiene un lugar de privilegio, con el color usado tal como sale del tubo, con la marca de cada pelo del pincel en el color, con el relieve de la pintura pintada, como exaltada en la luz de su propio sol, con la i, la coma el punto de la punta del pincel arrastrado directamente en el color, que se agita y salpica en pavesas, las que domina y amasa el pintor por todas partes, lo
extraordinario es que ese pintor que no es nada más que pintor, también es, de todos los pintores de la historia, el que más nos hace olvidar que estamos ante una pintura, una pintura que representa el tema elegido por él, y que hasta nosotros hace avanzar, delante de la tela quieta, el enigma puro, el puro enigma de la flor martirizada, del paisaje apuñalado, arado, retorcido por todos lados por su pincel ebrio.

NIEVE por ENRIQUE LIHN



Cómo te gustaría suspender esta peregrinación
solitaria
y retomarla luego que pase, compañera de viaje, la
fatiga
del extranjero para el cual todo se mezcla a ella,
aun en medio del mayor encantamiento.
Como ayer mientras el viejo Brueghel montaba para
ti su tabladillo,
nada menos que en el Museo Real de Bellas Artes;
ángeles y demonios, y sin embargo habías perdido
tantas veces
esa misma batalla minuciosa
que ahora el pincel mágico del viejo la libraba
del otro lado de un espejo oscuro. Retuviste el aliento,
en honor a lo real, para dejarlo hacer
su trabajo de siempre sin un nuevo testigo.
La nieve era en Bruselas otro falso recuerdo
de tu infancia, cayendo sobre esos raros sueños
tuyos sobre ciudades a las que daba acceso
la casa ubicua de los abuelos paternos:
peluquerías en las largas calles; espejos, en lugar de
puertas, rebosantes
de pintadas columnas giratorias;
tiendas, invernaderos, palacios de cristal, la oveja que
balaba,
mitad juguete mitad inmolación
del cordero pascual, y reconoces
el Boulevard du Jardin Botanique, por alguna razón
tan misteriosa
como la nieve.
¿Dónde está lo real? No hiere preguntarlo ni
importa que uno sepa de memoria
las exactas respuestas del maestro y los suyos
entre los cuales vive tu voluntad. No importa.
Entiendes bien que el solipsismo es una coartada
del poder contra el espíritu. Pero aquí, en el más
absoluto aislamiento, se es víctima de
impresiones curiosas,
a la vuelta de una esquina que nunca parece
exactamente la misma
como si las calles caminaran contigo, participando de
tu desconcierto.
Estabas advertido: había que viajar en compañía, pero
en cambio viniste del otro lado del mundo
para mirar tu soledad a la cara
y lo demás que ahora no interesa.
Esta forma del ser, obstinada en impugnarlo; celosa
de toda ambigüedad, la conoces
como Edipo a la Esfinge, horma de su zapato.
Nieva en Bruselas y en tus falsos recuerdos. Piensas:
«es mi fatiga.
Ella es la que no se extraña de nada».
El viejo cierra a las cinco su caja de Pandora.
Demasiado temprano, ya lo sabes.
Como si dispusiera de lo eterno, otra vez, la noche
se da el lujo de caer lentamente
sobre la Gran Plaza que ha encendido su torre
en un dorado Oficio de Tinieblas,
y es tu familiaridad la sorprendida
con un mundo en que el logos fue la magia.
Piedras transfiguradas por las manos del hombre
hasta hacerse tocar por los ángeles mismos:
ocios del gótico tardío. No,
nada te habría encaminado a lo oscuro que te
significara
la recuperación de una embriaguez perdida
con los años de triste aprendizaje.
Pero, en fin, habías bebido unos vasos de cerveza
por lo que pudiera ocurrir y fue el temor
de que nada ocurriera sino sólo en ti mismo
el primero en empujarte en esa dirección.
Rue des Chanteurs, rue de la Bienfaisance; los nombres
cambian de sonido y lugar
igual, en todas partes, permanece,
bajo luces distintas esa tierra de nadie, lindando con
el Reino de las Madres:
su viejo cómplice y enemigo de siempre.
Tu distracción tomaba la forma de la nieve,
ahora ese lejano resplandor
que todo lo cubría vagamente, hasta la aparición
articulada
de la mujer, en su pequeña vitrina, como ahogada
en una luz incierta.
Y sonreía sólo para sí misma.
No fue ella, por cierto, la anfitriona; allí estaba
la otra,
esa que reconocerías entre miles, cuyo nombre
ha cambiado tantas veces,
pronta a participar, por un momento, en el diálogo.
Sólo lo justo para hacerse presente
como si nunca nada pudiera comenzar.

