miércoles, septiembre 04, 2013

EL ARTE Y LA REVOLUCION (1934) por CESAR VALLEJO


       
“Fui a Rusia antes que nadie”

FUNCION REVOLUCIONARIA DEL PENSAMIENTO

La confusión es fenómeno de carácter orgánico y permanente en la sociedad burguesa.
La confusión se densifica más cuando se trata de problemas confusos ya por los propios
términos históricos de su enunciado. Esto último ocurre con el problema, flamante, y a
la  vez,  viejo,  de  los  deberes  del  intelectual  ante  la  revolución.  Es  ya  intrincado  este
problema tal como lo plantea el materialismo histórico. Al ser formulado o simplemente
esbozado por los intelectuales burgueses, toma el aspecto de un caos insoluble.

Empecemos  recordando el principio que atribuye al pensamiento una naturaleza y una
función  exclusivamente  finalistas.  Nada  se  piensa  ni  se  concibe,  sino  con  el  fin  de
encontrar  los  medios  de  servir  a  necesidades  e  intereses  precisos  de  la  vida.  La
psicología  tradicional,  que  veía  en  el  pensamiento  un  simple  instrumento  de
contemplación pura, desinteresada y sin propósito concreto de subvenir a una necesidad,
también  concreta,  de  la  vida,  ha  sido  radicalmente  derogada. La  inflexión  finalista  de
todos los actos del pensamiento, es un hecho de absoluto rigor científico, cuya vigencia
para  la elaboración de  la  historia,  se afirma más y más en  la explicación moderna del
espíritu.

Hasta  la metafísica  y  la  filosofía  a  base  de  fórmulas  algebraicas,  de  puras  categorías
lógicas,  sirven,  subconscientemente,  a  intereses  y  necesidades  concretas,  aunque
“refoulés”, del filósofo, relativas a su clase social, a su individuo o a la humanidad. Lo
mismo acontece a los demás intelectuales y artistas llamados “puros”. La poesía “pura”
de  Paul Valery,  la  pintura  “pura”  de Gris,  la música  “pura”  de  Schoenberg,  -bajo  un
aparente alejamiento de  los  intereses,  realidades y  formas concretas de  la vida- sirven,
en  el  fondo,  y  subconscientemente,  a  estas  realidades,  a  tales  intereses  y  a  cuales
formas.

“Los  filósofos,  -dice Marx-  no  han  hecho  hasta  ahora  sino  interpretar  el  mundo  de
diversas maneras. De  lo que se  trata es de  transformarlo”. Lo mismo puede decirse de
los intelectuales y artistas en general. La función finalista del pensamiento ha servido en
ellos  únicamente  para  interpretar  –dejándolos  intactos-  los  intereses  y  demás  formas
vigentes  de  la  vida,  cuando  debía  servir  para  transformarlos.  El  finalismo  del
pensamiento ha sido conservador, en vez de ser revolucionario.

El punto de partida de esta doctrina  transformadora y  revolucionaria del pensamiento,
arranca de la diferencia fundamental entre la dialéctica idealista de Hegel y le dialéctica
materialista  de Marx.  “Bajo  su  forma mística  –dice Marx-  la  dialéctica  se  hizo  una
moda  alemana,  porque  ellos  parecía  aureolar  es  estado  de  cosas  existente”.  Bajo  su
forma  racional,  la dialéctica, a  los ojos de  la burguesía y de sus profesores, no es más
que escándalo y horror, porque, al lado de la comprensión positiva de lo que existe, ella
engloba, a  la vez,  la comprensión de  la negación y de  la ruina necesaria del estado de
cosas existente. La dialéctica concibe cada  forma en el flujo del movimiento, es decir,
en  su  aspecto  transitorio.  Ella  no  se  inclina  ante  nada,  y  es,  por  esencia,  crítica  y
revolucionaria.

El  objeto  o materia  del  pensamiento  transformador  radica  en  las  cosas  y  hechos  de
presencia  inmediata, en  la realidad tangible y envolvente. El  intelectual revolucionario
opera  siempre  cerca  de  la  vida  en  carne  y  hueso,  frente  a  los  seres  y  fenómenos
circundantes.  Sus  obras  son  vitalistas,  su  sensibilidad  y  su  método  son  terrestres
(materialistas,  en  lenguaje  marxista),  es  decir,  de  este  mundo  y  no  de  ningún  otro,
extraterrestre o cerebral. Nada de astrología ni de cosmogonía. Nada de masturbaciones
abstractas  ni  de  ingenio  de  bufete.  El  intelectual  revolucionario  desplaza  la  fórmula
mesiánica, diciendo: “mi reino es de este mundo”.

