domingo, mayo 11, 2014

NAUFRAGIO VII por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE




En un Mar de frío
en la Luna nueva de Enero
los versos creen que el fin
es idéntico a un relámpago
que aturde y mata
un veneno que suda
de las paredes
que cae desde tus ojos
Son palabras que van
pariendo palabras
que llagan esperanzas
unen manos orando mientras
sus armaduras caen inútiles.

Un soplo de espíritu
Bastaría sólo un soplo
sobre  el mapa sombrío
en que las desventuras
van hiriendo la planta
de los pies

El Mar de lluvias
que rasga hasta las horas
que se revuelcan como
perros moribundos
escarnecidos en la agonía hosca
de la incertidumbre
y los maderos que caen
como cuentas de rosario
esparcidas por el suelo
sin dejar más vestigio
que semblante de versos
rotos por el espanto
heridos por un averno que
intenta engullirnos,
las piernas flaquean
el corazón arranca del pecho
rimas que no deben existir
Dónde la escapatoria sin escape
los brazos que caen inermes
un himno que va pudriéndose
y contaminando un aire
de segundos ausentes


Ah, incertidumbre
clavas espada ardiente
en sacrificios y piras dispuestas
en el error de la fe ciega
en arrojar alas y comenzar a correr
con rodillas que desfallecen
confusión tomando empuñadura ajena
batiendo el filo
mordedura en la tibia piel
de los versos
vamos muriendo
cayendo en angustia
en terrible
certeza que todo va muriendo
como debe morir
no en silencio
que temible es cuando el silencio
parece ser un salvador
entre los acusadores


Ah , dolor
cómo enfrentar a alguien que utiliza
la destrucción como arma
y bálsamo
para las heridas
Las páginas que nos sostienen
van desintegrándose
y arden deseos de aferrarse
a lo que va muriendo
Penitencia impuesta por tus dudas
se cristalizó en agonía violenta
en coplas deshechas
En las palmas de las manos
líneas se van borrando
La vida se aquieta como un carro
de tren que amenaza con detenerse
por siempre
Ni lágrimas nos sirven
si canto de sirena
destroza lo que oímos

Cuánta lluvia, señor, cuánta
que nos anega emoción
nos corrompe desde el suspiro
hasta un adiós que hace rodar
sentimientos

La estampida
nadie se mantiene en su puesto
el asedio agoniza
quedan segundos solamente
Un Mar de vapores que nos envuelven
una mortaja ardiendo desde nuestra
epidermis...

 Ah , este estremecimiento
se tiñe de iras
Se mantiene mirando con sus blancas
pupilas carentes de histeria
Una calma que inquieta hasta la mayor
de las valentías
Carros caen en cenizas
trompetas se derriten bajo la tristeza


En esta batalla no habrán héroes
no victoriosos himnos
no banderas danzando iluminadas al aire
La dentellada duele, loba
duele hasta la dermis del alma
hasta la palabra melancolía
sabe a hiel
sabe a mentira
una aciaga poción de amores y descuido
en esta batalla ambos hemos perdido
y no habrán refugios donde guarecerse
Holocausto... holocausto
que sentido tienes
si eres un pacto con dios
un pacto y apetitos de muerte
donde la muerte no debe poner
pie alguno sobre
las cabezas de los sentimientos
Arengas de versos
esa soledad que clava el puñal
aún más profundo


Ven, toma mi mano por última vez
este trato no es con nosotros
ya no nos hacen falta los verbos
para salvar esta mortandad



No hay mayor maldición
que tornarse
otra vez en un puñado de poemas
más livianos que el aire
más tortuosos que maleficios
no hay ruta
no hay latido
sólo quimera que flota
como polen amargo y estéril
recuerdo que ha de morir
arrastrando cadenas
jalándonos hasta el abismo


¡A las calles, sentimientos!
Si hay que sangrar
que se haga empapándonos la camisa..
¿Pero quién el enemigo?
Por qué la invisibilidad divina
el descanso de las bestias
el descenso de Dios padre...
¡A las calles! ¡A las calles!
Que el puño se aferre a la roca
ya la razón ha zarpado
se afiebra el corazón
a los momentos pasados
que agonizan
en una memoria de muertos
sólo para que los muertos recuerden
en esa inexorable hondonada
llamada muerte:
los daguerrotipos de un pasado incierto.