CANCION DE OCCIDENTE por GEORGE TRAKL



Oh, vuelo nocturno del alma;
como pastores fuimos otrora hacia bosques
crepusculares,
y nos seguían el rojo venado, la verde flor y el
manantial balbuciente
con humildad. Oh, la melodía antiquísima del grillo,
sangre floreciendo en el altar de los sacrificios,
y el grito del ave solitaria sobre la verde calma del
estanque.
Oh, cruzadas y ardientes martirios
de la carne, caída de frutos purpúreos
en el jardín crepuscular, por donde en otros
tiempos pasaron los piadosos discípulos,
guerreros ahora, despertando de heridas y sueños
estrellados.
Oh, el dulce manojo de ancianos por la noche.
Oh edades de silencio y áureos otoños,
cuando nosotros, monjes apacibles, prensábamos la uva
purpúrea;
y en torno brillaban colina y bosque.
Oh, cacerías y castillos; quietud del atardecer
cuando el hombre meditaba en su aposento acerca de lo
justo
o con muda oración combatía por la cabeza viviente de Dios
Oh la amarga hora del ocaso,
cuando contemplamos un rostro pétreo en negras
aguas.
Pero resplandecientes abren sus párpados argénteos
los amantes:
una estirpe. Incienso mana desde almohadones,
rosados,
y el dulce canto de los resucitados.

FUERA DE LOS BRAZOS por CHARLES BUKOWSKI



fuera de los brazos de una amada
y dentro de los brazos de otra.
he sido salvado de morir en la cruz
por una senora que fuma mota
y que escribe canciones y cuentos,
que es mucho más cariñosa que la anterior
y el sexo es tan bueno o mejor.
no es nada agradable ser clavado en la cruz, abandonado,
es mucho más placentero olvidar a un amor
que no funcionó
ya que finalmente
ningún amor funciona.
es mucho más placentero hacer el amor
en la costa del mar
en el cuarto 42 y después
sentarse en la cama, tomar un buen vino,
platicar, tocarla, fumar
o escuchar las olas
he muerto muchas veces
creyendo y esperando, esperando
en un cuarto,
la mirada fija en el techo agrietado,
esperando un telefonazo; una carta, un toquido en la puerta,
un sonido...
volviéndose loco
mientras ella baila con desconocidos
en un centro nocturno.
no es nada agradable morir en la cruz
es más placentero escuchar tu nombre, quedito,
en la oscuridad.

ESPANTAPAJAROS 6 por OLIVERIO GIRONDO



Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis
primas. Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de
atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me
despierto, indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero.
En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido tiempo de
estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún
precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.
Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se
entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia,
necesito que me desabrochen los tiradores, antes de
sentarme en alguna parte, y es rarísimo que pueda
sonarme la nariz sin encontrar en el pañuelo un cadáver de
cucaracha.
Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me
amputaron hace tres años. Mi riñón derecho es un maní. Mi
riñón izquierdo se encuentra en el museo de la Facultad de
Medicina. Soy poliglota y tartamudo. He perdido, a la
lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de firmar
mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con
una cacatúa.
Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar
mi aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas
toman un coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me
repugna el bostezo de las camas deshechas, no siento
ninguna propensión por empollarle los senos a las mujeres
y me enferma que los boticarios se equivoquen con tan
poca frecuencia en los preparados de estricnina.
En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es
tragarse una cápsula de dinamita y encender, con toda
tranquilidad, un cigarrillo.