El intelectual revolucionario, por la naturaleza transformadora de su pensamiento y por
su acción sobre la realidad inmediata, encarna un peligro para todas las formas de vida
que  le  rozan y que él  trata de derogar para  las  leyes, costumbres y  relaciones  sociales
reinantes. Resulta  así  el  blanco  por  excelencia  de  las  persecuciones  y  represalias  del
espíritu  conservador.  “Es  Anaxágoras,  desterrado  –dice  Eastman-;  Protágoras,
perseguido; Sócrates,  ejecutado;  Jesús,  crucificado”. Y  nosotros  añadimos  –“es Marx,
vilipendiado  y  expulsado;  Lenin,  abaleado.  El  espíritu  de  herocicidad  y  sacrificio
personal del intelectual revolucionario, es, pues, esencial característica de su destino.

La  función  política  transformadora  del  intelectual  reside  en  la  naturaleza  y
trascendencia  principalmente  doctrinales  de  esa  función  y  correspondientemente
prácticas y militantes de ella. En otros términos, el intelectual revolucionario debe serlo,
simultáneamente,  como  creador  de  doctrina  y  como  practicante  de  ésta. Buda,  Jesús,
Marx,  Engels,  Lenin,  fueron,  a  un mismo  tiempo,  creadores  y  actores  de  la  doctrina
revolucionaria.  El  tipo  perfecto  del  intelectual  revolucionario,  es  el  del  hombre  que
lucha escribiendo y militando, simultáneamente.

“Quien está contra  la burguesía, está con nosotros”. Esta es  la palabra de orden –dice
Lunacharsky- que debe servir de base para formar la Internacional de los Intelectuales.
¿Puede  aplicarse  esta  fórmula  a  los  intelectuales  revolucionarios  de  todos  los  países?.
Evidentemente  sí.  En América  como  en  Europa, Asia  y Africa,  hay  ahora  una  tarea
central y común a todos los intelectuales revolucionarios: la acción destructiva del orden
social imperante, cuyo eje mundial y de todo fondo reside en la estructura capitalista de
la  sociedad. En  esta  acción  deben  acumularse  y  polarizarse  todos  los  esfuerzos  de  la
inteligencia.  Importa  mucho  de  lo  que  hay  que  hacer  en  un  momento  dado.  El
Leninismo,  en  este  punto,  ofrece  enseñanzas  luminosas.  “No basta  -  dice Lenin –  ser
revolucionario y partidario del comunismo: hay que saber hallar, en cada momento, el
anillo de la cadena al cual uno debe agarrarse para sostener fuertemente toda la cadena y
para  agarrarse  luego  del  anillo  siguiente”.  Para  los  intelectuales  revolucionarios,  el
anillo  doctrinal  y  práctico  del  momento  radica  en  la  destrucción  del  orfen  social
imperante. Tal es la consigna táctica específica de todo intelectual revolucionario.

Nuestra tarea revolucionario debe realizarse en dos ciclos sincrónicos e indivisibles. Un
ciclo centrípeto, de rebelión contra las formas vigentes de producción del pensamiento,
sustituyéndolas  por  disciplinas  y módulos  nuevos  de  creación  intelectual,  y  un  ciclo
centrífugo doctrinal y de propaganda y agitación sobre el medio social.

Nuestra  táctica  criticista  y  destructiva  debe  marchar  unida  inseparablemente  a  una
profesión de fe constructiva, derivada científica y objetivamente de la historia. Nuestra
lucha  contra  el  orden  social  vigente  entraña,  según  la  dialéctica  materialista,  un
movimiento,  tácito  y  necesario,  hacia  la  substitución  de  ese  orden  por  otro  nuevo.
Revolucionariamente, los conceptos de destrucción y construcción son inseparables.

Ese  nuevo  orden  social,  que  ha  de  reemplazar  al  actual,  no  es  otro  que  el  orden
comunista o socialista. El puente entre ambos mundos: la dictadura proletaria.

El  fenómeno  soviética  es  la  demostración  objetiva,  palmaria  y  de  un  realismo
inexorable,  del  camino  dialéctico,  ineludible  que  ha  de  seguir  el  sistema  social
capitalista  para  desembocar  en  el  orden  socialista.  Citemos  a  este  propósito  unas
palabras del manifiesto de  la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios: “Una
crisis  económica  inaudita  –dice  ese  documento-  quebranta  al  mundo  capitalista.  El
número  de  los  parados  pasa  de  50  millones  y  continúa  aumentando.  Multitud  de
desocupados  y  hambrientos  desfilan  delante  de  inmensos  depósitos  rebosantes  de
víveres  y  un  puñado  de  hombres  de  finanzas,  que  dictan  su  arbitraria  voluntad  a  la
sociedad capitalista, emplea como combustible de sus  locomotoras  las cosechas de  los
campos, arroja el trigo, el café y el azúcar al mar, quema enormes cantidades de azúcar
y  algodón,  a  fin  de  mantener  a  la  altura  de  sus  intereses  personales  la  tasa  de  sus
beneficios, único motor de la economía capitalista. Los salarios de la clase obrera y de
los campesinos pobres, así como de los trabajadores intelectuales, caen con una rapidez
catastrófica.  El  espectro  del  hambre,  un  porvenir  desesperado  y  sin  salida  bajo  el
régimen capitalista, he aquí la realidad y el horizonte de las masas trabajadoras .