El movimiento constante clama locura
rocas y maderos
barricadas de lodo y sangre

¡A las calles, sentimientos!
Empapemos de rojo el pecho
y las oscuras camisas de la zozobra.


Ah, miseria
vas con ojos vendados
¿Cuál es el rostro que buscas?
Tus palabras son ininteligibles
esa lengua llagada no es útil
para articular frase alguna
continúa tu sendero
te ruego no repares en nosotros
que pálido astro te haya usurpado los ojos
no es culpa de este latido desesperado

Ha comenzado
Luna nueva da la espalda
la batalla se define
como relámpago
en el mar de la serenidad
“La arpía ha gritado:
¡Ya es hora, ya es hora!”
Combatiré con ánimo
ciego de mundos
hasta que se desprendan
uno a uno
estos músculos sostén
de la piel y dolor

Retorna el sabor del miedo
desde la punta de la lengua
volviéndose aliento
recorre las inflamadas fauces

Ah, luz extínguete,
Extínguete muda en la fugaz
fe de la reparación
quién el enemigo
Sí, ahora dilucido sus facciones
son facciones amadas
hasta el desamparo de
todo orgullo fenecido
¡Eres tú, entre todos los enemigos, tú!
un bosque oscuro que serpenteando
se aproxima para saldar
mi derrota de bruces

Colisión de espadas
las hojas hechas fragmentos hostiles
concebidas en esos dedos
que prodigaban antaño afecto
huele a sudor sangre y fracciones de espíritu
tornados vapor y aroma a encino derribado

Oráculo ciego,
demasiado postrero fue su aviso
el imperioso escape de esta paupérrima
conciencia ligada de manos,

Miseria deambula con macabros pies
la masacre en que ambos enemigos
nos hollamos la epidermis
hasta sernos irreconocibles

Aún esa infame dama no arranca
su venda para
registrarnos como víctimas mutuas
como victimarios recíprocos

Porqué de fondo
se oyen oraciones
mientras nuestro llanto se eleva
en volutas absurdas e inmundas

Tus brazos mis brazos
se tornan catástrofe y humedad
aún mis ojos no te encarnan
como enemiga
detrás de la deformación
de las gruesas lágrimas

Tu voz está en el golpe de puño
tu vista en el rechazo
todo lo cubre el forcejeo


¡Retirada, retirada!
¡A los navíos! ¡A los navíos!
Que nuestras espinas dorsales
se quebrantan bajo una noche sin luna
y con llanto

¡Quién la rescata! ¡Quién la aparta!
mientras apresto
esta fuga deshonrosa
se aproxima Miseria
apartando su maculada venda
sus vacías cuencas tienen
el destello de escrutar
y reafirmar estos
mis rasgos de capitulación
y orfandad

¡Qué susurra esa arpía!
¡Susurro que pulveriza mis tímpanos!
“Maldita sea la lengua que me lo ha revelado”
“Ha abatido mi mejor parte de hombre”

A lo lejos
aparentemente enrojecidas
se despliegan moribundas
las velas de la huida.


NAUFRAGIO VI por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Mi espíritu en escombros
traza en silencio las moradas
amargas donde habitará
desequilibrada,
la razón de miles de horas
rota la tráquea
por palabras que no escaparán al aire
respiro como de vid en la sangre,
la trastienda indecente del dolor:
mi espíritu en escorias

Estos ojos que no alertan latido
no escribirán relato alguno
en tu nombre
desacralizan los destinos
y soplan las llamas
de los días
los mismos que deterioran
tu rostro hasta convertirlo
en carcoma
astilla y burdo aserrín
Lloran
estos ojos que no previenen
absurdo latido


Estos labios que enmudecen tu piel
disolverán en oraciones
esos deseos que te coronaban
de fortuna
criarán alas para alejarse
en otras bocas que
carecen de tu forma
centella de la ruina
concreta pactos morbosos
con la rutina y azogue,
silencian ampollándose
hasta en carne viva
estos labios que enmudecen ,
triste, tu piel

Ah, saldada la cuenta con Dios
estos pies no se herirán jamás
con las espinas de tu ira
con la certeza de las madrugadas
ardiendo en angustias
de hallarte entre su geografía
inútil y opaca
Liberación tiene un aroma
macabro a tu dermis cubierta
de cristales rotos

Tanta espera vana se acuna
desamparada
ya cumplida la cuenta con Dios.