HA SALIDO UN NUEVO ESTILO DE BAILE por DANIEL ROJAS PACHAS



my semen is bleeding
the smell of decay
I cum blood – Cannibal Corpse



César Vallejo,
César Moro
y Cesare Pavese
debieran salir de sus tumbas
y podridos… con el rigor de las extremidades que tanto reclama Romero a los nuevos zombies
de Snyder…
Atrapar al lento y gordo cadáver de Neruda… un culo pantanoso… herencia de sus años como
fucking commie… el precio de juntar conchas en vida…
Vallejo, Moro y Pavese… en un acto que a falta de un nombre más adecuado, llamaría Justicia
Poética…
Deberían abusar de él… un godzilla bukkake gore… necro hardcore rape.
… pagaría por ver ese espectáculo

LA MANSA FIESTA por ALVARO LOPEZ BUSTAMANTE



Y no sé, tomo
alguien de las
caderas en la oscuridad
alcohólica y nubes
cigarrillos y las mis manos
húmedas y frías tal vez,
cierro los ojos y no hay
diferencia en absoluto,
y un poco de música difusa
no está mal y no alcanzo a
sentir la idiotez la
situación. No importa mucho
la baba pasando de boca a
boca a boca, chorreando una
gota en mi labio,
creo que choqué con algo con alguien
y tampoco importa
es lo mismo siento a medias
el cabello húmedo en mi cara sobre
mis ojos en mi cabeza
y salgo al aire libre
hay gente oscilando en
algún lugar, vomitando y
me siento y doblo las piernas
y estoy cómodo con un poco
de frío la fría botellita
en mi cara la aferro la suelto
-está vacía me la piden- y
la hora las cosas se difumminan
seguro creo que seguro ssseguro
no recordaré afffortunadamente ssserá
algo mmmnos que he vivido
con suerte media hora sin.

LOS SACRIFICIOS NO SIEMPRE ESTÁN DE MÁS por VICTOR MUNITA FRITIS



Como un acto de Fe
pleno
le grité en lengua
que la amaba
ella miró de reojo
y con las manitos pegadas
movió un dedo
y me dijo:
-ven
yo
ni tonto ni perezoso
aunque el sol caía sobre mí
caminé con las rodillas sangrantes
hasta sus pies
y dijo:
-Para qué te esfuerzas tanto hijo mío
yo siempre te he amado

Melancholia-Lars Von Trier (2011) Trailer Subtitulado Español

HOMBREBOMBA por GONZALO DAVID



en el viaje que hice cruzando la ciudad
pensé en otra ciudad
Cecilia Pavón
Camina por el centro solo y mal vestido evitando
torpemente autos y gentes. Repite el trayecto a diario, los
mismos lugares, los mismos semáforos, se detiene algunos
segundos en las mismas vitrinas.
Lo veo de martes a jueves, cerca de las siete, cuando los
negocios ya están cerrando, a unas cuadras de la fiscalía; él
agacha la cabeza y cruza de vereda. Es delgado y siempre
lleva una polera de los joy division, el pelo sucio y la cara de
los suicidas cuando aún no tienen claro el procedimiento.
Algunos creen que al tipo le queda poco tiempo, que
intentará joderse pronto, a lo estrella indie, pero yo sé que
la mano no viene por ese lado; sé que nunca lo encontraré
colgando del tendido eléctrico, sé que no será portada del
periódico comunal, sé que no mostrarán en las noticias a la
tía tirándose de guata afuera del médico legal, porque la
muerte ya lo visitó un día, la muerte se metió por la puerta y
por las ventanas de su madre, una madrugada de
diciembre.

martes, septiembre 27, 2011

L A COPA TERRESTRE por ROSAMEL DEL VALLE



Estás ahí, penumbra donde mi cuerpo desciende
A la caverna del ciego que cuenta sus huesos.
Estás ahí, ¿eres tú? Anciana cuidadora de las puertas.
Visión tatuada en los jardines que se apartan al verme.
¿Duermen los perros brillantes que lamían la noche?
No los oigo sentarse a la sombra, ni rechazar el sonido
Con que hila el tiempo el traje de los muertos.

Tu cuerpo cubre el césped rojo por el verano,
Ceñidas las rodillas con insectos y tijeras.
¿Han lavado los jardines? Solamente ha crecido la
bruma
Para cerrar las puertas, para cavar el sueño.

Han sido numerosos los huéspedes del otro invierno.
Desenterraban cánticos donde lucían arpas las hojas.
Bailaban tal vez y vaciaban la noche. Dormían tal vez
En pesada carrera detrás de los sueños. Y tú, y tú
Con las viejas llaves en el corazón.
Ibas y venías por la escala, por el tiempo,
Por las visiones ardientes.