“La cultura burguesa está en  plena decadencia. El espíritu  imperialista ha  infectado la
literatura y el arte. Para nublar la conciencia de las masas y salvar así su hegemonía de
clase,  la burguesía  se ve  obligada a embridar el  progreso de  la ciencia  y a  retardar  el
desenvolvimiento  cultural  de  la  humanidad.  Declarando  la  guerra  a  su  pasado  la
burguesía busca un sostén en su alianza con la Iglesia Católica, resucita teorías místicas
y  feudales de  la Edad Media, para enmascarar con el velo del oscurantismo  su mortal
descomposición”.

“Entre  tanto,  los  obreros  y  campesinos  del  inmenso  país  de  los  Soviets,  después  de
haber  derribado  el  régimen  capitalista  y  de  haberse  salvado  del  hambre  y  la  escasez,
echan  las  bases  de  una  nueva  sociedad  socialista.  En  quince  años  de  dictadura  del
proletariado,  el  entusiasmo  de  las masas  laboriosas  liberadas  ha  hecho  de  uno  de  los
países más atrasados de Europa, el país más avanzado del mundo, el primer Estado que
ha  emprendido  la  construcción  del  socialismo.  Las  esperanzas  de  los  gobiernos
imperialistas  y  de  sus  lacayos  social-demócratas,  que  creían  imposible  la  edificación
socialista en un solo país y pensaban reducir por el hambre y el bloqueo económico la
voluntad  heroica  del  proletariado,  han  caído  por  tierra.  La  Unión  de  las  Repúblicas
Socialistas  Soviéticas  ha  realizado  y  rebasado  el  programa  del  Segundo  Plan
Quinquenal,  que  sus  enemigos  calificaban,  ayer  nomás,  de  locura  bolchevique.  El
Soviet  ha  suprimido  los  desocupados,  arrastrando  en  su  producción  socialista  nuevas
capas de campesinos y miles de mujeres. Su agricultura está en vías de reorganización
sobre una base colectiva socialista, que ha triunfado de la antigua vida rural y borra las
barreras entre  la ciudad socialista y  los campos colectivizados. Sus aldeas que, bajo el
zarismo, se hallaban ahogadas en el barro y la ignorancia, intoxicadas por el opio de la
religión,  se  ven  ahora  atravesadas  por  una  tupida  red  de  escuelas,  bibliotecas,  radio,
salas de lectura. En lugar de las campanas y del silbato del guardia, no se oye más que el
traquido de los tractores. La U.R.S.S ha entrado definitivamente en la fase socialita”

“Valiéndose de nuevos métodos de trabajo, de ese trabajo que en el Estado socialista se
ha hecho un motivo de orgullo, de valor y de heroísmo, e  impulsado por  la emulación
socialista  y  las  brigadas  de  choque,  el  proletariado  soviético  crea  y  desenvuelve
gigantescas  empresas  de  la  industria  pesada  socialista,  desarrolla,  el  motocultivo,
transforma  la  vieja  Rusia  agrícola  retardaria  en  país  del  metal,  del  automóvil  y  del
tractor”.

“Del fondo de esta economía socialista nace y se desenvuelve, con un ritmo fulminante,
el  proceso  colosal  de  una  revolución  cultural  desconocida  hasta  hoy  en  la  historia.
Millones de analfabetos han entrado en una vasta iniciación cultural. Al fin del Segundo
Plan Quinquenal, no quedará un solo analfabeto en Rusia. El aumento del  tiraje de  los
periódicos y publicaciones literarias rebasa en gran medida a los ritmos más rápidos del
período más próspero del capitalismo alemán y norteamericano. El desenvolvimiento de
las fuerzas productoras de la Unión Soviética marcha acompañado de un tal impulso en
todas  las ramas de  la  literatura, del arte y de  la cultura en general, que el problema de
los  cuadros  dirigentes  adquiere  una  acuidad  excepcional. Miles  de  hombres  nuevos
reciben  la educación necesaria para ocupar  los puestos más elevados de  la  revolución
cultural”

“Las potencias  imperialistas observan con un sentimiento de espanto y  rechinando los
dientes,  este  movimiento  histórico  incomprensible  para  ellas  y  que  decide
definitivamente el destino del capitalismo. Las potencias imperialistas quieren, por eso,
ahogar en sangre semejante movimiento salvador de la humanidad”

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