NAUFRAGIO V por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Cuándo habré de cazar esa ingenuidad
de creer y creer sin dejar de creer en mi...

Se escabulle entre ruinas
va sangrante con la boca repleta de coágulos
nombrándonos en una terrible letanía ciega

Como tu orgullo mi orgullo jugando a ser
sigilosos señuelos de baratas pantomimas

Tu voz en el auricular
no es más que reconvención dilapidada
sin sentido
atada de manos de pies y ojos
extraviada en los latidos separados
de nuestra historia

Nada hay que decir, nada debo
y mi conciencia abre sus cuencas
sus córneas ausentes
como ventanas de casas condenadas
esa sequedad de silencio
esa morada oscura
en un vasto imperio de lobos

Ah, esa mujer harapienta
conoce y canta nuestro pasado
como siempre presente
entre desnudas paredes
y  vidrios rotos de nuestra fábula

Memoria no nos abandona
ni aunque se refugie indefensa
de la tormenta que sacude estos días


Ah, los animales que nos rodearon
con su inocencia de deudores
con sus mentiras de confesantes
melodías de fondo , escenas tenebrosas
surcando la piel del espíritu
¿Dónde hallaron acomodo?

Eres la única que teme
única que oculta el rostro
quita el cuerpo como si
fueran vocales atroces


Mis pupilas negarán tu visión
una e mil veces de las veces
que la fortuna deje que nos percibamos
lejos, demasiado lejos

Amargo elixir de serpiente
tu imagen cruelmente desenvuelta
óleo de ponzoñas
Memoria sembrada en los minutos
el firmamento traicionándonos
la noche desertando ciega y muda.
remordimiento que a mi puerta

no ha de arribar.

NAUFRAGIO IV por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Sin embargo
estarás en la piel
de todas las mujeres
en la condena abrupta
del despertar
en el desazón
de la ausencias
y sus alas añiles
y
sin embargo
voy con un dolor a cuestas:
no estarás.



NAUFRAGIO III por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Sin embargo
estaré mudo a tu costado
como espina sorda
royendo tu seno
seré aire que respirarás
con la angustiosa voz de tu conciencia
Rincón oscuro de tus malos sueños
cantando con melodía queda
un réquiem para tus pasos tristes

Estaré en el pequeño espacio
entre los amantes que logres ver
En acordes que te acompañaron
noches en que la marea
amenazó mil veces
con arrastrarnos a ríos infernales

En el cielo que amenaza llorar sobre ti
sin siquiera llegar a hacerlo
En la mirada que te investigue

El leño que arderá desde la planta de tus pies
sed que te consuma
entre palabra y palabra de consuelo
que jamás tendrás
Levantarás uno a uno
todos los maderos dispersos
de este siniestro que nos empujó
al desequilibrio

Estaré en la soga
que acariciará ruda tu cuello
mientras pendes inerte
en la pesada musicalidad de las horas
fría como riel
amarga como tus minutos y porvenir.


NAUFRAGIO II por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Hastiado de resucitar
esta última vez no reviviré
Voy sumando infidencias
sombríos bordes de una noche
desgastada en público alumbrado
agónico de tanto quitarnos  la vida
mientras aniquilas mañanas
movimiento y ruta de miserias
asolando páginas grises.

Dedicado a buscarte
tras venda y luna moribunda
que nos tornó
en bocado de sangre y rudeza

Hastiado de resucitar
esta última vez
no renaceré en tus costillas
en la maternidad de tus
inmateriales manos
golpeándome, liquidándome
en una mirada perdida
última en una serie
de últimas miradas:
la mía.