Siempre allí, oh Anciana, cerca de los pies torcidos
En lo vivo de mí aunque borroso. En lo mío sin mí.
¿Cómo me sostenías al borde de tanta luz? Las cosas
Años y años en el recuerdo de las horas degolladas.
A veces limpiándote los días de la frente,
Rodeada de ángeles cansados de brillar.

Y campanas también. Campanas de vuelta de la noche,
Con pasto crecido entre los dientes.
Tú. debajo de los pasos nocturnos, debajo de las bocas
turbadas
De tanto cavar en la memoria. Tú, con las llaves.
¿Pasaban las bodas, los entierros, los ruidos de la feria?
¿Pasaban los bebedores, los sonámbulos, los crucificados?

Ellos son los dueños de la noche, los que gastan sus monedas
Sueñan con arpas al hombro, con la cabeza vacía.

Conversan con lo que va a venir, como el espejo con
las cosas
Detrás de un secreto, de una frente que se mueve.
Alegres por desdichados sabores. O mirando pan
adentro
Por ti se ahogan a veces las olas de la harina.
Ellos, a tu puerta, para oirte dormir. Para separar
la bruma
Que te rodea la cabeza si a lo lejos el mundo
Se deja devorar por las piedras de la noche.

Ellos y tú, oh mirada terrestre fija en el borde de mi
En la estatua del tiempo que me crece a la espalda
Tú ahí, despierta por ti misma,
Prendida a la niebla que desgarran las horas. El polvo
En la frente, cercada por muros y torres.
¿Hay una Navidad que dura
Más de un día en las campanas del corazón.

Entre tú y yo todo crece hundido y sin sabor.
¿Recuerdas los bebedores de los domingos? ¿Los ancianos
que
Escarbaban el tiempo en la hierba? ¿Las voces y las
máscaras?
Ellos mismos eran el fuego. El día caído, la hora.
Todo podía pasar y cambiar. Mientras el Angel de tu
puerta
Reparaba las naves nocturnas apartando con las manos
el ruido
He ahí el sueño sumergido en mi memoria. La imagen,
Que nada podría borrar sobre la tierra.

¿Me oyes aún en las llamas? ¿Me oyes perecer en el
árbol
Nacido para la muerte? Estoy detrás de ti. Te he oído
Cruzar el umbral, apartar la hierba y salir
A mi encuentro en la noche derrumbada.
Mi mano va a tu lado y hace ruido sin que la veas.
Sacude las plantas que se doblan.
Abre los ojos de las hojas.
Y sobre todo el calor de la muerte que eres. Nada
Puede permanecer de rodillas si pasas y si mi sombra
Te precede en el polvo derramado de las cosas.

Oh, muerte recomenzada. Ninguna vana luz, ninguna
piedra
Podría decir que la habitas. Pero la madre de la noche
Enreda tus vestidos en las llamas, mueve la humedad
Y te sienta a la orilla de los pozos donde me vi nacer.
Extraña imagen de ti misma y fuera de ti. Allí, allí
todavía
Donde los muertos remueven la tierra. Donde los ángeles
Cuidan de las hachas y las palas sin dormir.

Ellos están siempre despiertos y apartan la niebla.
Se oyen vivir y deshacerse. Y aman la tierra que cavan.
Cada hoyo es una puerta. Cada ser sumergido. un viajero
Ellos, ellos, la visión nocturna detrás de los árboles.

Nosotros somos el ruido, la vara movible, el barro.
El poco de barro que rechaza la voz. Huíd, huíd,
lámparas
Huíd, escalas de oro por donde hay que descender.
Yo soy la visión, yo soy la tempestad, yo soy el fuego.
Abridme las puertas de par en par. Que se aparte la
noche
Yo soy el que dice: «Primero brillarán los peces en
mi sien
Primero rodarán las olas fuera del mar.
Primero se anidará el tiempo debajo de mis ojos.
Después
Estar al lado de los ángeles en exilio,
De rodillas sobre el agua. Solo
Entre las ovejas ardientes dormidas en la hierba.
En conversación con los signos, cantando tal vez
Y con la cabeza en cascada».

Lo que decían tus llaves.
¿Y tú, qué piedras cuidas
Entre la carne y los huesos, entre la frente y la ceniza?

What Dreams May Come trailer subtitulado

What Dreams May Come

Sigur Rós - Hoppípolla (subtitulada)

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