NAUFRAGIO I por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



Prometeo habita en mi espejo.
El águila devora mi corazón,
cada noche es una ciudad en escombros
no es nación,
sólo banderas hechas ceniza
polvo que engullirá
lentamente
este tiempo de fuego y tierra
en grave disputa con dios

Mi fe de aire
estos pasos heridos
que abandonarán
un traje de cicatrices
y ceremonias ciegas
sin ventura
rota la clavícula
de la verdad
nos resta mendigar
desde
los cimientos
agotados de aguardar
una lluvia
que lava mi alma
en descarríos
solitaria amargura
de puerta cerrada
sin noches sin lápidas
para solitario verso muerto
sin llegar al pabellón
delicado de tu oído
tanto ruego en vano
plegaria vestida
de aflicción y olvido

Una senda de arrepentimientos
vale menos que dos granos
de mostaza y sal
ah, dentelladas salvajes
rumor de calumnia y golpe
han reducido a vestigios blancos

este puñado de latidos negros.

NAUFRAGIO (SIESTA DE HOMBRES MUERTOS) por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE


Las córneas negras
sangre detenida
en la boca
y el estómago
deshecho por la ira
y el mal de la hiel negra
se podría decir
que arriamos banderas
corrimos heridos
en descampado
pero no fue así
caímos de rodillas
moribundos
harapientos
con el hambre
como ley y gobernanta
dolores trazados
en una cartografía
de razón y maderos
mordidos por el naufragio

Nos mantuvimos unidos
en férreos lazos
de frases negras
en cuna fría
de profunda noche

No hallamos mentiras
descubrí
delirios de cadáveres
y pieles estiradas
en los muros y el bien

Cuando el bien es delirio
y tardanza


Nos quedamos
sin resurrecciones
sin redenciones

sin latidos entre las costillas.



MEDEA por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE



“Sólo goberné mi aflicción”
Odiseas Elitis.


No nos sirve ver por ver
si no vamos a  reconocemos
en cubierta
ni a tu hijo vestido de sangre
o tu vientre de aborto
bajo mortaja

Sanaba ardientes tus llagas y
La evasión en monólogos
tertulias con espectros
huérfanos:
una lenta agonía

Reconstituciones negras
de escenas negras
detrás de pupilas
grises de emparentarse
en el claroscuro

Nos mordemos los labios
al besarnos
Medea herida magra muerte
sin día de dilación y engendros

Nos reventamos el alma
en mil ausencias
Medea vendida a la muerte
sin noches de entrega y laberintos

Coronas de silencio
para ambos Medea



LA OTRA HISTORIA por ALINE PETTERSSON


A Alberto Pulido Silva

El hombre levanta la vista de los papeles. Lleva tantas horas inmerso en la batalla. Está mareado. Tantos
héroes. Tantos muertos. Tanto tiempo. Tantos años viviendo historias. La espalda le duele, las letras se le mezclan, los nombres se le olvidan. Hay un escudo... El mundo fraguado en una rodela de triple cenefa brillante y reluciente, con una abrazadera de plata. Dos ciudades de hombres dotados de palabras. Él también está dotado de palabras que se le secan en la garganta. Unas bodas. Unos ejércitos. Jóvenes entre viñas de oro sostenidas por varas de plata. Doncellas que danzan. En la orla del sólido escudo, la poderosa corriente del río Océano. ¿Hace cuánto que estuvo frente al mar? La cabeza le zumba como enjambre libador de dulce miel. Quién fuera Aquiles, el de los pies ligeros. El que tiene en su poder la historia.
El hombre escucha el trajín de sus compañeros; el cerrar de los libros; el alinear de los papeles; la prisa. Es hora de irse. De suspender la historia hasta maña-na, de olvidar el brillo de la guerra y volver a esa otra historia, la propia. Se despoja de las fundas negras que protegen las mangas, como quien se despojara de los aparejos bélicos, agotado después de una larga refriega. Sus ojos van desde la madera del piso, hasta la altura del techo. Los techos altos dan una mínima sensación de libertad, no pesa el cielo raso sobre las espaldas. Sólo la fatiga.
El hombre vuelve a sus papeles, mientras Aquiles ha desenvainado la aguda espada, grande, fuerte, que lleva en el costado. Y encogiéndose, se arroja como el águila de alto vuelo y se lanza a la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre. ¿Será que el hombre ha sido una tímida liebre que huye entre los matorrales? Y ahora ni siquiera las piernas tienen el vigor para mover-se con soltura, ni sus ojos tienen ya la claridad para mostrarle el camino.
El hombre limpia su escritorio de todo vestigio que delate la presencia de otros mundos, y se lleva las manos a la cabeza. Mira a su alrededor, todos se dicen esas últimas palabras de despedida. Se ríen. No se atreve a acercarse, los viejos siempre molestan y hoy no está dispuesto a hacer el esfuerzo. Se siente mal.
El hombre se ajusta el saco y estira los pantalones, intentando borrarles los pliegues. Tantas horas frente al escritorio han dejado su huella. Se aclara la garganta y les hace a sus compañeros un ademán de despedida. Aquiles y Héctor dormirán en el campo de batalla. Cuando aparezca la aurora de rosados dedos, el combate va a decidirse. Será hasta entonces que las galeras sigan lanzando el oscuro reflejo de su tinta. Algunos devuelven el ademán y otros siguen absortos en una charla que no interrumpen.
El hombre siente un ligero mareo al ponerse de pie. Es sólo un instante. Escucha las campanas de la catedral. Siente torpeza en las piernas. Tanto tiempo sin moverse. Hora tras hora. Día tras día. Y el trabajo que debe estar listo pronto. Tal vez, piensa, en este mismo cuarto otro hombre también se sintió Aquiles. Entonces quizá no era tan difícil imaginar la batalla; la ciudad, el país, habían estado levantados en armas tantos años; quizá ese otro corrector participó en alguna escaramuza. La Revolución es ahora una palabra ajena, casi olvidada.
El hombre empieza a andar por la calle, a recuperar las fuerzas de ese cuerpo amodorrado. Aquiles el de los pies ligeros. Es un claro atardecer de otoño. Decide cruzar la Alameda para tomar el metro desde allí. No tiene prisa. El aire y el movimiento devolverán a sus piernas un poco de fuerzas. Y luego tanta gente. Tantos rostros desconocidos. No es Aquiles, ni le brotarán alas a sus pies como a Mercurio. Se conforma con poder caminar erguido, sin tropiezos. Las estatuas y la fuente. Los árboles, las ardillas, o ¿eran liebres? ¿Cuántos años queda erguido un ahuehuete? Pero ésa es otra historia, tan lejana como la guerra de Troya. ¿Cómo habrá sido la ciudad que caminara ese otro hombre también hundido en batalla de galeras? Los árboles y los edificios permanecen. A veces.
El hombre decide sentarse un momento en alguna banca. Cuántas vidas se han detenido a recobrar una fracción de sosiego en ese sitio. Cuántas parejas se han declarado su amor, ahora entre impúdicos alardes. Cuántas miradas de soslayo. Cuántos cuerpos fatigados. Cuántas piernas jóvenes mostrándose sin recato. Cuántos deseos tejidos en la trama perpetua de los sueños. Ve a lo lejos a alguien que extiende un enorme corazón. El corazón de Jesús con los brazos abiertos. El ir y venir de tanta gente. De tanta gente que no conoce, que no lo mira. Alguien se ríe con fuerza, como si el mundo le perteneciera. Como si fuera dueño de la historia. El amor de Aquiles detuvo al tiempo.
El hombre vuelve a emprender la marcha; observa las aves que se agitan antes del reposo, que cantan antes del silencio, que se reconocen frente al ocaso. ¿Cuántas generaciones de gorriones habrán revoloteado entre aquellos ojos absortos también en la tinta de esa batalla milenaria y este otro par de ojos que mañana continuará la faena? El tiempo pasa, la historia permanece. La imaginación de los jóvenes se regalará con este libro que pronto tendrán en sus manos, ese libro que él debe revisar tan minuciosamente, como habrá sido revisado el otro, con esa misma historia, hace ya casi setenta años, mientras Vasconcelos iba en busca de su propia Ítaca.
El hombre desciende las escaleras bajo tierra. Vulca-no fraguó en el Hades un maravilloso escudo para Aquiles, que refleja tantas historias. Tantos personajes sujetos en el metal. Otro mundo palpita bajo la superficie. El hombre lo mira transcurrir mientras descien-de. Ese fuerte dolor de cabeza. El desplazamiento de hombres y mujeres. El ruido. El convoy parte en el instante en que el hombre alcanza la plataforma. El lugar se vacía de momento. Tan de momento. En un parpadeo la estación vuelve a colmarse. La gente vuelve a apretujarse. El sitio ocupado tantas veces, como si en verdad, nunca dejara de estarlo, como si la gente permaneciera ahí eternamente. Mira el oleaje humano al tiempo que se le incorpora para tomar el tren que se aproxima. El movimiento de la muche-dumbre lo marea.
El hombre sabe que pronto llegará a casa a olvidar ese dolor de cabeza. Ha tenido la suerte de conseguir un asiento, que no está dispuesto a ceder. Al diablo con la cortesía, viejo resabio del pasado. Cierra los ojos; pero eso acrecienta su malestar. Piensa en las noches que borracho se ha echado sobre la cama, mientras el techo y las paredes de su cuarto se ponen a danzar con desenfreno. Faltan cuatro estaciones hasta la suya: Centro Médico. Terremoto. La ciudad que cambió de rostro. Todos cambiamos de rostro con el tiempo. Pero no con esa horrenda rapidez tan asesina. Deben haber sido menos los guerreros que sucumbieron en Troya. Y sin embargo, aún conmueven sus hazañas; pero conmueven con la lejanía de un lector que las vive al cabo de los siglos. Y sin embargo, la historia está presente, no como la otra, claro, la de su ciudad. Su vista baja por las piernas de la joven sentada frente a él. Qué tiempos, Señor, qué modas. Pero sus ojos siguen clavados en esa carne fresca, dura. Así deben haber sido las piernas de Briseida; por eso la cólera de Aquiles.
El hombre se arrellana en el asiento. Su mano cae sobre la superficie. El tacto parece sorprenderse de la trama de bejuco. El malestar engaña los sentidos. Piensa que no había reparado en la cinta que rodea la frente de la mujer, en la blancura de los guantes que le ocultan las manos. Su vista se dirige a la ventanilla, y ve pasar la calle lentamente. Pero si el metro en esa línea camina por debajo de la tierra. Si va por esos túneles cavados allá abajo. Por ese mundo subterráneo. En su desconcierto presta atención a las voces que murmuran a sus espaldas. Alcanza a escuchar unas cuantas palabras: “El Primavera termina...” No oye más; pero su instinto de corrector lo hace estremecerse ante un error de género tan obvio. Debe llegar pronto a casa, antes de que el dolor de cabeza le tienda más trampas. Debe estar enfermo. Debe tener fiebre. La fiebre altera los pensamientos. Recuerda vagamente que hay una grave epidemia. Quizá se ha contagiado. Entre tantas horas de lectura y tanto malestar, las ideas se le confunden. Sus ojos lo traicionan.
El hombre desciende del tranvía. Alza la vista hasta el letrero de la calle: Calzada de la Piedad. Debe acelerar el paso. Llegar a casa. Camina. Camina. Justo al pasar frente a las rejas escucha el sonido sordo de un campanazo. Toma por la avenida. Observa las figu-ras, el blanco mármol de las construcciones. Debe darse prisa. Sus pasos lo llevan hasta el montón de tierra removida, hasta el hueco recién cavado. Sus ojos quisieran deletrear el nombre de la placa. Debe ser la fiebre, se dice, mientras cae.

APAGA LAS LUCES por DENNI ZU


¿Sientes?
abre las manos
apretando los parpados
abriendo la boca
apaga las luces.

¿Tocas?
cierra los ojos
apretando los músculos
abriendo las piernas
prende los pezones.

¿Muerdes?
silencia el cuarto
huele las pieles
abriendo los sentidos
concrétame y
apaga las luces.

EL ESPEJO DE DIOS por MARIA JOSE RIVERA OYARCE


Para Eva o para Dios
Que para el caso es lo mismo
Porque los dos paren hombres…
Eva fiel reflejo de su padre
Y no de Adán ni menos de su costilla,
Infinita repite su gesto paridor
Su ineludible condición de útero
En divina semejanza con su todo
No obstante los rumores mal intencionados
De su papel secundario en la historia
Eva siembra su esfinge con evidente sonrisa
Y en trébol de su vientre el mundo vive
Develada la duda
Es fácil imaginarla preñada de universos
En estado original de gestación esencial
Irreproducible en otra que no sea Eva
Y su entrepierna profunda
Eva reclama
Primogenitura de especie
Como cáliz de toda cronología
Individual o colectiva
A pesar de la negación
Y de ese dedo acusador
Que la señala de siempre
Desde la serpiente
Y el costado supuesto que no era.

YO SOY... por ALEJANDRA PIZARNIK


mis alas?
dos pétalos podridos

mi razón?
copitas de vino agrio

mi vida?
vacío bien pensado

mi cuerpo?
un tajo en la silla

mi vaivén?
un gong infantil

mi rostro?
un cero disimulado

mis ojos?
ah! trozos de infinito

TODO ME HA SIDO ARREBATADO por ANA AJMATOVA


Todo me ha sido arrebatado: el amor y la fuerza.
Mi cuerpo, precipitado dentro de una ciudad que detesto,
no se alegra ni con el sol. Siento que mi sangre
congelada está.
Burlada estoy por el ánimo de la Musa
que me observa y nada dice,
descansando su cabeza de oscuros rizos,
exhausta, sobre mi pecho.
Sólo la Conciencia, más terrible cada día,
enfurecida, exige cuantioso tributo.
Y para responder, me cubro el rostro con las manos,
porque he agotado mis lágrimas y mis excusas.

(Sebastopol, octubre de 1916)

Bunbury - Los Restos Del Naufragio (Videoclip)

sábado, mayo 10, 2014

SUEÑOS por PAULA BECQUER


I
Borré tantas veces la desproporción de las alturas
el lugar que no definía un carnaval por distancia
y el nombre…
el palpitar de intensiones para cambiar los rubores
y el barro volvió a ser primera persona
después de la orilla acomodada al doblez.

II
Dibujé otras veces la minúscula razón de los inviernos
la equidad de los gestos que reviven de par en par
y todos los sonidos al decir.

Acostumbro a viajar por las miradas
a ser un verbo inquieto
a influir hasta en los vientos.

jueves, mayo 01, 2014

Muse - Madness (Lyrics - Sub Español) Official Video

FUIMOS ALGO por EDUARDO J. FARIAS ALDERETE


Fuimos jóvenes
Y jurábamos  sobre nuestra rebeldía
Mil cosas que ahora
nos parecen vacías
Fuimos rojos
Mientras el gobierno
era de derecha
Acomodaticios
al giro a la izquierda
Nos volvimos socialistas de bolsillo
Padres de familias
desconocimos
La guerra de guerrillas
Que nos daría cagadera  
cargar una AK 47
La guerrilla era
un juego de niños
Ni nos imaginábamos
una bala entrando
En nuestra carne tierna
De humanos rebeldes
y consientes
Una foto de Trosky al costado
de nuestro lecho
Fuimos mentira
Somos mentira
Mientras la sociedad
 nos acoge 
con tarjetas de crédito
Y elecciones
que son un chiste
La oposición a los gobiernos
no existe
Somos divergencias dormidas
Un montón de ancianos
gordos y entregados
A cualquier sistema
Que nos dé seguridad
Mucha seguridad
A nosotros
y nuestra familia
Fuimos una imagen
Sobre  el agua
Una nada jugando a ser algo
Una nada , una nada
de muchos colores
Fingiendo ser algo

algo
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